martes, 9 de octubre de 2012

Un legendario oporto argentino de la vieja guardia: crónica de una degustación 2

En virtud de los antecedentes históricos que repasamos  durante  la entrada anterior sobre el mítico Vino Cordero, las expectativas previas a la apertura de la añeja botella adquirida por Consumos   del   Ayer no podían ser menos que enormes. Íbamos a probar una marca que fue símbolo de los vinos generosos dulces  en  la  República  Argentina, creada hace ciento cuarenta y cinco años  por  un  visionario  de  la actividad y vigente en nuestro mercado hasta mediados del siglo XX. Enrique Devito y Augusto Foix, como siempre, fueron los encargados de brindar sus impresiones junto con el que suscribe, al término de una  cena en cierta  noche gélida del mes de agosto: un marco perfecto para adentrarse en las nieblas del tiempo hasta develar los misterios de este vino. Con el paladar atento y bien dispuesto procedimos a la solemne apertura del envase. El pico de la botella había perdido su estampilla fiscal, pero igualmente pudimos calcular la época de elaboración y fraccionamiento en la década de 1940 como una aproximación bastante certera.


La cápsula de plomo no fue fácil de remover dado que se hallaba prácticamente “fundida” al vidrio, por lo cual nos vimos obligados a cascarla en una especie de desmenuzamiento a pedacitos. Concluido ese proceso, y para nuestra sorpresa, la extracción del corcho no presentó mayores dificultades. Con el correspondiente cuidado, el viejo tapón pudo salir entero, sin ningún  tipo  de  rupturas,  mostrando  aun  orgulloso  la estampa “Cordero”  en uno de sus bordes. Debido a la edad avanzada del producto decidimos no trasvasarlo para evitar pérdida de aromas y consideramos la postura vertical de la botella (en las horas previas a la cata) como un factor de decantación natural suficientemente efectivo.   No  nos equivocamos: el servicio  resultó libre de borras y elementos sólidos en el marco de colores bien marrones, muy lógicos para un vino de más de sesenta años de edad (1). Antes de alzar siquiera las copas para olfatearlas el ambiente fue invadido  por  un sensacional y noble aroma de vino dulce añejo, lleno de notas que recuerdan a pasas de uva, caramelo, café, regaliz y especias dulces.



Todo ello fue confirmado por nuestras fosas nasales en el borde del cristal, embelesadas hasta el punto del éxtasis. Porque, al fin y al cabo, las expectativas se veían satisfechas con holgura, como si toda la historia del vino hubiese sido condensada en ese aroma complejo,   añoso,   intrigante,   evocador  de  las  sobremesas  familiares  y  los establecimientos gastronómicos de antaño. El paso por la boca nos dejó la impresión de un vino dulce pero nada empalagoso, dotado de la acidez natural equilibrada que coloca al azúcar en un lugar secundario. Todas las impresiones olfativas fueron confirmadas: café, torrefacción, pasas (que por momentos parecían dátiles),  maderas  nobles  y especias formaban el caudal de rasgos propios de este tipo de productos cuando son muy buenos y muy viejos. Don Francsico Cordero bien puede estar orgulloso de su obra, capaz de generar placer  pasadas más seis décadas de su elaboración  (2). Y dada la proximidad de las fiestas, qué mejor que rendir un homenaje final  a  tan  destacado artículo del consumo histórico recreando el texto de una de sus antiguas propagandas, publicada en el año 1907, de acuerdo a la tipografía original:


En nuestras “crónicas de degustación” hemos tenido, hasta ahora, todo el  respaldo de la diosa fortuna. Cada uno de los productos catados estaba en condiciones que nos permitieron vislumbrar cómo eran  los respectivos consumos en el pasado de nuestra nación. Y seguiremos haciéndolo, pues tenemos una generosa lista de espera con  más oportos, jereces, vermuts, destilados y cigarros para catar. Todos ellos estarán aquí, muy pronto (3).

Notas:

(1) Al término de la cata aun quedaba casi media botella, que fue repartida entre los asistentes. La parte correspondiente al autor de este blog volvió a su casa junto con el histórico envase para ser bebida en los días posteriores. Cuando le llegó el momento a la última fracción de líquido  me percaté de que en el fondo había un sedimento sólido con una consistencia tipo “barro” de casi medio centímetro de espesor. La mayoría de esa materia está compuesta por taninos y antocianos (pigmentos colorantes naturales de la uva), lo que nos lleva a deducir otro notable dato del Vino Cordero: en la época en que fue fraccionado,  allá por el cuarenta y pico, poseía  un color rojo muy intenso. Sólo así se explica la presencia de tanta borra, tal como ocurre con los auténticos oportos lusitanos embotellados jóvenes, como los Vintage y Ruby.
(2) El año que viene se cumplirá el centenario de la muerte de este insigne personaje, acaecida en 1903. Recordamos lo señalado en la primera entrada del tema, respecto a que su esposa e  hijas continuaron con el negocio, aunque es posible que durante los últimos tiempos sólo hayan participado como dueñas de la marca. Nuestra botella, de la década de 1940, indica que la fraccionadora (y quizás comercializadora) del producto era la empresa “Rojas Hijos”, ubicada en la calle Sarmiento 3481 de la Ciudad de Buenos Aires.
(3) Próximamente incluiremos también una nueva variante dentro de la serie de degustaciones, en la cual vamos a preparar y probar los antiguos platos que se consumían en el país (tanto de la cocina criolla como de las gastronomías foráneas), haciendo foco en el siglo XIX.

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