martes, 27 de septiembre de 2016

La Guía Kunz 1886 y sus anuncios de gastronomía y alimentación 1

Hace mucho tiempo, cuando la búsqueda virtual ni siquiera era imaginada en la ficción futurista, el público tenía diferentes maneras para acceder a los datos elementales sobre la ciudad de Buenos Aires. El más común era recurrir a las numerosas publicaciones que se editaban con el nombre de Guías y diferentes aditamentos de especificación como Guía para Viajeros o Guía de Comercio. Algunas de ellas comenzaron con esos perfiles turísticos y mercantiles para luego evolucionar  hacia los simples planos de calles, logrando así una prolongada vigencia cronológica (la Guía Peuser, por ejemplo), mientras que otras tuvieron sus tiempos de gloria en el transcurso del siglo XIX, como la otrora famosa Guía Kraft -bien conocida por cualquier investigador del pasado porteño que se precie de tal- o la menos célebre Guía Kunz. Esta última era verdaderamente notable, pues su casi millar de páginas comprendía una completa nomenclatura de todos los domicilios existentes en el entonces reducido casco urbano, arteria por arteria y número por número, incluyendo quién era el propietario de cada  inmueble y quiénes sus ocupantes.


Como si eso fuera poco, el singular prospecto antecesor de las guías telefónicas también pregonaba la ocupación de los ciudadanos, haciendo las veces de un auténtico censo poblacional. La completitud de su edición correspondiente al año 1886 se expresa además en  los múltiples caminos para acceder a la información (por calle, apellido, ocupación o rubro comercial), en su carácter multilingüe (español, italiano, francés, inglés, portugués y alemán) y en  su manifiesta minuciosidad. Como cierre de todo ello había un apéndice publicitario donde no faltaban los quehaceres vinculados al comer y el beber que tanto nos preocupan aquí, y en los que pondremos nuestra atención a lo largo de tres entradas. Hoy vamos a enfocarnos en el tema gastronómico propiamente dicho resaltando la marcada presencia de elementos destinados a despertar el interés de las nutridas colectividades europeas. Para comenzar tenemos un dueto bien representativo: el English Restaurant de la calle Lima y el Café Holandés de Rivadavia 400, que a su labor culinaria añadía la importación de artículos propios del neerland como ginebra, bitter, arenque, pescado de sal, cerveza y hasta flores de Haarlem.


Mientras tanto, el Hotel de la Cruz de Malta de David Bissone contaba con un café y restaurante en el que servían (de acuerdo a su anuncio) comida a la italiana, francesa e inglesa, acompañada por vinos italianos y extranjeros (1). En el aviso del Bier Convent de Carlos Aue, en cambio, sólo se difunde culinaria germana  junto con cerveza "del barril" y cervezas extranjeras. No hay pormenores sobre el tipo de viandas que servía el Restaurant y Posada del Correo de Antonio Baragiola, aunque las líneas escritas en la parte izquierda despejan cualquier duda respecto a su identidad nacional: “colazione e pranzo (desayuno y almuerzo) a tutte le ore; vini e liquori di tutte le qualitá a prezzi modici.”


En Victoria 694 esquina Zeballos (actualmente Hipólito Yrigoyen y Virrey Cevallos) (2) era sita la Panadería Alsaciana de Grinner y Metz, quienes por lo visto contaban con una producción ampliamente superadora de la impronta teutona sugerida por sus apellidos. En efecto, el aviso indica facturas de tortas de todas clases por mayor y menor,  pero la mayor curiosidad reside en la oferta de pan inglés, francés, alemán e italiano. Finalmente, en el Almacén Liberal de José Cibeira la población podía surtirse de las siguientes vituallas y bebestibles: gran surtidos de vinos –Oporto, Jerez, Málaga, Asti, Livorno, Champagne, Burdeos, Argentinos. Cervezas inglesas y alemanas. Especialidad en yerbas, café, té, salames, jamones, chocolates y conservas francesas y españolas, legumbres, etc., etc. Nada mal para lo que normalmente imaginamos asequible hace 130 años, si bien ya hemos visto en este blog que dicha época se caracterizó, entre otras cosas, por la enorme disponibilidad de artículos argentinos e importados.


En la próxima entrada veremos lo que corresponde a vinos, cervezas, aperitivos, destilados y licores. Mientras tanto nos despedimos con una bonita imagen coloreada típica de las viejas tarjetas postales en las vísperas del 1900, donde se observa cierta esquina irreconocible en la actualidad: Martín García y Paseo Colón, vista hacia el sudeste desde la barranca del Parque Lezama. El edificio en primer plano a la derecha es la legendaria estación de pasajeros Casa Amarilla, con su restaurante y su cartel de Peppermint, una especialidad de los Licores Cusenier.


                                                           CONTINUARÁ…

Notas:

(1) Como se puede observar, el original reza textualmente“estranjeros”. Hay infinidad de errores de ortografía y algunos modismos idiomáticos de época en las publicidades que presentaremos durante toda la serie. Por ese motivo voy a transcribirlos de manera correcta para evitar aclaraciones en cada caso.
(2) Vale puntualizar que las numeraciones no son las actuales. Hasta 1893 los números se asignaban acumulativamente y no había límites determinados para cada cuadra. De esa manera no existía ningún tipo de uniformidad, haciendo que dos calles paralelas en una misma manzana pudieran exhibir numeraciones muy alejadas entre sí.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Enigmas sobre bebidas importadas en los tiempos de la Confederación Argentina

De acuerdo con el repertorio hispano de términos contables, la palabra avalúo define el valor monetario que se adjudica a un bien físico determinado. Esa expresión es raramente empleada por los argentinos de nuestro tiempo, aunque continúa vigente en otros países de América Latina, especialmente en lo relativo al comercio de inmuebles. Sin embargo, el vocablo tuvo amplia utilización local durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX, pero con un significado diferente. En aquellos días, los avalúos eran gravámenes aplicados a los artículos importados que recalaban en nuestros puertos. Por lo tanto, el uso de la palabra estaba ampliamente extendido entre los funcionarios impositivos y aduaneros, mientras que las alusiones respectivas se hallaban diseminadas en toda clase de publicaciones y documentos oficiales.


En ese orden de cosas, un viejo Registro Estadístico del año 1857 (1) presenta las Tarifas de Avalúos de los principales productos comercializados en el mercado nacional por vía de la importación. El tópico de referencia, que ha sido tocado muchas veces aquí, presenta en este caso una faceta que lo hace particularmente interesante y digno de análisis: la presencia de cuadros tarifarios variables según las distintas graduaciones alcohólicas y medidas de volumen. Veremos a continuación que ello daba lugar a curiosas jerarquías, muchas de las cuales suscitan interrogantes difíciles de contestar. Un primer grupo sugestivo está compuesto por  los “aguardientes”, apelativo que abarcaba un extenso abanico de bebidas destiladas de todo tipo y procedencia. Los extractos del texto original tienen un tamaño suficiente como para ser apreciados a simple vista, por lo que pasamos a presentar la primera imagen con los renglones correspondientes.


Desde el punto de  histórico, este grupo cuenta con algunos aspectos que llaman la atención y en los que no falta una cierta dosis de intriga, comenzando por las marcadas disimilitudes en el tamaño promedio de los contenedores y particularmente de las pipas, que podían ser de 128, 143 o 150 galones (2). También observamos “garrafones” de 3 o 4 galones y damajuanas de 2 ½ a 3 galones. Luego,  la nomenclatura de las bebidas en sí mismas revela un ítem sorpresivo en tiempo y lugar: los aguardientes y anisados del Báltico. ¿De qué regiones podían provenir tales brebajes? Si tomamos literalmente el alcance geográfico de dicho mar y revisamos un mapa de Europa a mediados del siglo diecinueve, veremos que sólo podía tratarse de los estados de Alemania, Dinamarca, Suecia y Rusia (3). A Alemania podemos descartarla porque un renglón posterior corresponde al aguardiente llamado de Hamburgo, nombre más que elocuente como para suponer que era embarcado en ese puerto del Mar del Norte. Por lo tanto nos quedan Suecia, Dinamarca y Rusia, lo que traducido a sus bebestibles más antiguos y famosos equivale a decir Schnapps, Aquavit y Vodka. ¿Cuál de ellos sería el “aguardiente del Báltico”? Imposible saberlo con certeza: tal vez esa denominación genérica los comprendía a todos por igual, incluyendo calidades rudimentarias, categorías marginales e incluso mezclas hechas para el granel, pero la cita no deja de ser curiosa (4).


Con todo,  lo más singular del repertorio espirituoso está dado por las graduaciones extrañamente bajas, que comprenden  tres categorías en el orden de los 32 a 35°, 26 a 28° y 18 a 20°. La primera parece más o menos lógica para lo que hoy entendemos como “aguardiente”, la segunda ya empieza a resultar demasiado moderada y la tercera remite directamente a otro tipo de bebidas, como los vinos encabezados (5). No es sencillo hallar explicaciones sobre el particular en vista del tiempo transcurrido. Quizás se trataba de simples escaños tarifarios nominales que no tenían su correlato en la práctica, quizás la aduana porteña tenía un método propio para mediciones etílicas (poco probable) o quizás los destilados que llegaban a la Argentina de la época eran efectivamente menos alcohólicos, por elaboración o por dilución con agua.


A continuación aparecen el coñac, las ginebras y los licores en todo su abigarramiento de presentaciones (graneles, cascos, damajuanas, cajones por doce botellas) y ascendencias. El primero -con su prototipo “inglés”- demuestra lo lejos que se estaba entonces del concepto denominaciones de origen. Las ginebras sugieren una cierta capacidad de discernimiento respecto a calidades comunes y calidades finas, amén de despejar toda duda sobre la autenticidad de los grados alcohólicos que mencionamos antes. Por raro que parezca, el testimonio de marras indica en forma aparentemente categórica que había ginebras de 18 a 20°, y también otras “de graduación alta como los aguardientes del norte”. Analizando la comunidad licorosa notamos que el ajenjo predominaba con holgura pero sin detrimento de las restantes clases exitosas como el marrasquino, el curaçao y el cherry cordial (apuntado “chericordial”) (6)


Por último, la gama de vinos exhibe numerosos ejemplares de acreditada fama (Jerez, Oporto, Burdeos) junto a sus “imitaciones”. Aparecen asimismo el Asti  (registrado chapuceramente como Asty), el vermouth de Turín (Torino), el Madeira (Madera es su castellanización), el otrora prestigioso blanco del Rin, el dulce Frontignan  y los menos conocidos (aunque muy nombrados en la época)  tintos Marsella y Cette, que quizás no fueran otra cosa que vinos de la región de Languedoc embarcados por el Mediterráneo.


La investigación histórica es capaz de responder muchas preguntas a la vez de generar otras. ¿Habrán bebido vodka, aquavit y demás destilados nórdicos nuestros compatriotas contemporáneos de Urquiza, Rosas y Sarmiento? ¿Cómo se entienden aquellas ginebras de 20 grados de alcohol?  ¿Cuál sería en esos tiempos el consumo per cápita del popularísimo ajenjo? Posiblemente podamos contestar estos interrogantes en el futuro, o tal vez no, pero mientras tanto no perdemos nuetras inveteradas ganas de escudriñar en la niebla espesa de los siglos idos.


Notas:

(1) Más allá de la mera diferencia cronológica que nos separa (159 años, nada menos), es bueno puntualizar algunos hechos históricos proclives de hacernos comprender adecuadamente la antigüedad del registro. En 1857 gobernaba la Confederación Argentina Justo José de Urquiza,  mientras en la provincia de Buenos Aires (que aún se hallaba separada) se producía el traspaso de mando entre el gobernador saliente Pastor Obligado y el entrante Valentín Alsina. Ese mismo años era inaugurado el primer “camino de hierro” del país: el Ferrocarril del Oeste, con apenas 10 kilómetros entre la Estación del Parque (actual predio del teatro Colón) y Floresta.


(2) No nos extenderemos en el tema de las viejas  unidades de pesos y medidas de los países angloparlantes, aunque es necesario aclarar que tanto el “galón” como los demás patrones para sólidos y líquidos no estaban estandarizados universalmente. Bien al contrario, existían múltiples interpretaciones de cada uno en Europa y América ( a veces dentro de un mismo país). Con los años la cuestión se fue simplificando, pero aún perduran algunas disparidades de criterio. Para darse una breve idea, ver el siguientes enlace: https://es.wikipedia.org/wiki/Gal%C3%B3n
(3) Incluimos al reino de Prusia dentro de Alemania. También existía el reino de Finlandia, pero estaba bajo dominio y control absoluto del imperio Ruso.
(4) Sobran motivos para considerarla así. A título de ejemplo, no hay registros explícitos de consumo de vodka en la Argentina hasta bien entrado el siglo XX.
(5) Es normal preguntarse si los parámetros para considerar el grado alcohólico eran entonces similares a los actuales, y la respuesta es afirmativa. Muchos años después apareció en los países angloparlantes una medida llamada proof  que se diferencia por la escala volumétrica de medición (sobre 200 en lugar de 100), pero si acaso intentáramos tomar ese patrón referencial las graduaciones serían aún más bajas, ya que el proof duplica numéricamente al grado estándar. Por ejemplo, 35° equivalen a 70 proof.
(6) Sobre el Cordial hicimos una entrada completa el 18/2/2016. 

domingo, 28 de agosto de 2016

Viendo los bares de Biondi

Un rating televisivo superior a los 50 puntos es casi impensable en nuestros días. Sin embargo, en la década de 1960 esa marca llegó a ser ampliamente  superada  por diferentes programas que todavía perduran en el recuerdo popular (1) (2). Uno de ellos fue el inolvidable Viendo a Biondi, protagonizado por el actor y humorista José “Pepe” Biondi (1909-1975), que se emitió por el canal 13  en diferentes franjas de horario central durante la mayor parte del decenio en cuestión. Básicamente, su entrega de media hora semanal -que convocaba indistintamente a chicos y grandes- consistía en breves sketches con arquetípicos personajes provistos de nombres muy evocadores, a veces incluyendo bajadas explicativas en rima. Bajo la máscara de Pepe Galleta (único guapo en camiseta), Pepe Curdeles (abogado, jurisconsulto y manyapapeles), Pepe Mamboleta (detective privado de la policía secreta)  Narciso Bello o El Gitano Pepe Luis, Biondi hacía uso de un histrionismo con mucho de circense para lograr cierto tipo de humor simple, sano y también, como alguna vez lo definió acertadamente un periodista, melancólico y justiciero.


Un repaso de aquellos logrados cuadros, cincuenta años después de su puesta en el aire (prácticamente todos están disponibles en la web), permite advertir un elemento común vinculado al interés que nos reúne en Consumos del Ayer: la más que frecuente ambientación en locales gastronómicos. La opinión del autor de este blog es que dicha insistencia no es nada casual, sino que está relacionada con los hábitos urbanos de la época, cuando la gente tenía por costumbre asistir diariamente a bares, restaurantes, cantinas y buffets de clubes para beber, comer, charlar con amigos o simplemente “matar el tiempo” (3). Ese modo de encuentro y contacto social le daba a los lugares involucrados un aire especial que hemos descripto en no pocas oportunidades. Y eso iba más allá los típicos componentes del mobiliario, actualmente tan buscados y festejados, como heladeras revestidas en madera, mostradores de estaño y cafeteras a vapor. De lo que hablamos es de un modo de vivir en comunidad, de relacionarse con los demás, que ya no se practica. En otras palabras: de un mundo desaparecido.


Pero Biondi, a través de su entrañable ficción, nos acerca asiduamente a los emprendimientos comerciales del comer y del beber que allá por los sesenta  no faltaban en casi ninguna esquina céntrica o barrial. Lejos de repetirse , sus escenografías cambiaban  de modo constante en función de entornos caracterizados por un notable cuidado en la recreación de los detalles. Dentro de la inabarcable cantidad de ocasiones en que Viendo a Biondi  exhibió el tópico que nos ocupa, seleccionamos algunas muestras representativas por variedad y calidad escenográfica. Quizás uno de los casos  más logrados es Cafetín de Buenos Aires, donde el minucioso marco visual incluye no solamente la consabida puerta vaivén vidriada, el mostrador y las estanterías colmadas de bebidas, sino además una sólida e imponente cafetera express del mismo y noble tipo que aún se utilizaba en ese entonces, no obstante pertenecer a la generación tecnológica de fines del siglo XIX y principios del XX.


A la hora de cambiar de eje temático, los decorados eran capaces también de modificarse para recrear cualquier tipo de situación, tiempo y lugar. Así, el Gitano Pepe Luis solía hacer de las suyas en típicas tabernas que retrotraían el pensamiento instantáneamente a las tascas y los colmados andaluces (o sus émulos en Argentina, que eran muchos), donde nunca faltaban los fogones, los calderos , las sartenes colgadas en la pared y las botellas sugerentes de algún buen jerez amontillado.


Aunque los cafetines y las fondas abundaban por su afinidad con los personajes cómicos paradigmáticos,  tampoco eran faltos los bares y restaurantes de mayor jerarquía. El sketch titulado Qué suerte para la desgracia (una de las frases emblemáticas de los personajes de Biondi), por ejemplo, transcurre en cierto comercio evidentemente aggiornado a la modernidad de los años sesenta, como lo demuestran los revestimientos en fórmica, las campanas de vidrio y otros toques reveladores. En La cena vemos a dos parejas en un restaurante de “alta gastronomía” según los parámetros de la época, tal cual lo demuestran algunas de las vituallas solicitadas, al estilo blanco de pavita con ensalada rusa y pollo a la Maryland. Al final de la escena y por medio de una observación atenta podemos apreciar que las dos botellas de vino servidas pertenecen a la marca Calvet Brut, muy en boga por esos años (4).


Podríamos seguir en el tema por una eternidad sin cansarnos de buscar y encontrar cosas de nuestro interés, pero lo visto es suficiente para ejemplificar el punto que nos ocupa. Desde aquella lejana e ingenua etapa fundacional de la TV argentina, Viendo a Biondi sigue robándonos sonrisas y mostrándonos cómo vivíamos entonces, siempre a través de su humana, inteligente y comprensiva comicidad.


Notas:

(1) Esos altos niveles de audiencia deben ser analizados considerando que un importante porcentaje de la población  no tenía acceso al medio, tanto por la falta del aparato correspondiente como por el hecho de vivir en zonas alejadas de los centros urbanos. Exceptuando el Canal 12 de Córdoba (segundo del país y primero del interior, lanzado al aire en abril de 1960), hasta 1966 la televisión argentina se limitó al ámbito geográfico de Capital Federal y Gran Buenos Aires, donde comenzaron a transmitir los canales 7 (1951), 9 (1960), 13 (1960), 11 (1961) y 2 de La Plata (1966). Recién a fines del decenio se produjo un verdadero auge televisivo mediante el emplazamiento de emisoras y repetidoras en distintos puntos del país, así como también por la puesta en funcionamiento de la primera estación para transmisiones vía satélite en cercanías de la ciudad bonaerense de Balcarce.


(2) Además, dichas mediciones  no son comparables con las de hoy por el acotado universo de alternativas abordables dentro de un mismo horario, coincidente con la reducida cantidad de canales disponibles hace medio siglo. Con todo, Viendo a Biondi fue líder de la pantalla chica durante el período 1962-1966, al punto tal que otros exitosos programas humorísticos y comedias como La Familia Falcón, Felipe y El Flequillo de Balá jamás lograron alcanzar sus históricos picos de 66,5 puntos.
(3) Lo dicho se hace extensivo a todo el cine y la televisión entre 1940 y 1980, cuando casi no había película, programa o telenovela que no mostrara a sus personajes ubicados en algún tipo de local gastronómico, de manera eventual o permanente.
(4) La Maison Calvet es una antigua casa vinícola de Burdeos del tipo négociant, lo que significa una especialidad enfocada en la compra, crianza, embotellamiento y comercialización de vinos, más que en la elaboración propiamente dicha. Su presencia en Argentina vía importaciones se remonta a fines del siglo XIX, como lo atestiguan viejas publicidades y souvenirs. Desde la década de 1930 existen en el mercado nacional vinos argentinos con ese rótulo, que han sido elaborados por diferentes bodegas según el paso de los años.


jueves, 11 de agosto de 2016

Un pequeño tratado sobre pimientas en revista "La Chacra" de 1934

El mensuario La Chacra ha sido sin dudas la publicación argentina pionera en temas rurales. Su aparición data de noviembre de 1930 con el sello de Editorial Atlántida (1), pero durante la segunda mitad del siglo XX su nombre fue levemente trastocado (se le eliminó el artículo)  e incluso dejó de pertenecer al grupo editor original, aunque  luego de ocho décadas y media sigue siendo una referencia indiscutida para el hombre de campo. Mientras tanto, su edición en papel resiste el avance de los distintos soportes virtuales experimentados en los últimos quinquenios. Allá por la primera época, el temario técnico más duro sobre cuestiones meramente agrícolas y pecuarias se veía complementado con diversas notas y consejos relativos a la alimentación, el cuidado de la vivienda o el aprovechamiento óptimo de la energía. En ese contexto, no era raro encontrar  algunas perlitas de carácter casi monográfico que exhibían un elevado nivel de especificidad y detalle.



















Un caso típico puede observarse en la edición correspondiente a Marzo de 1934, en la cual aparece una página entera bajo el título Condimentos con Pimienta y la autoría de Arístides Machado, un funcionario con el cargo de Jefe de Inspección de Graserías, según se anuncia debajo de su nombre. Tal como era típico en ese entonces, el artículo comienza con una reseña histórica del producto  que incluye los orígenes geográficos de la planta Piper Nigrum, su presencia en escritos antiguos (de Pilino y Discórides, por ejemplo) y el camino del comercio abierto por los fenómenos de la navegación y el desarrollo colonial europeo. Sigue el texto presentando las características básicas de la baya en cuestión (diámetro, color, períodos de madurez, cosecha, secado), los componentes esenciales (agua, sales, ácidos, extractos) y los diferentes tipos englobados bajo la denominación genérica de “pimienta” (3). No falta un sorprendente párrafo relativo a las falsificaciones efectuadas mediante el agregado de múltiples sustancias, que van desde pan rallado hasta polvo de ladrillo, tierra, carozos de aceituna molidos, fécula, celulosa, vegetales secos, mostaza en grano y laurel en polvo.


Muy completa asimismo resulta la enumeración de condiciones que debe reunir la pimienta para ser considerada legítima según los reglamentos bromatológicos de la época, pero el punto que más nos atrae a los efectos de nuestro interés viene a continuación, con el subtítulo Proporciones en que debe usarse en la preparación de productos derivados del cerdo. Este apartado era sin dudas el de mayor utilidad práctica para la gente de campo, gran aficionada (antes y ahora) a la elaboración artesanal y el consumo de una serie de embutidos, chacinados y fiambres denominados genéricamente “factura de cerdo”. La siguiente es la lista que presenta el autor con absoluta integridad textual de los nombres, las proporciones y el tamaño relativo del grano. Algunos rótulos resultan hoy un tanto extravagantes o directamente desconocidos, por lo cual hago aclaraciones en nota al pie (3):

Salchichas: 50 gramos, blanca o negra, en polvo.
Codeguines: 15 a 20 gramos, blanca molida.
Morcillas: 20 a 25 gramos, blanca molida.
Chorizos comunes: 15 a 20 gramos, triturada (cantidad a gusto para chorizos picantes)
Salames y salamines: 70 a 80 gramos, en grano.
Salame tipo Milán: 30 a 40 gramos, molida.
Sopresatta: 30 gramos, molida.
Bondiola: 25 gramos, s/e.
Mortadela: 20 gramos, en grano.
Salchichón: 20 a 25 gramos, molida.
Queso de chancho: 20 gramos, en grano.
Galantinas: 15 a 20 gramos, s/e.
Mambré: 10 a 20 gramos, blanca molida.
Pate de Foie y Jamón del Diablo: 15 a 20 gramos, blanca molida.


En efecto, la preparación  no sólo de factura sino también de escabeches y demás conservas era un rasgo distintivo de la vida rural argentina, cuando el campo estaba más poblado y sus habitantes apuntalaban sabiamente la economía familiar con actividades de granja y huerta que casi siempre tenían su corolario en la cocina. Vale entonces la mención de esta curiosa huella documental escrita y publicada hace ochenta y dos años.


Notas:

(1) La Editorial Atlántida, creada por el periodista uruguayo Constancio Vigil, fue una de las más importantes en el campo de las revistas volcadas hacia ciertos rubros específicos (infantiles, deportes, modas, interés general), amén de haber tenido una vigencia que se extendió a lo largo de todo el siglo XX para continuar en la actualidad. Entre los títulos más renombrados y perdurables podemos mencionar Billiken, El Gráfico y Para Ti.
(2) En este punto existen diversas controversias. Hoy hablamos de pimientas negras, blancas, verdes y rosas, pero muchos especialistas consideran sólo a algunas de ellas como auténticas y como “falsas” a las otras. No abundaremos en dicho tópico, sobre el cual hay bastantes referencias asequibles en internet. En el siguiente blog la cuestión está bien desarrollada: https://blog.cocinista.es/2013/08/26/las-pimientas-un-mundo-de-colores-sabores-formas-y-enganos/


(3) El Codeguin es un embutido fresco similar al chorizo de cerdo. La Galantina es un plato francés con cierta semejanza a la Terrina. El Mambré es un chacinado típico de España, aunque hoy rara vez se lo nombra.   En  algún  momento  parece haberse extendido a toda América, ya que pude ubicar un código alimenticio panameño del año 1962 con la mención del Mambré de Liebre