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lunes, 15 de octubre de 2012

Europa en Buenos Aires: la Avenida de Mayo 2

Más que como una simple arteria vial, bien se puede hablar de la Avenida de Mayo como un vecindario, como un barrio mismo de la Ciudad de Buenos Aires. Por esa razón, las manzanas transitadas en su traza le pertenecen por derecho propio y forman una “zona de influencia” pronunciada, especialmente las  pequeñas  medias   manzanas  que se ubican entre Rivadavia e Hipólito Irigoyen como testimonio de aquella colosal  demolición que abrió el camino del nuevo paseo urbano, efectuada en las décadas de 1880 y 1890. La personalidad distintiva de la que hablamos fue siempre muy evidente, como lo aseguran numerosos autores del pasado. Leonie J. Fournier, por ejemplo, dijo al respecto:

La avenida donde están
las agencias de loteo,
los hoteles, los cafés,
donde nunca  van de acuerdo
los que discuten sus cosas
andaluces, madrileños,
que la Avenida de Mayo
es como la casa de ellos.

En la actualidad, tanto la vía en cuestión como varias de las calles adyacentes atesoran algunos sitios emblemáticos de la tertulia y el buen comer porteño.  En  una  selección  de comercios gastronómicos históricos que aún perduran, la delantera en cuanto a longevidad, continuidad y fama  es llevada  por  el  viejo  pero  siempre vigente Café Tortoni. Siendo un punto tan destacado de la urbe y un lugar turístico casi obligado, no entraremos en demasiados detalles sobre sus características por ser datos fáciles de hallar en cualquier publicación impresa o  virtual  sobre  el  tema. Digamos, simplemente, que su inauguración se remonta al año 1858 en la esquina de Rivadavia  y  Esmeralda  (1),  a  manos de Monsieur Touan. Alrededor de 1875 se mudó al  local  que  conocemos,  pero con entrada por Rivadavia 826, ya que la Avenida de Mayo todavía estaba en la mente de arquitectos visionarios. Con el tiempo, el Tortoni se convirtió en  asiento  de  la  peña literaria y artística más importante de Buenos Aires, lo  que  le  dio  ese   espíritu tan particular que perdura en nuestros días y lo consagra  como  una   meca  del  turismo internacional. No menos laureles  acredita Los 36 billares, un café  que abrió sus puertas de  manera  contemporánea  a  la  gran  calle  ciudadana,  en  1894.    ¿Cuántas  historias habrán pasado (y seguirán pasando) entre sus mesas, sándwiches, cafés y ginebras mediante?


Si hablamos de restaurantes, ya no queda ninguno de  lo  más  viejos  sobre  la  avenida  misma  (el legendario Pedemonte cerró tiempo atrás), pero sí en sus proximidades, más precisamente sobre la calle Salta. En la esquina con Hipólito Yrigoyen (NE) se encuentra uno de tales baluartes, inaugurado en 1908: se trata de El Globo, secular reducto  de la culinaria ibérica con reminiscencias ítalo porteñas (2). Sus cantimpalos, tortillas, lenguas a la vinagreta, matambres a la portuguesa, cazuelas de mariscos,  pescados  y  pucheros  son preparaciones de contraseña entre los habitués que lo frecuentan. Justo enfrente, también haciendo esquina (NO), El Imparcial  parece cumplir con los requisitos para ser considerado el restaurante más longevo de Buenos Aires.  Los testimonios urbanos nos dicen que, en 1860, un español residente en nuestro país compró -por  521  pesos fuertes- el solar de ladrillos de la calle Victoria 322 (hoy Hipólito Yrigoyen, cambio de numeración de por medio) donde instaló  un negocio de comidas bajo la denominación  Fonda  y Botellería, caracterizado por ofrecer la “clásica y suculenta comida española, y la más humilde y muy requerida cocina criolla".


Un poco más cerca en el tiempo encontramos El Hispano, cuya cronología apenas cincuentenaria  no lo hace menos proverbial en términos gastronómicos. Allí, en el vértice SE de Salta y Rivadavia, el comercio de marras ofrece una de esas completísimas cartas en las que no falta ninguna de las viandas galaicas tan apreciadas por su colectividad. Gambas al ajillo, pulpo a la gallega y paella a la valenciana son, entre muchos otros,  manjares que han disfrutado varias generaciones de argentinos y extranjeros desde mediados del siglo pasado. Junto con El Globo y El Imparcial, El Hispano compone un recorrido obligado por la historia del barrio de Monserrat y, más específicamente, de nuestra Avenida de Mayo.
 
 
En la próxima y última entrada de esta serie nos vamos a referir a los costosos, exclusivos y elegantes hoteles que brillaron en esta ilustre vía durante el período comprendido entre 1900 y 1930.

                                                          CONTINUARÁ…

Notas:

(1) El gran historiador Enrique Puccia solía referir que, con anterioridad a esa fecha, existió un Café Tortoni en la calle Defensa al 200, inaugurado por Oreste Tortoni. De todos modos, éste no tendría nada que ver con el prestigioso comercio de nuestros días, designado así (según datos documentados de la primitiva  inauguración de Touan, en 1858) en homenaje a cierto café de París.
(2) No quiero abundar en el tema, pero es necesario aclarar que los restaurantes más tradicionales de Buenos Aires  ofrecen  una  variedad  de  comidas  que  muchos especialistas consideran, en su conjunto, un híbrido sin personalidad. Personalmente, creo que después de cien años de vida de esa “Torre de Babel” que mezcla elementos españoles, italianos, franceses  y criollos, semejante menosprecio es un grueso error. La gastronomía popular metropolitana  de restaurantes, bodegones y cantinas tiene, a mi entender,  una personalidad propia indiscutible. Algún día me referiré a la conjunción de elementos históricos que dieron como resultado una tipicidad culinaria cosmopolita tan particular.
 

martes, 9 de octubre de 2012

Un legendario oporto argentino de la vieja guardia: crónica de una degustación 2

En virtud de los antecedentes históricos que repasamos  durante  la entrada anterior sobre el mítico Vino Cordero, las expectativas previas a la apertura de la añeja botella adquirida por Consumos   del   Ayer no podían ser menos que enormes. Íbamos a probar una marca que fue símbolo de los vinos generosos dulces  en  la  República  Argentina, creada hace ciento cuarenta y cinco años  por  un  visionario  de  la actividad y vigente en nuestro mercado hasta mediados del siglo XX. Enrique Devito y Augusto Foix, como siempre, fueron los encargados de brindar sus impresiones junto con el que suscribe, al término de una  cena en cierta  noche gélida del mes de agosto: un marco perfecto para adentrarse en las nieblas del tiempo hasta develar los misterios de este vino. Con el paladar atento y bien dispuesto procedimos a la solemne apertura del envase. El pico de la botella había perdido su estampilla fiscal, pero igualmente pudimos calcular la época de elaboración y fraccionamiento en la década de 1940 como una aproximación bastante certera.


La cápsula de plomo no fue fácil de remover dado que se hallaba prácticamente “fundida” al vidrio, por lo cual nos vimos obligados a cascarla en una especie de desmenuzamiento a pedacitos. Concluido ese proceso, y para nuestra sorpresa, la extracción del corcho no presentó mayores dificultades. Con el correspondiente cuidado, el viejo tapón pudo salir entero, sin ningún  tipo  de  rupturas,  mostrando  aun  orgulloso  la estampa “Cordero”  en uno de sus bordes. Debido a la edad avanzada del producto decidimos no trasvasarlo para evitar pérdida de aromas y consideramos la postura vertical de la botella (en las horas previas a la cata) como un factor de decantación natural suficientemente efectivo.   No  nos equivocamos: el servicio  resultó libre de borras y elementos sólidos en el marco de colores bien marrones, muy lógicos para un vino de más de sesenta años de edad (1). Antes de alzar siquiera las copas para olfatearlas el ambiente fue invadido  por  un sensacional y noble aroma de vino dulce añejo, lleno de notas que recuerdan a pasas de uva, caramelo, café, regaliz y especias dulces.



Todo ello fue confirmado por nuestras fosas nasales en el borde del cristal, embelesadas hasta el punto del éxtasis. Porque, al fin y al cabo, las expectativas se veían satisfechas con holgura, como si toda la historia del vino hubiese sido condensada en ese aroma complejo,   añoso,   intrigante,   evocador  de  las  sobremesas  familiares  y  los establecimientos gastronómicos de antaño. El paso por la boca nos dejó la impresión de un vino dulce pero nada empalagoso, dotado de la acidez natural equilibrada que coloca al azúcar en un lugar secundario. Todas las impresiones olfativas fueron confirmadas: café, torrefacción, pasas (que por momentos parecían dátiles),  maderas  nobles  y especias formaban el caudal de rasgos propios de este tipo de productos cuando son muy buenos y muy viejos. Don Francsico Cordero bien puede estar orgulloso de su obra, capaz de generar placer  pasadas más seis décadas de su elaboración  (2). Y dada la proximidad de las fiestas, qué mejor que rendir un homenaje final  a  tan  destacado artículo del consumo histórico recreando el texto de una de sus antiguas propagandas, publicada en el año 1907, de acuerdo a la tipografía original:


En nuestras “crónicas de degustación” hemos tenido, hasta ahora, todo el  respaldo de la diosa fortuna. Cada uno de los productos catados estaba en condiciones que nos permitieron vislumbrar cómo eran  los respectivos consumos en el pasado de nuestra nación. Y seguiremos haciéndolo, pues tenemos una generosa lista de espera con  más oportos, jereces, vermuts, destilados y cigarros para catar. Todos ellos estarán aquí, muy pronto (3).

Notas:

(1) Al término de la cata aun quedaba casi media botella, que fue repartida entre los asistentes. La parte correspondiente al autor de este blog volvió a su casa junto con el histórico envase para ser bebida en los días posteriores. Cuando le llegó el momento a la última fracción de líquido  me percaté de que en el fondo había un sedimento sólido con una consistencia tipo “barro” de casi medio centímetro de espesor. La mayoría de esa materia está compuesta por taninos y antocianos (pigmentos colorantes naturales de la uva), lo que nos lleva a deducir otro notable dato del Vino Cordero: en la época en que fue fraccionado,  allá por el cuarenta y pico, poseía  un color rojo muy intenso. Sólo así se explica la presencia de tanta borra, tal como ocurre con los auténticos oportos lusitanos embotellados jóvenes, como los Vintage y Ruby.
(2) El año que viene se cumplirá el centenario de la muerte de este insigne personaje, acaecida en 1903. Recordamos lo señalado en la primera entrada del tema, respecto a que su esposa e  hijas continuaron con el negocio, aunque es posible que durante los últimos tiempos sólo hayan participado como dueñas de la marca. Nuestra botella, de la década de 1940, indica que la fraccionadora (y quizás comercializadora) del producto era la empresa “Rojas Hijos”, ubicada en la calle Sarmiento 3481 de la Ciudad de Buenos Aires.
(3) Próximamente incluiremos también una nueva variante dentro de la serie de degustaciones, en la cual vamos a preparar y probar los antiguos platos que se consumían en el país (tanto de la cocina criolla como de las gastronomías foráneas), haciendo foco en el siglo XIX.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Cafés, Fondas, Boliches y Bodegones en Flores y Caballito

Lo que hoy entendemos como “Ciudad de Buenos Aires” no fue tal hasta hace ciento veinticuatro años. Antes de esa fecha (1888) la gran aldea comprendía solamente el territorio urbano existente dentro de los límites del Riachuelo, por el sur, el Arroyo Maldonado (actual avenida Juan B Justo), por el norte, y las calles Bulnes, Boedo y Sáenz , por el oeste. Más allá de esta última demarcación formal se extendía el antiguo municipio de San José de Flores, cuya historia se remonta a los tiempos en que un largo y polvoriento camino nacido junto a la Catedral Metropolitana se internaba con rumbo a la pampa indómita y misteriosa. Sí, pensó bien: ese fue el modesto origen de la célebre Avenida Rivadavia de nuestros días.


Por supuesto, el eje vial en cuestión resultó además un escenario propicio para el nacimiento de postas de  carretas  y  toda  la  cohorte de  comercios asociados a ellas, como almacenes, pulperías y posadas. Desde la creación del curato en 1806  hasta la federalización del ejido municipal, la zona se caracterizó por una vida sencilla,  tranquila  y provinciana, alterada esporádicamente por el paso de viajeros, tropas de carretas o arreos de ganado. El primer antecedente sobre la existencia de un local “gastronómico” es el de la pulpería de Don Juan Pedro de Córdova, erigida en 1781 dentro de sus dominios del Estanco de Monte  Castro.  En  1850  comenzó  a  funcionar  como  restaurante  y  fonda  el llamado “Kiosco de La Floresta”, famoso por haber sido escenario de importantes acontecimientos políticos (1) y sede del agasajo ofrecido a los viajeros en ocasión del primer viaje ferroviario del  país,  el  30  de  Agosto  de  1857,  en un pequeño tren traccionado por la locomotora La Porteña. Un conocido almacén de la época fue el de Cayetano Ganghi, inmigrante italiano que expendía  quesos,  vinos,  aceites  y  otros productos de ultramar. Hacia fines del siglo XIX existían muchos otros almacenes, fondas y billares, entre los que destacamos a la pulpería La Paloma (Culpina y Juan B Alberdi), el café y billares El Guipuzcoano (Yerbal 2502) (2) y el almacén  La Perla, en Rivadavia 6900.

 
En el extremo oriental de la comarca, mientras tanto, germinaba lentamente la semilla de lo que luego sería el barrio de Caballito. Curiosamente, ese nombre tiene que ver con un comercio de nuestro interés, ya que su origen está relacionado con la “Casa esquina del Caballito” construida en 1826 dentro del terreno comprendido por las arterias Rivadavia, Víctor Martínez, Emilio Mitre y Juan B Alberdi. El edificio fue demolido en 1875 pero dio lugar a otro de análogas habitualidades llamado Pulpería de Caballito, esta vez en la esquina exacta de Emilio Mitre y Rivadavia, vértice sudeste.  En 1910 aún subsistía en ese mismo enclave con  la mítica figura preservada, según se dice,  desde el siglo XVIII : el característico caballito de latón sobre el tejado, como se aprecia en la siguiente foto histórica barrrial.
 
 
Paralelamente, otros sitos lograron aquerenciarse en el creciente núcleo poblacional. Vale la pena evocar uno de ellos, la Pulpería, Casa de Trato y Lotería de Cartones de Bartolo Gutiérrez, quien solicitó autorización para instalarla con la finalidad de “pasar las noches de inbierno por medio de una diverción casera” (sic), según consta en una nota de su puño y letra fechada el 16 de Junio de 1832. Ya en el siglo XX, tanto Flores como Caballito hicieron explosión (demográficamente hablando), al igual que todas sus actividades industriales, comerciales y sociales. Recordamos los cafés Asia y Paulista, así como la confitería La Perla de Flores, ubicada en diagonal a la Plaza Pueyrredón (ex Plaza Flores). Los lugareños más veteranos  no olvidan tampoco a Las Orquídeas (Yerbal y Sud América, hoy Artigas) ni al Palacio de los Billares, situado en la vereda opuesta. No menos añoranzas se tejen en torno a la confitería Londres (Rivadavia y Boyacá) y el bar La Cosechera (Rivadavia y Pedernera).
 
 
Finalizamos, como solemos hacerlo cuando hay material al respecto, con un antiguo refugio cafeteril porteño de antigua data que logró sobrevivir hasta la actualidad. Se trata del bar El Coleccionista, nacido en la década de 1930 como El Cóndor. El cambio de nombre se debe a que en una de sus mesas se fundó, el 21 de Agosto de 1956, la Asociación Filatélica Temática Argentina (AFITA). Precisamente, el Parque Rivadavia (ex Lezica), situado enfrente del reducto en cuestión, se ha caracterizado durante décadas por ser una meca para  coleccionistas y hobbistas de todo género.


Notas:

(1) Allí se realizaron las reuniones previas al  Pacto de San José de Flores, suscripto en 1859 por Buenos Aires y la Confederación. Este  acuerdo  es  uno  de  los “pactos preexistentes” mencionados en la Constitución Nacional.
(2) Gentilicio del oriundo de Guipúzcoa, localidad del País Vasco.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Estampas del comercio antiguo: las confiterías

Una definición  bastante acertada de la palabra confitería es la del lugar en el que se elaboran confituras, pasteles y diferentes productos de la repostería. Los diccionarios de la lengua castellana añaden que según cierto americanismo -muy extendido-  el vocablo se utiliza como sinónimo del bar, el café o el despacho de bebidas. Por supuesto, los idiomas no siempre son capaces de recrear el sentido que adquieren algunos términos en lugares específicos y épocas determinadas. Por eso, le dedicaremos esta entrada a la evocación de las “confiterías” argentinas de los siglos XIX y XX, especialmente a las de la Ciudad de Buenos Aires. Los historiadores urbanos Enrique Mayochi y Jorge Busse proponen una excelente explicación de la diferencia entre la confitería de antaño y el resto de los locales gastronómicos, al decir que “confiterías las hubo desde siempre y siempre fueron más que cafés, porque eran presentadas, más  que  un  lugar para solitarios y jugadores de dados, como un ámbito para familias, parejas  de  novios  y señoras”. Y agregan: “el diccionario las define como establecimientos en los que los confiteros hacen y venden dulces, a lo que se agrega que en algunas zonas son también salones de té, cafeterías y bares. En nuestro caso, el de las ciudades y pueblos de la Argentina, una confitería fue a la vez lo uno y también lo otro”.


En esta tesis tan concisa como efectiva  se  dejan   entrever algunos rasgos de identidad que poseían  los locales que  nos ocupan: la presencia asidua del género femenino (rara vez visible en los sórdidos bolichones y fondines    pretéritos),    la elaboración propia de algunas delicatesen (dulces y saladas) y un ambiente general de categoría y distinción. Desde ya  que  no todas las que se denominaron de esa manera estuvieron siempre a la altura de las circunstancias, pero trataremos de recordar un puñado de   aquellas que lograron inmortalizarse como reductos aptos para reuniones, tertulias y encuentros entre los habitantes porteños a lo largo de muchas décadas. Así, en un somero repaso por los barrios, podríamos señalar no pocos ejemplos ubicados en Belgrano, como la Confitería Belgrano que ya existía en 1876 junto a la estación homónima  (Mendoza y Arriberños), o la Confitería Bassi, de  gran  importancia social y  política  en  su época.  No  menos trascendente fue la Confitería de las Barrancas de Belgrano, fundada en 1915 y cuyo local (11 de Septiembre y La Pampa) es ocupado hoy por una oficina de la Dirección de Espacios Verdes de la ciudad.
 

Pero, lógicamente, las más célebres en la memoria colectiva son aquellas situadas dentro de la zona céntrica y sus alrededores, con alguna digna excepción. Elegimos tres para el recuerdo, que son ni  más  ni  menos que las confiterías Del Molino, Ideal y Las Violetas. Cualquier porteño medianamente conocedor de su ciudad sabe muy bien los motivos de esa elección,  tratándose de comercios legendarios con una enorme carga histórica y cultural, aunque con muy diferente suerte según cada caso. Si hablamos de la primera, su inauguración se remonta al año 1917 en la tradicional esquina de Callao y Rivadavia, que fuera adquirida por el pastelero iltaliano Cayetano Brenna algunos años antes. El comerciante peninsular ya era conocido desde el siglo XIX por ofrecer sus especialidades (merengue, marrón glacé, panettone de castañas, imperial ruso) en un local cercano de la calle Rodríguez Peña. La construcción del edificio contó con materiales traídos directamente de Europa en la línea de los lujosos mármoles y vitraux tan requeridos entonces. Durante decenios, la Confitería del Molino fue un lugar de reunión por excelencia para la burguesía y  buena  parte  del ambiente artístico y político, al punto de que la mayoría de los legisladores del vecino Congreso tenía abierta allí su cuenta corriente. A Brenna le siguieron las administraciones de Renato Varesse (1938 a 1950), Antonio Armentano (1950 a 1978) y los  propios  nietos del fundador, quienes no pudieron sostener el veterano emprendimiento con la consecuente baja de cortinas el 23 de febrero de 1997. Hoy, el edificio duerme un largo sueño, a pesar de haber sido declarado lugar histórico nacional y patrimonio cultural de la UNESCO.
 
 
La Confitería Ideal nació en 1912 como “salón de té”. En sus buenos años llegó a contar con una auténtica orquesta de señoritas y se  erigía  como  el  lugar elegido por las muchachas oficinistas que trabajaban cerca para  reunirse  en  animadas  veladas. Independientemente  de su estampa física,  el   sitio  contaba  con   toda  la oferta característica de los comercios de su categoría: confites,  productos  de  pastelería, panificación fina, servicio de lunch y las mejores alternativas en artículos de licorería y cafetería. Luego de varios años signada por una vida  agónica,  su  declaración  de patrimonio histórico y bar notable (1) la convirtió en  un centro de interés  para el turismo extranjero. Actualmente se realizan allí cursos de tango y otros eventos de carácter cultural.


Dejamos para el remate a la confitería que mejor representa un caso de “final feliz”. Se trata de Las Violetas, inaugurada en 1884 y remodelada en la década de 1920 con la incorporación de materiales similares a los de sus congéneres, de acuerdo con el gusto por el lujo arquitectónico típico de  su  tiempo: vidrios curvos,   vitrales  y  mármoles importados. Luego de una vida intensa y exitosa cayó en el penoso olvido que la hizo cerrar a principios de la década de 1990. En 2001 pasó a formar parte de la lista de bares notables porteños y fue restaurada en todo su esplendor, comenzando así una etapa en la que parece tener el mismo suceso que en sus mejores épocas. Las Violetas cuenta con el servicio gastronómico más completo de su tipo, que incluye no solamente las consabidas preparaciones reposteras y pasteleras, sino también un variado menú para almuerzos y cenas. Quizás por ello, o  por su belleza visual, o simplemente  por su ángel, es tan frecuentada por la vecindad  ciudadana en esa esquina noreste de Medrano y Rivadavia.


Notas:

(1) Los bares notables son 73 establecimientos gastronómicos seleccionados por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en base a su riqueza histórica, cultural y arquitectónica. Además de las mencionadas confiterías y a modo de ejemplo, otros integrantes de la lista son La Biela, el Tortoni, Los 36 Billares, el Bar Británico, La Giralda y El Federal. No obstante  la propaganda que implica pertenecer a  tan  prestigiosa nómina, ha habido casos recientes de cierres definitivos en establecimientos notables, como el Café Argos de Chacarita y la Confitería Richmond de la calle Florida. El compendio completo de establecimientos incluidos se puede consultar en Wikipedia:  http://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Bares_notables_de_Buenos_Aires

miércoles, 29 de agosto de 2012

Un legendario oporto argentino de la vieja guardia: crónica de una degustación 1

¿Puede una añosa y desaparecida marca de vinos ser calificada como “legendaria”? Desde luego que sí, cuando el que emplea ese calificativo posee pruebas para sostener semejante adjetivación. Y ciertamente creemos tenerlas, tanto como para asegurar que nos referimos a un producto emblemático del segmento de los vinos dulces con una trayectoria de ochenta años en el mercado nacional. Y ello, sin contar su generosa presencia en infinidad de testimonios y registros del pasado, desde  libros contables hasta publicidades y obras de la literatura patria. Así tal cual fue el Vino Cordero, un proverbial artículo de consumo que logró perdurar en las estanterías del comercio vernáculo desde mediados del siglo XIX hasta similar período del XX, lapso en el que obtuvo el reconocimiento público como vino de postre argentino por excelencia.


En 1867, Francisco Cordero comenzó  a comercializar un vino dulce al estilo de los  célebres licorosos europeos que tanta aceptación tenían en el mercado nacional (1). Eran los tiempos en que oportos, marsalas, jereces y moscateles resultaban casi indispensables para las buenas mesas argentinas. Incluso se les atribuían  propiedades cuasi medicinales para todo tipo de malestares estomacales y respiratorios. De hecho, un eslogan típico de la marca en cuestión a lo largo de su historia tenía que ver con el tema, y decía: “El Vino Cordero vigoriza y fortalece. Para postres, banquetes, tertulias, casamientos y bautizos. Por su pureza es un vino ideal, de sabor exquisito y aromático”.   Tal mensaje perduró por ocho décadas  con  ligeras  modificaciones,  tanto  en  las publicidades como en la propia etiqueta. En sus buenos tiempos bastaba pedir “un Cordero” para que el interlocutor -mozo, pulpero, almacenero  o  dependiente  de cualquier local gastronómico del país- supiera de qué se le estaba hablando.


Para destacar la celebridad y el prestigio que lo acompañó durante su dilatada vida conviene empezar contrastando algunos hechos. Cuando la etiqueta hizo su aparición pública, la industria vitivinícola argentina estaba en pañales. La mayoría de los vinos eran comunes y se fraccionaban en barriles para su despacho directo a la venta. El Cordero, mientras tanto, era envasado en una sólida botella de vidrio adornada por  la vistosa etiqueta que pronto se hizo famosa. En ese orden de cosas, nunca fue un vino barato: su precio se acercaba a los de varios artículos similares del Viejo Mundo. Desde el punto de vista de los testimonios documentales que ya analizamos o que analizaremos oportunamente en este blog, lo encontramos en las siguientes ocasiones:

1898: libro de stock del Ferrocarril Sud, a $ 4,50 la botella de litro
1927: guía comercial del Ferrocarril Provincial de Buenos Aires, a $ 0,40 la copa. (2)
1938: guía comercial del Ferrocarril Sud, a $ 0,40 la copa
1943: revista y catálogo “La Cooperación Libre” de El Hogar Obrero, a $ 2,25 (litro) y $ 1,35 (1/2 litro)

Pero la cosa no se agota allí. Durante todo ese período también era frecuente verlo en los principales medios gráficos de noticias y actualidad, como Caras y Carteas o PBT. Sus propagandas alternaban cándidos mensajes alusivos a reuniones familiares con otros de tono humorístico, en los que no faltaban  las   caricaturas políticas y los versos. Famoso, por ejemplo, fue el anuncio del año 1907 que mostraba una personificación del presidente José Figueroa Alcorta durante una cena con la leyenda: entre ustedes la navidad pasar, en La Haya yo prefiero, por eso voy a brindar, por la Argentina primero,  y el suculento manjar,  de  la  “Frutilla  al Cordero”. (3)  Precisamente, fue entre las décadas de 1890  y  1920  que  la  marca  alcanzó su  cenit  de reputación, popularidad y ventas. Hacia 1930 su estrella comenzaba a declinar lentamente, pero la obtención de un premio en la Exposición Industrial Argentina de 1933 y  1934  le  dio  un  nuevo  impulso,   como  lo evidencian  varios folletos alegóricos impresos para la ocasión  (4). Dos últimos datos refuerzan la fama positiva que tenía el producto. En la comedia ¡Al Campo! de Nicolás Granada, estrenada en 1902, una  escena  presenta  a  la  protagonista femenina intentando suicidarse mediante la ingesta de “Solución de Buffach y Vino Cordero” (5). Finalmente, en el año 1900, el propio Francisco Cordero se presentó ante la justicia junto con varias prestigiosas firmas de bebidas por un sonado caso de falsificación de marcas que involucraba a un  tal Generoso Mosca. Otros querellantes eran Gerónimo Bonomi (por Amaro Monte Cúdine), Otard Dupuy, Cusenier, los hermanos Branca (por Fernet Branca) y H. Secrestat (por Bitter Secrestat) (6).  El hecho da una idea bastante certera de los productos a los que se equiparaba el Vino Cordero.


Bien, la cuestión es que el responsable de este blog pudo hacerse de una botella genuina y cerrada del caldo de marras, cuya fecha de producción se ubica en algún punto del decenio de 1940. Por supuesto, el manjar líquido fue debidamente degustado y analizado por  nuestro eficaz equipo de cata. Pero necesitábamos una entrada previa para profundizar sobre la historia de este mítico vino dulce argentino. La crónica concreta de la degustación estará aquí muy pronto.

                                                            CONTINUARÁ…

 Notas

(1) Todo indica que Cordero nunca tuvo una bodega propia, sino que era una especie de négociant  que compraba vinos en Cuyo (especialmente en San Juan) y los fraccionaba en Buenos Aires. La creación vinícola de su autoría tuvo un éxito formidable que lo sobrevivió por mucho tiempo, ya que falleció el 25 de Julio de 1903. Sus herederas (esposa e hijas) continuaron en  la actividad  por al menos cinco décadas más.
(2) Señalado en la entrada del 30/10/2011
(3) En 1907, Roque Sáenz Peña encabezó la delegación argentina en la Segunda Conferencia de La Haya sobre Derecho Internacional, en representación del presidente.
(4) A partir de 1871, cuando ganó la primera medalla en la Exposición Nacional de Córdoba, el Vino Cordero obtuvo numerosas distinciones en exposiciones locales e internacionales. Su etiqueta y contraetiqueta se caracterizaban por la profusión de imágenes y mensajes relativos a tales logros.



















(5) La Solución de Buffach era un potente insecticida de la época. Evidentemente la escena satiriza el método de suicidio, porque la mezcla combina algo tóxico con un producto reconocido como una delicia.
(6) El fallo se dictó el 21 de Mayo de 1900. El acusado Mosca fue declarado culpable y condenado a pagar una multa de quinientos pesos.

domingo, 19 de agosto de 2012

Europa en Buenos Aires: la Avenida de Mayo 1

Al decir de muchos, es la más europea de las arterias sudamericanas, en la que se mezcla el estilo francés de la perspectiva visual con la esencia hispánica de su espíritu. Tuvo épocas de elegancia fastuosa, como un  símbolo de la riqueza que disfrutaban  las clases altas de la sociedad argentina. Pero también fue escenario del acervo cultural porteño y de no pocos enfrentamientos políticos. En sus veredas contrastaban  hoteles de lujo y opulentas confiterías con peñas literarias, teatros y comités partidarios. Casi todo podía verse y oírse allí, en la Avenida de Mayo, esa que supo abrirse paso en medio  de  una  Buenos   Aires  todavía  chata  y  colonial. La que albergó el primer subterráneo de Sudamérica. La que elegían las damas del centenario para lucirse con la última   moda  de  París.  La que generó importantes grescas entre republicanos y falangistas durante la triste época de la Guerra Civil. La que atesoró siempre el mayor contenido gastronómico auténticamente español. La de los bares, los restaurantes, las cigarrerías y los hoteles. La que ha sido, en definitiva, un pedazo de Europa en Buenos Aires durante casi ciento veinte años.


No está demás apuntar que este tradicional paseo fue abierto a partir de una demolición parcial que atravesó  por  el  medio  a  las  diez   manzanas comprendidas entre Rivadavia e Hipólito Yrigoyen, desde Bolívar hasta Luis Sáenz Peña (1).  El proyecto original data del año 1869, pero la obra comenzó en 1883 con la aprobación definitiva del trazado y fue inaugurada en 1894. Desde entonces, la   Avenida  de  Mayo  supo   ser  una  meca gastronómica  asociada  a  las  tradiciones  culturales  del  Viejo  Mundo y a  los acontecimientos históricos de nuestra república. En ese orden de cosas, su lista de bares, cafés, confiterías, restaurantes y hoteles es más que larga, pero trataremos de señalar los más típicos y recordables por mérito propio.  Descendiendo numéricamente, es decir, de oeste a este (como le gusta caminarla a un servidor), los testimonios nos hablan del Bar Avenida (1493), el Café Berna (1460), la Confitería  del  Centenario (1347), el Café del Siglo (1313), el bar La Puerta del Sol (1164), el American Bar (1084), el café La Armonía (1002), el Café Gaulois (899), el  Café  Latino  (729), el  Café Madrid  (701), la Cervecería Keller (651) , el bar La Cosechera (625, 850 y 1200, según las épocas) y los cafés La Nueva Prensa (587) y La Prensa (564), entre tantos otros que adornaron sus aceras más que seculares.

En el Gaulois (más tarde rebautizado Café Central), Julio de Caro estrenó el tango Mala Junta (2). El café La Armonía, fundado en 1899 por los hermanos Caneda,  era conocido por servir el mejor chocolate con  churros  de  la  ciudad,  y  también  fue llamado “café de los cómicos” por la presencia constante de actores y actrices que interpretaban ese tipo de rutinas. A  la  altura  del  1208  se encontraba el Café Español, al que concurrían tanto franquistas como republicanos. Los historiadores Oscar Himschoot y Ricardo Ostuni señalan que “los enfrentamientos solían terminar  a  sillazo  limpio, botellazos y cuanto objeto contundente se tuviera a mano”.  En el Bar Avenida (1493) se reunían los periodistas de Crítica, el recordado diario de Natalio Botana. Asimismo hubo, en la arteria que nos ocupa, varias cervecerías. Además  de  la  mencionada Keller, también se recuerda otra de nombre Berna, establecida en 1923 por Daniel Calzado y cuya especialidad gastronómica era el singular Emparedado Berna: un sándwich de lomito con anchoas. Por su parte, la confitería La Victoria, en la esquina noroeste de Chacabuco, fue pionera en servir la sidra en balón.


Ahora bien, llegado este punto, muchos se preguntarán: ¿que hay del Tortoni, de Los 36 Billares, del Hotel Castelar  y de ciertos restaurantes casi legendarios  situados aún hoy en las inmediaciones? A no desesperar, que la  presente  es  sólo  la primera de tres entradas destinadas  a  completar  el   tema. La  próxima  versará   sobre   los   sitios tradicionales que lograron subsistir hasta el presente, y la última acerca de  todo lo que tiene que ver con la hotelería de lujo, tal vez la faceta histórica menos conocida de nuestra Avenida de Mayo.

                                                              CONTINUARÁ…

Notas:

(1) La concreción del proyecto fue un avance del progreso para la ciudad, pero también dejó su tendal de víctimas de la picota. En lo que hace a la gastronomía, uno de los caídos fue el “Café Ristorante di Milano con Alloggio", ubicado frente a la Plaza Lorea (es decir, en el extremo oriental de la actual Plaza Congreso). Las siguientes son dos fotos del curioso edificio estilo “castillo” que albergaba al comercio de marras. En una se puede ver el frente del negocio y en la otra se aprecia una vista panorámica de la Plaza Lorea con el tanque  que servía para el abastecimiento de agua corriente en un amplio sector de la metrópoli. La flecha marca el edificio de referencia, ubicado exactamente en la franja donde  pasa hoy la Avenida de Mayo.


(2) Así como la Avenida Corrientes resultó ser tanguera por excelencia, la Avenida de Mayo tuvo muy pocos reductos dedicados al género musical porteño. Desde el punto de vista artístico, siempre estuvo más ligada a los teatros de la zona y no tanto a la música. No obstante, además del mencionado De Caro, contó con la asistencia esporádica de algunos personajes de la talla de Roberto Firpo, quien recordaba  un trabajo que tuvo en cierta confitería ubicada, según sus propias palabras, “enfrente del Pasaje Barolo” (2a). De acuerdo con su añoranza comenzó tocando sonatas, romanzas y valses en el piano, pero un día convenció al dueño de interpretar un tango acompañado  en bandoneón por su amigo Bachicha. El resultado fue tan sorprendente como paradójico: si bien el  evento convocó a una  ruidosa  y   nutrida  concurrencia,  también   hizo  huir a  las  familias tradicionales que poblaban el lugar, motivo por el cual los músicos resultaron despedidos de inmediato.
(2a) El Pasaje Barolo es una galería que comunica  la Avenida de Mayo con la calle Hipólito Yrigoyen a través del edificio Palacio Barolo. Esta bellísima construcción, inaugurada en 1923, fue en su momento la más alta de Buenos Aires. Hoy se realizan allí visitas guiadas. Tiene una página web propia: http://www.pbarolo.com.ar/


martes, 14 de agosto de 2012

Esa foto tiene una marca

Así como el poder testimonial de las fotografías resulta enorme a los fines del periodismo gráfico, suele suceder que las imágenes dejen   registro   de   hechos puramente simples y cotidianos, no tan trascendentes como los acontecimientos    políticos, sociales, culturales y deportivos de la historia. Y también ocurre que   esas   instantáneas, irrelevantes a primera vista, no lo sean tanto,  y  que  podamos encontrar en ellas valiosos datos de época incluidos casi sin querer. Así, fotos familiares o callejeras sacadas con el más humilde propósito amateur terminan resultando valiosas  para  la  investigación del pasado. En ese contexto, muchas fotografías pretéritas esconden curiosidades que permiten recrear la popularidad de diferentes marcas comerciales, como lo demuestra la presencia absolutamente casual  de carteles, propagandas y envases  en añosas instantáneas. Por ese motivo, hoy le vamos a dedicar la entrada completa a un puñado de  estampas  en  las  que  antiguos  emblemas  del  comercio  se  “colaron”  en forma  involuntaria. En el primer caso no hace falta aclarar nada respecto de los rótulos señalados con flecha, puesto que se trata nada menos que del chocolate Nestlé y  la cerveza Quilmes. Pero no deja de ser curiosa la circunstancia de la toma: dos empleados ferroviarios posando junto a tres niños (tal vez sus propios  hijos) en el andén de una pequeña estación argentina de ferrocarril.


El segundo caso presenta características diferentes, que traen a colación lo dicho anteriormente sobre el carácter episódico y casual que adquieren los testimonios fotográficos. Se trata de un documento periodístico que refleja el accidente ocurrido en la ciudad de Mar del Plata entre un tranvía y un colectivo de la empresa Explanada-General Pueyrredón, promediando la década de 1940. En el frente del primer vehículo se puede observar el clásico anuncio de los cigarros Avanti con el sencillo pero efectivo mensaje: “fume Avanti” (1) (2)


Luego  continuamos  con  una  fracción  de la panorámica obtenida en el viejo Puente Pueyrredón que cruza el Riachuelo, mirando hacia Avellaneda. En aquellos años (circa 1930)  la cantidad y  variedad  de  vehículos  que  lo cruzaban era ciertamente importante, tanto como la profusión de carteles propagandísticos. Y entre ellos destacamos el del legendario Amaro Monte Cúdine,   aperitivo  elaborado  por  Bonomi Hermanos desde el año1885 en base a la fórmula tradicional que combina vino con extractos de diferentes hierbas (3). Muchos años antes,  a finales del siglo XIX, otra instantánea que inmortaliza  los alrededores del mítico Mercado del Plata nos permite ver una modalidad tipo “pasacalles” de uso muy común entonces. A pocos metros de la esquina (posiblemente las actuales Perón y Carlos Pellegrini) se aprecia desde atrás un letrero semicircular con la leyenda “pidan Licores Cusenier”.


Para finalizar nos internamos en un antiguo bar porteño, donde un pequeño grupo familiar disfruta de una notable variedad de bebidas. De una vista atenta y ampliada concluimos que la imagen es muy rica en materia de marcas (4), pero nos quedamos con dos de ellas:  la  botella  de  Pineral  en la mesa y el cartel de la cerveza Palermo Estrasburgo en el mostrador. Viejos nombres que seguiremos recreando en este blog, porque para eso estamos…


Notas:

(1) La historia de esta marca fue analizada en dos entradas subidas durante los meses de Noviembre y Diciembre de 2011.
(2) Avanti tenía tres o cuatro consignas para sus publicidades, que repitió durante décadas mientras modificaba los diseños. Algunos de ellos fueron el mencionado “fume Avanti”, así como otro que rezaba “Avanti, cuanto más se fuman más gustan” o el más sencillo de todos, en el que simplemente aparecía la marca junto al precio sugerido al público, con el aditamento “el mismo cigarro y el mismo precio en toda la república”.


(3) El antiguo edificio de la empresa Monte Cúdine en la Avenida Belgrano 2280 fue reciclado y puesto en valor hace algunos años para la instalación de una galería comercial del ramo de los muebles.


(4) Se pueden observar también publicidades y envases de Toddy, pastillas Volpi y whisky Johnnie Walker, entre otras. La botella sobre la mesa a la izquierda parece ser de Chinato Garda, otra gloriosa marca de antaño, pero no puedo afirmarlo con absoluta seguridad.