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miércoles, 14 de noviembre de 2012

Nueva York, a 60 kilómetros de Buenos Aires

Un título como el de esta entrada despierta la curiosidad de inmediato, pero es necesario aclarar que la misma no tiene nada que ver con la “gran  manzana” del país del norte, sino con las doce manzanas que comprendía la otrora famosa calle Nueva York de Berisso. En efecto, ese pequeño núcleo urbano extendido a lo largo de seis cuadras (desde Valparaíso hasta Entre Muros)   llegó a ser considerado una ciudad en sí mismo por su ajetreada vida social y gastronómica, tanto de día como de noche. Además de los bares, restaurantes, cantinas, fondas y hoteles que allí existieron, la arteria de marras también fue célebre por sus locales nocturnos asociados a la prostitución y el juego. En definitiva, una composición de imagen relacionada con cualquier zona portuaria de los siglos XIX y XX en la que convivían barcos, marineros, industrias y trabajadores. Lo que se dice un amplio campo para el desarrollo de reductos especializados en comidas, bebidas y diversión.

 
Si bien ya existía un caserío desde 1810 merced al asentamiento de varios saladeros de carne, (Staples en 1810, Trapani en 1821, Juan Berisso en 1871, el saladero San Luis en 1879), el gran salto del progreso fue la inauguración del Puerto de La Plata en 1890. A partir de allí se sucedieron las típicas etapas que  marcan a los pueblos nacientes: loteos, construcción de viviendas, instalación de escuelas y apertura de comercios. En los inicios del siglo XX se produjeron  otros hitos al respecto, vinculados a la radicación de tres enormes plantas industriales: el frigorífico Swift (1904), el frigorífico Armour (1915) y la gran destilería de YPF (1923). La melancólica quietud que ofrece hoy el barrio en cuestión contrasta con la realidad visible en la foto siguiente, correspondiente a los últimos años de la década de 1920. En ella se observa la prominente figura del Armour al fondo y  la calle de Nueva York rebosante de vida, con sus tranvías y ómnibus junto a sus cafés, bodegones, almacenes, cigarrerías  y tiendas de ropa  (1).
 
 
Muchos testimonios hacen referencia a los comercios gastronómicos de la época de esplendor, que se extendió desde 1920 hasta 1970.   En  el  bar Sportman, por ejemplo, tocaba una orquesta de señoritas. En el “Bar de los Turcos” de Héctor Salim se vendían 480 sándwiches por día, consumidos ávidamente por la masa de obreros que entraba o salía de los frigoríficos en alguno de  sus tres turnos. Los memoriosos recuerdan especialmente a los trabajados rusos (2), que consumían profusamente grapa Mariposa (la de más alta graduación en ese tiempo), aunque la consideraban “un poco floja” y le agregaban pimienta. La noche era ciertamente movida, comparable con su equivalente de La Boca en términos de cantinas,  bailes, bullicio y negocios del pecado. El cabaret La Cambicha, según dicen, tenía 27 “pupilas” en muy buena forma, incluyendo la libreta sanitaria obligatoria en los tiempos de la prostitución legal. Otros rememoran los garitos como reflejo de la gran cantidad de dinero que corría por el barrio, al  punto de que alguien asegura haber visto una mesa de billar totalmente cubierta de billetes, y de los grandes.
 
 
Por supuesto, los vaivenes económicos del país sacudieron fuertemente a esa particularísima vecindad, dependiente en extremo de la vida portuaria y las industrias asociadas (3). A partir de la década de 1950, el fin del modelo agroexportador fue dejando lentamente sus cicatrices. La carne ya no era embarcada en cantidad y gran parte de las gigantescas instalaciones emplazadas con ese único  propósito empezaron a quedar obsoletas. La cronología es terminante: en 1969 cerró el frigorífico Armour y en 1983 hizo lo propio el Swift. Hacia comienzos de la década de 1990, en el marco de las políticas privatizadoras de ese período, la destilería de YPF redujo drásticamente su dotación de personal. Mientras tanto, los negocios iban cerrando, la gente emigraba y los tiempos se modificaban de un modo implacable. Y aunque la Nueva York de hoy, con su soledad y sus cortinas bajas, es objeto de no pocos (y loables) proyectos de revitalización de la mano de la cultura, es indudable que nunca volverá a ser la misma (4). Lo que sí podemos hacer, por suerte, es recordarla como era en sus años dorados.


Notas:

(1) A diferencia del resto de la ciudad de Berisso, la arteria de referencia no se encuentra ubicada en las cercanías del puerto, sino directamente dentro de él. Para quien  no conoce la zona, los canales laterales este y oeste marcan el límite portuario platense. Nuestra Nueva York se encuentra entre el canal este y el Dock Central.
(2) La numerosa  masa de trabajadores extranjeros, sumada al personal de los barcos de ultramar, convertía a la calle Nueva York en una verdadera comunidad cosmopolita. Allí convivían italianos, españoles, eslovenos, búlgaros, rusos, griegos, croatas, turcos, lituanos e ingleses, entre otros.
(3) Además de conocer personalmente la zona y de haberla caminado recientemente, el autor de este blog tuvo  la oportunidad de charlar sobre el tema con algunos vecinos de Berisso. Todos ellos  señalan que la enorme mayoría de la población activa trabajaba en la destilería o en los frigoríficos.


(4) Independientemente de los proyectos del área cultural, el viejo edificio del Armour ha sido reciclado para la instalación de un polígono industrial que, de hecho, ya funciona. Pero lo dicho sobre la imposibilidad de revivir el pasado es evidente: por más industrias que allí se alojen, los hábitos de vida han cambiado demasiado. A modo de ejemplo, los obreros ya no viven en las cercanías de sus lugares de trabajo, como antes, mientras que la operación marítima y portuaria está sujeta hoy a normas de seguridad que limitan fuertemente las diversiones en tierra de los marineros, tan comunes en otras épocas.

lunes, 15 de octubre de 2012

Europa en Buenos Aires: la Avenida de Mayo 2

Más que como una simple arteria vial, bien se puede hablar de la Avenida de Mayo como un vecindario, como un barrio mismo de la Ciudad de Buenos Aires. Por esa razón, las manzanas transitadas en su traza le pertenecen por derecho propio y forman una “zona de influencia” pronunciada, especialmente las  pequeñas  medias   manzanas  que se ubican entre Rivadavia e Hipólito Irigoyen como testimonio de aquella colosal  demolición que abrió el camino del nuevo paseo urbano, efectuada en las décadas de 1880 y 1890. La personalidad distintiva de la que hablamos fue siempre muy evidente, como lo aseguran numerosos autores del pasado. Leonie J. Fournier, por ejemplo, dijo al respecto:

La avenida donde están
las agencias de loteo,
los hoteles, los cafés,
donde nunca  van de acuerdo
los que discuten sus cosas
andaluces, madrileños,
que la Avenida de Mayo
es como la casa de ellos.

En la actualidad, tanto la vía en cuestión como varias de las calles adyacentes atesoran algunos sitios emblemáticos de la tertulia y el buen comer porteño.  En  una  selección  de comercios gastronómicos históricos que aún perduran, la delantera en cuanto a longevidad, continuidad y fama  es llevada  por  el  viejo  pero  siempre vigente Café Tortoni. Siendo un punto tan destacado de la urbe y un lugar turístico casi obligado, no entraremos en demasiados detalles sobre sus características por ser datos fáciles de hallar en cualquier publicación impresa o  virtual  sobre  el  tema. Digamos, simplemente, que su inauguración se remonta al año 1858 en la esquina de Rivadavia  y  Esmeralda  (1),  a  manos de Monsieur Touan. Alrededor de 1875 se mudó al  local  que  conocemos,  pero con entrada por Rivadavia 826, ya que la Avenida de Mayo todavía estaba en la mente de arquitectos visionarios. Con el tiempo, el Tortoni se convirtió en  asiento  de  la  peña literaria y artística más importante de Buenos Aires, lo  que  le  dio  ese   espíritu tan particular que perdura en nuestros días y lo consagra  como  una   meca  del  turismo internacional. No menos laureles  acredita Los 36 billares, un café  que abrió sus puertas de  manera  contemporánea  a  la  gran  calle  ciudadana,  en  1894.    ¿Cuántas  historias habrán pasado (y seguirán pasando) entre sus mesas, sándwiches, cafés y ginebras mediante?


Si hablamos de restaurantes, ya no queda ninguno de  lo  más  viejos  sobre  la  avenida  misma  (el legendario Pedemonte cerró tiempo atrás), pero sí en sus proximidades, más precisamente sobre la calle Salta. En la esquina con Hipólito Yrigoyen (NE) se encuentra uno de tales baluartes, inaugurado en 1908: se trata de El Globo, secular reducto  de la culinaria ibérica con reminiscencias ítalo porteñas (2). Sus cantimpalos, tortillas, lenguas a la vinagreta, matambres a la portuguesa, cazuelas de mariscos,  pescados  y  pucheros  son preparaciones de contraseña entre los habitués que lo frecuentan. Justo enfrente, también haciendo esquina (NO), El Imparcial  parece cumplir con los requisitos para ser considerado el restaurante más longevo de Buenos Aires.  Los testimonios urbanos nos dicen que, en 1860, un español residente en nuestro país compró -por  521  pesos fuertes- el solar de ladrillos de la calle Victoria 322 (hoy Hipólito Yrigoyen, cambio de numeración de por medio) donde instaló  un negocio de comidas bajo la denominación  Fonda  y Botellería, caracterizado por ofrecer la “clásica y suculenta comida española, y la más humilde y muy requerida cocina criolla".


Un poco más cerca en el tiempo encontramos El Hispano, cuya cronología apenas cincuentenaria  no lo hace menos proverbial en términos gastronómicos. Allí, en el vértice SE de Salta y Rivadavia, el comercio de marras ofrece una de esas completísimas cartas en las que no falta ninguna de las viandas galaicas tan apreciadas por su colectividad. Gambas al ajillo, pulpo a la gallega y paella a la valenciana son, entre muchos otros,  manjares que han disfrutado varias generaciones de argentinos y extranjeros desde mediados del siglo pasado. Junto con El Globo y El Imparcial, El Hispano compone un recorrido obligado por la historia del barrio de Monserrat y, más específicamente, de nuestra Avenida de Mayo.
 
 
En la próxima y última entrada de esta serie nos vamos a referir a los costosos, exclusivos y elegantes hoteles que brillaron en esta ilustre vía durante el período comprendido entre 1900 y 1930.

                                                          CONTINUARÁ…

Notas:

(1) El gran historiador Enrique Puccia solía referir que, con anterioridad a esa fecha, existió un Café Tortoni en la calle Defensa al 200, inaugurado por Oreste Tortoni. De todos modos, éste no tendría nada que ver con el prestigioso comercio de nuestros días, designado así (según datos documentados de la primitiva  inauguración de Touan, en 1858) en homenaje a cierto café de París.
(2) No quiero abundar en el tema, pero es necesario aclarar que los restaurantes más tradicionales de Buenos Aires  ofrecen  una  variedad  de  comidas  que  muchos especialistas consideran, en su conjunto, un híbrido sin personalidad. Personalmente, creo que después de cien años de vida de esa “Torre de Babel” que mezcla elementos españoles, italianos, franceses  y criollos, semejante menosprecio es un grueso error. La gastronomía popular metropolitana  de restaurantes, bodegones y cantinas tiene, a mi entender,  una personalidad propia indiscutible. Algún día me referiré a la conjunción de elementos históricos que dieron como resultado una tipicidad culinaria cosmopolita tan particular.
 

jueves, 13 de septiembre de 2012

Cafés, Fondas, Boliches y Bodegones en Flores y Caballito

Lo que hoy entendemos como “Ciudad de Buenos Aires” no fue tal hasta hace ciento veinticuatro años. Antes de esa fecha (1888) la gran aldea comprendía solamente el territorio urbano existente dentro de los límites del Riachuelo, por el sur, el Arroyo Maldonado (actual avenida Juan B Justo), por el norte, y las calles Bulnes, Boedo y Sáenz , por el oeste. Más allá de esta última demarcación formal se extendía el antiguo municipio de San José de Flores, cuya historia se remonta a los tiempos en que un largo y polvoriento camino nacido junto a la Catedral Metropolitana se internaba con rumbo a la pampa indómita y misteriosa. Sí, pensó bien: ese fue el modesto origen de la célebre Avenida Rivadavia de nuestros días.


Por supuesto, el eje vial en cuestión resultó además un escenario propicio para el nacimiento de postas de  carretas  y  toda  la  cohorte de  comercios asociados a ellas, como almacenes, pulperías y posadas. Desde la creación del curato en 1806  hasta la federalización del ejido municipal, la zona se caracterizó por una vida sencilla,  tranquila  y provinciana, alterada esporádicamente por el paso de viajeros, tropas de carretas o arreos de ganado. El primer antecedente sobre la existencia de un local “gastronómico” es el de la pulpería de Don Juan Pedro de Córdova, erigida en 1781 dentro de sus dominios del Estanco de Monte  Castro.  En  1850  comenzó  a  funcionar  como  restaurante  y  fonda  el llamado “Kiosco de La Floresta”, famoso por haber sido escenario de importantes acontecimientos políticos (1) y sede del agasajo ofrecido a los viajeros en ocasión del primer viaje ferroviario del  país,  el  30  de  Agosto  de  1857,  en un pequeño tren traccionado por la locomotora La Porteña. Un conocido almacén de la época fue el de Cayetano Ganghi, inmigrante italiano que expendía  quesos,  vinos,  aceites  y  otros productos de ultramar. Hacia fines del siglo XIX existían muchos otros almacenes, fondas y billares, entre los que destacamos a la pulpería La Paloma (Culpina y Juan B Alberdi), el café y billares El Guipuzcoano (Yerbal 2502) (2) y el almacén  La Perla, en Rivadavia 6900.

 
En el extremo oriental de la comarca, mientras tanto, germinaba lentamente la semilla de lo que luego sería el barrio de Caballito. Curiosamente, ese nombre tiene que ver con un comercio de nuestro interés, ya que su origen está relacionado con la “Casa esquina del Caballito” construida en 1826 dentro del terreno comprendido por las arterias Rivadavia, Víctor Martínez, Emilio Mitre y Juan B Alberdi. El edificio fue demolido en 1875 pero dio lugar a otro de análogas habitualidades llamado Pulpería de Caballito, esta vez en la esquina exacta de Emilio Mitre y Rivadavia, vértice sudeste.  En 1910 aún subsistía en ese mismo enclave con  la mítica figura preservada, según se dice,  desde el siglo XVIII : el característico caballito de latón sobre el tejado, como se aprecia en la siguiente foto histórica barrrial.
 
 
Paralelamente, otros sitos lograron aquerenciarse en el creciente núcleo poblacional. Vale la pena evocar uno de ellos, la Pulpería, Casa de Trato y Lotería de Cartones de Bartolo Gutiérrez, quien solicitó autorización para instalarla con la finalidad de “pasar las noches de inbierno por medio de una diverción casera” (sic), según consta en una nota de su puño y letra fechada el 16 de Junio de 1832. Ya en el siglo XX, tanto Flores como Caballito hicieron explosión (demográficamente hablando), al igual que todas sus actividades industriales, comerciales y sociales. Recordamos los cafés Asia y Paulista, así como la confitería La Perla de Flores, ubicada en diagonal a la Plaza Pueyrredón (ex Plaza Flores). Los lugareños más veteranos  no olvidan tampoco a Las Orquídeas (Yerbal y Sud América, hoy Artigas) ni al Palacio de los Billares, situado en la vereda opuesta. No menos añoranzas se tejen en torno a la confitería Londres (Rivadavia y Boyacá) y el bar La Cosechera (Rivadavia y Pedernera).
 
 
Finalizamos, como solemos hacerlo cuando hay material al respecto, con un antiguo refugio cafeteril porteño de antigua data que logró sobrevivir hasta la actualidad. Se trata del bar El Coleccionista, nacido en la década de 1930 como El Cóndor. El cambio de nombre se debe a que en una de sus mesas se fundó, el 21 de Agosto de 1956, la Asociación Filatélica Temática Argentina (AFITA). Precisamente, el Parque Rivadavia (ex Lezica), situado enfrente del reducto en cuestión, se ha caracterizado durante décadas por ser una meca para  coleccionistas y hobbistas de todo género.


Notas:

(1) Allí se realizaron las reuniones previas al  Pacto de San José de Flores, suscripto en 1859 por Buenos Aires y la Confederación. Este  acuerdo  es  uno  de  los “pactos preexistentes” mencionados en la Constitución Nacional.
(2) Gentilicio del oriundo de Guipúzcoa, localidad del País Vasco.

viernes, 24 de agosto de 2012

Viejos consumos en el cine nacional: La mentirosa (1942)

Ya hemos dicho alguna vez que los Consumos del ayer atañen  no sólo a los alimentos, las bebidas y los tabacos en sí mismos, sino también a las industrias que los elaboraban y a los entornos en los cuales se hacía dispendio de ellos. En ese orden de cosas, solemos analizar algunas  modalidades del comercio gastronómico que tuvieron su época de esplendor en  los tiempos pasados. En mayo del presente año, por ejemplo, nos referimos a la particular  manera de servicio conformada por los “bares automáticos” que llegaron a proliferar en las principales ciudades de la Argentina durante las décadas de 1930 y 1940. Lo fugaz de esta curiosa usanza comercial  hace que sean francamente escasos los documentos y testimonios al respecto, pero la paciencia del investigador (sumada a  la suerte) siempre tiene su recompensa. Y no ha sido otro que el cine nacional el encargado de dejar una invalorable huella visual y dinámica de ello a través de La mentirosa, un film del año 1942 protagonizado por la recordada actriz Niní Marshall en su inefable interpretación de “Catita”. (1)


La historia está centrada en aquel célebre personaje  femenino y su novio, quienes se ven envueltos en distintos enredos por causa de su propensión a decir mentiras sin  medir en absoluto las consecuencias. Promediando la película, la pareja ingresa en un bar automático para comer algo liviano. La imagen general del local es breve, al igual que toda la escena completa (no llega a dos minutos), pero suficientemente elocuente como para observar en detalle ciertos artilugios propios de  los negocios en cuestión, en especial los cilindros vidriados tipo “espiral” empotrados en la pared. Es entonces cuando el protagonista masculino coloca una moneda en la ranura y hace que el mecanismo entre en funcionamiento, llevando su pedido (un sándwich) desde el nivel superior hasta la salida.
 

Acto seguido, y como es de esperar, Catita hace de las suyas mientras se pone a golpear la pared a la voz de “¡oiga, diga, esto es una vergüenza!”, en clara postura de reclamo por una supuesta falla del mecanismo. Lógicamente, todo es una treta que hace honor al título de la película, ya que ella no colocó ninguna moneda. A pesar de todo, la jugada le sale bien y un mozo accede cortésmente a introducir, de su propio bolsillo, el correspondiente valor en la ranura. Catita, triunfante, se deleita con el bocado mal habido en base a sus artimañas.


Su novio, sorprendido por lo bien que le salió la triquiñuela, intenta hacer algo similar para procurarse una bebida gratis. Se acerca al grifo expendedor y comienza a golpear la pared  repitiendo el grito: “eh, diga, esto es una vergüenza!”. Pero la suerte de la pareja concluye en ese mismo momento, puesto que se abre una de las aberturas y aparece  un empleado del local  que sentencia en tono poco amigable: “¡no se haga el vivo, que lo estoy mirando desde aquí atrás! (2)


Fracasado el intento de estafa, el muchacho no tiene más remedio que hacer efectivo el pago solicitado y sólo entonces logra retirar su bebestible. Luego, la pareja se acerca a una mesa alta en el centro del recinto y continúa charlando por algunos instantes más, que son los últimos de la escena.


Mucho tiempo ha transcurrido desde que los bares automáticos desaparecieron. Hoy existen nuevas modalidades de autoservicio, pero lo lindo es que podamos evocar  este peculiar y pionero modo gastronómico de antaño, especialmente si lo hacemos a través de una querible pieza del viejo cine argentino.

Notas:

(1) Breve ficha técnica: “La mentirosa”. Dirección y guion: Luis César Amadori. Intérpretes: Niní Marshall, Miguel Gómez Bao, Pablo Palitos, Juan José Piñeiro. Estrenada el 12 de junio de 1942.
(2) Es probable que los bares automáticos hayan estado  muy expuestos a ese tipo de reclamos, sobre todo en el caso de los “avivados”. No es descabellado inferir que la reiteración de tales episodios fue, entre otras, una de las causas de su posterior desaparición.

domingo, 19 de agosto de 2012

Europa en Buenos Aires: la Avenida de Mayo 1

Al decir de muchos, es la más europea de las arterias sudamericanas, en la que se mezcla el estilo francés de la perspectiva visual con la esencia hispánica de su espíritu. Tuvo épocas de elegancia fastuosa, como un  símbolo de la riqueza que disfrutaban  las clases altas de la sociedad argentina. Pero también fue escenario del acervo cultural porteño y de no pocos enfrentamientos políticos. En sus veredas contrastaban  hoteles de lujo y opulentas confiterías con peñas literarias, teatros y comités partidarios. Casi todo podía verse y oírse allí, en la Avenida de Mayo, esa que supo abrirse paso en medio  de  una  Buenos   Aires  todavía  chata  y  colonial. La que albergó el primer subterráneo de Sudamérica. La que elegían las damas del centenario para lucirse con la última   moda  de  París.  La que generó importantes grescas entre republicanos y falangistas durante la triste época de la Guerra Civil. La que atesoró siempre el mayor contenido gastronómico auténticamente español. La de los bares, los restaurantes, las cigarrerías y los hoteles. La que ha sido, en definitiva, un pedazo de Europa en Buenos Aires durante casi ciento veinte años.


No está demás apuntar que este tradicional paseo fue abierto a partir de una demolición parcial que atravesó  por  el  medio  a  las  diez   manzanas comprendidas entre Rivadavia e Hipólito Yrigoyen, desde Bolívar hasta Luis Sáenz Peña (1).  El proyecto original data del año 1869, pero la obra comenzó en 1883 con la aprobación definitiva del trazado y fue inaugurada en 1894. Desde entonces, la   Avenida  de  Mayo  supo   ser  una  meca gastronómica  asociada  a  las  tradiciones  culturales  del  Viejo  Mundo y a  los acontecimientos históricos de nuestra república. En ese orden de cosas, su lista de bares, cafés, confiterías, restaurantes y hoteles es más que larga, pero trataremos de señalar los más típicos y recordables por mérito propio.  Descendiendo numéricamente, es decir, de oeste a este (como le gusta caminarla a un servidor), los testimonios nos hablan del Bar Avenida (1493), el Café Berna (1460), la Confitería  del  Centenario (1347), el Café del Siglo (1313), el bar La Puerta del Sol (1164), el American Bar (1084), el café La Armonía (1002), el Café Gaulois (899), el  Café  Latino  (729), el  Café Madrid  (701), la Cervecería Keller (651) , el bar La Cosechera (625, 850 y 1200, según las épocas) y los cafés La Nueva Prensa (587) y La Prensa (564), entre tantos otros que adornaron sus aceras más que seculares.

En el Gaulois (más tarde rebautizado Café Central), Julio de Caro estrenó el tango Mala Junta (2). El café La Armonía, fundado en 1899 por los hermanos Caneda,  era conocido por servir el mejor chocolate con  churros  de  la  ciudad,  y  también  fue llamado “café de los cómicos” por la presencia constante de actores y actrices que interpretaban ese tipo de rutinas. A  la  altura  del  1208  se encontraba el Café Español, al que concurrían tanto franquistas como republicanos. Los historiadores Oscar Himschoot y Ricardo Ostuni señalan que “los enfrentamientos solían terminar  a  sillazo  limpio, botellazos y cuanto objeto contundente se tuviera a mano”.  En el Bar Avenida (1493) se reunían los periodistas de Crítica, el recordado diario de Natalio Botana. Asimismo hubo, en la arteria que nos ocupa, varias cervecerías. Además  de  la  mencionada Keller, también se recuerda otra de nombre Berna, establecida en 1923 por Daniel Calzado y cuya especialidad gastronómica era el singular Emparedado Berna: un sándwich de lomito con anchoas. Por su parte, la confitería La Victoria, en la esquina noroeste de Chacabuco, fue pionera en servir la sidra en balón.


Ahora bien, llegado este punto, muchos se preguntarán: ¿que hay del Tortoni, de Los 36 Billares, del Hotel Castelar  y de ciertos restaurantes casi legendarios  situados aún hoy en las inmediaciones? A no desesperar, que la  presente  es  sólo  la primera de tres entradas destinadas  a  completar  el   tema. La  próxima  versará   sobre   los   sitios tradicionales que lograron subsistir hasta el presente, y la última acerca de  todo lo que tiene que ver con la hotelería de lujo, tal vez la faceta histórica menos conocida de nuestra Avenida de Mayo.

                                                              CONTINUARÁ…

Notas:

(1) La concreción del proyecto fue un avance del progreso para la ciudad, pero también dejó su tendal de víctimas de la picota. En lo que hace a la gastronomía, uno de los caídos fue el “Café Ristorante di Milano con Alloggio", ubicado frente a la Plaza Lorea (es decir, en el extremo oriental de la actual Plaza Congreso). Las siguientes son dos fotos del curioso edificio estilo “castillo” que albergaba al comercio de marras. En una se puede ver el frente del negocio y en la otra se aprecia una vista panorámica de la Plaza Lorea con el tanque  que servía para el abastecimiento de agua corriente en un amplio sector de la metrópoli. La flecha marca el edificio de referencia, ubicado exactamente en la franja donde  pasa hoy la Avenida de Mayo.


(2) Así como la Avenida Corrientes resultó ser tanguera por excelencia, la Avenida de Mayo tuvo muy pocos reductos dedicados al género musical porteño. Desde el punto de vista artístico, siempre estuvo más ligada a los teatros de la zona y no tanto a la música. No obstante, además del mencionado De Caro, contó con la asistencia esporádica de algunos personajes de la talla de Roberto Firpo, quien recordaba  un trabajo que tuvo en cierta confitería ubicada, según sus propias palabras, “enfrente del Pasaje Barolo” (2a). De acuerdo con su añoranza comenzó tocando sonatas, romanzas y valses en el piano, pero un día convenció al dueño de interpretar un tango acompañado  en bandoneón por su amigo Bachicha. El resultado fue tan sorprendente como paradójico: si bien el  evento convocó a una  ruidosa  y   nutrida  concurrencia,  también   hizo  huir a  las  familias tradicionales que poblaban el lugar, motivo por el cual los músicos resultaron despedidos de inmediato.
(2a) El Pasaje Barolo es una galería que comunica  la Avenida de Mayo con la calle Hipólito Yrigoyen a través del edificio Palacio Barolo. Esta bellísima construcción, inaugurada en 1923, fue en su momento la más alta de Buenos Aires. Hoy se realizan allí visitas guiadas. Tiene una página web propia: http://www.pbarolo.com.ar/


lunes, 9 de julio de 2012

Cafés, Fondas, Boliches y Bodegones en Barracas

Zona cerril y bravía por la abundancia de mataderos, saladeros, corrales y quintas de verduras, pero a la vez señorial por sus lujosas casas y residencias de veraneo. Así define el gran historiador porteño Enrique Puccia al barrio de Barracas a mediados del siglo XIX. Pero el mismo vecindario supo transformarse, algunas décadas después, en un activo centro industrial y comercial que perduró hasta las postrimerías de la centuria siguiente. Sin olvidar, por supuesto, el aditamento de ser un territorio de paso  para todos los viajeros que se dirigían hacia el sur, gracias al veterano emplazamiento del legendario Puente Barracas, hoy “Pueyrredón Viejo” (1). En  ese  dinámico  ámbito urbano, social y humano nacieron, vivieron y murieron  muchos locales gastronómicos de todos los tipos imaginables.


Los vestigios documentales sugieren que el más antiguo fue La Luna, en Montes de Oca y Uspallata (2), una  especie  de almacén y pulpería donde paraban payadores y cuarteadores (3).  No obstante, el más famoso resultó ser  La Banderita, sitio mitológico de Montes de Oca y Suárez que debe su nombre al estandarte rojo enarbolado en una larga caña tacuara durante los días de carreras cuadreras. Ya en 1870 se estacionaban allí coches y breques, mientras los changadores esperaban a sus clientes provistos de un correón de cuero  crudo   y  un pedazo de cotín echado en el hombro. De paso, matizaban la espera saboreando un café, una ginebra o un vaso de vino tinto. El local en cuestión tuvo una existencia ciertamente larga, desde 1860 hasta 1983, alternando cronológicamente las actividades de pulpería, café, bar y pizzería. En la imagen siguiente se observa su último semblante edilicio, poco tiempo antes del cierre definitivo.


A partir del 1900,  el crecimiento demográfico estuvo íntimamente ligado a la instalación de más cafés, bodegones, fondas y peringundines en el sur de la ciudad de Buenos Aires. Entre la numerosa lista de comercios  del   ramo  se  destacan  el  bar T.V.O  (Montes de Oca 1778, que fue punto de reunión de músicos, poetas e intelectuales), el Café de Campos (California y Montes de Oca esquina SO, otro reducto de artistas) y la confitería Santa Lucía, cuyos orígenes se remontan a 1890 como sitio para familias distinguidas. Yendo a los lugares para comer, el más célebre exponente de Barracas fue  la Churrasquería de Vera, ubicada en la intersección de Montes de Oca y Río Cuarto. Según Puccia, su renombre era tal que en el clásico del cine norteamericano Hombres de Mar, de John Ford (Long Voyage Home, 1940),  hay una escena en la que varios marineros mercantes lo mencionan como parte de sus recuerdos de viajes a la Argentina. De un modo u otro, el   propio   Puccia   hace   una  mejor  y   muy   evocadora  descripción  del  típico reducto: “quienes allí abrían la boca lo hacían para engullir churrascos descomunales, huevos fritos  que eran  toda una apoteosis,  papas  fritas  doradas  y   crocantes, mondongos y tortillas a la española, estofados, chupín de pescado, lentejas guisadas y budines de pan salpicados con pasas, todo matizado con algún tintillo que raspaba la garganta…”


Harían  falta  muchas  entradas  para  señalar acabadamente los comercios del ramo situados en un barrio cuya historia está tan  bien documentada como el que nos ocupa, pero mencionaremos sólo algunos a título de homenaje: Los Arbolitos, La Bola de Oro, El Ombú, El Barquito, Tres Esquinas (donde este humilde servidor tuvo la dicha de cenar en su niñez), Il Trovattori, El Gauchito y  la fonda  Del Catalán, entre otros. No podemos pasar por alto los sitios históricos que todavía permanecen en pie y pueden ser visitados. Ellos son los bares  El Progreso, en la esquina SE de Montes de Oca y California, La Flor de Barracas, en Suárez casi esquina Vieytes, y el restaurante  El Puentecito, en Vieytes y Pedro de Luján, muy cerca del histórico viaducto que cruza el Riachuelo. Según creo, este último es el local porteño de gastronomía más antiguo  que ha  llegado  hasta  nuestros  días  sin   grandes modificaciones, ya que data de 1873, tal como se evidencia en su construcción esquinera sin ochava (4). ¿Un auténtico bodegón de 140 años? Vale la pena visitarlo…

Notas:

(1) El Puente Barracas fue el primero establecido sobre el Riachuelo. Aunque  está situado en el mismo lugar desde 1791, tuvo una lógica sucesión de ejemplares físicos conforme progresaban  la ingeniería y los materiales de construcción. El original se denominó Puente de Gálvez y fue incendiado en 1806 para evitar el paso de los británicos durante la Primera Invasión Inglesa. Construcciones posteriores fueron remplazadas por vetustez, derribamientos por crecidas y otros motivos de orden práctico. El actual puente “viejo” data de 1934 y es el que aparece en la primera foto de la entrada.
(2) Hasta 1893, la Avenida Montes de Oca se conocía como “Calle Larga de Barracas”.
(3) Los cuarteadores eran jinetes empleados por las empresas de tranvías a caballo que se apostaban en ciertas calles con pendiente, donde los vehículos tenían  dificultades para subir. Provistos de un animal pesado y de buen  tiro (como un percherón),  se sumaban a los equinos que traía el tranway y de ese modo lograban trepar el inevitable accidente topográfico urbano. Una vez efectuada la tarea, el cuarteador volvía a su puesto (el café o boliche correspondiente)  y simplemente debía aguardar la llegada de otro tranvía de la misma empresa.


(4) Aunque la ordenanza data de los tiempos de Rivadavia,  recién en 1880 se hizo efectiva la prohibición de construir en  las esquinas con un ángulo de 90 grados. Por tal motivo, los edificios sin ochava que perduran en la ciudad delatan ser anteriores a ese año.

domingo, 27 de mayo de 2012

Menú de mar y tierra 3

La usanza del menú impreso nunca reconoció diferencias de regiones ni de entornos. Podemos encontrarlo en la tierra firme o en el mar, como hemos analizado en dos entradas anteriores, así como en los medios de transporte más extendidos durante el siglo pasado. Por eso, vamos a dedicar esta última entrada del tema de referencia a los repertorios culinarios presentados en distintos  trenes que surcaron los rieles argentinos. No es la primera vez que hacemos hincapié en el ámbito de la gastronomía ferroviaria, ni será la última, puesto que semejante modo de viajar fue el rey entre todos sus pares desde mediados del siglo XIX hasta el mismo período del siglo XX. La historia de lo que se comía, bebía y fumaba en trenes y estaciones constituye, por lo tanto, un rico material de análisis que nos dice mucho sobre el consumo de otras épocas.


El más antiguo del puñado de ejemplares que vamos a señalar es también el más destacado en términos de jerarquía testimonial. Se trata de la lista de platos y vinos servidos en ocasión del viaje a Tucumán del presidente Roque Sáenz Peña, específicamente en el almuerzo del 6 de Julio de 1912 a bordo de un coche restaurant del Ferrocarril Central Argentino,  que hizo las veces de anfitrión forzoso durante la travesía. Como era común entonces, el catálogo de preparaciones se ve colmado de viandas típicas de Francia, ya sea por realidad práctica o por simple afectación nominal: tartines, terrines, parfaits y gateaux dominan la escena desde las entradas hasta los postres y demuestran la importancia que tenía todo lo galo en la impronta culinaria de las clases acomodadas. Los vinos hacen lo propio, aunque con alguna sorpresa: un blanco alemán de la célebre villa Bernkastel (1), en el Mosela, de la cosecha 1904. Luego le siguen tres etiquetas galas aristocráticas, como lo son un Chateau Latour  y los champagnes Pommery Extra Sec y Louis Roederer.


Desde luego, los pasajeros comunes y corrientes podían disfrutar de platos satisfactorios pero nunca tan elaborados, como lo demuestra cierto ejemplar  del 24 de febrero de 1934. En este caso, la línea no es otra que el Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico, cuyas iniciales constan en el “porta-menú” metálico que se puede apreciar en la imagen. Como decíamos, la nómina de condumios es asaz satisfactoria pero no por ello menos sencilla. Jamón y lechuga, ensalada, sopa printaniere, gallina a la alsaciana, corderito asado con lechuga y tomate, fruta y café demuestran una simpleza a toda  prueba.


Dejamos para el final un tesoro de extraordinaria elocuencia histórica vitivinícola (2): la carta de vinos en un tren del ya nacionalizado Ferrocarril Nacional General Roca (ex Ferrocarril Sud), que se puede fechar entre los años 1948 y 1958 (3). Algunas de las marcas ofrecidas pertenecen a bodegas que se mantienen vivas en el mercado nacional, como Norton, Escorihuela, San Felipe, Trapiche y Canale. Pero vale la pena detenerse en algunas de las otras,  las que ya no existen merced a la desaparición o transformación absoluta de sus establecimientos elaboradores. En ese grupo podemos encontrar a los otrora renombrados vinos “La Colina”, de la vieja bodega Giol (hoy FeCoViTa), los Arizu Cuesta del Parral y De Antaño, los Carrodilla Sauternes y Bariloche (de la casa Nazar Anchorena), el Barón del Río Negro de la firma homónima, o el menos célebre De Ma Cave, de la bodega Echesortu & Casas. Aquí también hallamos algunos especímenes bizarros, como el “Reserva Ferrocarril General Roca” (evidentemente hecho por alguna bodega para la empresa ferroviaria estatal) y el ignoto Comodoro Reserva. Tal como solemos hacer cuando un documento así lo amerita, la imagen va a su tamaño máximo para una buena lectura.


De este modo concluimos la serie del menú histórico con la convicción de que volveremos algún día para ocuparnos del mismo tema pero, seguramente, desde otra perspectiva. Nuevos hallazgos, nuevas sorpresas, nuevos descubrimientos, nuevos secretos  y nuevas incógnitas nos esperan a la vuelta de la esquina.

Notas:

(1) Presenta un ligero error: indica Berncasteler en lugar de Bernkasteler. Vale aclarar que, en alemán, el sufijo er al final de un nombre propio significa “de”.  En   este caso, “proveniente de”.
(2) Obtenido del blog “Caminos de Hierro en Bahía Blanca”. Se trata de una página eminentemente ferroviaria y regional, pero que suele ofrecer algunas joyas documentales de gran valor. El enlace es el siguiente: http://caminosdehierroenbahiablanca.blogspot.com.ar/
(3) Durante el período señalado,  toda la papelería ferroviaria argentina contó con el encabezamiento ENT (Empresa Nacional de Transportes). En 1958 esa repartición fue disuelta y los ferrocarriles pasaron a la órbita de EFEA (Empresa Ferrocarriles del Estado Argentino), con la consecuente modificación en el material impreso. El menú de marras tiene en su tapa la inequívoca referencia de la ENT, y de allí surge la posibilidad de fecharlo sin mayores inconvenientes.