viernes, 22 de enero de 2016

Minutas, aperitivos y licores en el menú ferroviario más austral del mundo

Al contrario de lo que mucha gente piensa, los ferrocarriles estatales en  Argentina  son bien anteriores a  la   famosa nacionalización de 1948, ya que desde el siglo XIX el estado construía  y  explotaba numerosas líneas en distintos  puntos del país. Por lo general, dichas trazas estaban situadas en regiones muy poco favorecidas en términos productivos y poblacionales, por lo cual se las denominaba “de fomento”. Caso paradigmático es el de la Patagonia, cuyo desarrollo ferroviario estuvo casi íntegramente compuesto por vías y emprendimientos de ese tipo. La provincia de Santa Cruz, concretamente, inició su historia de rieles en el año 1909 con  el comienzo de las obras destinadas a un ambicioso proyecto de más de 2.000 kilómetros de extensión  llamado Ferrocarril Patagónico, que por supuesto nunca llegó a concretarse en su totalidad, pero del que se construyeron algunos apéndices aislados en diferentes lugares del sur de nuestra nación (1).  


Uno de ellos fue la línea de  Puerto Deseado a Colonia Las Heras, cuya vida se prolongó desde su inauguración en 1911 hasta la clausura definitiva de1978. Durante dicho período fue el ferrocarril con servicio regular de pasajeros más austral del mundo (2), que incluso llegó a contar con  bar y restaurante a bordo, al menos durante sus mejores tiempos. De ello da fe,  en  primer  lugar,  el horario de diciembre de 1930 que reproducimos a continuación. Además de la elocuente frase “estos trenes llevan coche comedor”, su lectura nos permite comprender el motivo de semejante lujo en un lugar tan remoto, dado que la formación empleaba nada menos que 8:30 o 9:30 horas -según el sentido de marcha (3)- para hacer los 283 kilómetros entre cabeceras, observando paradas en 14 estaciones y apeaderos dispuestos a lo largo del recorrido. Así, no pasa desapercibido el horario del almuerzo que transcurría íntegramente dentro de las horas de viaje.


Pero no nos quedamos únicamente con el horario. Pudimos  ubicar  otro  testimonio  gráfico  más contundente y específico,  además  de  bastante contemporáneo del primero (4):  un  menú   que incluye buen porcentaje de la oferta gastronómica asequible en aquellos trenes lejanos,  geográfica  y cronológicamente hablando.   Si  bien  la  imagen correspondiente se puede ampliar hasta obtener una fácil lectura, repasaremos brevemente qué se podía comer   y   beber hace ochenta años mientras se surcaban los rieles del desierto austral.  Luego  de los artículos de cafetería hay una breve lista de viandas tipo “minuta” bajo el título de Sandwiches y platos extras, que ofrece variantes de tamaño y presentación en huevos, tortillas, panqueques, bifes, costillas, jamón y pollo, amén de un singular caldo con huevo caído.  Las bebidas empiezan por los licores,  a  saber:  Anís,  Anisete,  Benedictine, Curaçao, Chartreuse, Carabanchel Deu, Hesperidina, Kummel, Marraschino, Ginebras (Bols, Néctar, Dry Gin, Gordon , Burnett), Cognac (común , Domecq), Peppermitn (solo, con soda) y Rhum Negrita.


Por el lado de los aperitivos encontramos textualmente Aperital con Soda, Pineral, Bitter Secrestat con soda, Fernet Branca con soda, Ferro Quina con soda, Vermouth Cinzano, Trinchieri (5), Vermouth  francés,  Jerez Quina con soda, Fernet Branca (esta vez sin soda),  Vermouth  con  Fernet Branca y algunos ítems relativos a cocktails de tipo más bien rudimentario. En whisky se podía elegir entre las marcas Old Smuggler, Dunkan (posiblemente Duncan), Johnie Walker (también mal escrito)  y Dewar etiqueta blanca (que es en realidad Dewars). En cervezas vemos la Inglesa Negra y las afamadas argentinas Quilmes, Pilsen y Palermo, seguidas por un grupo de bebidas sin alcohol,    entre   las   que rescatamos la soda de bolita (un viejo sistema para mantener el gas una vez abierto el envase), la Chufa y la Bilz. Finalmente se visualizan algunos vinos encabezados por copa del estilo, Jerez, Oporto y Marsala.


La lista parece modesta si se analiza con una mirada general, pero adquiere jerarquía de “muy completa” cuando pensamos que el servicio se brindaba  arriba de un viejo tren con coches de madera, a comienzos de los años treinta y en uno de los lugares más remotos e inhóspitos del mundo. De hecho, dudo que en esos tiempos hubiera semejante oferta disponible en algún otro lugar de la Patagonia argentina, especialmente en lo que hace a los bebestibles.  Y es necesario aclarar una última cosa:  lo  transcripto  es,  con   toda seguridad, sólo una parte de un repertorio más completo, ya que falta la lista de vinos por botella y la aclaración del menú específico servido ese día (6).  Pero  es  lo  único  que quedó, y vaya si tuvimos suerte al enterarnos de su existencia, gracias a la gente que se ocupa de guardar y proteger el patrimonio de los tiempos idos (7).


Notas:

(1) El proyecto pretendía unir San Antonio Oeste (Río Negro) con Comodoro Rivadavia (Chubut)  y Puerto Deseado ( Santa Cruz), pero no de la forma más simple y directa que hoy representa la costera Ruta Nacional 3, sino haciendo un  arco que se  internaba rumbo oeste por los faldeos precordilleranos con ramales hacia el mar y la montaña. Como si la idea no hubiera sido lo suficientemente “optimista”, más tarde se pretendió empalmarlo (en los papeles, claro) con el pequeño Ferrocarril Central del Chubut que llegaba hasta Puerto Madryn. De todo eso sólo se hicieron las líneas de San Antonio a Bariloche (la única que aún funciona), de Comodoro Rivadavia a Colonia Sarmiento y la que aquí nos ocupa, de Puerto Deseado a Colonia Las Heras. El siguiente es un mapa que muestra la traza completa de acuerdo al esquema original.


(2) Los únicos trenes más al sur  fueron la línea  industrial entre Río Gallegos y Río Turbio, que sólo transportó pasajeros ocasionalmente, y el pequeño Tren del Fin del Mundo en Ushuaia,  creado para llevar cargas hasta la vieja prisión y convertido luego  en atracción turística.
(3) Nueve y media a la ida y ocho y media a la vuelta, como se puede observar, lo cual tiene su explicación en el relieve de la meseta que se eleva hacia el oeste. Para decirlo en términos sencillos, el tren iba “subiendo” a la ida y “bajando” a la vuelta. Supongo que el intenso viento patagónico (siempre de dirección oeste)  también ejercía su influencia.
(4) Al dorso está escrita la fecha 19 de diciembre de 1933.
(5) Sobre esa legendaria marca hicimos una entrada el año pasado:
(6) Los coches comedores de los trenes presentaban siempre un menú fijo con precio ídem, consistente en sopa o entrada, plato principal (generalmente con dos opciones) y postre. La propuesta variaba periódicamente, pero existían alternativas permanentes para aquellos que no deseaban comer el menú del día. Esos platos son los que hemos visto aquí, y por eso se los presenta como “extras”.
(7) Nuestro agradecimiento a Alfredo De La Fuente, encargado del museo en el Centro de Preservación Lynch del Ferroclub Argentino, quien nos brindó la oportunidad de acceder a éste y otros tesoros históricos en reiteradas oportunidades.

jueves, 14 de enero de 2016

Mate, vino y ginebra: tres bebidas típicas de la historia argentina según el ingeniero Alfredo Ebelot

Como bien dice Amaro Villanueva (1) en el prólogo de la edición 1961 de Editorial Universitaria, Alfredo Ebelot (2) escribió  La Pampa “con alma de amigo”. Este hombre excepcional (como tantos de su generación) vivió más de una década en nuestro país y supo sobrellevar la dura existencia del llamado desierto, nombre con el que se conocía en el siglo XIX a la inmensidad de tierras sureñas habitadas por aborígenes  y  por el variopinto muestrario humano presente en las guarniciones militares y sus embrionarios poblados adyacentes. Allí, entre indios, milicos y pulperos, Ebelot llegó a pensar como gaucho y, sobre todo, a comprender profundamente la idiosincrasia de aquellos hombres cuyo particular  y  legendario modo de vida aún es motivo de admiración y curiosidad en todo el mundo civilizado. Desde luego, en las páginas de La Pampa no faltan las menciones tangenciales (pero aun así valiosísimas) de comidas, bebidas y tabacos consumidos en tan notorios parajes, por tan peculiares personas y en tan singular momento de nuestra historia.


Cada capítulo del libro es una descripción de cierto lugar, personaje o costumbre típica. El primero de todos, titulado El velorio, resulta interesante por el carácter insólito de la usanza delineada. En efecto, su texto pormenoriza cierto hábito otrora muy común en las zonas rurales de toda América hispana: la de velar a los niños pequeños  (llamados “angelitos” en tales ocasiones) durante varios días en medio de un ambiente cuasi festivo, con abundancia de comida, bebidas y baile. La cosa comienza con el arribo de Ebelot y una reducida comitiva del ejército a cierta pulpería sita en medio del campo (llamada “esquina” en la jerga campera).  Invitados a pasar la noche, los forasteros comienzan a preparar un ovino asado en la rudimentaria cocina del lugar. Mientras se encontraba sentado sobre una cabeza de buey y en medio de una humareda abominable (3), el autor fue reconocido como un destacado alsinista (4) e invitado de inmediato a pasar a otra sala, donde se desarrollaba una de las mencionadas jornadas de duelo por la muerte de un chiquillo de la zona. El velorio en sí mismo ofrece un cuadro de situación tan inusitado a nuestra mirada actual que resulta un conjunto tragicómico y grotesco a la vez. De las muchas y detalladas estampas expuestas nos quedamos con la siguiente, que resume a la perfección el ambiente reinante:    un pesado olor a sebo (por las velas), a cigarro y a ginebra cargaba la atmósfera. Un humo denso, tan denso como en la cocina, pero más desabrido, lo envolvía todo, comunicando a las cosas un carácter extraño (…) Se discernían las parejas en medio del humo;   el brazo de los mozos envolvía estrechamente el corpiño de las muchachas, y les hablaban de cerca, algo encendidos por la bebida. Ellas reían a mandíbula batiente y echaban  sonoros piropos (…) Algunos viejos en los rincones fumaban y discutían de caballos…



Viene a colación de lo anterior una infaltable remembranza de las pulperías, que el ingeniero galo detalla en otro capítulo, donde asegura que yo he visto muchas pulperías, he tomado ginebra en un sinnúmero de  boliches,  con  gauchos  de  toda catadura, desde los suburbios de Buenos Aires hasta los confines de la Patagonia.  En el caso que nos ocupa, el titular del establecimiento (situado a tres días  de  galera (5) desde la última estación de ferrocarril) era un vasco joven recién llegado a América. Su carácter republicano y socialista le había valido muchos problemas familiares (su parentela era íntegramente carlista y su padrino cura), por lo cual debió emigrar a tan lejanas comarcas. El hombre de referencia era quien trabajaba dentro de una sociedad de dos (el inversionista era el patrón), aunque tenía expectativas de progreso merced al que consideraba como verdadero “negocio”:   la compra, el acopio  y  la venta de cueros. Pero lo que más nos interesa aquí es un enunciado que enaltece los gustos del susodicho al decir: (…) teníamos estas pláticas en los fondos del almacén, cuya entrada estaba para mí siempre franca, apurando copas de un vinito cuyo análogo no se hubiera hallado registrando todas  las  pulperías  de  la provincia. Mi huésped, sólido bebedor, no tomaba sino vino, y tenía buen paladar. Los malos aguardientes con que se embrutece el gaucho no le decían nada.


Desde luego que no falta el mate en las amenas líneas de Ebelot. Sus cualidades son abundantemente ensalzadas a lo largo de otro apartado,    pero la síntesis textual de todo ello es la siguiente: una pava y una curga seca (6) es cuanto se necesita (…) Con esto, en pleno desierto, en cinco minutos, cuando principie a sentirse el borbollón del  agua hirviendo sobre un fuego improvisado de bosta de ovejas o de tallos secos de cardos, el viajero habrá apagado su sed, se hallará reconfortado y alegre al aspirar lentamente con la bombilla unos sorbos del líquido bien caliente.  Le parecerá que no todo es malo en el mundo ,   y que el generoso mortal que generalizó el mate en tan inhospitalarias soledades habrá de ser varón que entendía la vida… Sobran las palabras, sobre todos si consideramos la gente, el lugar y la época.


Si este fuera un espacio de divulgación histórica en general, harían falta incontables entradas para referir todo lo bueno y apreciable que ofrece La Pampa a quien sondea sus páginas. Pero nos quedamos, como siempre, con aquello que invoca esos viejos consumos de nuestros antepasados.

Notas:

(1) Poeta, escritor y ensayista argentino (1900-1969). Fundador de la Academia Porteña del Lunfardo.
(2) Ingeniero francés (1839-1920). Radicado en Buenos Aires desde 1870, fue llamado por Adolfo Alsina en 1875 para colaborar técnicamente en la construcción de la célebre Zanja de Alsina. Tras la muerte de éste continuó trabajando para el gobierno en diferentes obras que lo obligaron a recorrer buena parte del territorio patrio.
(3) Tengamos en cuenta dos cosas harto frecuentes en la ruda campiña de la época: la llamada “cocina” era un simple fogón sin ventanas, y para alimentar el fuego se utilizaba bosta seca de vaca u oveja.
(4) El partido alsinista o autonomista era un movimiento político encabezado por Adolfo Alsina, quien fue gobernador de la provincia de Buenos Aires en 1866 y vicepresidente de Sarmiento entre 1868 y 1874. La creciente popularidad  de su figura lo hacía el favorito para las elecciones presidenciales de 1880, pero el inesperado y prematuro fallecimiento en 1877 impidió la concreción de tales aspiraciones.
(5) Ya lo hemos mencionado alguna vez, pero vale la pena repetirlo: la galera era el carruaje de pasajeros utilizado en estas tierras, equivalente a la célebre diligencia tan difundida por el cine norteamericano. La que sigue es una foto mucho más cercana en el tiempo (circa 1920) de uno de esos transportes. En el costado se puede leer la leyenda con indicación de su recorrido: Mar del Plata a Balcarce. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, dicho método de locomoción fue perdiendo vigencia merced al desarrollo de las líneas férreas, pero logró subsistir casi un siglo para unir trayectos cortos que no estaban servidos por tren en forma directa. El ejemplo de la foto es bien demostrativo: aunque son muy cercanas entre sí, Balcarce y Mar del Plata pertenecían a ramales diferentes del Ferrocarril Sud, por lo que un viaje en tren implicaba un largo rodeo y la incomodidad de varios trasbordos. La galera, en cambio, era directa, pero esa ventaja finalmente sucumbió frente a la competencia del automotor.

 

(6) Curga: mate (recipiente) en guaraní. 

viernes, 11 de diciembre de 2015

Productos gourmet en el censo 1887 de la Ciudad de Buenos Aires 4

Aunque un poco irregular  en  su  desarrollo  cronológico, hoy finalizaremos la serie de  cuatro  entradas  sobre  los productos del comercio mayorista y minorista apuntados en el censo que se realizó el 15 de septiembre de 1887 en la entonces cambiante urbe porteña.   Desde  marzo  hemos venido analizando  todo  tipo  de  artículos  de  cocina, productos envasados, especias, panificados, dulces  e infusiones,   siempre con la sorpresa de encontrar una batería de etiquetas y presentaciones importadas cuya calidad y cantidad resulta remarcable. Las bebidas que nos ocupan en esta ocasión no se quedan atrás, dado que entre ellas  hallamos  algunos nombres casi  mitológicos  en  la historia mundial del sector. Podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que el grupo de los bebestibles representa, más que ningún otro, esa inclinación por lo suntuario y lo fastuoso que tanto agradaba a las clases acomodadas de la época.


En la lista se aprecian ciertas supremacías regionales bastante  lógicas,  como  el claro predomino de Alemania e Inglaterra en las cervezas, de Italia en el Fernet  y  de Francia en los vinos. Sin embargo, este último elenco es el más asombroso a nuestros ojos actuales, toda vez que cuenta con varios baluartes de la aristocracia enológica internacional cuyo renombre de leyenda perdura hasta nuestros  días.  Es  justo  señalar  que  los  productos originarios de la industria nacional argentina no faltan en casi ninguno de los renglones, lo que indica el incipiente desarrollo de una actividad cuya envergadura se haría bien notoria en la década siguiente,  tal  cual  hemos apuntado más de una vez. Tampoco pasamos por alto la presencia de un par de brebajes tan de moda en ese tiempo como ignorados en la actualidad: el guindado y el extracto de tamarindo (1).


Como siempre, traté de reflejar los nombres de manera textual, con excepción de los errores ortográficos evidentes (que no eran pocos). Así, la lista es la siguiente:

Aguardientes y cañas:  aguardiente americano, aguardiente báltico (x galón). Cañas: Brasil, Habana, Mauricio, Tucumán.
Ajenjos: Silliman, NP, Berger.
Anís: del país, Anisette, Carabanchel, Macaco, Mono, Ojen.
Aperitivos y vermouths: Aperital, Cherry Cordial Peter Jurgenzen, Cherry Cordial Peter Herenges, Hesperidina, vermouth francés, vermouth italiano, Ginger Ale, Ginger Punch Chayton Brothers, Ginger Tonic Lemonade Chayton.
Bebidas sin alcohol: extracto de Tamarindo, jugo de lima, jarabe de frutas para refrescos, Potass Water Chayton, Seltzer Water, soda inglesa.
Bitter: Angostura, Secrestat, Puyastier, Des Basques.(2)
Cervezas: genéricas x docena (alemana, holandesa, inglesa). Alemanas: Münchner Kindl, Mainz blanca, Culmbacher negra. Inglesas: Bass blanca, Ñato blanca, Magnolia blanca, Magnolia negra, Guiness Chancho negra, Stout Porter. Del país Bieckert Doble, del país Bock Ale.


Cognac: Ardilla, Capuchino, Charchy, Hennessy, Fine Champagne, 5 Estrellas 1865, Fine Champagne 1832, León, Mariposa, Martell, Martell Parry, Otard Dupuy.
Fernet: Branca, De Vecchi, Visconti.
Ginebras: en damajuanas de 1 y 3 galones. Embotelladas: Ancla Chica, Doble Ancla, Campana, Las Armas, Néctar, Old Tom, Paats, Real, Rosenthal, Winyard Fockink.
Licores y destilados: Benedictine, Curaçao (colorado M  y Brissard, doble, blanco W. Fockink), Cacao, Chartreuse Verde, Chartreuse Amarillo, Guindado de Patagones (3), Gilka, Kermann, licores cremas (cacao, ananá, moka, té, nuez, vainilla), Marraschino de Sara. Rones: Monada, Jamaica Corazón Colorado, W y L de 30 grados.


Vinos: España: Garnacha, Cariñena, Selva, Moscatel, Mesa, Priorato, seco Catalán, seco Málaga, tinto, Carlón, Priorato Costa, Deu, RF, M, Escudo Argentino, Añejo Extra. Jerez: SCA seco, Precioso, 3 Estrellas, 4 Estrellas. Francia: seco Cette, Bordeaux (en bordalesas). Margaux Lande, Chateau Galan, Chateau Biré, Chateau Beauchamps, Haut Sauternes, Chateau Larose, Chateau Palmer, Lebarde, Leoville, Chateau Latour, Margaux Cooperativo, Margaux Mallman, Margaux Larronde, Cotes Cooperativo, Chateau Palmer,  Pontet Canet,  Saint Julien Cooperativo,  Saint  Emilion, St. Estephe, Chateau Yquem, Chambertin, Chablis, Clos de Vougeot, Pommard. Champagnes: Viuda de Clicquot, Roederer Carte Blanche, Roederer D’Or, Roederer Gladiateur, Roederer Cristal, Mumm Extra Brut, Noral Carte Blanche.  Italia: italiano genérico (bordalesas), Asti, Chianti. Alemania: Schloss Johannisberg, Ruedesheimer, Ruedesheimer Berg, Mosel. Portugal: Oporto Cooperativo Nos 1, 2, 3 y 4, Oporto N, Oporto 3 Estrellas, Oporto 4 Estrellas, Oporto 1871 Alto Douro, Madeira Especial 1870. Argentina: Mendoza blanco, Mendoza tinto (en cascos), Belgrano, Moscatel, Lágrima, Cordillera, Pampa, Chateau Castro, Cordero, Lágrima de San Juan.
Whiskys: escoceses (Garnkirk, Walker, Higgins), irlandés.

Lo  dicho:  ¿quién  hubiera  imaginado  semejante  oferta de bebidas  en las  estanterías  de  la  Buenos  Aires decimonónica?  Sin  embargo,  el asombro  inicial  se desvanece si tenemos en cuenta el adecuado contexto histórico. Hablamos del decenio de 1880, cuando nuestro país se abrió como nunca antes a la inmigración extranjera, incluyendo muchas de sus costumbres,   sin olvidar  la variada gama de clases y tipos sociales que poblaban el territorio patrio. Por lo tanto (y casi como una conclusión final),  no debe sorprendernos demasiado lo visto en la serie que estamos terminando.  Después  de todo,  no hace más reflejar ese mismo carácter cosmopolita de la población, así como el amplio espectro de condiciones sociales, desde los más ricos hasta los más pobres, pasando por todas las instancias intermedias.


Si alguien se pregunta que comían y bebían nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los productos del Censo 1887 de la Ciudad de Buenos Aires constituyen una buena aproximación a la correspondiente respuesta.

Notas:

(1) El Tamarindo es un árbol tropical cuya presencia en Argentina resulta bastante común. La pulpa del fruto es utilizada como especia picante  y para la elaboración de refrescos. Aunque desaparecida de nuestro país, esta última práctica sigue siendo habitual en Centroamérica.


(2) Hace algún tiempo encontré cierto texto italiano de fines del siglo XIX donde aparecen los amari (amargos)  más famosos de Europa  (confieso que hice la captura de imagen que me interesaba y después perdí toda noción de dónde lo había ubicado, pero creo recordar que era una guía de viajero). Entre los nombres hay  varios mencionados en el Censo 1887 y algunas marcas que aparecen en el libro de stock del Ferrocarril Sud de 1898 que reseñamos hace tiempo. Además del repertorio en sí mismo, lo bueno es que se menciona la localidad de origen de cada etiqueta.


(3) Se refiere al de Carmen de Patagones, famoso desde la época de los primitivos colonos maragatos. 


viernes, 27 de noviembre de 2015

El puro correntino, un consumo patrio desde los tiempos de la independencia

Además de ser una de las producciones más importantes a nivel provincial, el tabaco de Corrientes cuenta  con antecedentes históricos que se remontan a los primeros tiempos de nuestra patria. En Buenos Aires, desde 70 años atrás, José Antonio Wilde lo menciona en dos oportunidades dentro de una misma frase. Refiriéndose al consumo tabacalero en la época inmediatamente posterior a la independencia,  dice  lo  siguiente:  “aunque  se vendían cigarrillos hamburgueses, de Virginia, paraguayos, correntinos y aun algunos habanos, el que más se consumía era el cigarro de hoja que podría llamarse del país, fabricado con tabaco del Paraguay,  de Corrientes,  de Tucumán  y,  algunas  veces, aunque muy raras, del cultivado en esta provincia” (por Buenos Aires). Al respecto del estado mesopotámico,  las estadísticas, referencias  y   rastros  documentales  de  las décadas posteriores son contundentes por partida doble, ya que  señalan la importancia del cultivo de esa materia prima en forma análoga a la de su  manufactura.


No es demasiado complicado encontrar estadísticas que avalen lo  dicho  con  anterioridad  durante  los  tiempos federales  y la década posterior a la batalla de Caseros, cuando Buenos Aires era una entidad política y económica independiente.   Precisamente por esta última razón,  los productos que llegaban a su territorio desde el resto de las provincias eran considerados importaciones y así quedaban registrados en los cómputos correspondientes. Podríamos señalar bastante data al respecto, pero nos limitaremos a las cifras más pretéritas que hemos podido localizar, nada menos que del año 1838,   cuando el  Registro Oficial del Gobierno de Buenos Aires dejó asentado el ingreso (1) de 67.000 cigarros correntinos.    El valor del testimonio estriba no sólo en su antigüedad,  sino también en la denominación inequívoca del ítem. Por lo visto, “cigarros correntinos” definía un producto tan específico como “cigarros paraguayos” o “cigarros habanos”.  Y no obstante la creciente competencia que se iba a dar en los decenios siguientes merced al arribo de puros extranjeros de nuevos orígenes,   la  industria  tabacalera  correntina continuó creciendo. Según cifras citadas por Dimas Helguera en La producción argentina en 1892, ese año Corrientes acreditaba el cultivo de 40 millones de plantas de tabaco, seguida por Tucumán, con 30 millones, y la aún incipiente Misiones, con 5 millones.


Valorando semejantes antecedentes, no iba a pasar mucho tiempo para que realizáramos la degustación de ejemplares emparentados con un consumo que tuvo enorme popularidad  y  que todavía subsiste como parte de una típica industria regional. Para ello nos remitimos a dos prototipos provenientes de Goya,  el departamento  de  capital  homónima recostada sobre el río Paraná,   al sudoeste de la provincia. La fortuna nos hizo conseguir productos de similar ascendencia geográfica pero distinta elaboración: por un lado, los puros Mi País, marca bastante asequible en comercios del ramo, y por otro unos cigarros absolutamente anónimos, adquiridos por cierto amigo en la ciudad de Goya al modo del puesto callejero. Eso nos permite vislumbrar un panorama cronológicamente bien amplio, ya que tenemos un arquetipo de la industria tabacalera provincial en su funcionamiento moderno, formal y bien constituido, así como un ejemplo vivo de la actividad según la vieja usanza de la manufactura artesanal a escala familiar.

















Las diferencias entre los modelos comienzan en el aspecto visual. Mientras los Mi País se ven cilíndricos y rectos,  sus coterráneos sin marca comercial muestran un formato irregular someramente semejante a lo que técnicamente se denomina doble figurado o perfecto,  es  decir,  abultado en el medio  y angosto en las puntas. En cambio,  no  se  verifican  grandes desigualdades en el color de las capas,   bastante  claras  o “pálidas” en  ambos  casos,  con leves  reminiscencias  del colorado en Mi País (2).  Conforme a su prolijo armado,  este último pasó sin problemas por el encendido mostrando siempre una ceniza firme y compacta. Sus aromas y sabores se sitúan dentro de valores medios a suaves con cierto toque de dulzor apenas perceptible. Los artesanales no se quedaron atrás en cuanto a las bondades de su  manufactura,  con  encendido  y  desarrollo de la ceniza irreprochables,  aunque mostraron un sabor más seco  -pero  menos  marcado-   sin dejar de ser agradables. Después  de  un  rato  (10 a 15 minutos),   los dos empezaron a sugerir algo más de profundidad sápida y aromática, con sutiles dejos de cuero y puntos tostados. De todos modos, si los confrontamos con otros tabacos de consumo histórico en la Argentina, como los de Paraguay,  Cuba  o  Italia,   podemos afirmar que se trata de productos decididamente inscriptos en el segmento de lo “suave”.


Catamos así unos puros correctos, de porte gustativo simple, abordables en cualquier momento del día.  En  cierta  forma,  su perfil recuerda al buen tabaco criollo que se utilizaba en el cigarrillo negro de antaño.   Tal vez por eso han sido fumados a  lo  largo de 200  años,   igual que lo hicimos nosotros en honor a sus millones de consumidores pasados y actuales, los mismos que disfrutaron ,  disfrutan  y  seguirán disfrutando del cigarro correntino en campos, pueblos y ciudades de nuestro país.

Notas:

(1) Físicamente hablando,  suponemos que se trata de la suma de entradas según  el método más práctico de la época:   la vía fluvial directa  Corrientes - Buenos Aires.  En ese entonces,   las comodidades portuarias de esta última urbe se limitaba al incómodo desembarco en el pando  y barroso Río de La Plata, incluyendo la obligada transferencia de pasajeros y mercaderías a botes o carretas para llegar a la costa. En su defecto, el puerto natural más cercano era la Boca del Riachuelo, aunque también tenía sus dificultades de calado y falta de infraestructura elemental.


En el caso específico de Goya (enclave tradicional de las fábricas de cigarros), también cuenta con su puerto desde comienzos del siglo XIX. La siguiente foto pertenece a la década de 1950 y fue obtenida del interesante sitio www.histarmar.com.ar


(2) Existen algunos nombres más o menos aceptados para definir la intensidad cromática del tabaco que se utiliza en las capas de los puros.


domingo, 15 de noviembre de 2015

Remembranzas de la ribera en las memorias de un porteño memorioso

Atilio Alberto Nardelli nació por el año 1914 en un viejo caserón ubicado en Hernandarias y Australia, muy cerca del límite entre los barrio porteños de La Boca  y  Barracas.  En tales comarcas urbanas transcurrió la mayor parte de su vida, lo que le permitió plasmar una serie de recuerdos en un libro publicado en 1991 con el título  Memorias  de  un porteño memorioso. Lo bueno del volumen es que no sólo recoge las experiencias personales del autor, sino que también detalla con bastante minuciosidad numerosas estampas relacionadas con todo lo que nos interesa en este blog.  Así,  desde los viejos comercios del comer y el beber hasta las costumbres gastronómicas de antaño, van pasando imágenes de un tiempo en que la zona se encontraba en su apogeo, tanto por la estereotipada faceta fabril y portuaria como por el no menos dinámico entorno residencial. De hecho,  los dos vecindarios mencionados se contaban entre los más poblados de la ciudad a comienzos del siglo XX.


Ya en las primeras páginas se advierten algunos párrafos que invitan al ensueño, como el que se refiere a las viviendas de la época, “cuyos patios se cubrían con frondosos parrales y las viejas higueras daban frutos apetecibles…” Luego continúa: “las veces que debíamos asistir en tiempos de verano, sus propietarios, además de convidarnos con la consabida cerveza fría, nos obsequiaban sendos racimos de uvas que tan bien nos hacían en esas tardecitas estivales, prodigándonos  frescura  y placer.”   No menos evocadoras son las siluetas relativas a viejos “marchantes” que voceaban sus mercaderías mientras recorrían las calles populosas. Entre estos últimos, recuerda a diferentes italianos que plañían cosa tales como “la ricutella frisca”(ricota), “ceitu, linda oliva” (aceitunas), “pacarito pa’ polenta”(gorriones y torcazas) y “u pesce e Mare Plata” (pescado de Mar del Plata) por citar aquellos de fonética más pintoresca. Sin embargo, estos vendedores andariegos no siempre despertaban la confianza vecinal, dado que también se cita a una antigua matrona que murmuraba lo siguiente sobre el speech del pescadero, utilizando el mismo argot de ascendencia peninsular: “la ha visto cu lo occhio Mare Plata”


Tampoco faltan los negocios barriales en el recuerdo de Nardelli.  Sobre  la  esquina  de  Olavarría  y Almirante Almirante Brown se ubicaba la antigua Mantequería Roma, de Debenedetti Hermanos, y junto a sus puertas era frecuente ver instalados a los vendedores de garbanzos tostados con sal, así como la clásica locomotora de los maníes calentitos que servían para matizar las destempladas tardes de invierno. En el restaurante de don Francisco Raggi (Pedro de Mendoza 1915)  se  despachaba  la verdadera buseca a la genovesa, generalmente acompañada por un vino tinto de producción propia. A ellos se sumaban un sencillo boliche con profusión de vino, sandwiches y partidas de truco, mus o brisca, llamado Quinta e Mare (Gaboto y Suárez), así como el verdadero y original Tuñin de La Boca (Almirante Brown a pasos de Olavarría), tal vez uno de los primeros elaboradores de pizza, fainá y fugaza en la zona. También la vieja panadería de Corleto (Olavarría 246), frente al viejo mercado Solís, creadora de la clásica rosca trenza, y el inveterado negocio de Olcese (1), en el que podían obtenerse legumbres, alpiste, gofio, frutos secos, lupines, maíz pisingallo, harina de mandioca, chuño, cebada, girasol, tapioca, yerba mate (en bolsas de 60 kilos), vainas secas de ají picante, harina de maíz, frutas secas y todo tipo de especias.


La heladería El Aeroplano (Almirante Brown y Brandsen) fabricaba el verdadero gelato al uso napolitano, con frutas frescas seleccionadas por su propia dueña, oriunda de la zona de Salerno, que fue además una de las primeras en incorporar la variedad pistacho que tantos amores u odios genera hasta nuestros días. En el restaurante El Nota, su dueño Rafael poseía un hornito para la elaboración de la sfogliatella  y de un exquisito pan casero, todo lo cual se añadía a excelentes pizzas  y  una antología de pastas caseras.  El barrio llego incluso a generar reconocidas marcas propias,  como la galleta marinera  Cuelli  Tempi nacida en un local de Pedro de Mendoza entre Necochea   y Brin, al igual que el aceite de oliva Marinero,  de José Piccardo y Cía.  (Magallanes  al 1000), tan apreciado por sus virtudes intrínsecas como por la pulcritud y buena atención que se prodigaba  a los clientes que hasta allí se acercaban a comprar utilizando sus propios envases vacíos, ya que atendía el despacho a la modalidad suelto. Al decir del autor, en los comercios gastronómicos de la zona era popular el vino Vanguardia servido en jarras directamente desde las bordalesas (2),  y  las paredes  de  los almacenes mostraban publicidades de Aperitivo Kalisay, Té Tigre, Amaro Monte Cudine, yerba mate El Tumbador y cigarrillos Condal, entre otras.


Muchas son las estampas para destacar, pero finalizamos con una que rememora otra vez las antiguas casas con sus fondos,  en  este  caso  de  manera  específica  y  bien particular: la de la familia Prada, en la calle Australia 1235, cuyos titulares Regina y Emilio vinificaban artesanalmente el fruto de su enorme parra , que luego colocaban en barriles y más tarde en botellas. Con ellos se aseguraban, además del consumo diario, la copita de convite para las visitas…


Notas:

(1) Todos los nombres, apellidos y apodos citados son típicamente piamonteses y ligures, tal cual la composición poblacional boquense desde 1870 hasta la mitad del siglo XX.
(2) Por su riqueza expresiva, la siguiente foto ha sido reproducida por este blog en al menos dos ocasiones. El susodicho rótulo (ampliado en un recuadro)  puede apreciarse perfectamente impreso en las etiquetas circulares de los cascos, lo que le da aún mayor valor testimonial a las añoranzas de Nardelli, toda vez que  la marca parece haber sido propia de los típicos bolichones de antaño.