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viernes, 21 de diciembre de 2012

Un revelador libro ferroviario de stock de 1898 8

A lo largo de siete entradas hemos visto la notable variedad de bebidas nacionales e importadas que el Departamento de Confiterías del Ferrocarril Sud despachó para el consumo en estaciones y trenes durante los dieciséis meses comprendidos entre Abril de 1898 y Julio de 1899. Pero hasta ahora  se trató siempre  de artículos presentados en botellas y porrones. Por eso, tal vez resulte una sorpresa saber que el texto de nuestro interés también incluye una larga lista de brebajes fraccionados en damajuanas y barriles. Ahora bien, ¿cuál es la explicación de esta modalidad tipo granel, cuya figura parece poco relacionada con el cuidadoso y esmerado servicio gastronómico ferroviario que venimos analizando? En realidad, esa presencia no debe sorprender en absoluto, ya que la venta por vaso, copa o jarra también era extremadamente popular en aquellos tiempos en los que se bebía copiosamente. Así, nuestro libro de stock no hace más que reflejar las costumbres de la época, aunque resulta notoria  la existencia del despacho suelto no solamente en materia de vinos, sino también en cognac, grappa, caña, ginebra, ajenjo, licores, aperitivos y vermouth. Hoy nos puede parecer insólita la presentación de ciertas bebidas en esos recipientes, pero lo cierto es que los grandes envases de vidrio y madera constituían un porcentaje muy importante del expendio gastronómico en los años finales del siglo XIX, muchas veces superior al de las propias botellas de litro o medio litro.


Antes de presentar el repertorio vale aclarar algunos puntos. Al lado de cada artículo se ubica una abreviación de la unidad de medida tal cual fue apuntada en el longevo libro que nos ocupa, es decir, lt en el caso de litro, dj en el caso de damajuanas y barril en el caso del roble. De todos modos, los precios están expresados siempre por litro, a fin de presentarlos de un modo comparativamente útil y con el propósito de resaltar, nuevamente, que una vez en confiterías y trenes, esos envases eran abiertos y servidos por copa, vaso o jarra (1). En las damajuanas, el importe se obtuvo dividiendo el valor total por el número de envases asentados y luego por diez  (el formato de diez litros era prácticamente el único en esa época). De todos modos, reconozco que en este caso tengo algunas dudas respecto a la objetividad de los valores, ya que encontré no pocas disparidades que no logro explicar.  Para ciertos ítems me he visto en la obligación de tratar de interpretar posibles errores de los empleados del FCS cuando volcaron los datos hace ciento catorce años. Bien o mal, ha sido la única manera de hacerlo. En varias llamadas numéricas, luego, añadí breves comentarios sobre los casos más notorios de ello.


Primeros veamos lo que corresponde a vinos, todos ellos en damajuanas,con sus denominaciones transcriptas de manera fiel al original.

Locomotora   (dj)                         0,45 (2)
Priorato  (dj)                                1,00
Seco  (dj)                                     0,90
Malbeck  (dj)                                0,45 (3)
Mendoza tinto  (dj)                       0,50
Mendoza blanco  (dj)                   1,00
Vino de Familias  (dj)                   0,55             

Y ahora continuamos con el resto de las bebidas. Los adjetivos  “común” y “ordinario” han sido tomados textualmente.

Caña blanca  (lt)                          0,80
Caña guindado  (lt)                      0,40
Caña durazno  (lt)                        0,60
Caña doble limón  (lt)                   0,60 
Cognac ordinario (barril x 50)      1,90 (4)   
Cognac común   (lt)                     8,00 (5)
Ginebra común  (dj)                     0,80
Grappa  (lt)                                  3,50      
Anís ordinario  (dj)                       0,30
Ajenjo ordinario  (dj)                    1,20
Amerital  (dj)                                1,10 (6)
Carabanchel común  (lt)              0,35
Bitter común  (lt)                          6,00 (7)
Fernet común  (dj)                       1,00
Vermouth común  (lt)                   3,00
Vermouth Torino  (lt)                   6,00 (7) 

Otra sorpresa ferroviaria, ¿verdad? ¿Quién no hubiera querido estar sentado en un coche comedor disfrutando una jarra de vino Locomotora, o una copa de ajenjo para sumirse en extrañas reflexiones? Ya lo hemos dicho antes, pero lo repetimos: estas cosas eran normales para nuestros bisabuelos, aunque nosotros sólo podamos imaginarlas como una especie de sueño lejano. Por fortuna, algunos testimonios del pasado nos permiten realizar tan grato ejercicio, aunque más no sea como pasatiempo…

                                                          CONTINUARÁ…

Notas:

(1) La pregunta obligada es cómo se establecía el precio de venta cuando se trataba de damajuanas o barriles, antes de que fueran abiertos y servidos de manera fragmentada. La respuesta es muy simple: del mismo modo que se puede establecer  hoy un precio y un margen de ganancia para una botella de whisky, o sea, haciendo un cálculo previo de las medidas.
(2) Si tenemos en cuenta el entorno de consumo, no se puede negar que el nombre era excelente.
(3) Esta es la más antigua referencia directa de puño y letra que conozco sobre el Malbec en Argentina. Sólo aparece asentado en un mes (Julio 1898) pero con una salida importante: 46 damajuanas.


(4) Afortunadamente, el empleado tuvo la gentileza de anotar la capacidad del barril, lo que me permitió calcular el precio por litro. Sólo se despachó una unidad en Septiembre de 1898 por un valor total de $ 95.
(5) Este importe contrasta fuertemente con el anterior, aunque no hay manera de saber si se trata de una equivocación, ya que es otro producto asentado en un único período mensual.
(6) No es el Aperital, mucho más conocido, ni se trata de un error de escritura, ya que en varios mese s aparecen claramente tanto uno como otro, bien diferenciados.
(7) También aquí me llama la atención que el litro suelto (tanto en bitter como en vermouth) sea más caro que una botella cerrada de marca reconocida.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Histórico gin tonic en el Casal de Catalunya: crónica de una degustación

En nuestra serie de entradas dedicadas a la degustación de productos añejos no siempre ocurre que se conjuguen estupendamente el lugar de reunión y los productos analizados. Pero esta vez sucedió exactamente así. Elegimos el prestigioso restaurante porteño Casal de Catalunya (1) para realizar la cata de dos joyas alcoholeras de la industria nacional, correspondientes a sendas marcas de gin elaboradas en la primera mitad del decenio de 1960: Royal Ludgate y Hiram Walker. En una breve reseña de las empresas involucradas podemos señalar, por ejemplo, que la Casa Dellepiane (responsable del Royal Ludgate por aquellos años) se fundó en 1898 como firma importadora, pero no fue hasta 1940 que lanzó su etiqueta de producción local  muy célebre en nuestra patria : el “cognac” Tres Plumas. La compañía continúa hoy en el mercado de la mano de la familia que le da nombre, a más de 113 años de su creación. Por su parte, Hiram Walker es una prestigiosa destilería de origen canadiense, actualmente controlada por el gigante francés Pernod Ricard. Por las décadas de 1950 y 1960 tenía su propia filial en Buenos Aires sobre la calle Rivadavia 620. Dos publicidades gráficas de los años cincuenta permiten  esbozar una idea del suceso que ambas marcas lograban en estas latitudes (2).

 
Las botellas de Consumos del Ayer fueron obtenidas vía Internet, como otras veces, y una rápida mirada nos permitió alcanzar la certeza de que ambos artículos habían sido embotellados en el primer lustro de la década de 1960 (3). Así lo confirmaron las estampillas fiscales, los tapones utilizados y otros datos visuales bastante claros para el ojo acostumbrado. La etiqueta del Hiram Walker contenía, además, una referencia de carácter incontrovertible: la leyenda ENV. 1964, indicativa del año de fraccionamiento. Íbamos a probar, entonces, dos ejemplares de gin argentino cercanos al cincuentenario de vida. Para ello convocamos a nuestro equipo regular de cata  (Enrique Devito y Augusto Foix), en esta ocasión ampliado con la grata presencia de un grupo de amigos altamente entrenados en los ejercicios del buen comer y el buen beber. Ellos son Jorge Martínez, Alejo Berraz, Alvaro Canella y el anfitrión Damián Cicero, factótum del excelente restaurante que nos cobijó y encargado de los sabrosos platos servidos al término de nuestro trabajo.
 
 
El proceso de apertura se llevó a cabo sin inconvenientes de ninguna índole, tras lo cual dimos paso a la degustación en dos formas rigurosamente separadas: primero, pequeñas medidas puras en vasos chicos, y luego, bajo la modalidad de gin tonic, en cantidades más generosas y con los vasos largos que corresponden al caso. Todos los presentes coincidieron en el buen estado de los prototipos analizados, llenos de aromas limpios y agradables, elaborados sin dudas con los mejores alcoholes nacionales de la época. Las opiniones generales coincidieron asimismo en destacar el semblante algo más alcohólico del Royal Ludgate, aromático y potente, frente al perfil clásico y elegante del Hiram Walker. Esa diferencia se reflejó también en la etapa del gin tonic, ya que el HW pareció quedar algo “tapado” por el sabor de la tónica y el limón, mientras que el RL mantuvo la silueta espirituosa que resalta su aroma particular.

 
Devito hizo hincapié en los estilos, uno más “argentino”, aromático y dulce (RL), y otro “purista”, fino y seco (HW). Berraz, en cambio, fue contundente al sentenciar que el Royal Ludgate era “más gin”, opinión suscripta por Martínez  de un modo menos terminante, ya que para él resultaba “con más presencia”. Canella, por su parte, dividió las aguas según la modalidad de trago, en virtud de que sus preferencias se inclinaron por el HW bebido solo y por el RL mezclado en gin tonic. No obstante, el grupo coincidió ampliamente en la calidad integral de los añejos productos, doblemente meritoria por esa misma razón. Ello nos llevó al siguiente interrogante: ¿habrán sido mejores, como norma general, los alcoholes argentinos de hace cincuenta años? No es sencillo afirmarlo, pero tal vez sea así en vista de las actuales dificultades para elaborar productos masivos de calidad con el permanente aumento de costos. Tampoco debemos olvidar que las décadas de 1950 y 1960 marcaron una “edad dorada” en la coctelería argentina, al decir de sus veteranos referentes, por lo que no resulta descabellado inferir un mejor nivel de bebidas espirituosas en general. Y también considero, según una opinión personal sostenida por mi modesta experiencia de investigación histórica, que ciertos rubros no muestran  hoy el mismo esmero productivo que existía en aquel entonces. Esa, creo, es la mejor explicación de por qué, sistemáticamente, encontramos en tan buen estado las bebidas y los tabacos de hace cincuenta, sesenta o setenta años, cuando a veces nos sorprendemos por lo mal que se conservan  productos idénticos que no tienen más de diez o veinte años de vida.


Así concluyó nuestra tarea en la elegante barra del Casal de Catalunya. Acto seguido pasamos a la mesa dispuesta especialmente para los sufridos catadores, donde alargamos la velada con buena comida y buenos vinos. Pronto vendrán más degustaciones en las que buscaremos, como siempre, captar los distintos momentos de la historia argentina a través de sus consumos cotidianos.

Notas:

(1) El Casal de Catalunya se sitúa en Chacabuco 863 del barrio de San Telmo. Es un restaurante enmarcado por un antiguo edificio construido hacia 1886 y reformado en 1927 dentro del estilo neogótico barcelonés. Su cocina se especializa en platos de mar, huerta y montaña, con predominio de pescados y mariscos en sofritos y cazuelas. Una mención especial merecen los cochinillos cocinados al horno, que llegan a la mesa tiernos y crocantes.


(2) Además, los avisos ayudaron a confirmar la antigüedad, ya que las ilustraciones coincidían casi perfectamente con nuestras botellas. Las pequeñas diferencias que hallamos se encuadraban con mucha lógica en  los años transcurridos desde la publicación de las propagandas (1953) hasta  la fecha de embotellamiento del Hiram Walker (1964) y, según creo, del Royal Ludgate.
(3) El vendedor señaló que las botellas provenían de un almacén del barrio de Mataderos cerrado hace pocos años. Allí, según su relato, quedaron  intactas  bebidas de todo tipo y edad, incluyendo muchos productos importados. Todo fue vendido en la web.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Doscientos años de bebidas sin alcohol

Según refiere José Antonio Wilde en Buenos Aires, desde 70 años atrás, el primer antecedente patrio de las actuales bebidas sin alcohol fue el de los refrescos que se preparaban en almacenes y pulperías, con la salvedad de que no siempre carecían de algún ingrediente espirituoso (1). Según su valioso relato, las tres principales variantes eran  la sangría  (vino carlón, agua y azúcar), la vinagrada (igual que la anterior, pero con vinagre) y la naranjada, hecha con zumo agrio de naranjas. Este memorioso autor recuerda además que muchos tomadores le agregaban al final un vasito de caña, al decir de ellos, por ser “fresca”. No fue sino hasta la década de 1870 que aparecieron las primeras bebidas sin alcohol en la modalidad de refrescos, aguas y “tónicas” carbonatadas, aunque todavía sin ninguna  marca demasiado popular o dominante del mercado (2)


En efecto, durante buena parte del siglo XIX y las primeras dos décadas del XX existió una amplia y atomizada lista de fabricantes, muchos de los cuales producían  además licores y  vermouth. Es muy frecuente encontrar en añejas publicaciones periódicas los avisos de Fábricas de Licor o Fábricas de Soda, casi siempre vinculadas al almacenamiento o la distribución de vinos y cervezas. Era un completo sector de la industria y el comercio llevado adelante  por pequeños emprendedores del rubro de bebidas en la más amplia acepción del término (3). No obstante, al igual que con otros tantos productos, los años del cambio de siglo trajeron consigo el fenómeno de la concentración. En 1868, los hermanos Juan, Andrés y Pedro Inchauspe decidieron fusionar sus respectivas fábricas de soda en una sola (4), dando así el puntapié inicial para el nacimiento de toda una saga de marcas legendarias. En 1904, la empresa se mudó a las nuevas instalaciones de la avenida San Juan 2844 para continuar elaborando sus exitosas etiquetas, que se ampliarían en el futuro: Soda Belgrano, Indian Tonic Cunnington, Ginger Ale Cunnington, 2L lima-limón, Naranja Neuss y Pomelo Neuss. No queremos dejar de señalar un dato sobre la más antigua de ellas: durante los años treinta y cuarenta  se imprimieron chapas metálicas con la imagen de la botella y la frase “aquí hay soda Belgrano, la mejor del mundo”. Cientos de estos anuncios marcaron una época en las paredes de bares, fondas y almacenes de todo el país.

 
También en la década de 1900 se popularizó la Bilz, bebida de frutas creada por el médico naturista alemán Friedrich Eduard Bilz, que adoptó nombres comerciales como "Bilz-Brause" y "Bilz-Limetta". Comenzó a ser producida y comerciada por el empresario Franz Hartmann, y se la ofrecía como una bebida de características digestivas -casi medicinales-, tal como se observa en el origen de muchas otras gaseosas célebres. Con los años aparecieron nuevas empresas y marcas, entre las que destacamos a las recordadas Bidú Cola  y Pomona, al igual que las más recientes  Canada Dry o Pindy. Algunas permanecieron siempre, otras se fueron y regresaron, y otras partieron para no volver. Sin embargo, nunca se sabe: la moda del revival suele depararnos, de tanto en tanto, alguna grata sorpresa…

Notas:

(1) El hecho de tomar bebidas alcohólicas o de agregárselas a casi todo elemento líquido no significa que la población de ese tiempo estaba integrada por borrachos irrecuperables. En realidad, el agua no era entonces una bebida segura desde el punto de vista sanitario debido a la frecuente presencia de bacterias, mientras que los jugos de fruta o zumos de cualquier tipo no podían ser conservados ni envasados, lo que obligaba a consumirlos frescos. Por ese motivo, las bebidas alcohólicas eran populares no solamente por gusto, sino también porque su composición  las hacía seguras, confiables, prácticas y duraderas.
(2) En realidad, las aguas carbonatadas naturales ya habían sido descubiertas y envasadas de manera rudimentaria desde el siglo XVIII, pero no tuvieron difusión en nuestro medio hasta la segunda mitad del XIX.
(3) Como resabio de aquella pretérita rama de la producción nacional, aún hoy subsisten algunas fábricas de soda que elaboran sus propias marcas de gaseosas.


(4) Situación que se extendió hasta 1885, año en que Juan y Andrés se separaron de la sociedad, que quedó exclusivamente en manos de Pedro.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Publicidades con verso del siglo XIX

El grado de profesionalismo y sofisticación de la publicidad  moderna es realmente notable. Empresas enteras se dedican a ello en modo permanente, además de conformar el motivo central de diferentes carreras universitarias diseñadas específicamente para su aprendizaje. Ya no se trata sólo de vender un producto determinado, sino de toda una rama de la actividad económica y del conocimiento humano. Casi  no podríamos concebir el mundo actual sin una importante carga publicitaria que ocupa amplios espacios en los medios de comunicación, en la vía pública y en casi todos los ámbitos de la vida. Pero la realidad era bien distinta hace poco más cien años, cuando no existían los agudos mensajes de nuestros días y las propagandas se limitaban, casi siempre, a la cándida exposición de los datos fundamentales de los productos (1). Así y todo,  ya entonces había excepciones que anticipaban la revolución publicitaria del siglo siguiente. De aquel ingenio  destacaremos hoy algunos mensajes gráficos aparecidos en la Argentina durante las dos últimas décadas del siglo XIX con la modalidad  “en verso”, muy en boga por la época. Todos ellos están concentrados en el rubro de las bebidas, como veremos en un ejercicio de regresión temporal que, según creo, será bastante divertido.


El primer reclame corresponde a la ginebra holandesa “Real Holland” y su importador W Paats, Roche y Cía, una prestigiosa casa introductora de aquel tiempo (2). Dejaremos a criterio de cada lector de este blog el juicio sobre la calidad  literaria de las distintas composiciones, pero anticipo que algunas de ellas pueden generar la hilaridad  inmediata a los ojos y oídos de nuestra época actual. En efecto, no se puede dudar de que los gustos culturales han cambiado mucho desde entonces, si tenemos en cuenta que el remate del anuncio expresaba lo siguiente:

Si yo fuera el Poder Ejecutivo
o tuviera con el mucha influencia,
habría de eximir de todo impuesto
a la casa que importa esta ginebra

Un poco más logrado en cuanto a su rima fue el texto elegido para promocionar el Vino Marsala Extra de Felipe Profumo y Cía, de acuerdo con el aviso que presentamos a continuación:

¡Bien se fastidia el demonio!                                                     
cuando mi mujer es mala,
le doy el vino Marsala
y hay paz en el matrimonio.

Dos prestigiosas bodegas mendocinas también dejaron constancia de esta manera tan primitiva como simpática para promover sus marcas de vinos. De todos modos, considero que las respectivas estrofas  difieren bastante en cuanto a calidad. Pero insisto: no entraré a juzgarlo. Que cada uno decida de acuerdo con sus preferencias. El primero, correspondiente a  la vieja bodega Trapiche de la familia Benegas, hacía su manifiesto bajo el título “Discurso Vinícola”.

La mortandad, señores,
arroja cada vez cifras menores,
es porque con los vinos de El Trapiche
no hay bebedor que espiche.

Mientras tanto, Miguel Escorihuela seleccionó esta rima para su otrora célebre vino El Aragonés:

La Pilarica me ha dicho
que no se debe beber
otro vino que no tenga
la marca El Aragonés



















Volvemos otra vez a la casa W Paats, Roche y Cía, que por lo visto realizaba fuertes inversiones en materia publicitaria, en este caso relativa al afamado Bitter Secrestat.

Del Bitter Secrestat una copita
tomando a medio día y por la noche,
resuelves el problema de la vida,
vistes con elegancia y te das corte.

Otro Bitter, pero nacional, el San Martín, ponía a consideración de los consumidores del pasado algo muy particular, cuya imagen y texto traen a colación lo dicho anteriormente sobre el profundo cambio de gustos culturales (un verdadero abismo) acaecido en el transcurso de un siglo. ¿Cómo se consideraría hoy un aviso como éste?

Con el bitter San Martín
se abre tanto el apetito
que el señor Don Agapito
se comió a su chiquitín.




















Y quise dejar para el final mi favorito, sin ningún lugar a dudas. En un tiempo como el que corre, donde todo parece tener que ver con la imagen exterior, bien vale recrear la pieza elegida por Bardera  y Cía. para su selecto Vermouth Buenos Aires. Tanto el mensaje en sí mismo como el contenido visual nos ponen frente a una antigua conducta que parece haber sido completamente extraviada: la capacidad de disfrutar las cosas sencilla y despreocupadamente, sin pensar tanto en la figura. Aquí va, para finalizar, este sabio testimonio de aquellas queribles publicidades con verso.

Es tan bueno este vermouth
que el sujeto más delgado
una vez que lo ha probado
engorda como un mamouth.



Notas:

(1) Cuando alguien tiene la oportunidad de analizar con detenimiento una buena cantidad de viejos avisos en medios de la época, salta a la vista la precariedad con que se hacían las cosas. A modo de ejemplo, esta propaganda de la muy prestigiosa cigarrería y fábrica de tabacos de Manuel Méndez de Andes pone de manifiesto que los anuncios eran publicados sin ningún tipo de mirada o corrección previa. Las dos joyitas en su texto están señaladas con flecha roja, pero las anticipamos: son las “cigarrekas” y los “cigarros habonos


(2) Muy pronto tendremos oportunidad de tener una nueva referencia sobre W Paats, Roche y Cía, que hacia 1900 se vio obligada a presentar una demanda por falsificación e imitación de marcas en cigarros toscanos.

domingo, 29 de julio de 2012

El manzanar olvidado de Castelli

Normalmente asociamos la producción argentina de manzanas con la provincia de Río Negro. Y es muy lógico, puesto que  en los valles fluviales de esa región se concentra la actividad desde hace poco más de setenta años. En ese contexto, pocos serían capaces de  adjudicarle algún  potencial  en la  materia  a  la  provincia de Buenos Aires. Sin embargo, existe un notable antecedente de gran envergadura en la localidad de Castelli, a sólo 160 kilómetros de la Ciudad de  Buenos Aires, que el tiempo se ocupó de ocultar hasta el olvido casi definitivo (1). Todo comenzó en 1925, cuando el ciudadano francés Samuel Humberto Levi adquirió la estancia La María y se abocó a la plantación intensiva de manzanas a partir de barbechos originarios de Australia y California. Aunque en la estancia ya existían  pequeños cultivos desde 1900, fue Levi quien le dio a la fruta que nos ocupa un lugar destacado en la región por las dimensiones del emprendimiento.


La eficiencia del sistema productivo tenía mucho que ver con el resultado económico de la empresa. Para fines   de   la   década   de  1930, la  producción manzanera ya estaba en su apogeo con más de 600 hectáreas    de    árboles    frutales    rodeados íntegramente de álamos, con el fin de proteger los preciados frutos del viento y de las inclemencias climáticas más severas. Luego del fallecimiento de Levi, en 1946, la propiedad fue comprada por los hermanos Jesús y Pedro Moreno, quienes decidieron ampliar las actividades con el emplazamiento de una importante planta sidrera, que pasó a la posteridad como “La California Argentina”. Sus instalaciones contaban con treinta cubas de 10.000 litros de capacidad  y  otras tres  de  30.000 litros, así  como  un gran tonel de 50.000 litros y cincuenta de 30.000 litros cada uno. Si las cifras son exactas, ellas nos hablan de una capacidad  total  de  poco  menos  de  dos millones  de  litros, un volumen realmente significativo para la época. El producto resultante se comercializaba bajo las marcas “La California Argentina”  y  “María Guerrero”, que  llegaron a  contar  con   una   amplia distribución en el ámbito nacional. Otras producciones completaban el espectro industrial de la firma, como la apicultura y el vivero destinado a proveer de plantas a la propia empresa.


En su apogeo, La California Argentina llegó a acreditar un plantel estable de 900 trabajadores. Tal era la importancia de la  manzana para  la economía regional  que  desde  1959 comenzó a celebrarse en Castelli  la Fiesta de La Manzana, cuya última edición se realizó en 1988,  24 años después de la quiebra de la empresa, ocurrida en 1964. Ahora bien, ¿cuáles fueron las causas  de  su  caída? Algunas  de   ellas  están documentadas, como las inundaciones de 1950 y 1955 que arruinaron por completo la cosecha de fruta. Los testimonios indican  además un severo problema de elaboración en 1953, que obligó a descartar 600.000 litros de sidra. Pero también, sin dudas, en aquellos años se deben haber comenzado a sentir fuertemente los efectos de la competencia manzanera patagónica, desarrollada en una zona con mejores condiciones climáticas, a un costo más razonable y con resultados más previsibles.


Los galpones con sus máquinas, muebles y herramientas fueron desmantelados en 1969, pero el fantasma del manzanar todavía ronda en la memoria de los lugareños, que no olvidan la singular aventura productiva que supo ser orgullo del pueblo bonaerense durante cuatro décadas.


Notas:

(1) La principal fuente de información sobre el tema es el libro “El manzanar más grande del mundo”, del  historiador  local Daniel  Irusta. También  se  pueden  obtener  más referencias y fotos en la web, aunque todas ellas proceden del trabajo de Irusta, quien se ocupó de recopilar datos y testimonios durante mucho tiempo.


jueves, 19 de julio de 2012

Un revelador libro ferroviario de stock de 1898 5

En cada entrada correspondiente al longevo volumen del Ferrocarril Sud que hemos presentado  hasta ahora  señalamos  algunos  apuntes  sobre  los servicios de esa empresa, a fin de encuadrar la data posterior en un contexto cronológicamente  correcto. También insertamos fotos de diferentes coches comedores más o menos cercanos a la época, pero nunca tuvimos oportunidad de observar el plano de uno de ellos, que representaba toda una novedad para los viajeros de su tiempo (1). El croquis que reproducimos a continuación corresponde a una unidad tipo restaurante puesta en circulación por un “primo” del FCS, el FCBBNO (Ferrocarril Bahía Blanca y Noroeste). Lo interesante de la imagen es que pertenece a la misma época de nuestro libro de stock, por lo que bien puede servir de referencia para recrear  uno  de  los entornos en los cuales se consumían  los artículos que venimos estudiando. Construido hacia 1890 en Estados Unidos por la Harlan & Hollings Worth  Co., tenía una capacidad de 32 asientos y un peso aproximado de 27 toneladas. Toda su carrocería, por supuesto, era de madera.


Quizás alguien se sorprenda por lo moderado de la capacidad y del peso, datos que denotan un vehículo más bien pequeño. Sin embargo, ése era el porte de la mayoría de los coches y vagones a fines del siglo XIX, cuando las locomotoras  a vapor no eran tan potentes ni las vías tan sólidas como lo serían algunas décadas después. Por eso, la imagen resulta doblemente valiosa en carácter de testimonio. En ella podemos, además, observar detalles sobre los sectores de la cocina y la barra que nos hablan de las grandes habilidades del personal para cocinar, circular y servir  en un espacio reducido, sin contar el movimiento constante de la formación sobre las vías.


Yendo a lo nuestro de un modo más concreto, esta vez nos toca  una generosa lista de licores y rones ofrecidos  por la empresa ferroviaria que nos ocupa y debidamente asentados por sus empleados del depósito central entre Abril de 1898 y Julio de 1899. A lo largo de la misma podemos encontrar algunos productos que aún conservan un renombre internacional en el ámbito de las bebidas y la coctelería. Diferentes etiquetas nos  llevan   por  varios  países  del  mundo  de la mano de antiguas producciones alcoholeras con  larga tradición, como el Marraschino, el Kummel, el Rhum (sinónimo de ron) o el Chartreuse. En algún caso particular nos topamos con artículos señalados con anterioridad en entradas referidas a otros momentos de la historia argentina (2), cuya redundancia  pone  de  manifiesto  el  gusto por el lujo y la activa importación de mercancías existente en las décadas finiseculares de los 1800. Sobre el tema de los artículos importados es necesario destacar que ciertas variedades de licores fueron producidas alguna vez en nuestro país (como el Carabanchel), aunque la mención del producto genérico y no de la marca es frecuente en el libro, por lo que resulta imposible saber, en muchos casos, si su origen es local o foráneo.



















Vamos entonces al catálogo de todas estas delicias con su antiguo valor en pesos por botella cerrada, en orden alfabético.

Ajenjo Cusenier                       5,00
Ajenjo Pernod                          7,50
Amer Picon (3)                        5,50
Anisette                                 14,00
Bálsamo Pedroni                     7,75          
Benedictine                            22,00 (4)
Cacao                                       9,60
Carabanchel                             6,00
Cassis                                     10,00
Chartreuse                              16,00
Cherry Brandy                         14,00
Curaçao                                  10,00
Feuillantine                             22,00 (4) 
Kirsch                                      10,00
Kummel                                   10,00
Maraschino                              10,00
Peppermint                               7,00
Prunelle                                    5,00
Queens Liqueur                        3,50      
Robur   (3)                                4,00
Rhum Brunego                          5,40
Rhum Daniel                             3,60
Rhum Grenade                         8,90
Rhum Lambert                          2,70

Insistiré sobre lo que sigue hasta el hartazgo: ¿cuántos comercios de hoy en día, incluso especializados, pueden  jactarse de semejante variedad de opciones? Y otra vez propongo el siguiente ejercicio de regresión temporal: imaginemos la lujosa confitería de una estación enclavada en un embrionario  pueblo de la campiña bonaerense o, mejor aún, un pequeño coche comedor revestido de finas maderas lustradas y cómodos asientos de cuero genuino que surca los rieles en cualquier  noche tachonada de estrellas, allá por 1898 o 1899, al filo del nuevo siglo. ¡Pavada de escenario histórico para degustar nuestra bebida! ¿Qué  elegiríamos  entre  todas  las opciones presentadas hasta ahora? ¿Una buena cerveza, un vermouth, un bitter, un cognac, un licor? ¿O tal vez un cóctel sabiamente preparado en la barra por el atento y eficiente personal del FCS?  Cosas que tal vez vivieron nuestros bisabuelos como algo de lo más normal, pero que nosotros sólo podemos imaginar.


                                                         CONTINUARÁ…

 Notas:

(1) Recordemos que el FCS inició el servicio de comedores a bordo en 1896.
(2) En la entrada del 16/11/2011 “Un menú de lujo para la fundación de La Plata” aparece el Chartreuse, servido en ocasión del banquete ofrecido el 19 de Noviembre de 1882.
(3) Tanto  Amer Picon como Robur son  viejos aperitivos  tipo “amargo” de origen francés, que deberían haber sido presentados  en la entrada correspondiente a esas bebidas, subida hace algunos meses. Ambas están aquí por razones diferentes. El primero sólo aparece en un mes (Diciembre 1898) apuntado junto con el pelotón de los licores, por lo que decidí incluirlo en la presente entrada respetando la voluntad  -o el error- de los administrativos del FCS que volcaron  los datos hace 114 años. En el caso del Robur se trata de un descubrimiento tardío, ya que lo encontré, también en un único  mes (Mayo 1898), con posterioridad al posteo mencionado.













(4) Junto al  cognac tipo Fine Champagne que presentamos en la cuarta entrada del tema de referencia, Feuillantine y Benedictine son los productos más caros del libro. El primer licor, menos conocido, era elaborado en el sur de Francia (Garonne y Toulouse)  por los monjes de esa antigua orden desaparecida tras la Revolución Francesa. Luego comenzó  a ser fabricado por destilerías privadas.


jueves, 28 de junio de 2012

El hada verde de poetas y bohemios

El vino es, sin ningún lugar a dudas, la bebida que porta consigo el mayor caudal de historias, tradiciones y leyendas. Otros brebajes milenarios también cuentan con su importante dosis de acervo histórico, pero el principal derivado de la uva lleva la delantera a todas luces. No obstante, existe un licor cuyo pasado se encuentra, más que el de ningún otro, inmerso en un halo misterioso, oscuro, controversial, asociado a la clandestinidad, las pasiones prohibidas y la locura. Tamaña fama merece una entrada en este blog, especialmente si tenemos en cuenta que el producto de marras tuvo una amplia difusión local durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera década del XX. En efecto, desde la música  hasta la literatura argentina, pasando por los testimonios gráficos incontrovertibles (como el libro del Ferrocarril Sud de 1898 que estamos analizando en distintos capítulos) (1) se pone de manifiesto el alto consumo de ajenjo existente en aquellos tiempos.


El origen de la preparación se remonta a la antigüedad, pero su éxito como bebida de consumo masivo comenzó en Europa a principios del siglo XIX y llegó a cobrar dimensiones de furor en Francia, donde numerosas destilerías se abocaron a la tarea de elaborarlo, con la célebre Pernod a la cabeza. Al igual que tantas otras bebidas, el ajenjo original era utilizado como “tónico” con fines cuasi medicinales, gracias a las propiedades digestivas que se le atribuían y atribuyen aún hoy al jugo de la planta  Artemisia Absinthium , el principio activo básico de su composición . Pero, por otra parte, la altísima graduación alcohólica que solía acusar (entre 70 y 90 grados, por lo que rara vez era bebido solo) y la industrialización consecuente con su progresiva popularidad (con muchas “fábricas de licor” carentes de escrúpulos) (2) hicieron que pronto se hablara del ajenjo como una bebida siniestra, capaz de producir alucinaciones, locura y hasta  muerte (3).



En nuestro país supieron convivir las principales marcas importadas con algunos ejemplares nacionales. El auge del vermouth, los aperitivos y los licores de todo tipo, así como la irresistible inclinación de imitar las modas europeas, fortalecieron  ese consumo que quedó generosamente reflejado en distintas facetas de la cultura vernácula. El tango, por ejemplo, logró expresar de un modo muy elocuente el entorno bohemio que rodeaba al elixir que nos ocupa, a tal punto de ser no sólo parte de muchas letras sino además el nombre mismo de una famosa pieza: Copa de ajenjo, de Canaro y Pesce.

Diversas circunstancias históricas y económicas (4) hicieron que, a principios del siglo XX, el ajenjo comenzara a marchar con paso firme hacia la prohibición. Y así sucedió en 1915, cuando finalmente Francia, el principal mercado de elaboración y consumo, suprimió por mucho tiempo la posibilidad de producirlo y de beberlo. Era “el fin del hada verde”, según decían entonces las propagandas triunfales de sus detractores. Durante las décadas posteriores, el ajenjo entró dentro de la categoría de las drogas de alta toxicidad. En la Argentina pasaron algunos años hasta que se hizo efectiva la medida  del Viejo Mundo, pero el hecho es que el otrora famoso  licor verde perdió su consumo y dejó de ser un hábito extendido. Hoy, de acuerdo con el código alimentario argentino (Art 1123 - Res 1389) "queda prohibida la fabricación, tenencia y expendio de la bebida alcohólica preparada a base de Ajenjo y de bebidas alcohólicas similares que lo contengan o imiten”. Y aunque pululan por allí algunos émulos de difícil ubicación, no tienen  nada que ver con aquella pócima potente que supo cautivar a poetas, músicos, pintores y bohemios argentinos en cafés, bares y confiterías de antaño.

Notas:

(1) Los ejemplares de ajenjo estarán incluidos en la próxima entrada de la serie, correspondiente a licores y rones. De todos modos anticipamos que se trata de las marcas Pernod y Cusenier.


(2) Algún día analizaremos debidamente el enorme y lucrativo negocio que era, hacia 1900, la fabricación de bebidas alcohólicas de todo tipo, desde  licores hasta “vinos artificiales”, con casi ningún control del estado.
(3) En 1905, un campesino suizo asesinó a su esposa embarazada y sus hijos antes de intentar suicidarse. Capturado por las autoridades, aseguró que una borrachera de ajenjo lo había arrastrado a esa conducta criminal extrema. La versión fue rápidamente recogida y difundida por la prensa europea de la época.
(4) En la década de 1910 se consumían 36 millones de litros anuales de ajenjo solamente de Francia, lo que representaba un alto porcentaje del total del segmento licores. Resulta muy lógico pensar en alguna especie de “campaña” en contra del producto orquestada por otras industrias que veían un peligro en tanta popularidad. Muchos historiadores sostienen esta hipótesis.