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sábado, 27 de octubre de 2012

Cuando el tabaco no hacía humo

En nuestros días, resulta  difícil imaginar alguna forma de consumo del tabaco que prescinda totalmente del fuego o de cualquier otro sistema para hacerlo entrar  en combustión. Pero, justamente, la ausencia total de combustión era la característica más destacada en el uso del rapé o tabaco para aspirar, una modalidad de disfrute del derivado de la planta nicotiana tabacum que estuvo muy de moda durante los siglos XVIII y XIX. Su auge comenzó en Europa a mediados de la primera centuria señalada y rápidamente se extendió entre las clases acomodadas de manera casi excluyente, característica que no abandonó jamás y marcó una de sus principales diferencias con respecto al cigarro, el cigarrillo o incluso la pipa. Con todo y así las cosas, el rapé comenzó a ser fabricado, comercializado y consumido en cantidad, tanto en las grandes capitales del hemisferio norte como en las colonias de ultramar. Para fines del dieciocho, la importación intensiva desde el Viejo Mundo alcanzaba también el vasto territorio colonial español que más tarde formaría la República Argentina.


Los métodos de fabricación que se empleaban  tenían que ver con una pulverización del tabaco fermentado y procesado de acuerdo con las distintas sustancias incorporadas  para aromatizarlo. Algunas particularidades accesorias de acuerdo con el tamaño (desde polvo casi impalpable hasta granos más o menos gruesos) y el grado de humedad (seco, semi seco y húmedo) componían  las antiguas recetas con las que cada fabricante sazonaba y terminaba sus polvos. En la Historia del Tabaco, Juan Domenech discrimina algunas clases de rapé como el escocés (seco), fuerte escocés (muy aromático), escocés simple, escocés dulce (con azúcar), escocés salado (preparado con salmuera), Hightoast (fuerte, seco y tostado), irlandés (preparado con agua y cal), negro francés, galés (con agua de cal y tostado), Maccaboy (húmedo y fuerte) y sueco (el más húmedo, grueso y oloroso). Por lo que se ve, las tipologías eran muchas según diversidades geográficas y modos de elaboración, que suponemos se harían  más específicos en cada establecimiento del ramo.



Por estas latitudes, en abril de 1784  se fijaron precios de la siguiente manera: 5 pesos por mayor y 7 por menor para el “polvo de Sevilla”, 3 pesos por mayor y 4 por menor para el tipo “hechizo”, y 4  pesos por mayor y 6  por menor para el de La Habana. La información  revela las diferencias básicas de categoría y valor para las distintas variantes del artículo, aunque el principal (y evidente) proveedor era el propio reino de España y su Real Fábrica de Tabacos, de acuerdo con las leyes virreinales de la época. Luego de la Revolución de Mayo quedó liberada la producción para todas las manufacturas del tabaco, dando origen a una larga serie de talleres, factorías y elaboradores artesanales de rapé que existieron desde 1810 hasta las vísperas del 1900, sin contar las numerosas marcas importadas.


En viejas publicidades gráficas han quedado registradas muchas casas que se dedicaban al rubro, algunas en exclusividad  y otras como parte de una oferta que comprendía también tabacos en rama, tabacos picados para pipa o para armar, cigarros puros y cigarrillos (1). Los documentos históricos ponen de manifiesto que  en la segunda mitad del siglo XIX comenzó una lenta pero progresiva caía del consumo de rapé, a tono con el crecimiento de las nuevas formas de uso “en combustión”. Ello era motivado por varios factores, pero fundamentalmente por la moda: cada vez había menos personas que, provistas de sus elegantes estuches de cuero, madera, asta o metal, se entregaban a la ceremonia de inhalación  muy frecuente en otros tiempos (2). Entre 1900 y 1940, el ya anacrónico uso del rapé cayó en un 80%, marcando la finalización definitiva de una época. Mucho tiempo pasó desde entones, y en la Argentina de hoy no existe oficialmente  ningún proveedor del producto, nacional o importado, que incluso se encuentra prohibido en varias naciones de Europa.


Notas:

(1) Se podría agregar otra antiquísima manera de consumo, que es la del tabaco para mascar. Sin embargo, es un hecho que tal modalidad, aunque existente en el pasado (sobre todo en ámbitos rurales), nunca tuvo una masa realmente considerable de adeptos en nuestro territorio, al contrario de lo sucedido en otros países de América como Estados Unidos o México.
(2) Debemos añadir una  diferencia más del rapé respecto a otros tipos de tabaco: sólo era consumido por el género masculino. Incluso se consideraba de poca educación aspirar rapé en presencia de mujeres.

viernes, 13 de julio de 2012

Los toscanos ítalo argentinos de la SATI: crónica de una degustación

Desde el punto de vista del consumo  histórico de tabacos en la Argentina, el toscano no fue un producto como cualquier otro. Por el contrario, bien puede decirse que fue “el cigarro” nacional por excelencia durante más de un siglo. En  diferentes  épocas,  y dependiendo de diversas coyunturas económicas y sociales (las guerras europeas, las trabas a la importación, los vaivenes de la industria, etc.) otros puros como el habano, el brasilero, el paraguayo o el suizo tuvieron altibajos que los llevaron  alternadamente del éxito a la virtual desaparición del mercado. Pero los  toscanos  estuvieron  siempre presentes, gracias al trabajo de varias fábricas que no paralizaron su producción  a pesar de los avatares propios y ajenos. Una de ellas, la Società Anonima Tabacchi Italiani (1), llegó a manufacturar millones de unidades que hicieron  las delicias del fumador local durante al menos tres décadas. Sus marcas son verdaderas “figuritas difíciles” entre aficionados y coleccionistas del género, ya que la temprana desaparición de la factoría en 1958 dejó muy pocas huellas de su existencia anterior. Por suerte, en uno de esos días afortunados que toda persona tiene alguna vez, el que suscribe pudo dar con un par de cajas de viejos, raros, genuinos y formidables toscanos Regia del establecimiento en cuestión (2), fechados entre 1943 y 1950 (3).


Nuevamente convocamos al team de degustación de Consumos del Ayer, compuesto por el paladar de Enrique Devito y las fotografías de Augusto Foix. Con ellos iniciamos el ritual de apertura de la caja de cuatro medios toscanos, los que se encontraban en un estado que puede calificarse como impecable, no obstante   las  evidencias  propias  del  tiempo prolongado de guarda y los vestigios de aquella noble manufactura a mano que generaba cigarros de formato irregular. Los prototipos a catar se veían íntegros, sin roturas ni mellas en la capa, bien secos (como  sucede  con el  auténtico toscano italiano)  y  compactos  al  tacto.  Para  su encendido recurrimos a fósforos comunes, tal como lo hacían los simples consumidores de hace setenta años. Hasta allí todo se desarrolló con normalidad, tras lo cual nos sumergimos en el análisis de los aromas y sabores producidos en combustión por tan singulares modelos del tabaco antiguo.


Casi en la primera bocanada de humo comenzamos a detectar ese perfil aromático evocador y característico del tabaco que poblaba los bares y cafés de barrio  hasta  la década del sesenta:    un  olor  pleno, envolvente, con notas vinculadas al café tostado, las especias y los ahumados. Pero lo más llamativo resultó ser el poderoso carácter mineral que se fue desarrollando y que no se detuvo hasta el final de la jornada. Semejante matiz parecido al grafito (que no habíamos encontrado con tanta intensidad en los Avanti) nos recordó mucho al vero toscano peninsular, dándonos la sospecha de que la SATI se acercaba a la fórmula original de Italia más que ninguna otra fábrica toscanera argentina de la época (4), algo muy lógico si tenemos en cuenta que era  un establecimiento del gobierno de ese país, con  directores  y  jefes de producción de la misma nacionalidad.  En líneas generales, los puros evaluados se manifestaron potentes y terrosos,  rústicos (como todo buen toscano que se precie) pero para nada verdes ni herbáceos. La evolución de la ceniza resultó más que satisfactoria, sin desprendimientos prematuros.


Terminamos nuestra labor muy complacidos pero con muchos interrogantes, que tal vez el tiempo y la investigación acaben de responder. Sabemos, por ejemplo, que los Regia estaban elaborados con una mezcla de tabaco nacional e importado porque así lo declara el envase. También sabemos que el tabaco nacional provenía de Misiones,  pero ¿desde dónde llegaba el importado? La hipótesis más simple es la del origen itálico, aunque el contexto internacional de la década de 1940  lo vuelve poco probable por las severas dificultades para la importación de productos europeos durante la guerra y la inmediata posguerra. Asimismo nos preguntamos si estos Regia ítalo argentinos (5) eran un  complemento  de  los  auténticos   toscanos del  Viejo  Mundo  que importaba la SATI,  o  un sustituto forzado  por los acontecimientos bélicos que hacían imposible la llegada de los embarques correspondientes. En fin, misterios que quedan en la bruma del pasado hasta que logremos resolverlos. Mientras tanto nos preparamos para una próxima degustación, esta vez de un “oporto” argentino de la vieja guardia: una marca casi mítica que perduró en el mercado por más de ochenta años, pero que muy pocos conocen. Tan rica es la historia de este producto que nos veremos obligados a presentarlo en dos entradas, porque con una no alcanza. Todo ello…muy pronto.














Notas:

(1) La historia de la marca fue reseñada en las entradas del  11/1 y 17/2/2012.
(2) En este punto debemos  mencionar a Rubén “El Moro” de Temperley, quien gentilmente accedió a contarnos algo sobre los artículos que ofrecía a la venta. Según su relato, las cajas de toscanos fueron halladas en el sótano de un antiguo almacén de esa localidad  ubicada al sur de la Ciudad de Buenos Aires, junto con barricas de vino (llenas), añosas botellas de gaseosas y cerveza, y otras joyitas de las épocas pasadas.
(3) Ello surge de varios datos muy claros. El  primero  es  la   estampilla fiscal con la indicación del decreto 38923/43, o sea del año 1943, lo que nos dice que no pueden ser anteriores a la fecha  de promulgación de esa norma. Tampoco pueden ser posteriores a 1950  porque a partir de entonces fue obligatoria la leyenda “ley 11275” en todas las marquillas de tabaco (como vimos en la degustación de Avanti hace muy poco), y ello no aparece en este caso. Finalmente,  cuando  esta   última  inscripción  comenzó  a desaparecer de los envases, hacia fines de los cincuenta, la SATI ya no existía como empresa. El precio también coincide con el período de fechado: 35 centavos por cuatro medios toscanos es un valor típico del decenio de 1940.
(4) El  razonamiento  es  válido  solo  para  el  siglo XX. Existen  indicios de que en el  XIX  hubo fábricas que producían toscanos respetando los procesos de elaboración europeos, incluso recurriendo al ahumado del tabaco  con leña de ciertas especies de maderas nobles. Una de esas firmas fue “La Argentina”, de Juan Otero, establecida en 1878 en el barrio porteño de Barracas. Algún día espero dedicar una entrada al tema de la abundante oferta de puros de estilo europeo (toscanos, brisagos, suizos, alemanes, hamburgueses, etc.) que existían en nuestro país hace ciento veinte años, con detalles y estadísticas muy reveladoras del alto grado de calidad que había alcanzado la industria tabacalera nacional. El tema fue mencionado tangencialmente en las cuatro entradas de “La edad de oro de los puros argentinos” subidas entre octubre y diciembre del año pasado, pero tengo la intención de profundizarlo a la brevedad.
(5) Por supuesto, nos referimos a “ítalo argentinos” por la ascendencia de la fábrica y su estilo de producción, no por el blend de tabacos que por ahora no podemos precisar de manera fehaciente.


miércoles, 20 de junio de 2012

Estampas del comercio antiguo: las cigarrerías

En la entrada fundacional de este blog, en octubre del año pasado, repasamos el origen artesanal de la industria argentina del tabaco manufacturado y señalamos el inicio de la actividad en escala verdaderamente significativa hacia mediados del siglo XIX, de manera paralela a la veloz proliferación de los emprendedores especializados del ramo. En la década de 1860  las cigarrerías comenzaron a verse profusamente, tanto en Buenos Aires como en  otras grandes ciudades y pueblos de la Argentina. Poco a poco iban desapareciendo aquellos cigarreros que  armaban y vendían sus productos en las pulperías, para dar paso a todo un gremio comercial especializado que gozó de las preferencias del consumidor hasta bien entrada la década de 1960. Durante un siglo, el local de cigarrería no faltó en ningún lugar habitado de este país, desde los diferentes barrios de las grandes urbes hasta los más modestos pueblos del interior, ya que se trataba de un consumo tan  regular y cotidiano como el de los alimentos y las bebidas. Para 1900 había en nuestro territorio más de 6700 comercios detallistas del tabaco, de los cuales 2200 estaban ubicados en la Capital Federal.


Como es lógico pensar, numerosos vestigios documentales que nos permiten recrear la atmósfera reinante en las cigarrerías argentinas de antaño se han preservado hasta la actualidad. Basándonos en esas huellas históricas podemos afirmar que la especialización fue excluyente en los primeros tiempos (1). Por ejemplo, tenemos una buena descripción de un negocio del ramo en 1862. Se trata de Au Gamin de Paris” de  Luis Geissel, que reza: “Cigarrería francesa del buen pito. Calle de Maipú 145. Este establecimiento, creado en similitud con los de París, ofrece al consumidor un excelente y variado surtido de cigarros de todas clases, Bahía, Habanos, Suizos, Paraguayos, Criollos, etc. etc., ricos cigarrillos de papel de tabaco negro y habanillos, tabaco francés de fumar. Virginia, Norte Americano, Caporal y rapé francés legitimas de la Régie, sacados de la factoría imperial de Burdeos. Recibe directamente  las novedades en artículos para fumadores. Especialidad en pitos de todas clases: Fantasía, Belges, Neogénes, Gambier, Marseillaises, Écume Francaise, Kummer (espuma de mar), Racine de Bruyére, armados y no armados. Primer introductor de las pastillas preparadas de Cochou, al uso de los fumadores, para quitar el gusto y el olor del tabaco, y perfumar el aliento” (2). Por la misma época ubicamos, en el reverso de un boleto del tranway a caballo, una propaganda de la Cigarrería Francesa que alude a su amplia oferta de tabacos y pitos, con especial énfasis en la variedad de “espuma de mar” (3). Desde el punto de vista presencial, podemos imaginarnos a esas tiendas finiseculares del XIX  como  sitios atiborrados de mostradores, vitrinas y estanterías confeccionadas en maderas nobles, cuyo aroma se confundía con el de los buenos tabacos ofrecidos a la venta (4)


 A comienzos del siglo XX y de la mano de la generalización del hábito de fumar cigarrillos, las cigarrerías fueron perdiendo su primitiva dedicación por el tabaco y comenzaron a transitar por otros rubros que ayudaban a captar clientes. Una causa de este fenómeno era la competencia generada por  la venta de cigarrillos y cigarros en muchos otros lugares. Así lo señala Juan Domenech en su Historia del tabaco,  mientras enumera todas las posibles bocas accesorias de expendio a fines de la década de 1930: “almacenes, bares, confiterías, hoteles, restaurantes, quioscos, canasteros ambulantes y despensas”. En ese contexto, los cigarreros propiamente dichos no tuvieron más remedio que añadir actividades accesorias para subsisitr. Con el tiempo se creó otra especie de rubro mixto bien determinado: el de  las cigarrerías – librerías, muchas veces con un anexo de venta de lotería (5).

Promediando los años cuarenta  llegó el turno de los kioscos, una nueva actividad comercial que rápidamente restó clientela a los ya golpeados establecimientos que nos ocupan. Por otra parte, la concentración del negocio del cigarrillo (con cada vez menos marcas en el mercado) y la lenta pero inexorable caída del consumo de cigarros puros hicieron de la cigarrería un comercio poco atractivo a la vez que anticuado. Mucho después aparecieron las tabaquerías, que vinieron a continuar y dinamizar el sector hasta nuestros días, aunque con importantes diferencias conceptuales: no venden cigarrillos y solo manejan productos de alta gama. Ello, sumado a su escasa cantidad en toda la república, hace que no sean comparables a las numerosas y populares  cigarrerías de antaño. De aquellas, las de antes, no queda ninguna, no al menos con el espíritu original. Pero podemos rendirle tributo a través de la evocación  de su estampa singular.

Notas:

(1) Hasta el decenio de 1910, muchas cigarrerías combinaban la venta con la fabricación propia de cigarrillos y puros.
(2) Reseña obtenida del trabajo Manuel Malagrida. Los orígenes de la industria del cigarrillo en la Argentina, de Juan José Ruiz, con revisión y correcciones de Alejandro Butera. El  texto es de libre acceso en la página del Cigar Pack Collectors Club of Argentinahttp://cpcca.com.ar Recomendamos su lectura a todos los interesados en el tema, ya que se trata de un completo estudio del pasado del sector tabaquero nacional a través de la vida de uno de sus protagonistas más destacados.
(3) La “espuma de mar” es un  mineral llamado sepiolita, de estructura rígida pero maleable. Fue muy utilizado en otros tiempos para la fabricación de pipas vistosas y ornamentadas.










(4) El autor de este blog, que no teme dar con sus huesos en el averno, entregaría su alma al diablo con tal de viajar en el tiempo, visitar uno de aquellos locales y experimentar esa sensación olfativa.
(5) Esta combinación puede parecer una especie de “cocoliche” hoy en día pero resultaba común durante la mayor parte del siglo XX. Aun subsisten algunos ejemplares de tal naturaleza, por ejemplo, en la Avenida de Mayo de la Ciudad de Buenos Aires, y también en otras metrópolis del país.

martes, 22 de mayo de 2012

Los últimos Avanti de la CIBA: crónica de una degustación

A partir de este día, Consumos del ayer deja de ser un blog dedicado exclusivamente al relato pasivo de hechos y cosas del pasado para transformarse, además, en un activo degustador y analista de diferentes productos pretéritos que arriban a sus afortunadas manos. Dicho de otra manera, comenzaremos a incluir algunas catas de tabacos y bebidas antiguas que, por su naturaleza, son proclives de ser consumidas varias décadas después de su elaboración y fraccionamiento sin una pérdida irreparable de características originales. Queremos así dar un testimonio fidedigno de la sensación  que genera  probar los cigarros, vinos y alcoholes (transformaciones cronológicas mediante) de otros tiempos, tratando de reproducir, en la medida de lo posible, algún pequeño rasgo de la vida cotidiana en  las épocas a las que pertenecieron. Para comenzar con esta especie de “máquina del tiempo” de los sentidos elegimos unos toscanos Avanti originales de la Compañía Introductora de Buenos Aires (1) fechados entre los años 1950 y 1958 (2), que llegaron al autor de este blog vía un conocido sitio de remates de internet (3). Para  la ocasión acompañaron al que suscribe algunos amigos interesados en el tema: Enrique Devito (co-degustador) y Augusto Foix (fotógrafo ad-honorem), quienes compartieron el momento tan especial gracias a los buenos oficios de Jorge Martínez, dueño de la casa en que fue realizado el análisis sensorial de los singulares ejemplares.














Como toda compra realizada en la web, la primera verificación de rigor fue la concerniente a la autenticidad de los especímenes adquiridos. Una mirada rápida no dejó dudas al respecto: envase en buen estado pero con signos lógicos de la edad, cierre del paquete irreprochable y configuración de los toscanos que evidencia una manufactura totalmente a mano, por su formato troncocónico mucho más pronunciado que sus similares de hoy en día (es decir, más gruesos en el centro y muy “finitos” en las puntas, lo cual sólo se puede obtener de manera manual). Algunos otras características como la textura y cierto aroma “a viejo” del tabaco en crudo reforzaron  nuestro completo convencimiento sobre la genuinidad de los que íbamos a probar. El corte al medio de uno de los cigarros (el paquete trae dos)  para su consumo en la modalidad del mezzo toscano no presentó ningún tipo de problemas y dio una prueba más del excelente estado en que se encontraban los productos.


El encendido fue efectuado sin incidentes, y a partir de entonces nos dedicamos realmente a paladear con detenimiento estos arquetipos tabaqueros del siglo pasado. Una de las sorpresas iniciales fue el tiro perfecto hasta el final, firme y parejo, de combustión lenta, en coincidencia con la respuesta compacta (sin llegar a ser dura) de los toscanos a la presión de los dedos. Por su parte, el sabor del tabaco era lo que esperábamos, o incluso un poco mejor: rico, mineral, con cierto tono “añejo” difícil de definir pero muy evidente al momento de su percepción. Seguramente, a mediados del siglo pasado, había una mayor proporción de tabaco Kentucky en la composición de la mezcla, y aunque esto es sólo una conjetura, tiene un fuerte sustento documental  que hemos analizado debidamente en las entradas correspondientes a la legendaria marca argentina que nos ocupa. Creemos, en definitiva,  haber confirmado esa teoría mediante la degustación. Otra diferencia manifiesta respecto a sus similares actuales es la ausencia total de aromas y gustos “verdes” o herbáceos, ya que, por el contrario, la gama de sensaciones experimentadas estuvo completamente incluida dentro de los rasgos propios del tabaco maduro y bien estacionado.


No se puede dejar de señalar la notoria excelencia del armado de los ejemplares que se practicaba en los buenos tiempos de la CIBA de Villa Urquiza, no sólo porque soportaron óptimamente el paso de las décadas, sino por la uniformidad y resistencia de la ceniza, que se mantuvo en su lugar por muchos minutos sin el más mínimo desprendimiento. Podemos decir que concluimos esta “fumata histórica” con una satisfacción por partida doble, que suma al simple hecho de disfrutar unos míticos Avanti de la CIBA el beneplácito de haberlos encontrado en tan buena condición. Para terminar, vale una aclaración respecto al título de esta entrada. ¿Por qué hablamos de “últimos”? ¿Acaso porque descartamos volver a probar otros ejemplares viejos en el futuro, o porque fueron los últimos que se hicieron? En realidad, por ninguno de esos dos motivos. Lo de “últimos”  viene a colación con la época que representan estos increíbles puros de estilo italiano, allá en la década de 1950, cuando la fábrica que los manufacturaba estaba a punto de abandonar su primitiva ubicación y el consumo de cigarros  iniciaba una franca debacle. Son, al fin y al cabo, símbolos del final de cierto modo de vivir que ya no existe, como extraños representantes de un mundo desaparecido. Vaya suerte que tuvimos de probarlos…y vamos por más, puesto que pronto seguiremos en el mismo camino con más degustaciones de tabacos y bebidas del ayer. Así será.

 Notas:

(1) La historia de la marca fue repasada en las entradas del 8/11 y 8/12 de 2011.
(2) El “fechado” de los cigarros y cigarrillos argentinos antiguos cuenta con accesorios del packaging que facilitan esa tarea -como las estampillas fiscales, que casi siempre ostentan alguna referencia de los numerosos decretos y leyes que reglamentaron la actividad a través de los años-, con lo cual es posible ubicarlos cronológicamente dentro de períodos relativamente cortos. A veces, como en este caso particular, cierta leyenda impresa directamente en el envase resulta incontrovertible. La frase “ley 11275”, por ejemplo, no deja dudas sobre la época de elaboración y venta de los Avanti catados, puesto que tal inscripción fue obligatoria durante los años 1950 a 1956, ciclo al que añadimos un par de años más como posibilidad  lógica de extensión de la costumbre o de una eventual demora en llegar al consumidor final. El precio de venta al público es otro indicio temporal de gran utilidad.


(3) El vendedor de estos toscanos estaba radicado en Azul, provincia de Buenos Aires. Hace algunos años adquirí otros dos paquetes del mismo producto en Bahía Blanca. En una entrada futura también degustaremos toscanos de la marca Génova cuyo vendedor era de la zona de Pergamino,  y un viejísimo “oporto” argentino localizado fortuitamente en La Pampa. Es un dato ciertamente interesante que estos veteranos productos son hoy casi imposibles de hallar en las grandes ciudades, pero que aún se conservan en contextos rurales o semi-rurales, generalmente asociados a viviendas campestres habitadas por ancianos que fallecieron, antiguas pulperías demolidas  y otros entornos por el estilo. Ya nos extenderemos sobre el particular cuando llegue el momento de testimoniar más degustaciones.

viernes, 16 de marzo de 2012

Cigarrillos y política

Todos conocemos bien los métodos actuales de propaganda electoral, desde las costosas campañas en los medios masivos de comunicación hasta los "chupetes" de la vía pública, pasando por la menos onerosa distribución de panfletos o los vehículos con altoparlantes que recorren diferentes poblaciones del país. En contraste, poco se conoce acerca de las modalidades de difusión política propias de las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX. Muchos se sorprenderán, tal vez, al saber que la creación de marcas propias de cigarrillos era uno de los sistemas más difundidos al respecto en la República Argentina de antaño. Vale la pena reconocer que los tres ejemplos que citaremos a continuación son una prueba irrefutable de la popularidad del sistema y su buena respuesta ante el público, dado que los respectivos y encumbrados personajes involucrados alcanzaron a ocupar el sillón presidencial en todos los casos.
Cronológicamente hablando, el primer presidente en cuyo homenaje se creó una marca de cigarrillos fue Bartolomé Mitre (1821-1906), quien tuvo la responsabilidad de dirigir los destinos de la nación en el período 1862-1868. Así, la fábrica de Juan Posse puso en el mercado los "Cigarrillos Habanos Mitre" (1) en las variantes de 20 y 30 centavos el atado. Pero lo más interesante del caso fue que, hacia 1910, la compañía de tierras que este mismo empresario dirigía lanzó una original promoción por la cual se intercambiaban 500 marquillas de estos cigarrillos por un lote de tierra en la localidad de Juan Posse (actual Mariano Acosta). De ello da fe una publicidad de la revista Caras y Caretas del año 1909.


También hizo lo propio el general Julio Argentino Roca (1843-1914), presidente de los argentinos en los períodos de 1880-1886 y 1898-1904. Para la campaña electoral previa a las elecciones que lo consagraron al frente de la Casa Rosada en su segundo mandato, el zorro recurrió a los oficios del prestigioso tabaquero Eliseo Pineda, quien fabricó especialmente la marca de cigarrillos con su gracia y otras con frases alusivas al acontecimiento. Pero la cuestión no se agotó luego de su triunfo, sino que continuaron apareciendo nuevas etiquetas durante varios años, algunas de ellas con nombres de legisladores y gobernadores afines al partido.
Las dos imágenes a continuación pertenecen a sendos afiches promocionales de dos de los rótulos comerciales relativos a Roca: uno es "Santo y Seña" (con la bajada Roca o nadie) y otra es la marca "Roca" propiamente dicha. En la imagen de esta última se ve a una mujer (la República Argentina) leyendo las páginas de un libro que reza: "Historia 1898, Teniente General Julio A. Roca reelecto presidente de la República".



Muchos años después, en la década de 1930, la fábrica rosarina de tabacos Colón, de Fernández y Sust, a la vez que la manufactura porteña de Balza y Cía, crearon respectivamente las marcas "Don Hipólito" e "Irigoyen" (2)  para homenajear al ex presidente Hipólito Yrigoyen (1852-1933), que supo ostentar la primera magistratura nacional en los períodos 1816-1922 y 1928-1930. Las denominaciones comerciales de marras tuvieron un singular éxito hasta el final de esa década tan controvertida de la vida política de los argentinos.


En diferentes épocas, existieron asimismo los cigarrillos Sarmiento, Carlos Pellegrini y San Martín, entre otros, pero hemos querido reflejar esta particular manera de proselitismo propia de los tiempos pasados a través de sus tres ejemplos más célebres.

Notas:

(1) Ya hemos aclarado esto antes, pero es importante destacar que la denominación "cigarrillos habanos" no implicaba entonces que fueran puros ni nada por el estilo, sino sólo que estaban hechos con un tabaco negro  considerado similar al tabaco cubano. En algunos casos (no creemos que en los citados arriba, por ser marcas populares y económicas), los productos se hacían realmente con tabaco importado de Cuba.
(2) La marca se llamaba "Irigoyen" y no "Yrigoyen", a pesar de que esta última forma es reconocida como la correcta. El propio Yrigoyen, no obstante, escribía su apellido de las dos maneras indistintamente.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Vendedores ambulantes en la Buenos Aires de antaño

La figura del vendedor ambulante ha sido una de las más representativas de la antigua Buenos Aires. Desde la época de la colonia hasta mediados del siglo XX, lecheros, verduleros, fruteros, panaderos, aguateros y muchos otros trabajores "especializados" de la venta ambulante supieron recorrer las calles de la ciudad para abastecer a las familias de todos los barrios porteños y suburbanos. De aquella enorme variedad hoy sólo subsisten los soderos y los diarieros, amén de algún que otro agónico sobreviviente en el ámbito de los huevos, las frutas y no mucho más que eso. En esta ocasión nos vamos a ocupar de los representantes de tres ramas de la venta ambulante muy populares en los viejos tiempos y actualmente extinguidas por completo: el vendedor de pescado, el carnicero y el cigarrero.
Resulta francamente complicado imaginar en nuestros días a una persona ofreciendo el pescado por la calle, pero tal cosa era más que corriente en el lejano ayer, cuando un Río de la Plata aún no contaminado ofrecía la posibilidad de obtener una amplia variedad de especies ictícolas comestibles que llegaban desde las desembocaduras del Paraná y el Uruguay. A ello ayudaba, asimismo, la inexistencia de represas y otros impedimentos para la aparición de los apetecibles ejemplares en las costas cercanas a la metrópolis. El lugar más utilizado para la pesca de costa era el extenso paraje llamado entonces "Tierra del Fuego", que comprendía la ribera del río desde Retiro hasta el bajo de Belgrano (1). Allí, los pescadores desarrollaban su actividad en horas tempranas para luego salir a ofrecer su mercadería por las calles. En algunos casos, al pescado fresco se sumaban ciertas piezas de caza como perdices y otras aves. Las fotos siguientes datan de la décadas de 1860 y 1890, respectiva y aproximadamente. El segundo caso resulta más interesante por su valor vivencial y sus detalles llamativos, como la gente de color en el fondo y el cigarro que está fumando el comerciante callejero de marras.




Otro representante de tan cotidiana actividad era el carnicero. José Antonio Wilde describe sus vehículos/puestos como "unas carretillas con toldos y costados de cuero en que se vendía la carne colgada en ganchos". Por lo visto, las cosas no cambiaron mucho entre los tiempos a los que se refiere esa reseña (1810 a 1830) y las décadas finales del siglo XIX, cuando la proliferación de las carnicerías como comercios fijos y bien establecidos en ferias y locales de barrio terminó con este modismo comercial andariego, al igual que con el de los vendedores de pescado. De manera concomitante, el paso de los años trajo consigo la puesta en vigencia de normas cada vez más estrictas en todo lo relativo a la seguridad alimentaria y la salubridad pública, especialmente a partir de las epidemias de cólera (1867) y fiebre amarilla (1871) que azotaron a la "Gran Aldea". Con todo, vale una imagen para recordar su estampa pintoresca.


Un último tipo de vendedor ambulante muestra una faceta completamente distinta de la cuestión, ya que al no contar con impedimentos derivados de la frescura (o la falta de ella) exigible a sus productos, logró sobrevivir hasta bien entrado el decenio de 1960. Nos referimos al cigarrero ambulante, el que armaba su "puestito" en diferentes puntos de la ciudad, casi siempre en sitios de mucho movimiento. La foto que ilustra el caso data de 1900-1905 y pertenece al conocido fotógrafo norteamericano Harry G. Olds, quien tuvo el buen tino de dejar testimonios visuales sobre la vida callejera de diferentes ciudades de Latinoamérica, como Buenos Aires y Valparaíso, con un notable hincapié en los vendedores ambulantes de todos los tipos.



Elegí poner esta foto más grande (2) para referirme a algunos detalles interesantes. Por ejemplo, lo escueto y precario de la instalación no impedía cierta variedad de productos, compuesta por diversos cigarrillos y una pequeña selección de cigarros. El paquete abierto en el extremo derecho es de toscanos o, en su defecto, de caburés (especie de medio toscano más grande), y se trata del mismo producto que está fumando el vendedor. También se visualiza claramente la marca que "auspiciaba" el puesto, producida y comercializada por "La Abundancia" (3),  mientras que en el fondo se observa un cartón de Dandicito, célebre etiqueta de la fábrica "La Invencible". El lugar de la toma, sin ningún lugar a dudas, es el puerto de Buenos Aires, más precisamente la zona de Puerto Madero.
Pescadores, carniceros y cigarreros ambulantes: imágenes de tiempos idos, pero no por ello olvidados

Notas:

(1) El lugar era bastante célebre por su fama de "malevo" y porque allí se refugiaba la gente de avería, como se denominaba a los marginales de la época. Vale la pena tener en cuenta que la franja mencionada era mucho más estrecha que la actual, ya que a la altura de Belgrano el río llegaba a bordear la avenida Libertador y frecuentemente inundaba la estación de tren, durante las crecidas más fuertes.
(2) El autor de este blog recién acaba de darse cuenta cómo hacer para manejar el tamaño de las fotos. Por ello, aquí va más grande la foto del Paseo de Julio mencionada y analizada en la entrada del 4/11 "Cafés, Fondas, Boliches y Bodegones en el Paseo de Julio", con el cartel de la cigarrería señalado con flecha y círculo.


(3) Establecimiento mencionado por Domenech en la Historia del tabaco. Ver entrada anterior.

jueves, 27 de octubre de 2011

Los primeros cigarreros

En su libro Buenos Aires, desde 70 años atrás, escrito en 1878 y publicado en 1881, José Antonio Wilde (1813-1885) nos ofrece una formidable radiografía de la vida en aquella Buenos Aires que va desde la Revolución de Mayo hasta la caída de Rosas. Las costumbres, los modos de beber, fumar, alimentarse, vestirse y comportarse socialmente son minuciosamente descriptos por un privilegiado testigo que presenta los acontecimientos de una manera históricamente correcta, pero además amena, divertida y salpicada de anécdotas y vivencias personales.
En uno de sus mejores capítulos (al menos para el autor de este blog), Wilde nos habla de las primitivas modalidades de producción y consumo de cigarros y cigarrillos. Por ejemplo, señala que "las cigarrerías propiamente dichas no se conocían en los tiempos a los que nos venimos refiriendo. Las vimos con profusión en Montevideo de 1842, donde probablemente existían desde época anterior. Luego que la emigración argentina regresó después de la memorable batalla de Caseros, las cigarrerías empezaron a establecesrse entre nosotros en la forma que hoy las conocemos".
¿Dónde se hacían y vendían los productos de la manufactura del tabaco, entonces? Wilde aclara bien este punto: "Antiguamente, los cigarros se expendían en almacenes y pulperías. Hubieron después algunas casas especiales como el Almacén del Rey, el de Villariño, el Poste Blanco de Muñoz, de Giménez, de Sánchez al lado de la confitería de Baldracco, etc, donde se vendían cigarros y cigarrilos muy buscados por los aficionados al buen tabaco".


Casi todos los almaceneros tenían su picador de tabaco, "especie de profesor ambulante que iba de almacén en almacén, permaneciendo en cada uno el tiempo suficiente con arreglo al despacho de cigarrillos o de tabaco picado. También tenían su cigarrero, que colocábase en paraje a resguardo del viento (a fin de que el tabaco no se aventara), con una fuente de lata o cosa parecida puesta sobre los muslos, con tabaco picado y una provisión de hojas de papel de hilo, envolviendo y cabeceando sus cigarrillos con admirable prontitud y destreza".
Vale la pena aclarar que Wilde, obviamente, se refiere en muchas ocasiones a "cigarrillos" y "cigarros" como un mismo producto, pero el desliz propio de su entusiasmo por la descripción precisa y colorida no le quita mérito ni rigor histórico al relato. Luego sigue: "No envolvían los cigarros en papel de plomo ni tenían envelope con etiqueta"(...)"se ataban simplemente por ambas extremidades con hilo negro o colorado en número de 16 a 20".
Ahora bien, ¿cómo serían esos cigarros y cigarrillos? Muy rústicos, por cierto, habida cuenta de que no se utilizaban entonces los métodos de secado, curado y estacionamiento de los tabacos, amén de los problemas que seguramente acarreaba la falta de conocimiento en las etapas del cutlivo y el desconocimiento sobre las diferentes variedades. Sin embaro, existía una dinámica importación de productos extranjeros que se sumaba a la producción local, como bien señala Wilde al decir que "aunque se vendían cigarrillos hamburgueses, de Virginia, paraguayos, correntinos y aún algunos habanos, el que mas se consumía era el cigarro de hoja, que podía llamarse del país, fabricado aquí con tabaco de Paraguay, de Corrientes, de Tucumán y, algunas veces, del cultivado en esta provincia (Buenos Aires)".


¡Qué estampa, la de los parroquianos saboreando alguna de esas "tagarninas" junto a una ginebra o cierto vaso de vino carlón! Así eran las cosas en "la gran aldea" hasta la década de 1850, ya que luego de la caída del Restaurador de las leyes los comercios especializados del ramo (las cigarrerías, actuales "tabaquerías") empezaron a proliferar por las ciudades y pueblos, y la costumbre del fabricante cigarrero artesanal y ambulante comenzó a correrse hacia la campaña para luego desparecer (no confundir con el vendedor cigarrero ambulante, ya que éste gozó de buena salud hasta bien entrado el siglo XX). Sin embargo, como veremos en próximas entradas, tal evolución permitió el desarrollo de una gran industria cigarrera argentina entre 1880 y 1900, que llegó, en su apogeo, a ser una de las más poderosas de América.