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jueves, 27 de diciembre de 2012

Viejos consumos en el cine nacional: Puerto Nuevo (1936)

Una típica línea argumental del cine clásico es aquella en la cual cierto individuo extremadamente pobre se ve repentinamente incluido en la vida de la clase social más rica y opulenta, casi siempre por motivos de carácter fortuito. Muchas obras del séptimo arte han aprovechado esa tradicional historia (que remite al viejo cuento de La Cenicienta) mediante una reconstrucción variable por los entornos, épocas y situaciones específicas que le dan marco en cada caso. Hoy vamos a repasar algunas escenas de Puerto Nuevo, un film argentino de la vieja guardia protagonizado por el excelente actor Pepe Arias y dirigido por los prestigiosos Luis César Amadori y Mario Soffici (1)


La historia, tal cual lo señalamos, recurre a la situación del indigente sorprendido por el toque de la fortuna en un modo completamente incidental. Como siempre, no vamos a abundar en la trama sino en las escenas que nos interesan desde el punto de vista de los consumos del pasado. Prácticamente al inicio de la película vemos  un abigarrado barrio de emergencia situado en alguna zona cercana al Puerto de Buenos Aires (2). Pronto aparece el protagonista paseando a su perro, y luego entra en escena un vendedor ambulante con su “carrito”, en cuyo interior podemos observar una serie de elementos cárnicos, algunos embutidos y una pequeña pero humeante parrilla. Un tosco cartel que reza “parrilla criolla” lo confirma plenamente.


Esta breve escena resulta una joya histórica porque remite al origen más primigenio de los célebres “carritos de la costanera”, esa modalidad gastronómica porteña que supo ser furor en diferentes épocas. Junto con otros documentos y testimonios incuestionables (3), el cuadro cinematográfico de marras pone de manifiesto la verdadera procedencia de tan peculiar método de servicio, asociado a los sectores menos favorecidos de la escala social, así como de su raíz netamente portuaria. Los dos personajes continúan charlando junto al comercio andariego por algunos instantes más.


Más tarde, a tono con el cambio de suerte que propone el argumento, vemos al inefable Arias disfrutando de un distinguido banquete en una fastuosa mansión de la época. Por supuesto, no falta el toque humorístico que evidencia la falta de refinamiento del humilde héroe de la historia. En determinado momento, un camarero le retira la entrada cumpliendo con los diferentes pasos del menú. Sorprendido, el buen hombre comenta: “aquí no se puede ni hablar; en cuanto uno se descuida le sacan el plato”.


Tras concluir la cena, el mismo grupo del banquete se dirige a un establecimiento bailable para divertirse. Lo que podemos ver entonces no es otra cosa que uno de aquellos legendarios cabarets de la ciudad, en este caso dotado de la mejor categoría disponible. Las escenas del caso nos muestran parejas bien vestidas danzando en la pista al compás de un tango, mientras el grupo de nuestro interés se encuentra sentado en una mesa ubicada en el sector del palco. En ella no falta la bebida asociada siempre a este tipo de entornos: el Champagne, posiblemente un francés genuino en virtud de la época, cuando los espumantes argentinos todavía no resultaban  numerosos en el mercado.


La escena final, otra vez dentro del barrio pobre, sirve para confirmar la zona en que transcurre la historia y le da nombre a la cinta, gracias al típico paredón costero de diseño inconfundible que supo erigirse desde la Dársena Sur hasta las inmediaciones del actual Aeroparque Metropolitano (inexistente en aquel entonces).


Así concluye esta antigua película filmada hace casi ochenta años, que nos ha servido una vez más para revivir antiguas formas y entornos de consumo en la Argentina del ayer.

Notas:

(1) Breve ficha técnica: “Puerto Nuevo”. Dirección: Luis César Amadori y Mario Soffici.  Guion: Luis César Amadori y Antonio Botta. Intérpretes: Pepe Arias, Alicia Vignoli, Charlo, Sofía Bozán, José Gola. Estrenada el 12 de Febrero de 1936.
(2) Efectivamente, para la década de 1930 había algunos asentamientos de ese tipo en la zona de Retiro, junto a la sección portuaria de referencia. Para los que no están familiarizados con el tema, el Puerto de Buenos Aires se dividía entonces en cuatro partes llamadas “secciones”. De norte a sur eran Puerto Nuevo, Puerto Madero, Riachuelo y Dock Sud.
(3) Además de las pruebas periodísticas y bibliográficas, muchas fotografías antiguas son útiles para testimoniar que en sus comienzos los carritos eran carros en el sentido literal y bien primitivo del término. Generalmente estaban situados en cercanías de los muelles para aprovechar la gran masa de trabajadores efectivos y de desocupados en busca de una “changa”. Con los años se fueron  trasladando a la costanera norte, donde obtuvieron celebridad y llegaron a ser restaurantes correctamente edificados. Hoy conviven allí algunos locales inmuebles con una nueva generación de carritos móviles. Las dos imágenes a continuación datan de las décadas de 1920 y 1930, aproximadamente.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Europa en Buenos Aires: la Avenida de Mayo 3

La apertura de la Avenida de Mayo en 1894 vino a transformar definitivamente el perfil  chato y anticuado de la ciudad de Buenos Aires. La nueva arteria era un símbolo del progreso,  la modernidad y el lujo -tan propios de la época- pensada como paseo de recreación para la creciente aristocracia porteña. Sin embargo, a los pocos años se transformó en un gran polo hotelero que supo atraer  no pocas personalidades internacionales. Quizás hoy resulte difícil de creer, pero en las primeras décadas del siglo XX la capital argentina era considerada un interesante destino turístico y cultural, por el que pasaron figuras de la política, la ciencia y las artes como Georges Clemenceau, Jean Jaures, Anatole France y Vicente Blasco Ibáñez, entre otros. Paralelamente, la profusión de locales gastronómicos (señalados en las dos primeras entradas de esta serie) y la existencia contemporánea y geográficamente cercana de grandes tiendas al estilo de Gath y Chaves o A la Ciudad de Londres, no hicieron más que acrecentar la fama de una calle tan europea como cualquier similar de París o Madrid (1)


El período de esplendor de la Avenida de Mayo tuvo lugar entre 1910 y 1930, lapso que coincide con la plenitud ocupacional de los hoteles instalados. La historiadora Elisa Radovanovic, especialista en el tema, ha efectuado un completo estudio sobre los opulentos establecimientos del ramo afincados en la ronda que nos ocupa, del que extractamos y reseñamos los siguientes:

 
-Gran Hotel España: situado a la altura del 916 al 956, fue obra del arquitecto español José Arnavat dentro de un concepto claramente emparentado con los hoteles parisinos. Los testimonios de antiguos empleados aseguran que sus clientes eran personas realmente importantes, con una fuerte mayoría de españoles. Es  recordada la calidad de sus muebles, cortinados, alfombras y vajilla.
- Hotel Metropole: en este caso se trataba de un proyecto local creado por el arquitecto argentino Augusto Plou, inaugurado en 1899 en la esquina con Salta. Un detalle del avanzado concepto de su diseño era la composición de los cuartos, que podían ser transformados a pedido en departamentos independientes entre sí. Tales eran las comodidades que ofrecía que se hablaba de él como un lugar para residir permanentemente, ya que sus prestaciones superaban a las de las mejores residencias particulares.
- Hotel Majestic: enclavado en la esquina de Santiago del Estero, contaba con ocho plantas y llegó a ser uno de los más prestigiosos de la avenida. Albergó, por ejemplo, a la comitiva chilena arribada para los festejos del Centenario, al escritor Antoine de Saint-Exupery y a otros personajes de su tiempo. En 1931 quebró y pasó a manos del estado. Durante muchos años funcionaron allí dependencias de la DGI, luego AFIP.
- Hotel Castelar: el único que perdura en nuestros días con buena parte de su brillo original. Fue inaugurado durante la etapa tardía del fenómeno hotelero, en 1928, cuando algunos de los primeros establecimientos enfrentaban un lento pero sostenido ocaso. La obra pertenece a Mario Palanti (arquitecto) y José Pizone (ingeniero), quienes acuñaron la idea de este extraordinario edificio de doce pisos y tres subsuelos. Contaba con 200 habitaciones completas, comedor a la carte, grill room y bar americano, salón de fiestas y banquetes. Con el tiempo, su primitiva función de gran hotel internacional fue dando paso a un perfil de ocupación con predominio de pasajeros del interior del país. No obstante, como dijimos, sigue vivo y gozando de buena salud.


Otros hoteles importantes fueron  el París (esquina Salta), el Chester (altura 586), el Cazievel´s News (915), el Albión (1168), el Chile (1295), el Italia-América (916) y el Imperial (952), por mencionar sólo algunos de ellos. Entre todos, lograron darle a la calle que nos ocupa una fama perdurable, a pesar de la profunda declinación posterior a la los años cuarenta, cuando los grandes  exponentes del ramo desparecieron o pasaron a ser, en muchos casos, “hoteluchos” (2). Atrás quedaron los tiempos de viajeros famosos, de familias aristocráticas (que se instalaban durante meses  haciendo uso de una pensión completa de primer orden) y, sobre todo, de aquella reputación  legendaria.  Los tiempos pasaron, pero todavía sigue siendo una linda experiencia caminar la Avenida de Mayo y detenerse en sus riquezas edilicias, sus librerías, sus cafés y sus vidrieras. No será la de 1910, pero vaya si sigue siendo bonita a pesar de los años…


Notas:

(1) No hay que dejar de lado la inauguración del Puerto Madero entre 1889 y 1898 como un factor de incentivo para el arribo de turistas y hombres de negocios de todo el mundo. Ese hecho produjo un notorio incremento en la llegada de buques pertenecientes alas grandes compañías navieras europeas, que comenzaron a incluir a Buenos Aires dentro del privilegiado grupo de sus destinos  internacionales.
(2) Debe quedar claro que algunos de aquellos hoteles continúan funcionando como tales (el Chile, por ejemplo), pero de ninguna manera con el brillo de sus tiempos dorados. Sólo el Castelar ha logrado pervivir como un establecimiento de categoría.

domingo, 21 de octubre de 2012

Viejos consumos en la literatura argentina: buseca y pastelitos en las memorias de un vigilante

Hacia 1900, un numeroso grupo de autores argentinos se dedicó a reflejar la realidad cotidiana en los diferentes rincones del país a través de la literatura costumbrista. Esa afortunada corriente nos legó un importante caudal de información sobre la vida de la época en todo tipo de contextos, desde los entornos urbanos hasta los cuadros típicamente rurales. Uno de los escritores que encaró la tarea fue José Sixto Alvarez, más conocido por su seudónimo de Fray Mocho, el fundador de la célebre Caras y Caretas, a quien ya hemos conocido en algunas otras entradas sobre las letras nacionales y su relación con los consumos del pasado. La obra  Memorias de un vigilante, publicada en 1897, posee un interés especial, ya que no sólo nos brinda valiosas pinceladas del Buenos Aires de antaño, sino que también cuenta con algún rasgo autobiográfico del autor, que fue Comisario de Pesquisas antes de iniciar su carrera periodística. Así, bajo la personalidad ficticia de Fabio Carrizo, Álvarez traza el recorrido por la vida de un sencillo individuo llegado a la gran ciudad desde el interior. En sus primeros pasajes, la descripción de una típica celebración  campera tipo “baile”  ya nos deja algunas instantáneas sumamente interesantes. “Tras un galope de varias leguas llegué al viejo rancho desmantelado y solitario –veterano de cien tormentas- donde se iba a bailar, cosa que no era muy frecuente entonces, dada la escasez de población en aquellos parajes”, rememora el protagonista, y sigue: “a través del agujero que servía de puerta oía el canto monótono de la sartén en la que se freían montones de pastales dorados, que espolvoreados con azúcar rubia, era llevados con destino al depósito general que estaba en la pieza de paja, bajo la custodia de una vieja vigilante” (1). Luego completa la escena con la infaltable infusión criolla por excelencia: el mate.


El joven Carrizo llega después a Buenos Aires para conseguir trabajo en la Policía de la ciudad, con la recomendación que suponía entonces haber sido cabo del 6° de línea (2). Obtenido el empleo, se dedica a recorrer las calles de aquella metrópolis porteña, chica pero a la vez creciente. Entre diversas radiografías sociales de los elementos del “mundo lunfardo” como escruchantes, punguistas, campanas y batidores, el libro se convierte en una amena  narración dentro del bajo mundo urbano, con no pocas menciones de algunos bodegones de la época. Uno de ellos, por ejemplo, era el temible Café de Cassoulet , situado en Viamonte y Suipacha, donde “los ladrones, con  su cortejo de corredores y auxiliares, los asesinos, los peleadores, los prófugos, toda la gente que tenía cuantas que saldar con la justicia, buscaba un refugio para dormir o vivir con tranquilidad”. “Allí todo era cuestión de dinero”, continúa, “y teniéndolo, podía gozarse desde el vino y los manjares exquisitos hasta las sobras de éstos, barajadas en un ‘champurriao’ (3) indescifrable”. También hace referencia a cierto tipo de estafadores especializados en almacenes con despacho de bebidas, a los que concurrían como simples ciudadanos honrados preguntando si había “buen Oporto o buen Cognac”.


 Finalmente, el encuentro casual con un viejo amigo (en Piedad, hoy Bartolomé Mitre, y Suipacha) nos pone delante de otro de aquellos veteranos reductos, al recordar lo siguiente: “lo conduje hasta la ‘Crocce di Malta’, en la calle cortada del Mercado del Plata (4), donde a todas horas de la noche se encontraba un pan, una botella de vino y un plato de ‘busseca’”. Notables postales de una Buenos Aires poco conocida, que el inefable Fray Mocho se encargó de perpetuar a través de sus obras.


Notas:

(1) En la Argentina, la denominación de “pasteles” puede tener diferentes significados según el lugar y la época. Podría tratarse de los pastelitos dulces, típica preparación  hojaldrada que suele rellenarse con dulce de membrillo o batata. En algunas provincias, también se hablaba así de las tortas fritas, hechas con agua, harina y sal. En Cuyo, los pasteles son empanadas de carne dulce, y más al norte de choclo. Por la situación descripta en el relato, lo más lógico sería pensar en alguna de las dos primeras viandas señaladas.


(2) El Ejército de Línea  o “Viejo Ejército” argentino es anterior a las reformas impulsadas por Julio A. Roca a partir de 1880. Dotado de un fuerte espíritu  napoleónico, este valeroso  pero poco disciplinado cuerpo se completaba con la Guardia Nacional, compuesta por ciudadanos mínimamente entrenados que eran convocados en caso de guerra. Muchos soldados de línea pasaron a retiro en las últimas décadas del siglo XIX, incluso siendo relativamente jóvenes para el servicio, al concluir las campañas contra los indios. Como bien lo refiere Alvarez, la mayoría consiguió empleo en las distintas policías de sus respectivas provincias. En el período que va de 1880 a 1910, buena parte de las fuerzas policiales del país estaba compuesta  por extranjeros inmigrantes (españoles,  italianos) y soldados veteranos de línea, especialmente en los cuadros inferiores de vigilantes, cabos y sargentos,


(3) Criollismo por champurreado, que significa mezcla.
(4) Actual pasaje Carabelas.

lunes, 15 de octubre de 2012

Europa en Buenos Aires: la Avenida de Mayo 2

Más que como una simple arteria vial, bien se puede hablar de la Avenida de Mayo como un vecindario, como un barrio mismo de la Ciudad de Buenos Aires. Por esa razón, las manzanas transitadas en su traza le pertenecen por derecho propio y forman una “zona de influencia” pronunciada, especialmente las  pequeñas  medias   manzanas  que se ubican entre Rivadavia e Hipólito Irigoyen como testimonio de aquella colosal  demolición que abrió el camino del nuevo paseo urbano, efectuada en las décadas de 1880 y 1890. La personalidad distintiva de la que hablamos fue siempre muy evidente, como lo aseguran numerosos autores del pasado. Leonie J. Fournier, por ejemplo, dijo al respecto:

La avenida donde están
las agencias de loteo,
los hoteles, los cafés,
donde nunca  van de acuerdo
los que discuten sus cosas
andaluces, madrileños,
que la Avenida de Mayo
es como la casa de ellos.

En la actualidad, tanto la vía en cuestión como varias de las calles adyacentes atesoran algunos sitios emblemáticos de la tertulia y el buen comer porteño.  En  una  selección  de comercios gastronómicos históricos que aún perduran, la delantera en cuanto a longevidad, continuidad y fama  es llevada  por  el  viejo  pero  siempre vigente Café Tortoni. Siendo un punto tan destacado de la urbe y un lugar turístico casi obligado, no entraremos en demasiados detalles sobre sus características por ser datos fáciles de hallar en cualquier publicación impresa o  virtual  sobre  el  tema. Digamos, simplemente, que su inauguración se remonta al año 1858 en la esquina de Rivadavia  y  Esmeralda  (1),  a  manos de Monsieur Touan. Alrededor de 1875 se mudó al  local  que  conocemos,  pero con entrada por Rivadavia 826, ya que la Avenida de Mayo todavía estaba en la mente de arquitectos visionarios. Con el tiempo, el Tortoni se convirtió en  asiento  de  la  peña literaria y artística más importante de Buenos Aires, lo  que  le  dio  ese   espíritu tan particular que perdura en nuestros días y lo consagra  como  una   meca  del  turismo internacional. No menos laureles  acredita Los 36 billares, un café  que abrió sus puertas de  manera  contemporánea  a  la  gran  calle  ciudadana,  en  1894.    ¿Cuántas  historias habrán pasado (y seguirán pasando) entre sus mesas, sándwiches, cafés y ginebras mediante?


Si hablamos de restaurantes, ya no queda ninguno de  lo  más  viejos  sobre  la  avenida  misma  (el legendario Pedemonte cerró tiempo atrás), pero sí en sus proximidades, más precisamente sobre la calle Salta. En la esquina con Hipólito Yrigoyen (NE) se encuentra uno de tales baluartes, inaugurado en 1908: se trata de El Globo, secular reducto  de la culinaria ibérica con reminiscencias ítalo porteñas (2). Sus cantimpalos, tortillas, lenguas a la vinagreta, matambres a la portuguesa, cazuelas de mariscos,  pescados  y  pucheros  son preparaciones de contraseña entre los habitués que lo frecuentan. Justo enfrente, también haciendo esquina (NO), El Imparcial  parece cumplir con los requisitos para ser considerado el restaurante más longevo de Buenos Aires.  Los testimonios urbanos nos dicen que, en 1860, un español residente en nuestro país compró -por  521  pesos fuertes- el solar de ladrillos de la calle Victoria 322 (hoy Hipólito Yrigoyen, cambio de numeración de por medio) donde instaló  un negocio de comidas bajo la denominación  Fonda  y Botellería, caracterizado por ofrecer la “clásica y suculenta comida española, y la más humilde y muy requerida cocina criolla".


Un poco más cerca en el tiempo encontramos El Hispano, cuya cronología apenas cincuentenaria  no lo hace menos proverbial en términos gastronómicos. Allí, en el vértice SE de Salta y Rivadavia, el comercio de marras ofrece una de esas completísimas cartas en las que no falta ninguna de las viandas galaicas tan apreciadas por su colectividad. Gambas al ajillo, pulpo a la gallega y paella a la valenciana son, entre muchos otros,  manjares que han disfrutado varias generaciones de argentinos y extranjeros desde mediados del siglo pasado. Junto con El Globo y El Imparcial, El Hispano compone un recorrido obligado por la historia del barrio de Monserrat y, más específicamente, de nuestra Avenida de Mayo.
 
 
En la próxima y última entrada de esta serie nos vamos a referir a los costosos, exclusivos y elegantes hoteles que brillaron en esta ilustre vía durante el período comprendido entre 1900 y 1930.

                                                          CONTINUARÁ…

Notas:

(1) El gran historiador Enrique Puccia solía referir que, con anterioridad a esa fecha, existió un Café Tortoni en la calle Defensa al 200, inaugurado por Oreste Tortoni. De todos modos, éste no tendría nada que ver con el prestigioso comercio de nuestros días, designado así (según datos documentados de la primitiva  inauguración de Touan, en 1858) en homenaje a cierto café de París.
(2) No quiero abundar en el tema, pero es necesario aclarar que los restaurantes más tradicionales de Buenos Aires  ofrecen  una  variedad  de  comidas  que  muchos especialistas consideran, en su conjunto, un híbrido sin personalidad. Personalmente, creo que después de cien años de vida de esa “Torre de Babel” que mezcla elementos españoles, italianos, franceses  y criollos, semejante menosprecio es un grueso error. La gastronomía popular metropolitana  de restaurantes, bodegones y cantinas tiene, a mi entender,  una personalidad propia indiscutible. Algún día me referiré a la conjunción de elementos históricos que dieron como resultado una tipicidad culinaria cosmopolita tan particular.
 

sábado, 8 de septiembre de 2012

Estampas del comercio antiguo: las confiterías

Una definición  bastante acertada de la palabra confitería es la del lugar en el que se elaboran confituras, pasteles y diferentes productos de la repostería. Los diccionarios de la lengua castellana añaden que según cierto americanismo -muy extendido-  el vocablo se utiliza como sinónimo del bar, el café o el despacho de bebidas. Por supuesto, los idiomas no siempre son capaces de recrear el sentido que adquieren algunos términos en lugares específicos y épocas determinadas. Por eso, le dedicaremos esta entrada a la evocación de las “confiterías” argentinas de los siglos XIX y XX, especialmente a las de la Ciudad de Buenos Aires. Los historiadores urbanos Enrique Mayochi y Jorge Busse proponen una excelente explicación de la diferencia entre la confitería de antaño y el resto de los locales gastronómicos, al decir que “confiterías las hubo desde siempre y siempre fueron más que cafés, porque eran presentadas, más  que  un  lugar para solitarios y jugadores de dados, como un ámbito para familias, parejas  de  novios  y señoras”. Y agregan: “el diccionario las define como establecimientos en los que los confiteros hacen y venden dulces, a lo que se agrega que en algunas zonas son también salones de té, cafeterías y bares. En nuestro caso, el de las ciudades y pueblos de la Argentina, una confitería fue a la vez lo uno y también lo otro”.


En esta tesis tan concisa como efectiva  se  dejan   entrever algunos rasgos de identidad que poseían  los locales que  nos ocupan: la presencia asidua del género femenino (rara vez visible en los sórdidos bolichones y fondines    pretéritos),    la elaboración propia de algunas delicatesen (dulces y saladas) y un ambiente general de categoría y distinción. Desde ya  que  no todas las que se denominaron de esa manera estuvieron siempre a la altura de las circunstancias, pero trataremos de recordar un puñado de   aquellas que lograron inmortalizarse como reductos aptos para reuniones, tertulias y encuentros entre los habitantes porteños a lo largo de muchas décadas. Así, en un somero repaso por los barrios, podríamos señalar no pocos ejemplos ubicados en Belgrano, como la Confitería Belgrano que ya existía en 1876 junto a la estación homónima  (Mendoza y Arriberños), o la Confitería Bassi, de  gran  importancia social y  política  en  su época.  No  menos trascendente fue la Confitería de las Barrancas de Belgrano, fundada en 1915 y cuyo local (11 de Septiembre y La Pampa) es ocupado hoy por una oficina de la Dirección de Espacios Verdes de la ciudad.
 

Pero, lógicamente, las más célebres en la memoria colectiva son aquellas situadas dentro de la zona céntrica y sus alrededores, con alguna digna excepción. Elegimos tres para el recuerdo, que son ni  más  ni  menos que las confiterías Del Molino, Ideal y Las Violetas. Cualquier porteño medianamente conocedor de su ciudad sabe muy bien los motivos de esa elección,  tratándose de comercios legendarios con una enorme carga histórica y cultural, aunque con muy diferente suerte según cada caso. Si hablamos de la primera, su inauguración se remonta al año 1917 en la tradicional esquina de Callao y Rivadavia, que fuera adquirida por el pastelero iltaliano Cayetano Brenna algunos años antes. El comerciante peninsular ya era conocido desde el siglo XIX por ofrecer sus especialidades (merengue, marrón glacé, panettone de castañas, imperial ruso) en un local cercano de la calle Rodríguez Peña. La construcción del edificio contó con materiales traídos directamente de Europa en la línea de los lujosos mármoles y vitraux tan requeridos entonces. Durante decenios, la Confitería del Molino fue un lugar de reunión por excelencia para la burguesía y  buena  parte  del ambiente artístico y político, al punto de que la mayoría de los legisladores del vecino Congreso tenía abierta allí su cuenta corriente. A Brenna le siguieron las administraciones de Renato Varesse (1938 a 1950), Antonio Armentano (1950 a 1978) y los  propios  nietos del fundador, quienes no pudieron sostener el veterano emprendimiento con la consecuente baja de cortinas el 23 de febrero de 1997. Hoy, el edificio duerme un largo sueño, a pesar de haber sido declarado lugar histórico nacional y patrimonio cultural de la UNESCO.
 
 
La Confitería Ideal nació en 1912 como “salón de té”. En sus buenos años llegó a contar con una auténtica orquesta de señoritas y se  erigía  como  el  lugar elegido por las muchachas oficinistas que trabajaban cerca para  reunirse  en  animadas  veladas. Independientemente  de su estampa física,  el   sitio  contaba  con   toda  la oferta característica de los comercios de su categoría: confites,  productos  de  pastelería, panificación fina, servicio de lunch y las mejores alternativas en artículos de licorería y cafetería. Luego de varios años signada por una vida  agónica,  su  declaración  de patrimonio histórico y bar notable (1) la convirtió en  un centro de interés  para el turismo extranjero. Actualmente se realizan allí cursos de tango y otros eventos de carácter cultural.


Dejamos para el remate a la confitería que mejor representa un caso de “final feliz”. Se trata de Las Violetas, inaugurada en 1884 y remodelada en la década de 1920 con la incorporación de materiales similares a los de sus congéneres, de acuerdo con el gusto por el lujo arquitectónico típico de  su  tiempo: vidrios curvos,   vitrales  y  mármoles importados. Luego de una vida intensa y exitosa cayó en el penoso olvido que la hizo cerrar a principios de la década de 1990. En 2001 pasó a formar parte de la lista de bares notables porteños y fue restaurada en todo su esplendor, comenzando así una etapa en la que parece tener el mismo suceso que en sus mejores épocas. Las Violetas cuenta con el servicio gastronómico más completo de su tipo, que incluye no solamente las consabidas preparaciones reposteras y pasteleras, sino también un variado menú para almuerzos y cenas. Quizás por ello, o  por su belleza visual, o simplemente  por su ángel, es tan frecuentada por la vecindad  ciudadana en esa esquina noreste de Medrano y Rivadavia.


Notas:

(1) Los bares notables son 73 establecimientos gastronómicos seleccionados por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en base a su riqueza histórica, cultural y arquitectónica. Además de las mencionadas confiterías y a modo de ejemplo, otros integrantes de la lista son La Biela, el Tortoni, Los 36 Billares, el Bar Británico, La Giralda y El Federal. No obstante  la propaganda que implica pertenecer a  tan  prestigiosa nómina, ha habido casos recientes de cierres definitivos en establecimientos notables, como el Café Argos de Chacarita y la Confitería Richmond de la calle Florida. El compendio completo de establecimientos incluidos se puede consultar en Wikipedia:  http://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Bares_notables_de_Buenos_Aires

domingo, 19 de agosto de 2012

Europa en Buenos Aires: la Avenida de Mayo 1

Al decir de muchos, es la más europea de las arterias sudamericanas, en la que se mezcla el estilo francés de la perspectiva visual con la esencia hispánica de su espíritu. Tuvo épocas de elegancia fastuosa, como un  símbolo de la riqueza que disfrutaban  las clases altas de la sociedad argentina. Pero también fue escenario del acervo cultural porteño y de no pocos enfrentamientos políticos. En sus veredas contrastaban  hoteles de lujo y opulentas confiterías con peñas literarias, teatros y comités partidarios. Casi todo podía verse y oírse allí, en la Avenida de Mayo, esa que supo abrirse paso en medio  de  una  Buenos   Aires  todavía  chata  y  colonial. La que albergó el primer subterráneo de Sudamérica. La que elegían las damas del centenario para lucirse con la última   moda  de  París.  La que generó importantes grescas entre republicanos y falangistas durante la triste época de la Guerra Civil. La que atesoró siempre el mayor contenido gastronómico auténticamente español. La de los bares, los restaurantes, las cigarrerías y los hoteles. La que ha sido, en definitiva, un pedazo de Europa en Buenos Aires durante casi ciento veinte años.


No está demás apuntar que este tradicional paseo fue abierto a partir de una demolición parcial que atravesó  por  el  medio  a  las  diez   manzanas comprendidas entre Rivadavia e Hipólito Yrigoyen, desde Bolívar hasta Luis Sáenz Peña (1).  El proyecto original data del año 1869, pero la obra comenzó en 1883 con la aprobación definitiva del trazado y fue inaugurada en 1894. Desde entonces, la   Avenida  de  Mayo  supo   ser  una  meca gastronómica  asociada  a  las  tradiciones  culturales  del  Viejo  Mundo y a  los acontecimientos históricos de nuestra república. En ese orden de cosas, su lista de bares, cafés, confiterías, restaurantes y hoteles es más que larga, pero trataremos de señalar los más típicos y recordables por mérito propio.  Descendiendo numéricamente, es decir, de oeste a este (como le gusta caminarla a un servidor), los testimonios nos hablan del Bar Avenida (1493), el Café Berna (1460), la Confitería  del  Centenario (1347), el Café del Siglo (1313), el bar La Puerta del Sol (1164), el American Bar (1084), el café La Armonía (1002), el Café Gaulois (899), el  Café  Latino  (729), el  Café Madrid  (701), la Cervecería Keller (651) , el bar La Cosechera (625, 850 y 1200, según las épocas) y los cafés La Nueva Prensa (587) y La Prensa (564), entre tantos otros que adornaron sus aceras más que seculares.

En el Gaulois (más tarde rebautizado Café Central), Julio de Caro estrenó el tango Mala Junta (2). El café La Armonía, fundado en 1899 por los hermanos Caneda,  era conocido por servir el mejor chocolate con  churros  de  la  ciudad,  y  también  fue llamado “café de los cómicos” por la presencia constante de actores y actrices que interpretaban ese tipo de rutinas. A  la  altura  del  1208  se encontraba el Café Español, al que concurrían tanto franquistas como republicanos. Los historiadores Oscar Himschoot y Ricardo Ostuni señalan que “los enfrentamientos solían terminar  a  sillazo  limpio, botellazos y cuanto objeto contundente se tuviera a mano”.  En el Bar Avenida (1493) se reunían los periodistas de Crítica, el recordado diario de Natalio Botana. Asimismo hubo, en la arteria que nos ocupa, varias cervecerías. Además  de  la  mencionada Keller, también se recuerda otra de nombre Berna, establecida en 1923 por Daniel Calzado y cuya especialidad gastronómica era el singular Emparedado Berna: un sándwich de lomito con anchoas. Por su parte, la confitería La Victoria, en la esquina noroeste de Chacabuco, fue pionera en servir la sidra en balón.


Ahora bien, llegado este punto, muchos se preguntarán: ¿que hay del Tortoni, de Los 36 Billares, del Hotel Castelar  y de ciertos restaurantes casi legendarios  situados aún hoy en las inmediaciones? A no desesperar, que la  presente  es  sólo  la primera de tres entradas destinadas  a  completar  el   tema. La  próxima  versará   sobre   los   sitios tradicionales que lograron subsistir hasta el presente, y la última acerca de  todo lo que tiene que ver con la hotelería de lujo, tal vez la faceta histórica menos conocida de nuestra Avenida de Mayo.

                                                              CONTINUARÁ…

Notas:

(1) La concreción del proyecto fue un avance del progreso para la ciudad, pero también dejó su tendal de víctimas de la picota. En lo que hace a la gastronomía, uno de los caídos fue el “Café Ristorante di Milano con Alloggio", ubicado frente a la Plaza Lorea (es decir, en el extremo oriental de la actual Plaza Congreso). Las siguientes son dos fotos del curioso edificio estilo “castillo” que albergaba al comercio de marras. En una se puede ver el frente del negocio y en la otra se aprecia una vista panorámica de la Plaza Lorea con el tanque  que servía para el abastecimiento de agua corriente en un amplio sector de la metrópoli. La flecha marca el edificio de referencia, ubicado exactamente en la franja donde  pasa hoy la Avenida de Mayo.


(2) Así como la Avenida Corrientes resultó ser tanguera por excelencia, la Avenida de Mayo tuvo muy pocos reductos dedicados al género musical porteño. Desde el punto de vista artístico, siempre estuvo más ligada a los teatros de la zona y no tanto a la música. No obstante, además del mencionado De Caro, contó con la asistencia esporádica de algunos personajes de la talla de Roberto Firpo, quien recordaba  un trabajo que tuvo en cierta confitería ubicada, según sus propias palabras, “enfrente del Pasaje Barolo” (2a). De acuerdo con su añoranza comenzó tocando sonatas, romanzas y valses en el piano, pero un día convenció al dueño de interpretar un tango acompañado  en bandoneón por su amigo Bachicha. El resultado fue tan sorprendente como paradójico: si bien el  evento convocó a una  ruidosa  y   nutrida  concurrencia,  también   hizo  huir a  las  familias tradicionales que poblaban el lugar, motivo por el cual los músicos resultaron despedidos de inmediato.
(2a) El Pasaje Barolo es una galería que comunica  la Avenida de Mayo con la calle Hipólito Yrigoyen a través del edificio Palacio Barolo. Esta bellísima construcción, inaugurada en 1923, fue en su momento la más alta de Buenos Aires. Hoy se realizan allí visitas guiadas. Tiene una página web propia: http://www.pbarolo.com.ar/


domingo, 8 de abril de 2012

Corrientes, Avenida gastronómica

De las numerosas imágenes que sirven como estampa inconfundible de la ciudad de Buenos Aires, existe una que supera a todas las demás en términos de contundencia visual. Nos referimos, por supuesto, al Obelisco, ese particular monumento emplazado en la intersección de las también famosas avenidas 9 de Julio y Corrientes. El monolito de marras marca además el epicentro del sector más antiguo y célebre de la segunda avenida citada, cuya historia tiene que ver con la cultura, la idiosincracia y la gastronomía porteña desde el lejano ayer hasta la actualidad. Y aunque hoy existen nuevos y rutilantes "polos gastronómicos" en diferentes partes de la metrópolis, es un hecho que ninguna arteria ciudadana tiene una cronología tan rica en lo que hace a sus confiterías, cafés, restaurantes, pizzerías y otros locales semejantes que adornaron (y adornan) las populosas veredas


Como muchos saben, Corrientes fue una calle "angosta" en el sector Callao - Leandro N Alem desde sus inicios coloniales hasta 1935, cuando las obras tendientes a mejorar la infraestructura vial urbana la convirtieron en la avenida que todos conocemos. Sin embargo, no todos ubican sus glorias pasadas como eje de la vida nocturna de la ciudad, especialmente en lo relativo al desarrollo del tango. Muchos de sus cafés y confiterías supieron cobijar a las diferentes orquestas del entonces naciente género musical, lo que le dio a esos reductos una especie de leyenda que supo perdurar a través de los años. Las crónicas de finales del siglo XIX y comienzos del XX nos hablan, en principio, de El Nacional,  un sitio que ha sido dado en llamar "la catedral del tango" y que estaba situado a la altura del 980 (esquina con la actual Carlos Pellegrini), así como del Café Marzotto (1120), el Café Iglesias (1517) y el Café Domínguez (1525), entre otros innumerables locales que llegarona tener las primeras "orquestas de señoritas". Es interesante recordar que tales agrupaciones eran puramente musicales y no se dudaba de su moral hasta que, en 1936, como consecuencia de la Ley de Profilaxis Social (1), muchos cafetines de baja estofa pasaron a tener sus propios "grupos", los que en realidad escondían como único propósito alternar sexualmente con la concurrencia bajo un paraguas medianamente legal. A partir de entonces, la simpática modalidad artística se fue desvalorizando hasta desaparecer por completo a finales de esa década.
Con todo, no sólo de cafés y tango se nutría "la que nunca duerme". También fue patria de cuantiosos emplazamientos mayoritariamente gastronómicos al estilo de los cafés Los Inmortales, Paulista, Germinal y de Gerard, por mencionar solamente los más arraigados en la mitología popular. Pero el ensanche de la avenida que se llevó cabo indefectiblemente a partir de 1935 (y que afectó solamente la vereda norte) puso fin a la vida de numerosos puntos de reunión de la época, como la Confitería El Quijote, que sucumbió bajo la picota con algunas de sus semejantes.



Por suerte, el aturdimiento provocado por esa obra ligada a los avances del progreso no logró aminorar en absoluto la fama y el prestigio de Corrientes, ahora avenida en toda su extensión. Bien al contrario, ello no hizo más que multiplicar la radicación de locales: cafés, bares y restaurantes análogos a la intensa vida social y cultural representada por cines, teatros y librerías de todo tipo y tamaño. A partir de la década de 1940, nuestra arteria se trocó en lugar favorito de intelectuales y jóvenes que se aquerenciaron en los cafés El Foro, La Paz y Ramos para sus sesudas tertulias. De modo concomitante, la restauración propiamente dicha y las pizzerías hicieron lo propio de acuerdo con las nuevas exigencias. Así llegaron negocios de contraseña de la talla de El Palacio de la papa frita, Guerrín, Arturito, El Palacio de la pizza o Las cuartetas, los que, más allá de sus cualidades gastronómicas, se convirtieron en auténticas postales de la calle que nos ocupa, tan famosas como fueron en su tiempo las "cantinas" de La Boca o los "carritos" de la costanera.


El paso de las décadas ha sido ciertamente duro con otras zonas de la ciudad y sus respectivas glorias en tiempos pretéritos, pero no ha ocurrido nada así con Corrientes, que se mantiene tan vital como lo era en su período tanguero y bohemio. Desde este blog hacemos votos para que esa  afortunada realidad se mantenga igual para siempre.


Notas:

(1) Esta ley acabó con la prostitución legal que existía en Buenos Aires desde los últimos decenios del siglo XIX. Los motivos de su promulgación fueron muchos, pero sin dudas ayudaron enormemente los escándalos suscitados por el descubrimiento de numerosas redes que explotaban mujeres extranjeras arribadas al país mediante falsas promesas de trabajo. Ello produjo un hondo rechazo de la sociedad hacia el comercio sexual y dio lugar a normas restrictivas de toda índole.