viernes, 30 de enero de 2015

Los "containers" del pasado: cascos, barriles, bordelesas, cuñetes, pipas, bocoys, tercerolas, cuarterolas y toneles

La madera es un material que ha venido acompañando a la humanidad desde sus comienzos. Noble, útil y fácil de trabajar, posee además la ventaja de ser un recurso renovable, a pesar de que esa misma humanidad  encuentra grandes dificultades para entender que “renovable” no significa “inagotable”. Con todo  y más allá de eso (que no constituye el tema central de este blog), es un hecho que la madera fue el contenedor por excelencia para todo tipo de mercaderías líquidas y sólidas, dado que ningún otro material llegó a ser tan utilizado para fabricar recipientes destinados a la guarda y -sobre todo- el transporte de enseres. Veremos a continuación que semejante abundancia quedó muy bien registrada en viejos documentos argentinos de los siglos XIX  y  XX mostrando la amplia variedad de usos,  formatos  y tamaños, muchas veces nominados según las costumbres de cada región del mundo desde donde se despachaban  hacia  nuestro  país.  Y  veremos  también  que  en  la Argentina  llegó a existir una industria tonelera de gran envergadura dedicada a producir recipientes con toda clase de maderas autóctonas.


Los registros pretéritos de mayor confiabilidad documental consisten en estadísticas sobre las importaciones que arriban a nuestros muelles en la segunda mitad de los años 1800. De ello hemos visto algo no hace mucho,   pero si nos enfocamos en el tema específico de los envases de madera surge una asombrosa variedad de tipos y nombres. Analicemos a continuación el significado básico de cada modelo de recipiente mencionado en aquellos apuntes de carácter oficial volcados por los veteranos funcionarios de aduanas:

- Casco: era la más genérica de las denominaciones, referida a cualquier envase de madera más allá de su tamaño o forma.
- Barril: casco pequeño a mediano, desde 50 hasta 250 litros.
- Bordalesa: también conocida como “bordelesa” por ser típica de Burdeos, de donde llegaba una enorme cantidad de vinos, licores, aguardientes y bebidas derivadas. Su tamaño oscilaba entre 200 y 250 litros.
- Cuñete: recipiente chato de forma semi cónica (un poco más grande en el fondo que en la tapa). Era usado mayormente para el transporte de aceitunas  y  otros comestibles.
- Pipa: más grande que el promedio de los barriles, por lo general cercana a los 500/600  litros de capacidad.
- Bocoy: un tipo de pipa voluminosa con alrededor de 750 litros. La denominación es muy típica de ciertas zonas de España, como el Duero.
- Tercerola: expresión empleada para referirse a una vasija cuyas dimensiones se acercaban a la tercera parte de un tonel. Como unidad de medida equivalía a 130 litros.
- Cuarterola: similar a la anterior,  pero referida a la cuarta parte de un tonel.   Sin embargo, como referencia volumétrica apenas se distinguía de la tercerola, ya que su correspondencia era de 120 litros.
- Tonel: recipiente mayor a 700 u 800 litros destinado casi siempre a la guarda estática, aunque se lo descubre esporádicamente en algunas estadísticas de desembarcos aduaneros.


Desde ya debe quedar claro que las diferentes gamas de contenido y configuración visual eran enormemente variables. No era lo mismo el barril español que el barril francés o el  inglés, e incluso sus contenidos fluctuaban según las distintas regiones  de  cada  país.  Tampoco  debemos considerar al roble como el único material utilizado para la próspera y dinámica industria tonelera de la época. Bien al contrario, había un amplio repertorio de maderas, dentro del cual, sin dudas, el antedicho era el más abundante, pero también se explotaban con el mismo fin el castaño, el nogal, la encina y un largo etcétera.  Y la variedad de mercaderías que allí realizaban su viaje no le iba en zaga por su amplitud, con algunas sorpresas que resultan inimaginables en nuestros  días.   Ateniéndome sólo a un breve vistazo de tres  o  cuatro documentos antiguos, puedo mencionar las siguientes, en orden alfabético: aceite de oliva, aceitunas, aguardiente, ajenjo, arenques, bacalao, castañas, caña, cerveza (1), cigarros, cognac, garbanzos, ginebra, grasa comestible, lenguas, manteca, pimienta, salchichón, sardinas, tabaco en rama, vermouth, vinos (de todo tipo salvo espumantes), whisky y yerba mate. Repito que es una lista somera  relativa a los tres ítems de nuestro interés,   que  no abarca todo aquello no comestible,  bebestible  o  fumable.   El uso de los envases de madera quedaba reservado para un único tipo de producto a lo largo de toda su vida útil. Parece algo muy obvio, pero es bueno hacer el comentario por si alguien piensa que un barril de manteca o sardinas se empleaba luego para transportar vino, lo que no ocurría en ningún caso.  En cambio sí era factible la reciprocidad entre productos del mismo género o razonablemente cercanos: un casco de cognac no solamente era apto para vinos, sino que podía llegar a mejorarlos, en especial cuando se trataba de vinos dulces. Del mismo modo, los barriles para transportar pescado (siempre con el añadido de sal) servían para cualquier espécimen de su categoría.


Con ese panorama en vista, la actividad tonelera nacional nació, creció y tuvo su edad de oro entre 1880 y 1950. Aunque estaba dedicada fundamentalmente al ramo de bebidas y muy especialmente al vino (todas las bodegas tenían su sección de tonelería para la fabricación, la reparación y el mantenimiento), hubo otros rubros que utilizaron  la madera como envase, con la curiosidad adicional de que  el repertorio  de  especies englobaba muchos tipos de nuestros bosques nativos.  Una nota de la revista MAN (iniciales del Ministerio de Agricultura de la Nación)   publicada en noviembre  de  1942,  ilustra bien al respecto. Bajo el título “Tonelería con maderas argentinas”, el artículo expone una serie de fotos con los diferentes procesos de fabricación y el siguiente y escueto texto, que reproducimos para terminar: “en tonelería se utiliza una gran variedad de maderas procedentes de distintas regiones del país.  Las cubas se hacen con raulí,  los toneles con algarrobo,  los barriles para el transporte de manteca con maniu,  y los barriles comunes con ñandipá,  ibirá,  catú, guayaibí, aguay-guazú, iberá-puitá, cohiué, guindo, lenga, ñandubay y espinillo, que son apropiadas por sus características para duelas y arcos.”


Notas:

(1) Contrariamente a la idea estereotipada, el barril de madera no gozaba de un uso extendido para el transporte de esa bebida por su permeabilidad y las dificultades que acarreaba a la hora de mantener la presión del gas carbónico. Generalmente, los barriles de cerveza tenían un revestimiento interno de resina que mitigaba en parte sus falencias de hermeticidad, pero la película era  muy delicada y tendiente a romperse ante cualquier golpe o movimiento brusco. Es fácil así imaginar los problemas generados durante las operaciones de embarque  y  desembarco, la estiba,  el movimiento en alta mar y otros episodios habituales del negocio naviero. Incluso un barril bien tratado y guardado perdía completamente su  presión en quince o veinte días, según testimonios de la época. Por tal motivo, la gran mayoría de la cerveza se importaba en botellas desde los años más tempranos del siglo XIX.


domingo, 18 de enero de 2015

Un mítico vermouth inmortalizado por el tango... y denunciado por la aduana

El Morocho y el Oriental es un tango-milonga de 1946 con música de Ángel D’Agostino y letra de Enrique  Cadícamo.   Su  título es un homenaje a dos figuras legendarias del género musical porteño por excelencia: Carlos Gardel y José Razzano, quienes formaron un proverbial dueto entre los años 1911 y 1925. Los versos, perpetuados en la memoria colectiva gracias al renombre de las dos figuras aludidas,  cuentan con algunas estrofas que describen muy bien el ambiente de un típico cafetín boquense ubicado en la esquina de  Almirante Brown y Olavarría. El segmento que nos interesa es el siguiente:

Histórico bodegón
del Priorato y del Trinchieri
donde una noche Cafieri
entró a copar la reunión.
Traía un dúo de cantores,
y haciendo orgulloso punta,
dijo: “aquí traigo una yunta
que cantando hace primores”.
Y con acento cordial,
fue diciendo medio chocho:
“este mozo es el Morocho,
y éste, Pepe, el Oriental”.

La  mención  de  viejos  productos  bebestibles  no  pasó desapercibida y son numerosos los estudiosos de la literatura tanguera  que  se  han  ocupado  de investigar su identidad. Ciertamente no es difícil dar con ellos por ser artículos de fama bien documentada a lo largo del pasado y muy populares entre el consumo argentino de antaño.  El Priorato es un antiquísimo vino tinto español producido en la región catalana de Tarragona que arribó en grandes cantidades a nuestro país durante las últimas décadas  del  siglo  XIX  y  las  primeras  del  XX  (1). Trinchieri,   por   su   parte,   era una marca de vermouths  y aperitivos elaborados por la Societá Trinchieri- Brosio en Italia, que también se importaba copiosamente hacia el 1900 (2). De este último caso nos vamos a ocupar hoy,  haciendo hincapié en un dato prácticamente desconocido:  sus problemas recurrentes con las autoridades aduaneras e impositivas de la  época.    Pero antes de pasar al núcleo del  asunto observemos una imagen de la planta sita en la Via Tesso 8 bis de Torino (Turín, si lo castellanizamos), ciudad  licorista peninsular por excelencia. La dedicatoria manuscrita está fechada el 21 de Mayo de 1904.


Cronológicamente hablando, la foto en cuestión coincide bastante con  la llegada del artículo a nuestro país, ya que el 8 de julio de 1905 recibió la jerarquía de vino medicinal dentro de la compleja nomenclatura de impuestos, avalúos y tarifas aduaneras de aquel tiempo.   Para acceder a ese privilegio (pagar menos derechos) era necesario estar incluido en alguna categoría relativa al caso, como la de ciertos ejemplares del “Vino Chinato” (quinado) con alto contenido de quinina, el principal derivado de la quina.   Pero  claro,  cuando tales  productos  se  destinaban específicamente al ámbito farmacéutico eran presentados en envases visiblemente distintos por su forma y contenido  -volúmenes que no superaban los 300 o 350 centímetros cúbicos- ,  que  además  se vendían sólo en  boticas y droguerías. Así y todo, el Trinchieri  pasó la prueba y continuó pagando aranceles de “vino medicinal” por varios años, no obstante su popularidad y su botella convencional de litro. Pero en algún momento alguien se percató del error, tal cual lo demuestra la resolución publicada en el Boletín Oficial el 14 de Diciembre de 1910. Allí se deja constancia de cierto informe elevado por la Administración de Impuestos Internos dos años antes, sentenciando que el Trinchieri “se vende en almacenes, confiterías, bar, etc.” y que “es simplemente un aperitivo a base de vino”. Ergo, fue re categorizado como tal y dejó de ser considerado un remedio.


Apenas dos años después ubicamos un incidente parecido, transcripto en el Boletín Oficial con fecha 22 de octubre de 1912. En esa ocasión se trató de la denuncia realizada por un Vista de Aduana (3) respecto a que el Trinchieri venía declarado como vermouth, pero es realidad era un aperitivo a base de vino quinado. Quizás  por  lo reciente  del episodio anterior, el Tribunal de Vistas desestimó rápidamente la denuncia considerando que   “la  parte  técnica del  asunto  está  plenamente  resuelta  por certificados  de reparticiones oficiales, en cuanto a que se trata de un vino compuesto tipo vermouth y que no contiene como principio amargo un alcaloide de la quina”. Más adelante sentencia más lapidariamente aún que el Trinchieri no contiene quina según los análisis,   y  luego nos permite saber que para ese entonces  ya se habían despachado al consumo 150.000 cajones (4). Ahora bien, los dos casos señalados parecen evidenciar la existencia de una confusión manifiesta con respecto al rótulo que nos ocupa, presentando incluso algunos elementos totalmente contradictorios.     La resolución de 1910 asegura que contenía quinina (“aunque la cantidad de alcaloide es pequeña”) y la de 1912 resulta terminante confirmando lo contrario. En definitiva, ¿qué era el Trinchieri?


El origen del entuerto parece estar en la difusa mezcla de denominaciones que la propia casa de Italia utilizaba para nominar el producto. Independientemente de otros artículos fabricados por Trinchieri, como Americano y Fernet,  los testimonios evidencian que su etiqueta preferida en Argentina (la misma señalada por el tango) era el Vermouth, pero que éste era designado indistintamente como Vermouth  a secas, como Vino Chinato o como Vermouth Chinato.   Semejante repertorio de títulos para referirse a lo mismo es observable en antiguas publicidades de la marca, lo que sin dudas fue motivo de muchos dolores de cabeza para los funcionarios aduaneros argentinos en los tiempos del Centenario. Y no era para menos: por ese entonces existían decenas de bebidas del mismo tipo, nacionales e importadas, pertenecientes a diferentes categorías legales y distintos cuadros arancelarios.


Por lo pronto, de algo podemos estar seguros: en aquel histórico bodegón de La Boca los parroquianos no se preocupaban mucho por eso.


Notas:

(1) Es un hecho que el Priorato actuó como reemplazo del Carlón, el otro vino de origen español que tuvo su época dorada en la primera mitad del XIX.
(2) Además de vermouths y aperitivos diversos, Trinchieri producía un Fernet que también estuvo presente en estas latitudes, según consta en la antigua publicidad dispuesta  a continuación. Su concesionario y distribuidor en Argentina era Mignaquy y Cía., una casa muy reconocida que se ocupó durante décadas de importar y vender todo tipo de alimentos, bebidas y tabacos. De ella hemos hablado mucho en el blog Tras las huellas del toscano, ya que se especializaba en el segmento de los cigarros italianos.


(3) Se llama  Vista de Aduana  al funcionario aduanero encargado de inspeccionar las mercaderías que pasan por esa dependencia, tanto de importación como de exportación. A él le cabe la responsabilidad de verificar los contenidos y cotejarlos con las respectivas declaraciones según las normas vigentes.
(4) En ese entonces se utilizaba el cajón de doce unidades, lo que da un millón ochocientas mil botellas.

domingo, 11 de enero de 2015

Justo Castro, el pionero olvidado de la vitivinicultura sanjuanina

Muchas veces la  historia suele ser injusta,  no tanto por lo que dice, sino más bien por lo que omite. En ese orden de cosas,   el descuido o la negligencia privan al porvenir de hechos y personajes cuya inclusión  en los anales del pasado es  casi imprescindible.   Los  registros  pretéritos  de  la vitivinicultura argentina no escapan a semejante fenómeno, con determinados ejemplos  realmente significativos. En este blog hemos dado cuenta de algún  caso muy notorio (1), tal cual vamos a hacer hoy con otro emblema  de  los  ilustres prohombres del vino nacional caídos en el olvido. Hablamos de  Justo  Castro,  considerado por muchos  historiadores especializados como el iniciador a gran escala de la actividad en la provincia de San Juan. Veremos que la importancia de su establecimiento y de sus productos quedó muy bien registrada en diferentes publicaciones de la época, lo que reafirma esa trascendencia histórica de la que hablamos. Pero lo más interesante es conocer la semblanza de este caballero de origen salteño, cuya vida estuvo estrechamente vinculada a grandes personalidades.


Justo Castro  nació en Salta el 17 de octubre de 1837, fruto de la unión entre  Manuela  Elizondo  y  Julián Castro,  un militar que combatió en las guerras de la Independencia bajo las órdenes de Rondeau, Belgrano y Güemes. Por 1856, contando con poco menos de 20 años, logró reunir un pequeño capital  y  se dedicó al comercio de mulas, tanto a su compra y venta como al transporte de mercaderías por ese antiquísimo medio de tracción a sangre. Pocos años después se dispuso a ampliar su radio de acción estableciendo caravanas hacia Cuyo  y  Chile,   lo que le permitió un contacto directo con varios personajes de la entonces incipiente industria vitivinícola. Fue en 1862 cuando conoció a Domingo Faustino Sarmiento, por entonces gobernador de San Juan,  quien  a  su  vez  lo  puso  en  contacto  con  dos eminencias del cultivo de la vid: los agrónomos franceses René Lefebre y Michel Aime Pouget (este último, nada menos que el introductor del Malbec en Argentina). No pasó mucho tiempo para el que el visionario  y emprendedor que nos ocupa se abocara a construir su nombre dentro de la industria. Así, en 1876, inicia la plantación de viñedos con uvas francesas importadas directamente de  Europa  según las sabias directivas técnicas de Pouget. Las crónicas hablan de un lote original de 500 cepas  Malbec que  rápidamente fueron extendidas a otras variedades hasta totalizar 52 hectáreas con una densidad de  4800  plantas por hectárea,   a lo que se sumó el emplazamiento de una bodega realmente holgada en la localidad de Caucete,  que tuvo el privilegio de ser la más grande de San Juan por mucho tiempo. La primera producción documentada data de 1882 en cantidad de1500 bordelesas (unos 300.000 litros), aunque los años posteriores serían testigos de un crecimiento meteórico en volúmenes, ventas y prestigio comercial.


Si señalamos a Castro como un pionero de nuestra industria del vino equiparable a Civit, Arizu, Benegas,   Giol o Tirasso, no fue por un simple capricho, ya que su voluntad   de   crecimiento   cualitativo   e   innovación tecnológica lo pone a la par de otros grandes de la época. Para 1886, en la plenitud de su éxito como empresa, la bodega totalizaba una superficie plantada con 250.000 cepas y poco menos de un millón de litros de producción final, incluyendo depósitos y centros de distribución en Buenos Aires  y  La Plata bajo la razón social  “Castro Hermanos”.     Nuestro prócer no dudaba en contratar costosos asesoramientos externos (como el de un enólogo austríaco que hizo venir a la Argentina en 1887)  y  disponer los últimos adelantos en materia de insumos y procesos de producción: implantación de cepas finas (Cabernet, Pinot, Semillón),  toneles de roble de Nancy,  motores a vapor para la generación de energía y toda la parafernalia imaginable hace ciento treinta años.   Pero Castro tenía además  otras  ambiciones  personales,   que lo llevaron a vender en 1889 parte del establecimiento a tres socios bastante curiosos y por cierto notables: el italiano Conde de Médici, el catalán Luis Castells y su coterráneo Francisco Uriburu, salteño y hermano del luego  presidente  José  Evaristo  Uriburu.  Dedicado de lleno a la política en los años siguientes,  fue elegido vicegobernador de San Juan en  1893  y  en 1895  alcanzó la primera magistratura provincial al ocupar una banca de senador nacional su compañero de fórmula Domingo Morón, hasta entonces gobernador. Justo Castro falleció el 13 de octubre de 1900, a sólo cuatro días de cumplir 63 años.


No caben dudas de que la época dorada de la firma fue la década de 1880, cuando sus productos aparecían en todo tipo de publicaciones, entre las cuales escogimos dos casos paradigmáticos.  Uno es el apéndice comercial del Censo Municipal de Buenos Aires de 1887, donde podemos observar el Vino Embotellado Argentino Chateau Castro al precio de $ 1,80 por unidad.  Más tarde,  a comienzos del decenio de 1890 (2),  cierto aviso impreso en los periódicos porteños nos brinda valiosos indicios sobre la variedad de productos  ofrecidos.   Bajo  el  encabezamiento Vinos argentinos de pura uva del Establecimiento Vinícola de  Justo Castro,     el anuncio destaca que éstos han sido premiados en las exposiciones de Mendoza, San Juan y últimamente dos del Paraná, y que fueron analizados y aprobados por la Oficina Química Municipal.  Las “clases de vinos” enumeradas son Chateau Castro (el ícono de la casa), Castro Generoso, Uva Burdeos, Caucete, Caucete Especial, Andino Extra, Andino Especial, Lágrima Cuyo, Moscatel Especial,  Jerez Dulce,  Jerez Seco   y   Perla de San Juan. Semejante nomenclatura es otro indicio de la jerarquía   y   justa reputación que rodeaban a  la bodega, ya que hablamos de un tiempo en que más del noventa y cinco por ciento de la producción argentina estaba compuesta por vinos comunes fraccionados en barril con rótulos genéricos al estilo de tinto, blanco, dulce o seco y no mucho más que eso.


Entre 1900 y 1940 la bodega pasó a llamarse “Uriburu” por el socio mayoritario del viejo grupo al que vendió Castro en 1889. Desde 1920 entró en una pronunciada decadencia, hasta que fue rematada  y  adquirida en 1943 por la Sociedad Anónima El Parque.   Con  ese nombre se la conoció durante el resto de su vida, casi siempre vinculada a productos típicos regionales como moscateles, mistelas, vinos licorosos y también algunos blancos y tintos convencionales. Por la década de 1990 su actividad declinó hasta completar el cierre total    y definitivo que acabó resultando en un virtual abandono. Hoy  existen diferentes  proyectos  del  municipio  de Caucete para ocupar la vieja y enorme planta con actividades de utilidad pública (terminal de ómnibus, museo, camping municipal, cuartel de bomberos, entre otros), pero a la fecha el lugar continúa mostrando un aspecto que ni por asomo evoca los buenos tiempos de su fundador Justo Castro, el prócer desconocido del vino nacional.

Notas:

(1) Fue en la entrada del 18/04/2012,  “El primer bodeguero patagónico”,  donde recordamos a Carmelo Bottazzi, un precursor de la industria del vino en el sector austral de nuestro país.
(2) No tenemos la fecha exacta de publicación, pero un dato revelador nos acerca bastante: la frase "numeración nueva” aplicada al domicilio de Balcarce 476-478, dado que ese cambio se realizó entre los años 1892 y 1893.

miércoles, 7 de enero de 2015

Antología de entradas: degustando productos de consumo masivo

Entre los múltiples propósitos que persigue este espacio se encuentra el de recrear las costumbres argentinas de antaño  en materia de consumos cotidianos. Tal objetivo no es fácil de alcanzar cuando nos movemos muy atrás en el tiempo.   Sin embargo, mediante la búsqueda, la recopilación y el análisis de documentos   y   testimonios antiguos hemos podido abordar ciertos pantallazos sobre los modos de comer, beber y fumar de nuestros compatriotas de los siglos XIX y XX, tanto en lo que respecta a los productos como a las maneras y los entornos. Hacia mediados de 2012  nos  propusimos  ir  más  lejos  y comenzamos a practicar regularmente un sistema tan inusual como efectivo para entender algo más sobre estas cuestiones pretéritas, que es la degustación de productos añejos. Desde el inicio descartamos toda posibilidad de adaptar ese procedimiento a los alimentos (ninguno subsiste tanto tiempo en buenas condiciones), pero logramos utilizarlo para evaluar tabacos y bebidas.


No obstante ello, tampoco era posible hacerlo con cualquier producto perteneciente a dichos géneros. Los cigarros de hoja más conocidos, por  ejemplo,   se degradan con los años (especialmente  por  la  falta  de  humedad  o  el  ataque  de pequeños insectos) y algo similar ocurre con los cigarrillos. Lo mismo sucede con la mayoría de los vinos, con los espumantes y con cualquier bebida carbonatada, sin  alcohol,  o de baja graduación alcohólica. Probar cosas así no tiene demasiado sentido, ya que no permite recrear en forma alguna los aromas y sabores de sus épocas de esplendor. Pero existen también ciertos tipos de cigarros cuya naturaleza los hace casi eternos, como los toscanos,   y muchas bebidas capaces de soportar décadas enteras al abrigo de una botella: los vinos licorosos del tipo jerez u oporto, los destilados y los vermouths, entre otros. Optamos entonces por buscar y seleccionar ese tipo  de  joyas  para  nuestros  eventos  de  cata,  siempre  tratando  de  contestar  los interrogantes que más nos interesan, a saber:  ¿cómo eran,  qué aroma emanaban, qué  sabor  transmitían,   qué  grado  de  calidad  alcanzaron  las  respectivas  industrias elaboradoras?  He aquí los resultados obtenidos durante nuestras degustaciones, volcados en las siguientes entradas:

Los últimos Avanti de la CIBA
La legendaria marca Avanti llegó a ser sinónimo del toscano en nuestro país. A partir de un paquete de dos cigarros fechados entre  1950  y  1960  realizamos  una  “fumata” histórica para conocer mejor el pasado de este singular artículo,  que ostenta el privilegio de haber sido el más vendido de su tipo a lo largo de setenta años. http://goo.gl/Zy38gS
Los toscanos ítalo argentinos de la SATI
En la tercera década del siglo XX el gobierno italiano decidió instalar una fábrica de tabacos en Buenos Aires para competir dentro del prometedor mercado nacional de toscanos y cigarrillos. Esa gran factoría fue conocida como la SATI (Societá Anónima Tabacchi Italiani), y tuvimos la enorme suerte de probar unos raros prototipos de su mítico rótulo Regia Italiana, nada menos que de los años cuarenta. http://goo.gl/EMHhnm
Un legendario oporto argentino de la vieja guardia
Hablando de mitos, el Vino Cordero adquiere una jerarquía épica en el pasado de la vitivinicultura argentina. Su historia se remonta al año 1867, y para 1900 era el más famoso de los vinos dulces de nuestra patria, cuya fama se extendía a menciones en revistas y obras de teatro. Su historia es tan rica que subimos dos entradas sobre el tema, una con sus antecedentes y otra con la degustación de una vieja botella datada  en el decenio de 1940. 1° parte:  http://goo.gl/hZa5o9 2° parte: http://goo.gl/eFgqSq


Histórico gin tonic en el Casal de Catalunya
El gin es un aguardiente de origen bien pretérito y su consumo en estas tierras data del período colonial.  Dos botellas de las marcas  Hiram Walker  y  Royal Ludgate  nos permitieron transportarnos a un época bastante más cercana pero no menos interesante: los años sesenta del siglo pasado, cuando la coctelería argentina estaba en su apogeo. Y para ello, ¿qué mejor que un buen gin tonic probado por un grupo de amigos conocedores? http://goo.gl/GI5nDA
Dos portentos en los años dorados del vermouth
Ya señalamos que existen marcas cuya sola mención equivale a evocar productos determinados. Y en la Argentina, hablar de Cinzano o de  Martini equivale a hablar de vermouth, esa bebida que trasciende  su nombre para convertirse en un momento del día, en una ceremonia que se llevó a cabo en bares y casas de familia durante más de un siglo. Sendas botellas datadas hacia 1953 nos depararon gratísimas sorpresas al respecto. http://goo.gl/W7BFsz
Los toscanos rosarinos de Fernández y Sust
Volvimos al toscano (el cigarro puro más consumido en la Argentina del ayer) de la mano de un antiguo establecimiento radicado en la ciudad de Rosario.   Una de sus marcas, Génova, llegó a ser muy célebre y exitosa. En este caso, a la degustación en sí misma, se sumó el curioso origen de los paquetes. http://goo.gl/bNZlIA
Jerez, el aperitivo del pasado
Hubo un tiempo durante el cual el consumo de vinos generosos –tanto secos como dulces- equiparaba al de los vinos normales de mesa. Entre ellos, el Jerez era el preferido para el aperitivo. Un viejo envase cerrado e intacto de la marca mendocina Espiño nos hizo evocar aquella costumbre perdida. http://goo.gl/AqJ49f




















Brissago, el curioso cigarro que fue moda en la Argentina de antaño
Pocos saben que en las últimas décadas del siglo XIX los puros se fumaban a la par de los cigarrillos, y que nuestro país era un activo productor e importador de manufacturas tabacaleras. Entre los artículos  más exóticos que hacían las delicias de los argentinos de aquel tiempo se destacaba el Brissago o Virginia, cigarro largo y muy delgado con una hebra de paja en su interior.  En este caso no probamos ejemplares antiguos,  sino especímenes actuales de origen austríaco que se elaboran con los mismos métodos artesanales de entonces. La crónica abarca dos entradas: una para reseñar su historia y otra para la cata misma. 1° parte:  http://goo.gl/zkgi7L  2° parte: http://goo.gl/iojNEi
Tres añosas alhajas de la buena enología nativa
La vieja bodega Arizu de Mendoza era una verdadera institución dentro de esa provincia, y uno de sus enólogos, don Raúl de la Mota, fue pionero de la vitivinicultura argentina moderna. Logramos conjugar la rica historia de la bodega y del personaje a través de dos productos de la casa: el jerez Don Balbino y el oporto Viejo Juez.  http://goo.gl/o9EAgP


Por supuesto que seguiremos con nuestras catas en el futuro, aunque no viene mal recordar todo lo hecho en los tres años de existencia de este blog, en especial para aquellos que tengan la curiosidad de revivir, conocer o repasar esos momentos.