lunes, 13 de abril de 2015

Whisky, el inmigrante escocés aquerenciado en Argentina desde 1862

La importación y el desarrollo del consumo de whisky en nuestro país durante el siglo XIX es un tema que merecería ser precedido por una breve introducción relativa a la historia de la bebida, pero sobre ese particular  existen  cientos  (o tal vez miles)  de referencias asequibles en blogs, sitios webs y medios gráficos  de  todo  tipo.  Por  lo  tanto,  sólo  nos limitaremos a señalar que durante el período en que ubicamos las primeras señales del arribo a nuestros puertos de “aguardientes” desde las islas británicas, allá por 1862, la industria en cuestión se encontraba en pleno proceso de crecimiento.   Muchas de las destilerías y marcas mejor reconocidas de la actualidad  nacieron en esa centuria, como Glenlivet (1823), Talisker (1831), Cardhu (1824), Knockando (1898), Glenmorangie (1843) y Glen Scotia (1832), entre tantas otras. No debe extrañar, entonces, que  la presencia de destilados entre los ítems de nuestro tráfico comercial con el Reino Unido sea de tan antigua data,    aunque su análisis detallado genera interrogantes  que trataremos de ir esclareciendo en el debido orden cronológico merced a una serie de viejos testimonios documentales.


Como dijimos, la primera aparición legitimada por estadísticas oficiales resulta ser una importación de origen británico descripta como “aguardiente en cascos” de 1862. No hay ninguna remesa similar enviada desde UK antes de ese año, ni en cascos, ni en botellas, ni bajo ninguna otra presentación, por lo que podemos tomar esa fecha como el antecedente  pionero de la saga whiskera en nuestro país. El renglón de marras apunta 8.100 galones (unos 36.000 litros) (1) que recalaron aquí en recipientes de madera, pero debemos señalar también que no es posible obtener certidumbres absolutas sobre la naturaleza de todo ese volumen. Dicho de otro modo, no hay forma de saber si  los 8.100 galones (compuestos por diferentes embarques a lo largo del año)  corresponden a la bebida de nuestro interés, aunque sí podemos asegurar que dentro de esa cantidad había una parte mayoritaria de whisky,  tal vez rústico,  tal vez primitivo,  tal vez cualitativamente marginal, pero whisky al fin. ¿Por qué motivo hacemos semejante aseveración? Porque (ya que hablamos de Inglaterra), como bien decía el genial Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle, las deducciones más lógicas se obtienen luego de descartar todas aquellas que no lo son. Veamos…


A falta de mayores precisiones, ¿qué otras bebidas espirituosas podrían haber llegado a la Argentina en cascos, desde Gran Bretaña, en 1862? La primera inferencia lógica es el Gin, pero podemos desecharla de plano inmediatamente, ya que ese producto no era descripto como “aguardiente” sino como ginebra, y además casi nunca se lo fraccionaba en cascos, sino en botellas de vidrio,  porrones de gres o damajuanas.  La  segunda posibilidad con mayores chances es algún alcohol de caña tipo Ron nativo de las Antillas o de otros puertos sudamericanos y caribeños, pero eso también se derrumba enseguida, puesto que tales mercaderías arribaban en forma directa y abundante desde sus respectivos países productores, como Cuba, Brasil y Paraguay, con quienes la Argentina tenía una fluida relación comercial, sin necesidad alguna de pasar por Londres (2). Lo mismo sucede con cualquier otro destilado que nos venga a la mente, sea porque se lo asentaba con un nombre distinto, porque no se lo despachaba en cascos, porque era importado en forma directa desde otra procedencia o porque su consumo local resultaba insignificante. Podríamos señalar más fundamentos que le dan consistencia a nuestro postulado, como la agresiva política exportadora iniciada por las destilerías escocesas en esa misma época o la gran colectividad británica instalada entonces en nuestro país, pero creo que lo visto es suficiente. Todos los dedos de la investigación histórica apuntan al whisky como protagonista de esta vieja e intrigante mención, volcada de un modo muy genérico por la pluma de los empleados aduaneros porteños hace 153 años.


Con el correr del tiempo nuestras importaciones se volvieron variadas y suntuarias. El ingreso cada vez mayor de bebidas prestigiosas y caras desde las grandes capitales de Europa obligó a ir abandonado paulatinamente aquellos rótulos primitivos que registraban casi todos los destilados como “aguardientes” y “cañas”, según el caso. En consecuencia,  tanto las menciones de carácter estadístico como las propias marcas de los productos y sus publicidades  se volvieron  más precisas al indicar orígenes,   tipos   y calidades. Como ejemplo emblemático de lo dicho,  el capítulo de comercio del censo 1887 (es decir, 25 años después de aquella aparición inicial) detalla algunos de los especímenes más destacados de la época dentro del segmento que nos ocupa, asequibles por botella en los comercios del ramo: los escoceses Garnkirk, Walker y Higgins, así como cierto ejemplar irlandés sin mayores datos nominales, todo ellos con precios que fluctúan desde los $ 1,25 hasta los $ 1,60 entre 1885 y 1887.


Pero aunque el viejo spirit  ya era reconocido por su auténtica gracia y había disponibilidad de buenas etiquetas embotelladas en origen, su llegada en barriles no se detuvo. Hasta los años finiseculares del XIX e incluso durante las dos primeras décadas del XX  encontramos evidencias concretas de embarques a granel. Para graficarlo elegí cierto cuadro de uno de los tantos y antiguos Registros Estadísticos  que presenta el minucioso resumen de las importaciones whiskeras  durante los años 1891, 1892, 1893, 1894 y 1895, donde puede observarse separadamente la evolución de los arribos en botellas y en cascos.


De dichos números se desprende que mientras el grupo  de  los  embotellados  crece  en  forma significativa, de 3.792 docenas en 1891 a 12.768 en 1895, los cascos se mantienen estables con ligeras oscilaciones entre los 16.000 y los 23.000 litros totales. Es obvio que una modalidad  iba ganando terreno toda vez que la otra se estancaba, pero ello no nos preocupa demasiado porque conocemos el desenlace final, algunas décadas después: para 1930 el whisky importado (3) venía exclusivamente en botellas y los barriles habían desaparecido. Lo que sí nos interesa, y mucho, es saber qué se hacía con todo ese volumen desembarcado en cascos durante setenta años. Descarto el envío directo al consumo así tal cual, porque no conozco testimonio alguno de whisky despachado suelto en bares, cafés o pulperías (algo que llegó a ser frecuente, en cambio, con la caña, la grapa y hasta el cognac). Sólo nos queda entonces una posibilidad, que es el fraccionamiento en nuestro país. Y de ello hay indicios bien claros: en los años previos al 1900 eran frecuentes las  publicidades ofreciendo ejemplares escoceses   con   marcas   ignotas creadas por los mismos embotelladores argentinos, incluso bajo el paraguas de alguna distribuidora o cadena célebre, como la legendaria Gath  y Chaves.


Hoy el whisky es el destilado de mayor éxito en el mundo, con su propia legión vernácula de seguidores y fanáticos. Por eso, no está de más volver sobre sus primeros pasos en esta parte del mundo, cuando la palabra Argentina  apenas empezaba a cobrar significado.

Notas:

(1) Utilizando como parámetro el galón inglés, equivalente a 4,54 litros. Existe también un galón americano de 3,78 litros, pero es muy poco probable que la referencia haga alusión a esta última medida.
(2) Ver entrada del 4/11/2014, “Las importaciones de comestibles y bebidas en los comienzos de la unidad nacional 3”.
(3) En realidad, no hubo whisky que no fuera importado hasta fines de la década de 1940, cuando se elaboraron los primeros ejemplares de  industria nacional.

jueves, 9 de abril de 2015

Cuando Corrientes se llamaba Triunvirato: un recuerdo de sus cafés, bares y lecherías

La avenida Corrientes fue proyectada como tal en el año 1822, aunque recién hacia 1871 dejó de ser un ancho pero simple camino de tierra para convertirse en algo levemente más importante, que por aquel entonces dio en llamarse Boulevard Corrientes (1). Sin embargo, existe un dato poco conocido respecto a la sección que va desde  Federico Lacroze hasta Canning (actual Scalabrini Ortiz), y es que durante el lapso 1893-1937 se le cambió el nombre por Triunvirato. La idea era acoplar nominalmente esa parte de la famosa arteria con la avenida Triunvirato que hoy conocemos, su empalme lógico más allá del cementerio de la Chacarita. Incluso fue modificada la numeración, con el inicio en cero a partir de Canning (2). Pero lo más interesante del todo es que durante aquella época,  e incluso después,  las cuadras de referencia cobijaron una gran cantidad de bares, cafés, cervecerías y lecherías. A ellas, a sus nombres, a sus estampas y al barrio de Villa Crespo está dedicada esta entrada.


Según el historiador porteño Diego del Pino, los primitivos comercios de impronta gastronómica instalados en el paraje fueron dos pulperías. La más antigua se llamó Pulpería de Tachella, un almacén de campo con el típico despacho de bebidas situado en la actual esquina de Corrientes y Scalabrini Ortiz. Constaba de una edificación sencilla estilo rancho, pero bastante sólida para el entorno y la época: paredes de material,  techo de tejas,  enramada, palenque y algunos cuartos. Se dice que su pasado se remonta a los últimos años del gobierno de Rosas y que allí se detenían boyeros, carreteros y lecheros en su camino hacia la campiña bonaerense. La otra, en Corrientes y Dorrego, era la pulpería La Tapera, mucho más modesta en términos edilicios, tal como su nombre lo indica (3). Mejorada estructural y visualmente, perduró hasta 1926 como Almacén y Casa de Comidas y para 1938 se había transformado en un café con cancha de bochas en el fondo.


En sus buenos tiempos, la vieja Triunvirato rebosaba de locales especializados en oficios del comer  y  del beber,  concentrados en el segmento correspondiente a las alturas actuales del 5700 al 5200, es decir, entre Juan B Justo y Canning. Imaginemos un viaje en tiempo y espacio, en  el  cual  cruzamos la antigua vía del Ferrocarril San Martín (4) y vamos para el centro. Allí, en la primera mitad del siglo XX, podíamos encontrarnos con los siguientes reductos:

- Café El Dandy, llegando al Arroyo Maldonado.
- Café El Greco, a la altura del 5701, esquina Thames. Sus dueños eran Olivero, Arias y Tacchieri. Años más tarde se instaló en el lugar una cantina.
- Cervecería De Becker, en el 5655. De estilo cercano a las recordadas Munich, siempre regenteadas por dueños alemanes y dotadas de los tradicionales compartimentos de madera lustrada, vidrios coloreados, ornamentas de ciervos y cuadros con motivos teutones. Lógicamente, se vendía mucha cerveza en todas sus variantes de tamaño: chopp, cívico, balón y otros.
- Bar Agapito, situado en el 5579.
- Café Paulista, en el 5598.
- Glorieta La Victoria, en la vieja numeración de Triunvirato 864 (hoy Corrientes 5566, entre Gurruchaga y Serrano). Las glorietas eran comercios gastronómicos tipo “recreo”, con profusión de jardines y mesas al aire libre. En los sectores cubiertos solía haber billares, así como juegos infantiles en la parte exterior. Las frecuentaban tanto familias como grupos de amigos, según días y horarios.
- Lechería La Pura, que se hallaba en el 5563. Ofrecía leche, crema, helados (sólo en verano) y todas las variantes del corte entre café y leche, preparadas con el esmero propio de un comercio especializado.


- Café de Venturita, cercano a la esquina con Serrano. Fue un reducto tanguero por excelencia. En un libro de recuerdos, Francisco Canaro narra que tenía un palco demasiado alto, cercano al techo del lugar. Cuando debía ejecutar alguna melodía con su violín el arco raspaba el cielorraso, provocando comentarios y risas entre el público.
- Café Buenos Aires, entre Gurruchaga y Serrano, muy frecuentado por la colectividad árabe. No era raro ver allí alguna odalisca falsificada ejecutando danzas más parecidas a una ranchera que al auténtico baile del Cercano Oriente.
- Lechería La Esmeralda, sumamente concurrida por simpatizantes y socios de los clubes Chacarita  y Atlanta (que por entonces tenía sus respectivos estadios tocando vértices en Humboldt y Padilla). En el fondo despachaba minutas, recordándose su bife con cebollas.
- Café Los Rosales, en la actual Corrientes 5444.
- Bar San Bernardo, en el 5434, frecuentado por avezados jugadores de billar, ya que disponía de un gran salón con nada menos que veinte mesas de juego. Tenía también mesas para el ajedrez.


Hasta llegar al 5200, otros recordados cafés y bares fueron Rívoli, Los Alerces, La Puñalada, El Guaraní, El Imparcial, La Morocha, El Aguila e Imperio Canning , todos ellos pletóricos de parroquianos pertenecientes a las colectividades típicas de la ciudad (italianos, españoles) y del barrio (judíos, armenios). En la mayoría se jugaban juegos de mesa con cartas,  dominó  y dados,  hasta que semejante práctica comenzó a ser fuertemente reprimida por las autoridades, en la década de 1930. Precisamente por esos años se dio en aquellas seis o siete cuadras de avenida Triunvirato un hecho poco frecuente en la ciudad, con excepción del centro: la existencia simultánea de unos 25 comercios gastronómicos, lo que da un promedio de unos cuatro establecimientos por cuadra, cantidad llamativa por lo abundante aún en esos tiempos.


Volvimos así a la avenida Corrientes, de la que habíamos visto algo hace bastante tiempo, cuando nos referimos a sus aceras más conocidas y céntricas.  Pero ahora hemos analizado la otra punta del asunto, quizás menos rutilante, pero no por ello menos valedera.

Notas:

(1) Hablamos, por supuesto, de Callao hacia el oeste. Desde allí hacia el bajo fue una calle angosta hasta 1935, cuando se realizó el famoso ensanche que incluyó el emplazamiento del Obelisco y la Plaza de la República.
(2) En 1937, cuando el sector en cuestión  volvió a  llamarse Corrientes, la numeración tuvo que ser cambiada otra vez para seguir el orden ascendente que crece desde el bajo. Pero el resto de la avenida Triunvirato quedó como estaba, y por ese motivo hoy nace al 2700, cifra que no guarda relación con ninguna calle cercana.
(3) Mencionada anteriormente en la entrada del 1/1/2013, “Cafés, fondas, boliches y bodegones en Chacarita y Colegiales”.
(4) Originalmente del ferrocarril Buenos Aires al Pacífico, como se llamó la empresa hasta la nacionalización de 1948. Si bien el tendido data de las últimas décadas del siglo XIX, la estación Chacarita que se ubica a pocos metros del paso a nivel sobre Corrientes fue inaugurada en 1934. Eso nos da la pauta de que recién por ese entonces la zona comenzó a cobrar el ajetreado dinamismo urbano característico de nuestros días.


lunes, 30 de marzo de 2015

Productos gourmet en el censo 1887 de la Ciudad de Buenos Aires 1

Pocos decenios de la historia argentina han sido tan significativos como el de 1880, al punto de constituir una bisagra cronológica que marcó a fuego el devenir de nuestro país. Los enormes cambios de esa década fueron ampliamente apuntados por todo tipo documentos y testimonios, desde la literatura (que dio lugar a un grupo de escritores identificados con el período, como Cané, Mansilla y Groussac, entre otros) hasta los registros estadísticos de carácter oficial. Precisamente, hoy iniciaremos una serie de cuatro entradas relativas al Censo de la Ciudad de Buenos Aires de 1887, del cual hemos obtenido y presentado datos en varias ocasiones. En efecto, se trata de un compendio que no sólo refleja la información estrictamente demográfica, sino que también abunda en detalles sobre usos y costumbres de los porteños en aquel dinámico lapso. Por supuesto, ello incluye referencias específicas sobre cuestiones del comer y del beber.


La conducta frívola y afectada que invadió a las clases medias y altas en ese entonces, así como la compulsión casi obsesiva por copiar e imitar las modas y el lenguaje que arribaban de París, Londres y otras capitales europeas, ha sido objeto de incontables análisis por parte de estudiosos e historiadores. Si nos atenemos a los productos que presentaremos aquí, eso parece una verdad incontrovertible, que se ve rotundamente demostrada por la asombrosa cantidad y variedad de comestibles y bebestibles de tales procedencias, con algunas marcas que aún perduran en el mercado internacional. Normalmente pensamos que la abundancia y diversidad de artículos gastronómicos representa un signo exclusivo de nuestros días, pero esa es una visión de lo más errada, como bien podremos observar a continuación. Es el “sibaritismo de la época” del que habla Lucio Vicente López, otro de los escritores estrechamente vinculados con la etapa cronológica que nos convoca.


Los ítems que siguen pertenece al capítulo “comercio” del censo, más precisamente a la sección  precios de comestibles y bebidas en los años 1885, 1886 y 1887, dividida, a su vez, en mayoristas y minoristas. Nuestro interés no radica en los valores sino en las categorías  y marcas, por lo cual vamos a listarlos juntos. Tampoco vamos a abundar en las presentaciones, salvo aquellos casos puntuales cuya curiosidad amerite indicarlas, o cuando el envase forme parte de la denominación del producto. Hoy nos enfocaremos en la primera parte del grupo genérico que podríamos denominar “cocina”, mientras que las próximas tres entradas de la serie estarán referidas a la segunda parte de eso mismo, primero,  luego a dulces e infusiones, y finalmente a bebidas. Vamos entonces a repasar un singular repertorio que expresa buena parte del comportamiento social urbano a fines del siglo XIX, teniendo en cuenta que cada separación por comas indica un artículo, expresado tal cual figura en el texto: a veces de modo genérico, otras por su marca comercial,  y otras por una combinación múltiple de tipos, procedencias y etiquetas.

Aceites: argentino, argentino La Estela, español, español Porcal. Franceses: Cooperativa, Puget, Plagniol, Caballo. Italianos: Berriú, Rae, Biancheri, Rosa ordinario, Pietranera, Murchio, Luca, Ottone, Garibaldi, M.C.G., Colombo, R.S., Muratorio.
Aceitunas: españolas, portuguesas, aprensadas, rellenas, francesas en frasco, sevillanas en barril.
Arroz: glacé, Carolina, Bremen, Japón, India.
Azúcar: americana, americana N° 1, cortada (pancitos), Holanda, París, Parissienne, Tucumán (especial, 1ª y 2ª), Pernambuco (1° y 2° florete), Pernambuco Quebracho, Terciada, Río de Janeiro, Marseille, Hamburgo.
Encurtidos: ingleses (pickles) surtidos, Oriental Pickles, Cashmere, Chutney Hindoo, Chutney Indian Mangoe, Mangoe Relish, ingleses de Overall, franceses.
Especias: alcaravea Carranay Seed, anís en grano, canela molida, canela en rama, clavo de olor, cominos pisados, jengibre Ground Ginger, jengibre Whole, mace, nuez moscada, polvo de Curry. Surtidos: Mixed Spice, Allspice molido, Allspice en grano. Hierbas secas: mejorana (marjoran), perejil (parsley), salvia (sage), ajedrea (savory), tomillo (thyme), yerba buena (mint). Pimientas: molida, en grano, inglesa, Cayenne.


Esencias: almendras, cochineal, limón, naranja, ratafía, rennet, peppermint, vainilla.
Fideos: vermicellis amarillos, vermicellis blancos, extras, de Génova, franceses.
Gelatinas: brillante de Nelson, Isinglass, opaca, preparada de Keiller, común.
Levaduras: de Borwick, Richard Miller, Horsford.
Mostazas: inglesa Toro (Colman) fina, Toro superfina, Toro doble, Toro Durham, francesa.
Pasas: de San Juan, Málaga especiales, sultanas, Corinto, de higo.
Quesos: Tafí, Holanda, Pategrás, Parmesano, Gruyere, Cheshire inglés.
Salsas: Clarence, Lea & Perrins, Holbrook, de anchoa, de langostas, de ostras,  tomate (ketchup),  tomate francesa, tomate del país (1), tomate A. Gruget, de hongos (Harvey’s Sauce), Horse Radish (nabos), Mayonnaise, Mangs Relich, Imperial, Chutney de Bengala, John Bull.
Vinagres: yema del país, vino del país, francés claro, Crosse and Blackwell tinto. Especiales: CyB, Tarragon, Cayenne, Chilli, Garlic, Anchoa, Shalot y Elder.

Sorprendente, ¿no? Todo indica que las amas de casa (pudientes) y los servicios de cocina de hogares aristocráticos y establecimientos gastronómicos tenían a su disposición una batería de recursos enorme, que incluía no sólo la evidente heterogeneidad de ascendencias geográficas (véase el arroz o el azúcar, por ejemplo), sino también algunos productos que normalmente no relacionamos con una época tan lejana. Pero es así, nomás: salsas envasadas, esencias, mix de especias, colorantes, gelatinas y vinagres saborizados, entre otros, se podían conseguir en cualquier tienda de cierta categoría. Sólo había que tener el dinero para comprarlos, lo que no era poco. Recordemos, además, que la lista publicada en el censo representa un muestrario general y de ningún modo un catálogo con pretensiones de completitud, por lo cual es seguro que existían muchos otros productos y marcas. Resulta obvio que, a los fines estadísticos, lo importante era verificar el aumento del costo de vida en el período 1885/1887, aunque el trabajo de compilación e investigación de mercado es a todas luces encomiable, máxime cuando hablamos de una etapa en la que semejante tarea sólo podía realizarse verificando los valores de modo testimonial (o sea, "caminando vidrieras") y manual. 


Pero esto no termina. Próximamente vamos a analizar todo un pelotón no menos notable de conservas, embutidos y otras suculencias asequibles en Buenos Aires hace ciento veintiocho años.

                                                       CONTINUARÁ…    

Notas:

(1) La expresión “del país” se utilizaba en el siglo XIX para definir los productos de origen argentino. Equivale a las actuales “industria argentina” o “industria nacional”.

jueves, 5 de marzo de 2015

Antología de entradas: los viejos consumos en la literatura argentina

Cuando este blog daba sus primeros pasos,  en noviembre de  2011,  nos atrevimos a subir una entrada de relación entre la literatura argentina y los antiguos consumos.  Y en  ella  asegurábamos  lo siguiente: “… la  lectura atenta e interesada de viejas obras literarias puede llegar  a descubrir sutiles relaciones  entre relatos de  una  misma época, capaces de reforzar cierta hipótesis  o  incluso,  a veces, de confirmarla plenamente. Así, por ejemplo, la mención explícita de una bebida, alimento o tipo de tabaco  en  más  de  un relato  y  de  manera cronológicamente paralela (es decir, en un mismo tiempo histórico), puede llegar a ser una prueba bastante fuerte de su existencia concreta, no sólo respecto a su ubicación espacial y temporal, sino también en lo que hace a su entorno social, cultural y humano.”  La frase tuvo algo de profecía,  ya que a partir de entonces presentamos notas semejantes con cierta regularidad, siempre con el gusto de combinar un hábito placentero (el de la lectura) con otro no menos gratificante (el de analizar costumbre históricas argentinas).


Entre obras y autores de todo tipo, desde los clásicos hasta los menos conocidos, logramos conformar una serie que en tres años alcanzó las nueve ocasiones textuales. Revisemos entonces los temas centrales de todas ellas,  con  los  correspondientes enlaces para quienes tengan el interés de leer o releer sus contenidos.

Ginebra con bitter 
La ginebra fue una bebida extremadamente popular, tanto en ámbitos rurales como urbanos, desde los comienzos del siglo XIX. El bitter, en cambio, llegó a estas tierras como fruto de la importación (especialmente de Francia) sólo en la segunda mitad de dicha centuria. Pero al filo del 1900 las dos bebidas se contaban entre las favoritas del público  argentino,  incluso formando una mezcla que las tenía como integrantes exclusivas. Un par  de clásicos volúmenes dan cuenta de esa celebridad cotidiana. http://goo.gl/BlnOO1
El misterioso vino Panquehue o Panquehua 
Cuando el extremo austral de la Patagonia era un territorio en plena conformación poblacional, fueron varios los escritores patrios que se ocuparon de registrar algunas vivencias humanas típicas de la región. Dos de ellos, Fray Mocho y Roberto J Payró, abordaron la temática, y es curioso verificar que en ambos relatos se habla de un vino llamado Panquehue o Panquehua, cuyo origen pudo haber sido indistintamente argentino o chileno. http://goo.gl/ebUPD8
Una curiosa picada en Las Cañitas del siglo XIX  
Además de su reconocida labor científica, Eduardo Holmberg fue pionero en volcar su pluma sobre un género muy poco transitado dentro de las letras vernáculas: la literatura fantástica. La Buenos Aires del ayer es el escenario ideal para varios  relatos de misterio que se desarrollan en áreas  como  Las Cañitas,   donde sus protagonistas viven una singular aventura. Durante cierta parte del relato se deleitan con un refrigerio dotado de componentes nada tradicionales. http://goo.gl/NaL7rl




















Los duraznos en escabeche de Hudson 
Allá lejos y hace tiempo es quizás la obra más célebre de Guillermo Enrique Hudson. En ella podemos apreciar con alto grado de detalle cómo era la vida de una familia extranjera en plena campiña bonaerense hace más de ciento sesenta años. Por supuesto, no faltan los pormenores sobre las preparaciones culinarias más frecuentes en tan particular entorno. Nos enfocamos en una verdaderamente curiosa: duraznos en escabeche.  http://goo.gl/3M5YUi
Buseca y pastelitos en las memorias de un vigilante
Volvimos a Fray Mocho, el extraordinario costumbrista criollo, esta vez para analizar valiosos apuntes de una de sus obras más interesantes en términos testimoniales. Memorias de un vigilante reúne una serie de relatos cortos sobre estampas del bajo mundo delictivo en la ciudad porteña de fines del XIX. Como siempre ocurre, en sus párrafos también hay espacio para conocer algunos oscuros bodegones  y ciertas viandas propias del entorno y la época.  http://goo.gl/N10DGa
Rosas, Mansilla y los siete platos de arroz con leche  
Cualquier historiador argentino sabe algo sobre el famoso encuentro entre Lucio V. Mansilla y su tío Juan Manuel de Rosas en la residencia Palermo de este último, donde uno de ellos fue sutilmente obligado (ya se imaginarán cual) a ingerir siete platos de arroz con leche. Pero mucho más jugosa resulta la crónica de un encuentro posterior -con el restaurador en el exilio- en el que ambos rememoran aquel suceso en medio de un particular diálogo. http://goo.gl/VhSUXW


El fantasma cervecero de la estación Temperley
Dijimos que la literatura nacional nunca fue muy afecta a los relatos de fantasía, pero existen honrosas excepciones. Una selección de cuentos de la década de 1940 presenta a jóvenes autores  transitando el  camino de la imaginación en escenarios de todo tipo, incluyendo viejos trenes del Ferrocarril Sud, la estación Temperley y un fantasma amante de la cerveza. http://goo.gl/gyPHF4
Chatasca, cerveza y caña paraguaya por Santa Fe de los años veinte 
Los relatos de Mateo Booz (seudónimo de Miguel Ángel Correa) tuvieron siempre un trasfondo geográfico que representa la mayor de sus pasiones: Santa Fe. Precisamente, Santa Fe, mi país es un libro de cuentos íntegramente situados en ciudades, campos, islas y otros entornos de la provincia hacia la década de 1920. De ellos extractamos varias estampas sobre las costumbres del comer y el beber en tiempos y espacios tan peculiares. http://goo.gl/v3gqnU
Mejillones al rescoldo y liebre al curanto en los canales fueguinos
La más reciente de las entradas sobre los viejos consumos argentinos nos transporta otra vez al extremo sur patagónico y a Fray Mocho, quizás el mejor de sus delineadores. En el mar austral describe la dura vida de loberos y buscadores de oro (muy comunes allí hace más de un siglo) con mención de todos sus hábitos y de ciertos platos que denotan la influencia cultural de los pueblos originarios. http://goo.gl/UpNBwy


Como alguien dijo una vez, la lectura (rutina superior del alma)  tiene más poder que cualquier medio de transporte, porque es capaz de trasladar a las personas hacia distintos lugares y diferentes épocas. Y así lo hicimos nosotros mediante la remembranza de esas cosas cotidianas de nuestro pasado.

sábado, 28 de febrero de 2015

Cigarros paraguayos: dinosaurios vivientes del consumo tabacalero nacional 1

A mediados del siglo XVIII, el consumo de tabacos que se hacía en los principales puntos habitados de nuestro territorio no difería demasiado de su equivalente en el resto de América. Los cigarros de Cuba y el rapé español encabezaban la lista de productos requeridos  por  la población,  aunque  ya  entonces  existía  un  incipiente comercio proveniente del interior y de algunos países vecinos.  En ese sentido,  Paraguay era la región sudamericana que acreditaba la mayor actividad del ramo, tal cual lo demuestra la constante aprobación de decretos y reglamentos españoles con la actividad tabacalera paraguaya como eje central, que superan ampliamente la docena entre 1778 y 1797. Incluso llegó a establecerse allí una gran factoría autorizada por la  Real  Renta  de Tabacos y Naypes (caso único en el continente), si bien su existencia fue en extremo fugaz: apenas entre 1786 y 1789.


Con todo y así las cosas, la confección de puros en ese país logró subsistir y exportar sus productos durante  la mayor  parte  del  siglo  XIX.  Con  el advenimiento del XX el dispendio de marras se vio bastante opacado merced a la aparición de fuertes competidores     locales      e      internacionales (especialmente europeos y brasileros), pero su fama  nunca se perdió del todo en algunas regiones del norte argentino. De hecho, los cigarros paraguayos continúan  siendo confeccionados  en  los  mismos lugares de la nación guaraní, bajo los mismos métodos,  usando similar materia prima y con la característica artesanal hogareña  que  identifica  a  la  actividad  desde hace doscientos  años, ya que  prácticamente todos los manufactureros son cuentapropistas que elaboran  y venden la producción con el apellido familiar (1). En esta primera entrada comprobaremos  su  antigua  popularidad mencionando una fracción de incontables registros documentales del pasado, y en la segunda veremos que semejante artículo no ha perdido vigencia regional,   puesto que aún se puede conseguir en ciertos puntos  informales de la Mesopotamia y el Litorial argentinos, del mismo modo que lo hicimos nosotros coronando toda el tema con una degustación histórica.


Harían falta varias entradas para reseñar las menciones de los cigarros paraguayos entre 1800    y   1880,  pero podemos  resumirlas  con  algunos ejemplos emblemáticos. Si hablamos sobre las viejas publicidades que aparecían en los diarios urbanos del país, podemos citar una de 1862 perteneciente  a la “cigarrería francesa” Au Gamin de París, de Luis Geissel, ubicada en Maipú 145 de Buenos Aires, que dice contar con un “excelente y variado surtido de cigarros de todas clases, Bahía, habanos, suizos, paraguayos, criollos, etc, etc…”. A la hora de buscar estadísticas aduaneras (guarismos capaces de evidenciar el éxito de un determinado producto importado con escaso margen para la duda o la discusión), los cigarros paraguayos tienen un protagonismo absoluto desde 1858 hasta 1866, cuando arribaban a nuestros puertos por vía fluvial en múltiples modos de tipo “granel”, o sea, por kilos, arrobas, barricas, paquetes, cajas o cajones. Queda claro que sólo hablamos de cigarros terminados, ya que la importación de tabaco suelto de ese origen era igual o más importante,  así como su uso en todo tipo de cigarrillos y cigarros de hoja.   Y   si quisiéramos graficar la cuestión histórica mediante el arte testimonial no hace falta más que visualizar algunas escenas de la Guerra del Paraguay (2)  pintadas  por  el  gran Cándido López (quien plasmaba panoramas verídicos observados por él mismo), donde pueden ser examinadas ciertas vistas relativas a marchas o campamentos militares con detalles que muestran a soldados  y jefes fumando cigarros.    Desde   luego,   tales pormenores sólo son visibles frente a las obras en tamaño real, pero reproducimos una de ellas -donde sin dudas hay al menos tres personajes fumando puros- como homenaje a su extraordinario creador. ¿De qué otro origen sino paraguayo podían ser esas tagarninas, fumadas a orillas del Pilcomayo?


Resumiendo: los puros del Paraguay fueron extremadamente habituales entre los fumadores argentinos durante los períodos de la colonia, la independencia, las guerras civiles  y  la unificación nacional.  Posteriormente perdieron buena parte de su antigua celebridad, pero continuaron siendo consumidos  copiosamente en el norte del país hasta nuestros días.  Así, pudimos detectar un punto de venta bastante peculiar   en    la ciudad entrerriana de Concordia,   donde nos agenciamos de varios ejemplares para fumarlos y obtener algunas apreciaciones sobre un  tipo de espécimen cigarrero  que adquiere la categoría de “dinosaurio” del consumo patrio. ¿Cómo serán estos cigarros de pasado tan rico y lejano, otrora tan consumidos en la Argentina y aún hoy elaborados con métodos bien ajenos a todo indicio tecnológico? La respuesta estará aquí muy pronto, en la segunda y última entrada del tema.

                                                           CONTINUARÁ…    

Notas:

(1) Aunque hubo muchas ocasiones que lo ameritaban, nunca presentamos links a videos de youtube por su carácter generalmente efímero. Pero vamos a hacer una excepción teniendo en cuenta lo raro y poco asequible de las imágenes respectivas, plasmadas en cierta nota de la TV paraguaya que reseña el trabajo familiar de una fábrica de cigarros en Caazapá.  En este caso específico se trata de la familia de Ina Villalba, pero lo que allí podemos ver puede hacerse extensivo perfectamente a todos los demás establecimientos pequeños del país, como el de Juan Fretes, cuyos ejemplares degustaremos para la segunda y última entrada de esta serie: https://www.youtube.com/watch?v=fjUR3rCvSAo


(2) En 1865 la Argentina se alió con Brasil y Uruguay en la llamada Guerra de la Triple Alianza o simplemente Guerra del Paraguay, extendida desde ese año hasta 1870. Como muchos saben, fue un episodio bélico catastrófico para el Paraguay, perdedor de la contienda,    que pagó duramente las consecuencias con una virtual destrucción  y ocupación del país. No obstante,   la industria del tabaco se recuperó rápidamente (suponemos que por ese mismo carácter atomizado y familiar del que hablamos) y su vigencia mercantil en la Argentina se encuentra bien documentada hasta 1880, cuando el sector tabacalero nacional comenzó a cobrar un cierto ímpetu, toda vez que tabacos de nuevos orígenes   (Italia, Alemania, Filipinas, Holanda, etc.)   ganaban el gusto del consumidor en las principales ciudades del país.  Aun así  hay  registros  tarifarios aduaneros al respecto hasta 1908. Pero insisto: una vez que perdieron los principales mercados urbanos, los puros paraguayos siguieron siendo profusamente fumados en el NEA, el Litoral y la Mesopotamia mediante la introducción y comercialización informal. No por nada los encontramos en la ciudad de Concordia en pleno siglo XXI.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Andanzas de Generoso Mosca, el incorregible falsificador de etiquetas

Durante las últimas décadas del siglo XIX la industria argentina vivió inmersa en una especie de caos legal, errático entre la Ley Nacional de Marcas  de 1876  y  el  completo  desconcierto al  respecto  -a  veces involuntario y otras veces premeditado- que dominaba a los principales protagonistas del sector. El marcado déficit de controles gubernamentales no hacía más que aumentar considerablemente la gravedad del problema y, de hecho, no existía una autoridad de aplicación abocada a regular la genuinidad de los procesos productivos ni su posterior formalización en el mercado comercial. Así, por ejemplo, el debido y puntilloso registro de la patente de un invento o de cierta marca  no garantizaba en absoluto su exclusividad puesto que,  en la práctica, cualquier hijo de vecino podía utilizarla en beneficio propio.  Dicha situación comenzó a cambiar recién hacia comienzos del siglo XX mediante diversas modificaciones y mejoras realizadas en aquella primitiva norma, que rápidamente propiciaron un marco jurídico mucho más claro y preciso.  No es de extrañar,  entonces,  la avalancha de juicios realizados en los años posteriores al novecientos, muchos de ellos referidos a las cuestiones puntuales que nos interesan en este blog.


Dentro de la antigua literatura técnica del tema aparecida en nuestro país resulta interesante revisar algunos trabajos como Sentencias sobre marcas de fábrica y patentes de invención, publicado por la Librería de Mayo en 1905. El volumen contiene una selección de fallos del doctor  Francisco  B.  Astigueta,  un especialista  que sentó jurisprudencia en la materia.   Y  entre ellos no  faltan  algunos relativos  a  la  próspera  tarea  de  los elaboradores de bebidas, de los cuales seleccionamos un grupo hermanado por el mismo elemento común: la falsificación y el plagio de etiquetas.  El  primer personaje  involucrado  en semejantes maniobras es un tal Generoso Mosca,  a quien escogimos como referencia para el título de la entrada no sólo por su curioso y llamativo nombre, sino por lo prolífico de su accionar (1). Es así que la lista de querellantes en su contra  incluye a Francisco Cordero, Gerónimo Bonomi, Otard Dupuy, La Gran  Destilería Buenos Aires (Cusenier), J. H. Secrestat y Branca Hermanos. Esas personas y empresas, como productores o importadores,  representaban buena parte del núcleo vinícola y licorista de la época, responsable de algunos de los artículos bebestibles más populares y exitosos.   Siguiendo el mismo orden en que citamos sus nombres, hablamos nada más y nada menos que de Vino Cordero, Amaro Monte Cúdine, Cognac Otard Dupuy, Ajenjo Cusenier, Bitter Secrestat y Fernet Branca.


Todo indica que el pillo de Mosca había armado un taller especializado en etiquetas pertenecientes a variedad de vinos, aperitivos y licores, con el agravante de que no tenía ningún reparo en despachar cantidades ingentes de rótulos impresos a imagen y semejanza de las marcas más rutilantes.   Según entendemos,  él mismo se ocupaba de  “diseñar “ algunos modelos,    mientras que otros eran adquiridos a espurios litografistas colegas, cuyos nombres también aparecen en el fallo: E. Ramírez, Santiago de Leido y Virginio Albanesio (2) Lo bueno del caso es que nuestro villano eligió como estrategia de defensa (fallida,  por lo visto)  no negar en absoluto la autoría de los hechos que se le  imputaban, sino aducir que desconocía su ilicitud. Pero ello no le fue muy útil, ya que el juez entendió que no podía desconocer el carácter indebido de lo que hacía. Partes del texto lo señalan claramente: “que las excusas que uniformemente ha presentado el querellado en su descargo no son admisibles”  dice una, y otra dictamina que “no ha podido ignorar que esas etiquetas, que  sirven para designar la clase y procedencia de un artículo determinado,  no pueden expenderse libremente sin estar adheridas a los envases a los que se destinan, y que careciendo él de la autorización o representación necesarias, le estaba prohibida su venta.”  Como cierre asegura: “contribuye a corroborar esta afirmación y a destruir la excusa de ignorancia que presenta el querellado, el contenido del documento (…) de fecha anterior a la demanda, en el que Mosca se reconoce autor de una falsificación…”, lo cual evidencia además que el granuja de marras tenía antecedentes documentados al respecto. Como resultado, Generoso Mosca fue condenado a pagar una multa de 500 pesos o, en su defecto, a pasar un año en la cárcel.


Aunque el caso de Mosca es el más notorio por la cantidad e importancia de las marcas adulteradas, no es el único. También podemos señalar el de Cayetano Mammolino, querellado por Branca Hermanos a causa de su fernet, así como por J y F Martell, creadores del prestigioso cognac homónimo, y por Delor y Cía., fabricantes del famoso Aperital.   Los puntos centrales de esta causa se asemejan a bastante a los de la anterior, tanto como la culpabilidad del acusado y la idéntica sentencia: 500 pesos o prisión de un año. Muy llamativa resulta asimismo la aparición sistemática de los productos de Branca en diferentes fallos, indicativa de su renombre  y  de los peligros que esa misma popularidad representaba en un sector plagado de fabricantes clandestinos de vinos, elaboradores improvisados de licores y falsificadores consuetudinarios de etiquetas, todos ellos perfectamente bien dispuestos a asociarse con el propósito final de comercializar brebajes temibles  (a veces al límite de la toxicidad), cuyos rótulos famosos podían engañar al consumidor incauto o al menos pudiente (3). Tal es un caso en el que Branca Hermanos querella a los señores Verocai y Chissoti por una casi grotesca simulación de su etiqueta. No hace falta extenderse demasiado en la cuestión, dado que podemos mostrar los dos ejemplares en conflicto: el verdadero Fernet Branca y el Fernet Verocai.  Como podemos observar,  este último llegaba al extremo de señalar que era  “idéntico al de la casa Fernet Branca de Milán”,  amén de exhibir una silueta visual y textual prácticamente gemela en cuanto a diseño, leyendas y color.


No es la primera vez en que nos detenemos a analizar las grandezas y las miserias de la industria de bebidas a fines del XIX y principios del XX. Ni será la última, porque es uno de los momentos históricamente más cautivantes de nuestro pasado, en pleno proceso de transformaciones sociales, económicas y tecnológicas.


Notas:

(1) Por si alguien tiene interés, el siguiente es el link directo al caso Mosca, aunque desde  allí  se  puede  acceder  a  cualquier  parte  del   trabajo  completo: https://archive.org/stream/sentenciassobre00astigoog#page/n36/mode/2up/search/mosca
(2) En la entrada del 3/12/2012 revisamos un caso similar referido a cigarros toscanos. En esa ocasión también se menciona la libertad y el desenfado con que se movían los imprenteros y litografistas a la hora de fabricar por encargo todo tipo de etiquetas comerciales.
(3) Además del vacío legal y la falta de fiscalización, quienes producían y negociaban esos productos se valían de ciertas realidades propias de la época: la gran cantidad de analfabetos propensos a ser engañados por la similitud de dibujos, letras y colores, y el consumo creciente entre los sectores de la clase obrera,  a  los  que  les  atraía sobremanera el precio de “ganga” que exhibían las diferentes bebidas cuando eran apócrifas.

viernes, 6 de febrero de 2015

Antología de entradas: los cafés, fondas, boliches y bodegones porteños

Prácticamente en los comienzos de Consumos del ayer dimos inicio a una serie de entradas relativas a recordar algunos reductos gastronómicos  ubicados  en  diferentes  barrios porteños. Además del mero análisis histórico que ello supone, quisimos también homenajear a los sitios que fueron y siguen siendo tan típicos del vivir cotidiano. Tanto los simples lugares para el servicio de  bebidas como aquellos  que  daban  de comer eran mucho más abundantes entonces que hoy, incluso en una ciudad donde la gastronomía continúa teniendo una importancia medular dentro de las actividades mercantiles. Pero en los siglos XIX y XX casi no había esquina barrial que no contara con algo al respecto, siempre bajo nombres que se perpetuaron en la memoria ciudadana: bares, almacenes (con despacho de bebidas), fondas, cafés, bodegones, boliches y otras denominaciones adyacentes. Allí pasaron buena parte de su vida muchos hombres de las generaciones que nos precedieron, pocillo, vaso o plato mediante.


Por supuesto que nunca tuvimos anhelos de completitud al respecto (eso es prácticamente imposible), pero sí logramos rescatar la figura de muchos  emplazamientos dedicados  al  ramo  en cuestión, incluyendo algunos que fueron famosos por distintas   circunstancias   relacionadas   con   sus actividades, su concurrencia o su ambiente. Hubo así remembranzas de locales célebres por su aureola maleva,    por  sus reuniones  políticas  o  por  la presencia de artistas,  entre  muchos  otros  motivos que  hicieron  a  sus  respectivos renombres. Tuvimos en cuenta además todos los posibles marcos sociales y humanos, desde los figones para oficinistas hasta las cantinas fiesteras, pasando  por  los  bares para personas solitarias y los restaurantes familiares.  Aquí van las diferentes entradas subidas con un criterio geográfico de vecindad, con los correspondientes links para aquellos que quieran  conocerlas o volver a revisarlas:

Paseo de Julio
Aunque no se trataba de  un barrio en el sentido estricto de la palabra, el Paseo de Julio (actual Avenida Leandro N Alem)   fue uno de los lugares más concurridos de Buenos Aires durante el siglo XIX. Su ubicación costera le daba un cosmopolitismo muy particular en los días de la inmigración masiva y allí se afincaron numerosos locales dedicados a los quehaceres de nuestro interés.  http://goo.gl/qpO6sT
La Boca
Tal vez el vecindario cuyo pasado está más  ligado a la faena de las fondas y cantinas sitas en la Vuelta de Rocha y sus inmediaciones. Y no es para menos, puesto que supo ser un refugio de colectividades (no sólo la italiana) que le dieron esa impronta populosa y bulliciosa que ha llegado hasta nuestros días, al menos como imagen estereotipada en el pensamiento colectivo. http://goo.gl/AR8Z1f
Parque Patricios
Barrio cerril y montaraz por su origen ligado con los antiguos corrales abastecedores de carne para la ciudad. En las proximidades de aquel matadero pusieron pie numerosos cafés y pulperías, donde se daban cita todo tipo de personajes urbanos, periféricos e incluso camperos. Más tarde se transformó en un pujante vecindario industrial y comercial con la consecuente ampliación de sus actividades mercantiles y gastronómicas. http://goo.gl/HK1YtB
Belgrano
En otros tiempos, Belgrano fue un municipio separado de la ciudad de Buenos Aires geográfica y administrativamente. A su vez, las vías del ferrocarril dividían la zona en dos: el alto, que tenía su eje en la Avenida Cabildo, y el bajo, formado por todo lo que estaba desde las vías hacia el  Río de la Plata.    Respetando  esa  vieja  frontera  logramos individualizar separadamente una buena cantidad de reductos especializados en las actividades del comer y el beber. http://goo.gl/q20Eim


Barracas
Distrito de los arrabales otrora importantísimo y populoso gracias a la presencia de grandes depósitos para el acopio de mercaderías. Pero además, hasta las primeras décadas del siglo XX, poseía uno de los dos  únicos pasos vehiculares y peatonales por los que se podía cruzar el Riachuelo. La avenida Montes de Oca aún sigue siendo el centro de la vida social y mercantil, junto con otras arterias que llegaron a rebosar de comercios ocupados en las labores de la gastronomía. http://goo.gl/e8wTwp
Flores y Caballito
Cuando el Ferrocarril del Oeste y su tren encabezado por La Porteña lograron ligar a Buenos Aires  con el antiguo municipio de  San José de Flores,   en  1857,   pocos imaginaban el camino de progreso y urbanización que se abría de allí en más para los barrios del centro y del oeste porteño. Así, tanto Flores como Caballito acreditan su propia y rica historia de bares, confiterías y demás locales análogos. http://goo.gl/4VcDpa
Chacarita y Colegiales
La llamada Chacarita de los Colegiales era un emplazamiento estudiantil de los jesuitas. Con el tiempo y la llegada de medios de transporte (con el Tranvía Lacroze como punta de lanza)  la zona se transformó en un activo barrio relacionado a las industrias  y  el comercio, amén de contar con el cementerio más grande de la ciudad. Tanto Chacarita como Colegiales poseen un pasado bien nutrido respecto a cafés, bares y restaurantes. http://goo.gl/cQEjZF
Boedo
Durante muchos años, la actual Avenida Boedo fue algo así como la “General Paz” del presente, dado que marcaba el límite entre la ciudad de Buenos Aires y el municipio de Flores. Luego, con la federalización, la barriada se integró al mapa urbano hasta crecer de un modo que vale la pena reseñar. Lo más interesante es que sus bares y confiterías han tenido siempre una ligazón muy especial con las actividades culturales y sociales. http://goo.gl/tzFQxi


Devoto y Villa del Parque
Al filo del cambio de siglo XIX al XX don Antonio Devoto proyectó y llevó adelante cierta urbanización residencial que ha llegado hasta la actualidad como uno de los lugares más bonitos de la ciudad. En las décadas posteriores se dieron cita los comercios dedicados a las actividades que aquí nos interesan, tanto en Villa Devoto propiamente dicho como en su vecino Villa del Parque. http://goo.gl/Wpt0m5
Balvanera
Vecindario enorme que ya nadie reconoce por su vieja y auténtica nomenclatura, sino por los sub-barrios que cobija:  Congreso,  Facultad de Medicina,  Abasto  y  Once.  Sin  embargo, volvimos a unificarlo para conocer los numerosos reductos del comer y el beber que acredita su vasto pasado, rico además en sucesos y anécdotas de todo tipo. http://goo.gl/2Ois25
Bajo Flores
A la vera de un vecino más famoso, el barrio de Flores propiamente dicho (al cual, en realidad, pertenece), creció otra barriada popular a comienzos de los años 1900. Las avenidas Varela y Del Trabajo (hoy Eva Perón y antes Quirno Costa) constituyen dos núcleos arteriales que cobijaron buena cantidad de comercios del ramo. http://goo.gl/96JDPt
Almagro
En su condición de punto clave en  el movimiento urbano, Almagro es otro de esos sectores de Buenos Aires que en pocas décadas pasó de ser un lugar periférico a representar la pujanza comercial y el tráfico inter barrial. El recuerdo de sus bares, cafés y bodegones transcurre entre avenidas, trenes, estaciones de subte, tranvías y otros medios de transporte propios de la ciudad. http://goo.gl/5sFvP1


De ese modo realizamos un paseo histórico por la urbe conociendo el corazón de sus viejas mesas y sus pretéritos mostradores, aquellos en los que nunca faltaban el café, el vermouth, la ginebra,  los tallarines  y  las milanesas  o  los bifes con papas fritas.   Y posiblemente lleguen más añoranzas de ello en el futuro, porque para eso estamos en este blog.