viernes, 24 de marzo de 2017

Precursores del bag-in-box

Como su nombre lo indica, el sistema bag-in-box para envasar líquidos consiste en una bolsa dentro de una caja. No obstante la simpleza del concepto, semejante adelanto es posible gracias a ciertos artilugios bastante sofisticados. La clave de todo reside en el material utilizado para fabricar el saco, compuesto por sucesivas capas de polietileno y  láminas metalizadas. Hay otros artificios que entran en juego, aunque el más vistoso y festejado es la válvula de descarga al estilo canilla o grifo. El conjunto asegura un perfecto equilibrio entre las presiones interna y externa, permitiendo que la bolsa interior se contraiga paulatinamente a medida que el líquido es extraído. Dichos atributos aseguran  una eficiente protección contra el oxígeno y la consecuente durabilidad del producto, que puede extenderse por quince o veinte días. En palabras típicas de un vendedor ambulante, algo práctico y necesario en toda casa moderna donde se disfruta alguna copa de vino acompañando las comidas, sin el eterno problema de las botellas abiertas a medio consumir.


Pero el expendio de vinos al consumidor mediante un grifo no es algo nuevo, ni mucho menos. Durante siglos, los barriles de madera contaron con un sistema mucho más rudimentario pero igualmente efectivo, basado en dos pequeños objetos de naturaleza básica. Nos referimos al espiche y a la espita, que, junto a las mismas vasijas de madera, fueron los verdaderos predecesores del bag-in box, de los dispensers profesionales y de cualquier otra técnica para fraccionar vinos y bebidas eludiendo las limitaciones de los  envases vidriados. Sin estas perlitas del ingenio humano hubiera sido imposible el despacho de vino suelto en almacenes, boliches y pulperías, así como el corte de caldos que realizaban los comerciantes de las grandes urbes. Hemos desmenuzado el tema muchas veces, incluso en el sentido de los fraudes que ello posibilitaba, pero el hecho es que la espita y el espiche fueron elementos sumamente comunes en los viejos tiempos.


El arquitecto Daniel Schavelzon, del Centro de Arqueología Urbana de la UBA, sintetiza muy bien el tema (1) explicando que “los barriles que contenían líquidos necesitaban un sistema para extraer su contenido sin destruirlos, por lo que desde antiguo existe una especie de canilla o pico vertedor (la espita) que se clavaba en alguna de sus partes. Cuando dejaba de usarse se colocaba un tapón de madera (el espiche) que hacía que el barril sirviera nuevamente.”  Y agrega, refiriéndose a la sencillez de su diseño: “estas viejas espitas eran simples llaves de paso con sólo una posición de apertura y tenían una forma tal que podían clavarse de un solo golpe sin que se deformaran o rompieran. Esto se lograba haciéndole al pasador un solo agujero; o estaba abierta o estaba cerrada.”. Las espitas más comunes se fabricaban en madera, eran baratas y tenían una duración limitada. También las había de bronce, caras y generalmente importadas, pero de durabilidad casi infinita. Los espiches, en cambio, eran siempre de madera (2)


Ya que es imprescindible algún boquete para introducir el vino, las barricas actuales siguen teniendo un orificio y un espiche de fábrica, ya no de madera, sino de metal o silicona. Este agujero se hace siempre en el lomo de la vasija y a veces era el que usaban los comerciantes  para colocar la espita, obligando a tener el barril de pie. Pero como la estiba de barriles resulta más práctica en forma horizontal (acostados), casi todos preferían  realizar otro orificio adicional en una de las tapas. Por lo tanto, resultaba común que los barriles tuvieran dos espiches tapando sendos agujeros: el de la bodega y el del comercio. En tiempos de la distribución de vinos y bebidas en cascos,  los espiches acompañaban a las barricas retornables durante toda su vida útil, yendo de aquí para allá. Las espitas, en cambio, eran propiedad de los almaceneros, bolicheros y/o pulperos, que debían contar con cierto surtido según la variedad de productos que despachaban en semejante modalidad. El repertorio era variable, pero los buenos comercios de antaño contaban al menos con un barril de tinto económico, otro de tinto más caro, uno de blanco seco y uno de vino dulce. A ellos podía agregarse la eventual oferta de destilados (grappa, caña, aguardiente) y de vermouth. En consecuencia, resulta lógico inferir que cualquier comercio gastronómico  tenía  al menos cuatro o cinco espitas en uso y algunas de repuesto para eventuales roturas.


Como tantos otros objetos antiguos, las espitas de madera se venden hoy como una especie de adorno, al igual que barrilitos de todas las formas y tamaños imaginables. Pero las de verdad dejaron de verse a mediados de la década de 1960, cuando desapareció definitivamente la comercialización de vinos a granel en envases de madera (3). Hoy podemos recordar tales objetos y hasta “jugar” con sus émulos decorativos, pero no debemos olvidar que barricas, espitas y espiches fueron los dispensers y los bag-in-box de nuestros antepasados.


Notas:

(1) Link para los que deseen  leer el informe completo: http://www.iaa.fadu.uba.ar/cau/?p=3860 Incluye imágenes de las espitas encontradas en excavaciones arqueológicas porteñas, con precisiones sobre los lugares de hallazgo.
(2) Es común confundir un término con otro o creer que son sinónimos. Los diccionarios de la lengua española lo definen bien: espita se refiere al grifo y espiche al tapón.
(3) El viejo cine argentino tiene infinidad de películas que muestran escenas de bares y fondas con barricas, e incluso algunos momentos puntuales del uso de las espitas, pero ninguno filmado en primer plano. Para ello hay que recurrir a la versión local de las Obras Maestras del Terror de Edgar Alan Poe, filmada en 1960 por el gran Narciso Ibáñez Menta. En El tonel de Amontillado hay acercamientos más que interesantes donde pueden verse espitas de madera en acción.


domingo, 5 de febrero de 2017

Charqui, pan y vino: la base alimentaria del ejército expedicionario a dos siglos del cruce de Los Andes

En estos días se cumplen 200 años de uno de los hechos militares más notables en la historia: el cruce de Los Andes efectuado por el Ejército Libertador al mando del General José de San Martín, más precisamente entre el 17 de enero y el 9 de febrero de 1817. Con todo, existen numerosas divergencias  en cuanto al rango exacto de fechas durante las cuales transcurrió este suceso tan caro a los sentimientos argentinos. En general, y de modo muy lógico, la discusión está centrada en el inicio y la finalización de la marcha, o quizás deberíamos decir marchas, puesto que no fue una sola sino varias las columnas que llevaron a cabo la hazaña a través de distintos pasos montañosos, las cuales -como es obvio- no salieron ni llegaron al unísono. A mi modo de entender, la disonancia sólo se puede zanjar cumpliendo una condición investigativa incontrovertible : determinar cuál fue el momento de  salida de la primera columna en movilizarse (fecha de inicio) y hacer lo propio respecto a la última que llegó a los valles poscordilleranos de Chile (fecha de finalización). Y aun así, quizás nunca se llegue a un acuerdo histórico definitivo (1).


Sin embargo, lo que nos interesa aquí está relacionado a los consumos del pasado, sentido en el cual la epopeya andina sanmartiniana permanece en una cuasi penumbra. Las pregunta relativas a qué comieron y bebieron aquellos hombres a lo largo de su prolongada y penosa travesía suelen tener algunas respuestas bastantes estereotípicas que no dejan de ser ciertas, aunque también escuetas, difusas y poco explicativas. Casi todo el mundo sabe que el charqui (carne secada al sol) fue uno de los alimentos más frecuentes durante la expedición debido a su extrema durabilidad. Por su parte, algunos relatos y ciertas obras del cine nacional muestran la presencia de vinos y aguardientes entre los bebestibles destinados a la tropa (2). Pero lo cierto es que el tópico de referencia  no se ha estudiado en profundidad, por ejemplo, para determinar si existían otros alimentos o la posibilidad de cocinar algunas preparaciones que fueran más allá de los ingredientes básicos en sí mismos. Vale decir: ¿el charque se comía siempre solo, o había alternativas? ¿Era factible conformar con él algún plato caliente en la precariedad de los campamentos, por más elemental que fuera?


Por lo pronto sabemos que, además del charqui, las provisiones incluyeron abundante cantidad de ajíes, ajos, cebollas, grasa, maíz y galleta de trigo. Agregando el charqui a una fritura en grasa compuesta por el ají, el ajo y la cebolla se conformaba un plato razonablemente digerible, mientras otros aseguran que algo mejor podía lograse hirviendo además un poco de maíz. Hay referencias de que el ejército salió desde Mendoza llevando una partida de ganado bovino en pie, lo cual era perfectamente viable, pero siempre hay que tener en cuenta que las diferentes etapas del viaje no tuvieron los mismos grados de peligrosidad, inclemencias y penuria. Los primeros días de marcha hasta llegar a los faldeos cordilleranos fueron relativamente calmos, y es casi seguro que en ese período se consumió la mayor parte de la carne fresca, así como la no documentada pero a veces mencionada provisión de queso, amén de otros alimentos perecederos del tipo  uvas, verduras y hortalizas, que sin duda los había en Mendoza durante el verano.


Un documento poco conocido logra despejar ciertas dudas. Se trata de la lista de donaciones hechas por los vecinos de Guaymallén durante los preparativos del cruce, incluyendo nombre y apellido de cada uno de los benefactores (3). Un extracto publicado en el libro Guaymallén, punto de encuentro y proyección (4) menciona los siguientes ítems, entre otros (5):

Antonio F. Moyano: 1 carreta de vino en pipas de 50 arrobas.
Fernando Güiraldes: 4 fanegas de garbanzos y 2 de nueces.
Francisco de Rosas: 25 arrobas de vino y 7 de aguardiente.
Antonio A. Villegas: 25 arrobas de vino.
José María Lima: 50 arrobas de vino.
Estanislao Pelliza: 4 paquetes de grasa.
Juan Antonio Sosa: 10 arrobas de vino.
Juan José Lemos: 14 fanegas de trigo.
Pedro José Pelliza: 1 pipa de vino con casco.
A. Gómez e Hijo: 60 arrobas de vino.
José León Torres: 10 arrobas de vino tinto y 8 de moscatel.
Fray José T. Moyano: 25 arrobas de vino.
Francisco Godoy: 4 arrobas de aguardiente y 1 de maíz.

Claramente, el vino encabeza el repertorio en términos de volumen , incluso con alguna diversificación encarnada por el entonces popularísimo Moscatel. También vemos aguardiente y materias primas granarias (trigo y maíz), junto a la grasa, las nueces y los garbanzos. Sumados a los antes mencionados ajíes, ajos y cebollas, y considerando que el trigo se empleaba invariablemente para preparar panificados (panes y galletas), tenemos una modesta multiplicidad de alimentos con los cuales (ingenio mediante) podía elaborarse un puñado de vituallas nada despreciables para un ejército en marcha, menos aún en tan complejo derrotero.


Productos de origen andino, platos de raíz criolla e hispánica, vinos y aguardientes. Esas fueron, en definitiva, las raciones que alimentaron al Ejército de Los Andes en la epopeya del cruce, hace ya dos siglos.

Notas:

(1) Siempre quedará abierto el debate respecto a cómo determinarlo con exactitud, ya que los conceptos de “salida” y “llegada” se prestan a no pocas interpretaciones. Por ejemplo:  ¿qué parámetro tomamos para afirmar categóricamente que salió  o llegó una larga y lenta columna de cientos o miles de hombres con sus animales, sus provisiones y sus pertrechos? ¿El instante mismo en que lo hace  la vanguardia (que puede anticiparse en muchas horas, y hasta en días,  respecto al resto), o cuando termina de movilizarse la retaguardia y todo lo demás?
(2) En la buena película Revolución, el Cruce de los Andes (2011) hay una escena muy interesante donde San Martín ordena distribuir a cada soldado un vaso de vino o de aguardiente, según preferencia. Y luego agrega, a modo de guiño cómplice: “pero uno solo” mientras muestra el número tres con los dedos de su mano. No sabemos si la anécdota es real o ficticia, aunque el consumo de vino y aguardiente responde a una realidad histórica bien documentada.


(3) Algunos investigadores señalan que las donaciones no fueron tales, sino que se trató mayormente de virtuales decomisos más o menos “amables”. Lo cierto es que el plan de San Martín  contaba con un apoyo económico oficial más bien escaso, razón por la cual debieron tomarse algunas medidas tendientes a conseguir suministros de la manera más expeditiva posible. Tal vez nunca lleguemos a saber qué tan  imperativas fueron esas disposiciones.
(4) Eduardo y Claudio Kueter, editado por la Municipalidad de Guaymallén, 2008.
(5) Sólo señalo aquellos renglones que incluyen alimentos y bebidas. En el extracto también aparecen telas, dinero en efectivo y hasta un esclavo valuado en $ 250. Por razones de extensión omití el valor declarado de cada mercadería y otros detalles menores.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Señales de la historia en El Puentecito

En mayo de 1858, una crecida del Riachuelo arruinó el Puente Gálvez, conocido más tarde como Puente Barracas y hoy como Puente Pueyrredón Viejo. Sin embargo, no era la primera vez que ese legendario viaducto resultaba destruido. Su primer “final” data de 1806, cuando fue incendiado para evitar el paso de los invasores ingleses desembarcados en Quilmes (1). A lo largo del siguiente siglo, diferentes hechos (inundaciones, derrumbes) acabaron con cada nueva versión emplazada para el mismo propósito, aunque vale aclarar que eran construcciones de madera verdaderamente precarias. Recién en 1903 fue levantado un ejemplar acorde a su importancia como lugar de paso desde el sur (2), de tipo metálico y muy pintoresco, cuyo tramo central se elevaba horizontalmente sobre cuatro columnas para dar paso a los barcos, como puede observarse en la foto de abajo. Así y todo tampoco logró tener una vida muy larga, pues los trabajos de rectificación y ensanche del Riachuelo obligaron en 1931 a reemplazarlo por el mismo que actualmente conocemos como “viejo”.


Muy cerca de allí existe cierto comercio gastronómico devenido en una especie de leyenda histórica, no sólo del barrio, sino de toda la ciudad. En efecto, El Puentecito ya es un reducto de culto para los amantes de los bodegones porteños y su comida urbana tradicional. Carnes, pastas, pescados, mariscos, postres abundantes y golosos, entre otros, son los platos que deleitan a quienes siguen buscando lo que se consume típicamente en Buenos Aires desde hace al menos cien años. De modo complementario, la casa suele ofrecer en forma sorpresiva algunas preparaciones que no aparecen en la carta, cuya existencia sólo se hace evidente a través de las recomendaciones verbales de los mozos (en ese sentido, el autor de este blog no olvida haber ingerido allí, hace varios años, un excelente guiso de mondongo). Y quizás sean tales detalles los que determinan el éxito, los que marcan la diferencia, como la ambientación con aires de vetustez o la atención formal y a la vez campechana de su experimentado personal de salón.


Pero hay un tema que sin dudas ejerce enorme influencia en semejante atractivo. Esa cuestión reside en su antigüedad, dado que El Puentecito declara un inicio de labores hacia 1873, equivalente a 143 años ininterrumpidos de actividad.  Obviamente, dicha afirmación lleva implícitos  innumerables cambios de dueños y algunas variaciones en cuanto a la orientación específica del negocio, que de la pulpería original fue transformándose paulatinamente en almacén con despacho de bebidas, fonda, bodegón (3) y restaurante. Y todo ello -según la mitología vecinal-en el mismo inmueble, ajeno a cualquier señal de haber sido modificado significativamente desde entonces, más allá de las inevitables adaptaciones impuestas por  los avances arribados con el transcurso de los años como el agua corriente, los desagües cloacales, la luz eléctrica y el gas de línea. Entonces, ¿será realmente tan viejo El Puentecito?


En Consumos del Ayer no podemos dar una respuesta categórica a dicha pregunta (para eso haría falta una investigación arqueológica profesional), pero sí podemos decir que los elementos a nuestro alcance inclinan fuertemente la balanza hacia una respuesta positiva por partida doble: el inmueble es muy antiguo y  todas las evidencias sugieren que allí siempre funcionó algún tipo de comercio relacionado con la gastronomía. El primer postulado se basa, ante todo, en la esquina sin ochava (es decir, con los dos frentes unidos a 90 grados) tan percibida y fotografiada por el cliente primerizo. Ello ubica su construcción en algún punto anterior a 1880 de manera incontrovertible, puesto que ese año comenzó a cumplirse formalmente  la ordenanza que obligaba a edificar con ochava. Por otro lado, sendos planos topográficos de 1887 y 1895 muestran a la esquina de marras dispuesta ediliciamente del mismo modo que hoy, con amplios frentes sobre Luján y Vieytes (4) (5). En ambas imágenes señalé el punto de nuestro interés en un círculo rojo, junto a un puñado de hitos cartográficos vigentes (el puente Pueyrredón Viejo, entonces Barracas) o desaparecidos  hace mucho (el Ferrocarril a Ensenada, que pasaba a menos de cien metros y cruzaba el Riachuelo). Tampoco tenemos dudas sobre la orientación comercial enfocada en el comer y el beber acompañando al sitio desde entonces, manifiesta por una disposición y tamaño de ambientes que vuelven muy remota la posibilidad de intervenciones constructivas posteriores, exceptuando las muy menores. Dicho en otras palabras, es francamente difícil que ese local haya sido alguna vez una vivienda particular, una farmacia o una tienda. La versión más lógica reside en aquello que fue y sigue siendo: un lugar para comer y/o para beber.



















El Puentecito, su comida porteñísima y su increíble edificación, levantada durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento. ¿Cómo no acercarse, aunque sea una vez?

Notas:

(1) Finalmente, los ingleses hicieron algo muy práctico: después de un breve tiroteo en la zona del puente (ya incendiado) lograron el repliegue de las tropas virreinales. Luego, un grupo de marinos cruzó el Riachuelo a nado y logró la captura de los navíos que habían sido amarrados en la orilla norte. Con ellos en su poder (suponemos que se trataba de simples botes y barcazas), la fuerza invasora realizó el cruce y entró en Buenos Aires.
(2) De hecho, fue el único puente sobre el Riachuelo hasta 1859, cuando se levantó el Puente Alsina a la altura del actual barrio de Nueva Pompeya. No hubo otras opciones de cruces viales (sí ferroviarios)  hasta 1914, año en que empezó a funcionar el Transbordador Nicolás Avellaneda, es decir, la más antigua de las dos emblemáticas estructuras que aún podemos ver en La Boca.
(3) Recordemos que hasta las primeras décadas del siglo XX, los términos fonda, bodegón, boliche, cantina y restaurante no tenían el mismo significado. Ya hemos abundado sobre el tópico en muchas entradas subidas hace tiempo
(4) En alguna época llamadas Calle del Puentecito y Sola, respectivamente.
(5) El frente sobre Vieytes es hoy más corto (aunque parece más largo por la planta alta), producto de una subdivisión posterior de la propiedad, que antaño se prolongaba por esa calle tanto como por Luján . Sería muy largo de explicar aquí, pero dicha “amputación” del edificio todavía se percibe a simple vista, no obstante el paso de los años


domingo, 27 de noviembre de 2016

Vinos franceses, añejos oportos con añada y legendarias etiquetas argentinas en un menú del FCO de 1938

El Ferrocarril del Oeste fue la primera empresa de transporte ferroviario que existió en nuestro país. El inicio de sus operaciones se remonta al 30 de agosto de 1857, cuando un convoy de pasajeros encabezado por la mítica locomotora “La Porteña” realizó el trayecto inaugural entre las primitivas terminales Estación del Parque (ubicada en el actual teatro Colón) y Floresta. Durante las décadas siguientes logró expandirse hasta alcanzar una amplia cobertura del área occidental de la provincia de Buenos Aires, el norte y centro de La Pampa y un pequeño sector en las provincias de San Luis y Mendoza. Un dato poco conocido es el hecho de haber pasado por distintas administraciones privadas y públicas. En efecto, originalmente fue propiedad de un grupo de empresarios argentinos (1857-1860), luego pasó a manos del gobierno de la Provincia de Buenos Aires (1860-1890), más tarde fue controlado por capitales británicos (1890-1948) y finalmente quedó en poder del estado nacional a partir de la célebre nacionalización ferroviaria.


Podría decirse que el año 1938 lo encontró en su apogeo , entendiendo esa palabra en todos los sentidos ferroviariamente posibles: extensión de líneas, cobertura geográfica de trenes, variedad de prestaciones (1) y calidad de servicios. Desde luego, esto último también incluye a la gastronomía asequible en las confiterías de las estaciones (2) y los coches comedores de sus trenes de larga distancia, que podemos rememorar con todo detalle gracias a una publicación llamada ABC Sud, Oeste y Midland . En ella se presenta prolijamente el cuadro completo de estaciones, apeaderos y paradas, pero sobre todo los horarios vigentes a partir del 18 de abril de 1938 (3) para los tres ferrocarriles mencionados (4). Lo bueno es que allí también constan los respectivos menús, entre los cuales seleccionamos el del FCO por su particular interés histórico, con énfasis en la oferta de bebidas y muy especialmente de vinos .


Hablando del repertorio gastronómico completo, la primera página abunda en el servicio de cafetería, luego en los numerosos platos  a la carta –donde se percibe una gran presencia de minutas- y más adelante en las bebidas sin alcohol típicas de la época: Ginger Ale, Naranja Bilz, Soda Selz, Tónica Cunnington y Naranja Crush, entre otras. Una tercera y última carilla define la existencia de ginebras, coñac, rhum, whisky y licores, pero la que más nos interesa en este caso es la segunda. En ella están plasmados, primero, los aperitivos y cocktails (destacamos la oferta del clásico San Martín en versiones dulce y seco), luego las cervezas y finalmente una amplia diversidad de vinos, tanto nacionales como importados. Aquí, el ingrediente que atrae la mirada histórica se basa en las prestigiosas etiquetas importadas conviviendo con nombres de contraseña entre  los vinos argentinos de antaño, todo ello bajo múltiples presentaciones de contenido que eran típicas a bordo de los trenes: botellas de litro, de medio y de cuarto. Veamos en detalle de qué se trata la cosa, por tipos y marcas:

Vinos encabezados: Oporto (genérico), Jerez (genérico), Cordero, Marsala, Oporto Lágrima Christi, Oporto 1867, Oporto Reserva 1834.
Vinos blancos: Río Negro común, Río Negro Uvalegre, Barón de Río Negro, Norton 1932, Arizu Sauternes, Arizu Paragolpe (4), Trapiche Sauvignon Blanco, La Colina Añejo, El Chingolo, Bordeaux Sauternes, Graves, Borgoña Beaune.




















Vinos tintos: Río Negro Común, Río Negro Uvalegre, Barón de Río Negro, Norton 1932, Arizu Medoc, Arizu Paragolpe, Trapiche Reserva, La Colina Rubí, La Colina Añejo, El Chingolo, Bordeaux Recommandé, Medoc.
Champagne: Pommery & Greno.

También se incluye una sidra Bulmer (6), con lo cual se completa este elenco de notable diversidad en orígenes y estilos, ya que tenemos a  las comarcas francesas de reputación internacional (Sauternes, Graves, Medoc, Beaune, Champagne) junto con  los rótulos criollos, tanto de prestigio (Trapiche, Norton, Arizu, La Colina, Barón de Río Negro) como populares (Uvalegre, El Chingolo). No hay vuelta: hasta en los vinos se nota con claridad ese ingrediente de horizontalidad social tan típico del ferrocarril en sus tiempos de oro. Vale decir que allí viajaban personas de toda condición, y para cada uno había artículos disponibles. Cualquier pasajero podía disfrutar de un refrigerio, una buena comida o una reconfortante bebida mientras esperaba a sus seres queridos en la confitería de la estación, junto al andén, o tal vez en el mismo y placentero acto de atravesar las inmensas llanuras pampeanas montado en los lustrosos rieles de acero.


Lo dijimos muchas veces: hoy nos parece una estampa casi de ensueño, de película antigua, pero era un cuadro de los más común hace ochenta o cien años. Y si bien es cierto que ya no hay trenes, al menos aquí estamos nosotros, para revivirlo.


Notas:

(1) Las cinco prestaciones fundamentales que ofrecían los ferrocarriles en aquella época eran el transporte de  pasajeros, cargas, encomiendas y hacienda, junto con el servicio de telégrafo.
(2) El siguiente recuadro nos permite saber en qué puntos estaban ubicadas las confiterías, tanto del FCS como del FCO. Este último las tenía en Bragado, Chivilcoy Norte, Lincoln, Luján, Mercedes, Merlo, Once y Trenque Lauquen.


(3) Antiguamente era normal la existencia de dos cuadros horarios anuales, llamados  de invierno y de verano, que casi siempre comenzaban a regir en Abril y Octubre, respectivamente.
(4) En 1935 los ferrocarriles Sud, Oeste y Midland decidieron unificar administraciones (para ese entonces pertenecían al mismo grupo de accionistas), pero manteniendo cierta independencia operativa. Una de las primeras medidas adoptadas fue agrupar algunas de sus numerosas publicaciones (hasta entonces editadas por separado) en volúmenes que presentaban conjuntamente información de las tres empresas.
(5) Muchas veces, las marcas asequibles en el ámbito de los rieles tenían que ver con ese transporte en particular, ya que eran vinos hechos especialmente  para los ferrocarriles. En la jerga ferroviaria, Paragolpe tiene dos acepciones: una es la protección que se observa en las estaciones terminales al final de las vías, y otra corresponde a los “platos” que tienen en sus extremos las locomotoras, los coches y los vagones. Las siguientes fotos ilustran sobre ambos casos.


(6) Antigua marca irlandesa (1887), llamada en realidad Bulmers, que todavía está vigente en los mercados del Hemisferio Norte.


jueves, 10 de noviembre de 2016

Los 8 Hermanos y el Hula-Hula: un dueto añejo que se las trae

¿Cuál fue realmente el período dorado de las bebidas espirituosas argentinas? No existe una respuesta única, contundente e inequívoca para esa pregunta, aunque resulta factible establecer algunas buenas aproximaciones. En este blog asumimos la existencia de tres lapsos históricos bastante definidos al respecto, cada uno con ciertas particularidades. El primero transcurrió entre 1880 y 1900 -tal cual hemos visto muy recientemente- con el desarrollo primigenio de una industria impulsada por la creciente demanda de la época. El segundo puede ubicarse entre 1915 y 1930, desde los tiempos iniciales de la Primera Guerra Mundial (que obligó a una rápida sustitución de importaciones) hasta la demoledora crisis desencadenada en Wall Street en octubre de 1929. Finalmente, hubo una tercera etapa de apogeo durante los años posteriores al segundo gran conflicto bélico del siglo XX, cuya duración podemos marcar a grandes rasgos entre 1946 y 1965. Desde luego que existe una cuarta, que es ahora mismo, cuando se verifica un inusitado auge de la actividad en todas sus formas, pero ella está cronológicamente fuera del campo de estudio de este blog.


A la hora de ensayar ejercicios de cata, el acceso a productos añejos se va complicando paulatinamente cuanto más atrás nos remontamos en el tiempo, pero aún hoy es relativamente factible ubicar algunos ejemplares del tercer lapso mencionado en buen estado de conservación. En los cinco años de Consumos del Ayer dimos cuenta de no pocas botellas de alcoholes datados en las décadas del cincuenta y del sesenta, y lo propio vamos a hacer hoy con dos prototipos de auténtico valor histórico en el más amplio sentido del concepto: un  licor de anís y un rhum. Como bebidas genéricas, ambos artículos cuentan con una tradición de consumo que hemos acreditado infinidad de veces mediante la presentación de estadísticas , documentos y testimonios que así lo demuestran. Sólo diremos, en este caso, que las botellas no fueron adquiridas ni donadas por terceros, sino que formaban parte de esa casi infaltable cohorte de licores a medio consumir que existe en tantos aparadores y alacenas de los hogares argentinos. Así ocurrió en mi caso personal, y me resulta difícil determinar cuánto tiempo llevaban esos envases allí, pero supongo que al menos uno de ellos (el rhum) se encuentra en un estado casi idéntico al del día de ocupación del inmueble -a estrenar- por parte de mi familia, en julio de 1969.


La primera etiqueta es bien conocida por el público argentino: el Licor de Anís 8 Hermanos, cuya presencia en estas tierras se remonta a fines del siglo XIX de la mano de Antonio Freixas, primero como importador y luego como productor. En 1977 la elaboración de la marca pasó a manos de la empresa Cusenier, actual Pernod Ricard Argentina. La botella puede ser fechada estimativamente en los primeros tiempos de esta última administración (entre 1977 y 1980), sobre todo por el antiguo domicilio de O’Brien 1202 del barrio de Constitución, que fue abandonado alrededor de 1982. El segundo envase pertenece a un producto mucho menos conocido: el Rhum Hula-Hula,  de la otrora monumental destilería Orandi y Massera, que allá por los cincuenta fabricaba algunos brebajes actualmente ilustres y venerados en el campo de las bebidas históricas nacionales, como la Caña Quemada Legui y la Grappa Valleviejo. El datado, en este caso, es difícil de establecer, si bien percibimos algunos indicios que lo ubicarían en el primer quinquenio del decenio de 1960 (1) (2).


Servidos en pequeñas y antiguas copas de licor, las diferencias entre los productos empiezan por la matriz cromática: amarillo pálido con marcado tinte verdoso para el anís y dorado intenso bien definido para el rhum. El aroma del primero tiene todo lo esperable en su tipo, con el ingrediente de un fondo alcohólico de buena calidad  (graduación 36°) y sabores que confirman el protagonismo anisado, vegetal, levemente mentolado y bastante estimulante. El rhum, por su parte, tiene una nariz muy profunda e intensa  que inmediatamente sugiere potencia alcohólica elevada (graduación 50°) , con muchos elementos de maderas añejas, vainilla y otros bordes propios de una larga evolución en toneles y botella. El gusto está a tono con el alcohol declarado, ya que resulta tremendamente potente, casi cáustico, aunque sin perder la calidad y genuinidad de su perfil espirituoso. Posiblemente haya sido concebido para mezclas y no para beber solo. De hecho, el pico de la botella se ve cruzado por una banda que reza de modo textual ESPECIAL PARA PONCH.


Quizás hayan sido bebidos puros o mezclados, en ponche, tragos o copitas, pero lo importante reside  en que  uno y otro se mostraron  tan íntegros como todos los destilados evaluados desde nuestra primera cata, en el año 2013. ¿Será reiterativo afirmar que en aquel entonces la industria de bebidas en general, y la de destilados en particular, sabía hacer las cosas muy bien? Tal vez, pero no podemos evitar afirmarlo una vez más. No siempre se tienen la oportunidad y el placer de probar líquidos envasados hace cuarenta o cincuenta años, y mucho menos de encontrarlos en tan buena condición. Otra cata, otra experiencia y otro aprendizaje, que subimos aquí para la posteridad cibernética.

Notas:

(1) Los antiguos documentos asequibles de la empresa Orandi y Massera la ubican en una enorme planta sobre Avenida Pavón al 4900, en la localidad de Lanús (llamada fugazmente Pte. Perón en tiempos de dicho régimen). Nuestra botella indica un domicilio de la calle Lavalle, en Capital Federal, que aparenta ser posterior y aún hoy figura en algunas guías de industria, junto con otro de la provincia de Mendoza. El de Lanús subsistió, al parecer, hasta fines de los años cincuenta.


(2) El 25 de mayo de 2014 subimos una entrada titulada “Venerables licores argentinos” en la que degustamos varios especímenes, entre ellos un licor llamado Consular, perteneciente a la firma en cuestión