domingo, 19 de mayo de 2013

Don Santiago Rolleri, los viñedos de Caballito y el vino "Locomotora" 1

No es la primera vez que la investigación de un tema me ha llevado a otro completamente ajeno a mis intenciones iniciales. Escarbar en el pasado tiene, además del gusto propio que percibimos los aficionados a ello,  una especie de intriga sobre la posibilidad de hallazgos imprevistos, que casi  nunca faltan. Fue así que hojeando la edición 1895 de la Guía descriptiva de los principales establecimientos industriales de la República Argentina me encontré con algo llamado “Viñedos del Caballito”, que a primera vista parecía ser una extensa viña con su correspondiente bodega elaboradora, todo ello situado, nada más y nada menos, que en el barrio de Caballito, en pleno corazón de Buenos Aires. Con la lectura posterior de la edición 1893 del mismo trabajo (1) pude completar los datos más importantes de aquel misterioso establecimiento, aunque de inmediato surgieron infinidad de interrogantes adicionales. ¿Dónde estaba ubicado, exactamente? ¿Cuánto vino producía, y de qué tipo? ¿Qué tan populares eran sus productos? ¿Quedaría acaso algún vestigio de todo aquello en la zona? Pues bien, en esta y otra entrada futura vamos a revelar los sorprendentes datos que pudimos descubrir acerca de una empresa vitivinícola desaparecida hace más de cien años, cuya ubicación, envergadura productiva e importancia comercial la llevan a ser, con toda seguridad, un caso único en la historia de la ciudad porteña.


El propietario de la firma era don Santiago Rolleri (1829-1916), nacido en Frascati, Italia, conocido vecino  de Caballito,  empresario,  comerciante, quintero y uno de los fundadores del Mercado de Abasto en 1889, así como el primer arrendatario del Mercado del Plata. También tenía experiencia en el ramo  de  la importación  de  bebidas,   lo  que  le otorgaba un vasto conocimiento en la materia (2). La descripción  técnica del establecimiento, fundado en 1860, nos dice que la quinta mide catorce cuadras de extensión, toda sembrada de viñas (…) Cuatro son los tipos de uva,  que llevan nombres de argentinos ilustres dados por sus propietarios. La primera, blanca, llámase Rivadavia, y la negra, de tres clases: una San Martín, otra Lavalle y otra Belgrano. (3) Todos estos tipos de uva han sido obtenidos por injertos ingeniosos, invención del señor Santiago Rolleri padre (4). El informe sigue después por la bodega: vimos cinco grandes cisternas o depósitos de la capacidad de 200 bordalesas cada uno (5). En el piso bajo observamos siete grandes pipas de 80 a 150 bordalesas (6), llenas de vino listo para la venta. En el piso primero, a la derecha, anotamos 14 pipas de 6.000 litros cada una, y a la izquierda, seis tinas de 90 bordalesas, todas llenas del conocido vino “Locomotora”. Seguidamente, los cronistas señalan que en un galpón aparte está instalada la sección tonelería, donde se fabrican y refaccionan los envases (…) Veinte son los peones ocupados todo el año, exceptuando la época de la vendimia, en el que aumenta el número de aquellos. Y finalizan: los vinos del señor Rolleri tiene gran salida en el Rosario, Córdoba, Paraná y Tucumán. Todo esto proviene de la edición 1895, a lo que se suman algunos datos de la edición 1893, que nos brinda ciertos guarismos muy interesantes: la producción anual de uva era de 240.000 kilos (equivalente a unos 170.000 litros de vino) y la venta mensual de 1.500 bordalesas, o sea, unos 337.500 litros por mes, lo que hace algo más de 4.000.000 de litros al año.


La suma de  las vasijas vinarias señaladas en la crónica da un total de 603.750 litros, que pasaremos a 600.000 para redondear. Ahora bien, si combinamos todos los datos antedichos nos quedan los siguientes números, que a primera vista parecen muy extraños.

Producción anual con uva propia:      170.000
Capacidad total de la bodega:            600.000
Venta anual:                                     4.000.000

¿Cómo se explican semejantes discordancias? Hay que tener cuidado, porque  no todo lo que parece absurdo termina siéndolo. Las dos primeras cifras, por ejemplo, son muy lógicas, y resulta normal poseer una capacidad que triplique la propia producción anual. La mayoría de las bodegas tiene esa relación, como mínimo, que incluso puede llegar a ser mucho mayor (hasta diez veces), dado que es necesario contar con cierta holgura al respecto, no sólo para poder efectuar las operaciones rutinarias de trasiegos, rellenos y descubes, sino también en caso de tener de guardar vinos por cuestiones comerciales, especulación de precios y otros imprevistos de cualquier índole. Pero la venta anual sí parece fuera de lugar: 4.000.000 de litros contra 600.000 de capacidad. ¿Tiene sentido algo así? Por supuesto que lo tiene, si nos atenemos al entorno industrial y comercial de aquellos años. En  esos  días  en  que  el transporte  y  la venta de vinos se hacían mayoritariamente en barriles, era frecuente que las bodegas compraran vinos de terceros para cortar con los propios. Además, Rolleri era un comerciante nato, propietario y arrendatario de mercados, productor e importador de bebidas, capaz de negociar, distribuir y despachar millones de litros de vino para la sedienta población de aquel tiempo. Es altamente probable (diría casi seguro) que el negocio “grande” no fuera la elaboración en sí misma, sino la compra de vinos cuyanos para su reventa en Buenos Aires, casi sin pasar por su bodega. Por eso, todo lo que describe la guía tiene  una lógica que cierra sin problemas. Los 4.000.000 de litros se refieren a la venta total de la empresa, no a lo que salía desde su establecimiento.


Quedaba  por resolver el tema de la ubicación. Una búsqueda previa dio como resultado que Rolleri tenía dos grandes quintas en Caballito, una al norte y otra al sur  (7).  Fui entonces al Archivo Histórico de la Ciudad de Buenos Aires a buscar algún plano de la época (8).  No me pudo ir mejor: en el Mapa Topográfico de la Ciudad de Buenos Aires de 1895 pude corroborar claramente que aquel personaje contaba con una propiedad en Caballito Norte, cuyas dimensiones calzaban perfectamente con todos los datos volcados en la guía: más o menos 14 cuadras de extensión, tanto si las tomamos como longitud del perímetro o como medida de superficie total (9). La coincidencia se confirma con la producción de uva, ya que 240.000 kilos (2.400 quintales) arrojan unos razonables 200 quintales por hectárea  para 12 hectáreas netas de viña,  previa exclusión de 2 hectáreas que sin dudas estaban ocupadas por los edificios de la bodega y por las calles y senderos internos. El mapa pequeño al principio de este párrafo (con el Norte arriba) señala el emplazamiento  exacto  según  la configuración urbana actual. Como referencia, dibujé la vieja  línea férrea del FCO que atravesaba la quinta en su camino desde Caballito hasta Chacarita por lo que hoy es la avenida Honorio Pueyrredón (10), así como los límites del barrio en verde. Abajo está el mapa antiguo (con el Norte a la derecha), en el que se aprecian las tres arterias que brindan sendos límites a la finca: Hidalgo al este, Diaz Vélez y Gaona al norte (plasmadas ambas como “Camino de Gaona”) y Martín de Gainza al oeste (llamada entonces “Camino al Caballito”). En el límite sur no había todavía calles, pero sí una pequeña propiedad religiosa señalada con una cruz y el número 96, correspondiente al Convento de las Hermanas del Buen Pastor. Veremos en la próxima entrada de esta serie que eso terminó siendo muy bueno para mi investigación. También  se  pueden  distinguir  el  ramal ferroviario que mencioné antes y los nombres de antiguos propietarios a los que Rolleri compró sus respectivas quintas: Francisco Blanco y Juan Malto.


No pasaré por alto un dato que me produjo la alegría de encontrar coincidencias entre fuentes completamente independientes entre sí: el vino “Locomotora” que menciona la reseña aparece en el libro de stock del Ferrocarril Sud de 1898 que venimos analizando en distintas entradas desde hace más de un año (ver entrada del 21/12/2012). En las confiterías y trenes de aquella empresa se vendía suelto, en jarra, copa o vaso, aunque su fraccionamiento original era en damajuanas de diez litros al precio de 4,50 cada una.


Caballito, tierra de uvas y de vinos. ¿Quién lo hubiera pensado? Eso es lo lindo de la historia, que nunca está escrita del todo y que jamás deja de asombrarnos. Así, la próxima vez que pase por la estatua del Cid Campeador, recuerde que allí, hace algo más de 110 años, estaba ubicado  el límite de un viñedo. Pero la cosa no termina, ni mucho menos, ya que me quedaba un último interrogante por resolver: ¿quedaría algún vestigio físico de aquella rara y olvidada propiedad?  Pues  bien,  no  voy  a  decir  que encontré una cepa centenaria en el fondo de una casa, ni un pedazo de tonel enterrado. Pero al menos logré confirmar que existe, aún hoy, cierto indicio muy claro de uno de los límites del viñedo de Rolleri (que no es una calle), y bien visible. De ello hablaremos  muy pronto, en la segunda y última entrada sobre este tema.

                                   
                                                           CONTINUARÁ…

Notas:

(1) 1893 y 1895 son las ediciones asequibles en la Biblioteca Nacional.
(2) Así lo confirma el siguiente aviso, aparecido en el diario El Plata en Agosto de 1882. Parece que Rolleri tenía algo de ferrófilo, si tenemos en cuenta que importaba un cognac con la marca Ferro-Carril y que luego bautizó a su vino Locomotora.


(3) Es muy difícil hacer conjeturas sobre la naturaleza de tales variedades, pero aparentemente se trata de híbridos obtenidos por injerto simple. Esa práctica era muy frecuente en aquellos años, cuando todavía no había desparecido el desasosiego provocado por la peste de la  filoxera, que destruyó buena parte del viñedo europeo hacia 1870. Si tuviera que sostener una hipótesis al respecto, lo más probable es que se tratase de híbridos entre variedades americanas tipo Isabella  (muy abundantes en la zona de Buenos Aires) y uvas francesas reconocidas, como Malbec o Cabernet, traídas de Cuyo o de Europa. En su carácter de productor y comerciante del ramo de las frutas y las bebidas, es evidente que Rolleri sabía bastante de labores como esas y que podía acceder  sin problemas a barbechos, semillas y demás material vitícola de diferentes procedencias.


(4) La aclaración “padre” viene a colación de que sus hijos Santiago y Vicente lo acompañaban en la conducción de la empresa, especialmente en la sección administrativa, con oficinas en Lavalle 945.
(5) Se trata de un modo bien antiguo para medir la capacidad de los grandes recipientes, que consistía en contar cuántos barriles de vino podían contener. La bordalesa o bordelesa fue siempre una vasija vinaria ampliamente extendida en todo el mundo, que tiene, en promedio, 225 litros.
(6) En este caso tomé una media de 110 bordalesas para las siete pipas.
(7) La propiedad de Caballito Sur quedó descartada por sus dimensiones reducidas (alrededor de 9 hectáreas) y porque en el mapa de 1895 ya aparecen abiertas las calles del trazado municipal en su interior. Tenía como límites las actuales Av. La Plata, Juan Bautista Alberdi, Beauchef y Pedro Goyena.
(8) Vaya mi agradecimiento a Patricia Frazzi, Daniel Schavelzon y al personal de la mapoteca por la asistencia recibida.
(9) La cuadra es una antigua medida de longitud y superficie, que en Argentina equivalía a 150 varas. La cuadra longitudinal mide unos 130  metros, y la de superficie  un poquito más de una hectárea.
(10) Aquel ramal, que conectaba el FCO con el FCBAP, fue clausurado y levantado en 1925.

martes, 14 de mayo de 2013

Pescadores artesanales y falsificadores de frescura en el antiguo Río de la Plata

En septiembre de 1796, un pescador de espinel establecido en la costa de San Isidro solicitó al Cabildo que se lo eximiera de servir en las milicias terrestres, dado que se consideraba mucho más apto para el servicio de marina. Afirmaba también que había sido injustamente igualado con los pescadores de costa, como eran en general sus pares y vecinos, siendo él un especialista en la pesca de bote. Por otros tramos del expediente iniciado a partir de su reclamo sabemos que el pescado obtenido en profundidad era considerado “más sabroso y sustancioso”. Sin  embargo, la práctica de la pesca en embarcaciones no volvió a verse nunca más en esta parte del Río de la Plata: pocos años después se dispuso su total prohibición, con el fin de evitar que los pequeños navíos terminaran siendo utilizados para el lucrativo negocio del contrabando.


Pero la pesca de costa se mantuvo vigente durante todo el siglo XIX para beneplácito de los porteños, que eran muy buenos consumidores de bogas, armados, rayas, pacúes, palometas, surubíes, dorados y pejerreyes, todos ellos asequibles en las marrones pero limpias aguas rioplatenses de la época. El marino y pintor inglés Emeric Essex Vidal, que pasó por nuestro país en dos oportunidades (1816 y 1828), brinda una descripción bastante detallada sobre el característico método de trabajo de los pescadores porteños al afirmar que “la cantidad de pescado que se consume en Buenos Aires es considerable, y la forma en que se pesca es muy curiosa. A pesar de la gran demanda que existe en el mercado, no se emplea ninguna lancha para su pesca, sino que ésta se efectúa con caballos (…) Los pescadores se dirigen al río con un carro tirado por bueyes y dos caballos, con la red enrollada en el lomo de uno de ellos (…) Internan a sus cabalgaduras hasta donde pueden caminar, que generalmente es un cuarto de milla  (1). Cuando llegan a la parte más profunda, los caballos son conducidos en direcciones opuestas, separándose y extendiendo la red en toda su longitud (…) Poniendo cara a tierra arrastran la red detrás de sí, hasta llegar a la playa”.  


Un relato contemporáneo al de Essex Vidal, el de los hermanos Robertson,   completa  el  cuadro  de  la  siguiente  manera: “arrastran luego los pescados sobre la playa (…) El pescador escoge entonces los mejores de ellos, los pone en sus grandes carros con techo de paja y deja en el suelo miles de ejemplares que no cree dignos de ser recogidos. Luego se da prisa en ir al mercado, temeroso de que su cosecha  pueda pudrirse antes de llegar, especialmente si es verano y sopla viento norte.”  Para el traslado a los puntos de venta, algunas especies (la boga, por ejemplo) eran abiertas por el lomo y empaquetadas en canastos de mimbre. Otros tipos eran llevados enteros a la ciudad o incluso vendidos en el camino, directamente desde los carros. Según Essex Vidal, “el aceitoso surubí es el preferido”. Avanzado el siglo XIX aparecieron los vendedores ambulantes del artículo que nos ocupa, quienes recorrían las zonas más alejadas de la ciudad ofreciendo diversas piezas sostenidas en largas varas al hombro. Los mismos comerciantes andarines solían disponer también de algunas aves, en especial perdices.


El tema de la frescura daba lugar a reiteradas denuncias sobre “falsificación”, como la aparecida en el diario Sud América en 1889 asegurando que “todas las mañanas puede verse que un grupo de pescadores, o mejor, de vendedores ambulantes de pescado, hacen sufrir a los pescados, antes de empezar a venderlos por la ciudad, la operación de refrescarlos, que consiste sencillamente en colorearles las agallas con anilina. Y agrega: “esta mañana, por ejemplo, tres o cuatro de estos “industriales” trabajan activamente en el espacio comprendido entre la prolongación de las calles Venezuela y Méjico, sin que nadie los molestara”. (2)


De un modo u otro, con los años, el negocio de marras dejó de ser económicamente rentable y completamente impracticable desde Retiro hacia el sur, por la construcción del Puerto Madero. La contaminación del Río de la Plata y la incipiente competencia de la industria marplatense acrecentaron el ocaso, sin contar el pescado seco que se preparaba y traía desde Entre Ríos y Santa Fe, amén de los barcos europeos cargados con salmón, sardinas y bacalao español disecado, todos muy aptos para los usos de cocina. No obstante, alguna pesca artesanal para consumo subsistió por el lado de Quilmes y Magdalena, que sus impulsores se ingeniaban en trasladar hasta la ciudad de Buenos Aires. Tal fue el caso de la carreta de notable configuración usada por unos pescadores quilmeños, que igual transitaba flotando en el agua como rodando en tierra. Piso, eje y ruedas  eran de madera, las llantas de cuero crudo y no tenía elásticos. Al castillo, armado con varas gruesas de mimbre entretejido, lo cubría una lona. En ella se cargaban los peces vivos y de allí, por la ribera, se llevaban hasta el Mercado del Centro (3). El original vehículo transitaba alternadamente por la playa y por el agua de acuerdo a la situación  hídrica  y al cruce de las desembocaduras de riachos, arroyos y canales, o del propio Riachuelo. De esa manera, los peces se mantenían húmedos y en buen estado hasta último momento.


Notas:

(1) Aproximadamente 400 metros.
(2) Suponemos entonces que las obras portuarias no habían llegado aún a tal sector en 1889. La siguiente es una foto que muestra la costa del río precisamente a esa altura, hacia el año 1880. Al fondo se observa un pequeño  navío varado por causa de las cíclicas bajantes del gran curso fluvial.  El viaducto metálico que se ve es el del Ferrocarril Buenos Aires al Puerto de Ensenada (FCBAPE) y el mástil ubicado a la izquierda sostiene la señal de entrada a la estación Venezuela. En varios sectores de la imagen es posible advertir el trabajo de las lavanderas. Semejante panorama, aunque parezca mentira, corresponde a lo que hoy es la intersección de México y Paseo Colón.


(3) En la entrada del  17/1/ 2013  hicimos una reseña de los principales mercados del viejo Buenos Aires, incluyendo al decano de todos ellos, el Mercado del Centro.

domingo, 5 de mayo de 2013

La aventura de los vinos del sur 2

A comienzos de la década de 1960, el crecimiento de la vitivinicultura patagónica volvió a explotar y la superficie abocada a la actividad llegó al tope de 17.764 hectáreas. Eran  los  días  del  vino  común  con  soda  y  muchos empresarios del sur creyeron que debían salir a competir con Cuyo en tan difícil territorio  (en  realidad,  no  tenían demasiadas alternativas). De modo desafortunado, no cayeron en cuenta de las enormes ventajas que existían en Mendoza y San Juan para hacer volumen. Un productor de Cuyo, comparativamente, podía elaborar tres veces más vino con la misma superficie de viñedos, además de contar con subsidios, desgravaciones impositivas y un amplio apoyo gubernamental que no existía en las provincias australes. La única esperanza que quedaba era continuar vendiendo en el reducido mercado de la Patagonia, aprovechando la lejanía y falta de comunicación directa con Mendoza. Pero eso también se terminó hacia fines de la década de 1980: llegaron los caminos pavimentados y las grandes bodegas cuyanas construyeron plantas de fraccionamiento en Neuquén y Río Negro. En muy pocos años, la vitivinicultura patagónica sufrió un cataclismo devastador. Las 17.000 hectáreas pasaron a ser 4.000 y las 260 bodegas fueron abandonando la actividad hasta que sólo quedaron 26, muchas de ellas con elaboración intermitente o "a la demanda", es decir, algunos años sí y otros no. Sin dudas, había concluido una época. Recién hacia el 2000 la vitivinicultura austral encontraría otra vez el rumbo mediante la instalación de un gran polo bodeguero en Neuquén y el surgimiento de nuevos emprendimientos vinícolas de calidad en Río Negro.


Con todo, la desaparición de cientos de bodegas patagónicas en la crisis de fines del siglo XX no logró borrar la memoria de numerosos establecimientos que hicieron buenos vinos durante décadas. Estas son cinco de las empresas que más se destacaron en el ayer vitivinícola del sur.

- Compañía Vitivinícola del Río Negro: la primera gran bodega austral, cuya historia se encuentra prácticamente perdida en la bruma del pasado. Estaba situada en Carmen de Patagones y ya comercializaba con éxito sus propias marcas en 1910, cuando la actividad del vino apenas empezaba en el resto de la región. Los fundadores y directores fueron el italiano Carmelo Botazzi y el empresario local Enrique Mazzini. Llegó a elaborar más de medio millón de litros con las variedades Pinot Noir, Malbec, Cabernet Sauvignon, Petit Verdot y Sauvignon Blanc, provenientes de 100 hectáreas plantadas en la finca San José, a pocos kilómetros al sur de Bahía San Blas. Quebró de manera temprana, en 1916, por la caída de las líneas europeas de crédito que sustentaban el proyecto. (1)


- Palmieri: Luis Palmieri, uno de los tantos inmigrantes italianos arribados al Alto Valle, compró en 1911 la chacra 204 de General Roca para plantar vides y los primeros cincuenta manzanos de la variedad red delicious que existieron el país. En 1921 edificó su bodega, equipada con piletas y gran cantidad de vasijas de roble. Tenía una capacidad operativa de un millón de litros, pero su producción fue decayendo con las sucesivas crisis hasta bajar la cortina en 1983. El edificio se conserva en muy buenas condiciones, ya que fue restaurado por los actuales integrantes de la familia.











- La Mayorina: aunque desconocido en el resto del país, se trata de un establecimiento casi legendario para los habitantes de Cipolletti. Fue fundado en la década de 1910 por Augusto Mengelle, casado con Mayorina Mazza, en cuyo honor bautizó la firma. Su chacra de 250 hectáreas con viñedos de uvas finas y alfalfa hacía las veces de "escuela agrícola" para los jóvenes de la zona. La bodega despachaba anualmente medio millón de litros de vinos finos muy apreciados en todo la Patagonia. Tuvo su apogeo durante los años veinte y desapareció en la década de 1950 por falta de recambio generacional, ya que el matrimonio Mengelle no dejó descendencia. El edificio permanece en pie, abandonado pero entero.


- Barón de Río Negro: propiedad del estanciero porteño Patricio Piñeiro Sorondo, que hacia 1910 comenzó a plantar en Allen cepas finas importadas de Francia y edificó una completa planta de elaboración en 1914. Junto a Canale, fue la única bodega patagónica que trascendió ampliamente las fronteras regionales. Sus espumantes por método champenoise "Baronet" y "Barón de Río Negro" llegaron a exportarse a Europa y se contaban entre las marcas más prestigiosas del mercado local durante las décadas de 1930 y 1940. Lamentablemente, los sucesores de don Patricio no compartían el mismo interés por la industria del vino y sostuvieron el emprendimiento de mala gana hasta principios de los años setenta, cuando la bodega cerró. Hoy sólo quedan algunas ruinas en el lugar.
 

- Bagliani: otro laborioso inmigrante italiano, Félix Bagliani, emprendió en 1932 la actividad vitivinícola con la compra de una bodega en General Roca. También era un destacado productor de conservas y dulces con plantas en Roca y Villa Regina. En sus buenos tiempos (décadas de 1940 y 1950), su vino "Marqués de Río Grande" se servía en los coches comedores del Ferrocarril Sud (luego Roca) en botellas individuales de un cuarto litro. A ese privilegio, que de por sí era todo un signo de prestigio, accedieron muy pocas bodegas de la región, entre ellas, Canale. Su edificio se encuentra en pie, abandonado.
 

En la próxima y última entrada de la serie vamos a detallar lo más destacado en una antigua nómina de productores vitivinícolas australes del año 1942, que abarca desde Hilario Acasubi, en la provincia de Buenos Aires, hasta Plottier, en Neuquén.
 
                                                              CONTINUARÁ…

Notas:

(1) En la entrada del 18/4/2012 “El primer bodeguero patagónico” hicimos una completa reseña de ese establecimiento pionero.

sábado, 27 de abril de 2013

Cuando el fruqui, el maranfio y la bataclana se cocinaban en bandolión

El término hombres de la vía parece definir, por lógica, a los trabajadores ferroviarios. Pero en las décadas de 1920, 1930 y 1940, semejante voz hacía alusión a un particularísimo grupo humano que tuvo identidad  propia en la Argentina de entonces: los linyeras,  también llamados  crotos  (1).  Al mencionarlos, resulta imprescindible aclarar de qué tipo de personas estamos hablando,  porque el tiempo  logró  desdibujar  su semblante  hasta confundirlo con el de otros grupos sociales. Muchas personas de hoy creen que “linyera” es  un  sinónimo  de  ciruja  o  de atorrante (2), aunque la realidad  histórica  logra diferenciarlos claramente. Mientras que estos últimos practicaban la mendicidad como parte de una vida signada por la marginalidad y la miseria, los auténticos linyeras eran trabajadores golondrinas volcados a las tareas del campo y las cosechas de granos. Entre otras cosas, se caracterizaban por trasladarse como “polizones” en los trenes de carga, si bien ese hábito tenía la más permisiva de las complicidades por parte de guardas, inspectores y autoridades del ferrocarril.


Según el historiador Andrés Carretero, el nombre linyera tiene dos posibles orígenes: el piamontés lingera o el francés linyerie, ambos utilizados para designar el atado donde guardaban sus escasas pertenencias, consistentes en algo de ropa y mínimos enseres para comer. Su vida errática, trashumante y vagabunda sirvió para crear innumerables piezas de la literatura y el cine (3), que muchas veces idealizaron esa filosofía de vida consistente en ganarse la vida con trabajos temporarios  y  mal retribuidos, pero con la contrapartida de una absoluta libertad individual. El linyera jamás se conchababa en algo fijo, por más buena que fuese la paga. Ni siquiera el corazón  lo ataba a un lugar determinado: así como el marinero tiene un amor en cada puerto, el linyera podía tenerlo en cada estación de tren. Pero nunca “sentaba cabeza”, porque eso significaba renunciar a un modo de vivir transitado con orgullo, por propia elección. Eran hombres curtidos por el sol de los veranos y por los vientos del invierno, acostumbrados a vivir y dormir a la intemperie,  más allá de las inclemencias climáticas. Ahora bien, en ese mundo tan singular, dotado de fuertes relaciones internas (cada linyera consideraba a sus pares como hermanos), era lógico que se desarrollara una jerga a la que sólo tenía acceso sus integrantes. Las siguientes son algunas de las voces y verbos más usuales en aquel argot olvidado, entre los que podemos encontrar varios vocablos relacionados con el comer y el beber:

- Bandolión: lata de 5 o 10 litros, de base cuadrada, abierta lateralmente. Servía para cocinar.
- Bataclana: gallina
- Batir la católica: tocar la campana
- Farmacia: cocina
- Flotante: pato
- Fruqui: guiso de gallina
- Hacer galopar la pera: comer apurado
- Hacer una farmacia: robar en una cocina 
- Juan Figura: policía
- Las tres Marías: pan, carne y yerba
- Máquina: revolver
- Maranfio: guiso en general, puchero.
- Mono: atado de ropa colgado al hombro
- Otario: pavo, ave grande
- Pistolear: mendigar
- Roque: perro
- Sacar la pistola: ir a pedir
- San Roque: linyera con perro
- Tártago: mate
- Vitrola: lata pequeña para tomar mate

Los crotos tenían  un cierto poder de auto convocatoria y fueron varias las ocasiones en las que hicieron escuchar sus reclamos. En 1935, por ejemplo, se declararon en huelga al no recibir respuestas para su demanda de mejoras en la retribución por bolsa cosechada. El paro concluyó con un éxito relativo, pero quedaron en el recuerdo los nombres de algunos de sus más fervientes impulsores: Miguel Schiaffino, Domingo Montiel y Lucio Strato, de Bragado, Juan Miguez, de 9 de Julio, y Antonio Lezcano, de Mechita.


Como tantas otras cosas, la vida de linyera fue desapareciendo a la par de los trenes, las vías  y  el  cereal  embolsado. Las  nuevas  prácticas  agrícolas  y  la  paulatina regularización del mundo laboral  influyeron en ese eclipse, que no logró alejar de la memoria colectiva aquel semblante tan tenaz como trotamundos, mezcla rara de bohemia y dureza física. No está de más recordar, a modo de corolario,  la vieja costumbre almacenera de los cinco centavos: los días sábados, en un plato, los parroquianos dejaban cinco centavos. Cuando el croto llegaba, retiraba su moneda, a condición de comprar algo en el almacén.

Notas:

(1) El mote proviene de José Camilo Crotto, gobernador de la Provincia de Buenos Aires en el período 1918-1921. Durante su gestión se firmó un decreto por el cual los trabajadores golondrinas estaban autorizados a viajar en tren sin abonar boleto.
(2) El atorrante fue el primer vagabundo tipificado de nuestro país. Apareció en las grandes urbes hacia 1880, y se dice que su denominación proviene de los caños de la empresa A. Torrent empleados en obras públicas de desagüe, dentro de los cuales dormían estos personajes.
(3) Un fenómeno similar, pero de proporciones mucho mayores, ocurrió en los Estados Unidos luego de la crisis de 1930. De allí surgió una categoría de hombres denominados popularmente hobos (equivalentes, en cierto modo, a los linyeras argentinos), que vagaban por el país en busca de alguna oportunidad. La excelente película de ficción  Emperor of the North (El Emperador del Norte),  representa muy bien esa época en medio del típico ambiente ferroviario de los trenes de carga con locomotoras a vapor.


viernes, 19 de abril de 2013

Un revelador libro ferroviario de stock de 1898 10

La industria argentina del tabaco era una de las más prósperas hacia fines del siglo XIX, tal como lo demuestran muchos vestigios históricos. Y aunque no faltaba mucho para que comenzara un fuerte proceso de concentración  entre las  empresas  del  sector,  el panorama de  1898  aún  exhibía  una  saludable  variedad  de  fabricantes  con su correspondiente  y nutrido  número  de  etiquetas.  En  el  ramo  de  los  cigarrillos, específicamente, la época señalada no volvió a tener parangón en cuanto a su variopinta lista de marcas, que incluía también algunos rótulos importados. Los precios del rubro daban para todos los bolsillos, con diferencias de hasta un cuatrocientos o quinientos por ciento entre los timbres más económicos y los más costosos del mercado. Las calidades tenían relación con dichos segmentos de valor y les daban algo de lógica, puesto que existía un largo repertorio de jerarquías, desde los finos cigarrillos hechos con tabacos importados (virginia, habano, bahía) hasta los ásperos ejemplares confeccionados con tosco tabaco criollo y papel del tipo más humilde (1).


Su disponibilidad física estaba al alcance del habitante común en cualquier rincón de la república, tanto en ámbitos urbanos como en entornos rurales. Los cigarros y cigarrillos se podían adquirir en cigarrerías, almacenes, confiterías, restaurantes, pulperías, bares y hoteles, además de la importante venta que realizaban los cigarreros ambulantes ubicados en los sitios más concurridos de las ciudades. Desde luego, la dinámica realidad ferroviaria de la época no era ajena al fenómeno. Tanto las confiterías de las estaciones como los comedores de los trenes contaban con una amplia oferta al respecto, y así quedó registrado en nuestro libro de stock del Ferrocarril Sud. Hoy nos vamos a dedicar a los ítems de cigarrillos asentados en el longevo volumen, que componen un catálogo bastante impresionante por su extensión y diversidad.


Las marcas asequibles eran las siguientes, con sus precios expresados en pesos, por atado:

Alerta                                        0,10
Brazil                                         0,10
La Hija del Toro                        0,10
Popular N° 1                             0,10
Atorrantes                                 0,15
Dante                                        0,15
Guardia Civil                             0,15
Proveedora                               0,15
Sportsmen                                0,15
Vencedora Argentina                0,15
Bouquet N° 15                          0,15
Bouquet N° 20                          0,20
Brisson                                     0,20
Cuarteto                                   0,20
El Diario                                    0,20
Excelsior N° 1                           0,20
Ideales                                     0,20
La Sin Bombo                          0,20
Mauser Argentino                    0,20
Perfectos Vegueros                 0,20
Río Novo Picadura                   0,20
Río Novo Hebra                        0,20
Violetas                                    0,20
La Cubana p/armar                  0,25  (2)
Excelsior N° 2                           0,30
Sublimes                                  0,30
Titán                                        0,30
Vegueros Cubanos                  0,30
La Cubana armados                0,35
Reina Victoria                          0,35
Three Castles                          0,40
                                                                                                                
De la suma de las unidades entregadas por el depósito del FCS a lo largo de los 16 meses que abarca el libro, surge que los favoritos entre las preferencias del público eran los Ideales (29.842 atados), Mauser Argentino (22.653) y La Sin Bombo (17.138). Curiosamente, ninguno de los tres pertenece al pelotón más económico, sino que corresponden al mismo segmento intermedio de veinte centavos.  Dos de  ellos tienen además su origen en la misma fábrica: La Sin Bombo, legendaria manufactura fundada por Juan Canter en 1854, responsable de la marca homónima y de los Ideales, Cuarteto, Sublimes y Titanes, entre otros cigarrillos famosos (3).


Hemos visto entonces una lista que nos pone al tanto de la cuantiosa existencia de etiquetas tabacaleras, propia de un tiempo en el que se “pitaba” mucho y fuerte. Y hablando de eso, anticipamos que la próxima entrada de la serie estará dedicada a todos los tipos de cigarros puros vendidos y fumados en el mundo ferroviario del FCS. Su detalle, ciertamente, va a ser por demás interesante.

                                                              CONTINUARÁ…

Notas:

(1) Así y todo, no hay que dejarse llevar por las frecuentes alusiones marcarias a Cuba y Brasil. Es un hecho documentado que los industriales del sector, frecuentemente,  se mostraban  muy poco dispuestos a revelar la  verdadera calidad y procedencia de los tabacos. No fueron pocos los escándalos suscitados por ese motivo.
(2) En tales casos, el artículo consistía en un paquetito de tabaco con una determinada cantidad de papeles para armar los cigarrillos. La práctica del armado cayó en desuso durante mucho tiempo, pero hoy parece  gozar de cierto resurgimiento.
(3) Ya hemos apuntado alguna vez la web del CPCCA, pero lo volvemos a hacer. Se trata de una de las páginas más completas sobre la historia del cigarrillo en Argentina. En este caso, el link lleva directamente a la lista de fabricantes desde 1885: http://www.cpcca.com.ar/cma/fab/FAB.HTM

jueves, 11 de abril de 2013

Pulperías ambulantes, serenatas con vino casero y otras añosas postales Quilmeñas

Por su carácter de antiguo poblado al sur del Gran Buenos Aires, Quilmes cuenta con una nutrida historia social y política. En el añoso libro “Estampas de antaño” (1), Marcelo Traversi reúne algunas postales auténticamente originales de la vida cotidiana en la zona durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX. Desde la heroica defensa de José Antonio Santa Coloma en su casa fortificada frente a las tropas británicas invasoras desembarcadas en Junio de 1807, hasta la llegada del Ferrocarril a la Ensenada en 1873 o  los ensayos aeronáuticos de 1921, el relato del autor (presentado en breves capítulos) resulta sumamente instructivo y ameno. Gracias a él sabemos, por ejemplo, que hacia 1894 hubo allí un comisario de apellido Malbec a cargo de la correspondiente dependencia policial, y que en esa misma época ya eran frecuentes, y hasta violentos, los juegos con agua durante las festividades del carnaval. Las reuniones, los personajes y las costumbres completan el atractivo cuadro de sucesos  reseñados en la obra.



















Lógicamente, nuestra mirada está siempre puesta en todo aquello vinculado con  el consumo de comidas, bebidas y tabaco como parte de la realidad histórica. Y sobre eso, afortunadamente, abundan las anécdotas y las notas de color, como el caso de la curiosa pulpería ambulante que apareció cerca de la ribera del Río de la Plata por el año 1871. Fue así que el comerciante andariego se detuvo un día en las cercanías de un rancho de pescadores con su carreta, “bajo la techumbre formada por el ramaje de un compacto grupo de árboles  (…)  Descargó allí todos los enseres del negocio: mostrador, bancos, mesas, estantes, mercaderías, comestibles, damajuanas, bebida embotellada, bochas, tabas, naipes y dados. Poco tiempo después quedó instalada la pulpería. Al poco rato llegaron los primeros parroquianos, toda gente del rancho próximo…” Y señala, como artículos favoritos de la demanda, la caña paraguaya, el vino carlón y la ginebra (2).


Una figura desconocida en nuestros días es el carnerero, encargado de criar y faenar el abundante ganado ovino que pastaba en los solares quilmeños por 1865. A él acudían los vendedores ambulantes con sus caballos, en los que cargaban de dos a cuatro animales atravesándolos en su lomo y sentándose ellos en el anca del equino. El precio del carnero era de diez pesos en moneda corriente, de cinco para el medio y de tres el cuarto. La abundante grasa de este tipo cárnico servía además para elaborar, cocinar o aderezar  otros platos típicos como carbonadas, tortas fritas, rositas de maíz y empanadas. Con la misma materia prima se podían fabricar también velas caseras. La abundancia de descampados con diferentes especies comestibles solía animar a algunos personajes a servirse de ellos. Tal fue un caso del crudo invierno de 1891, en el que cinco muchachos bastante conocidos  no tuvieron mejor idea que cocinar un puchero bajo el ombú de cierta propiedad privada. Alertado el dueño de casa, se acercó a los farristas y les dijo en tono nada componedor: ¡Me parece que las gallinas del puchero son mías! Los jóvenes, que lo conocían, lo tomaron familiarmente del brazo y le ofrecieron una copa…y otra, y otra. Al rato, el propietario estaba sentado a la mesa (las raíces del ombú) disfrutando del banquete como uno más.


Otra postal que despierta de inmediato una corriente de simpatía con las costumbres de la época es aquella de las serenatas, llevadas a cabo por algunos de los jóvenes enamorados de la población, cuyos nombres son incluso citados por Traversi: los hermanos Iturralde, Antonio Barrera, Celestino y Oscar Risso, José Navarro, Agustín y Luis Matienzo, Rodolfo Labourt y Julio Fernández Villanueva. Pero el enfoque es específico en el caso de Esteban Almeida, que un día se detuvo con sus amigos frente a la ventana de una casa en la que habitaba cierta moza preferida de su corazón. Buen cantor y guitarrista, comenzó junto a su coro una serenata entonada con los versos más sentidos:
 
Si a tu ventana llegase una paloma,
trátala con cariño que es mi persona

No pudo continuar, porque entre los barrotes de la reja apareció una escopeta apuntándole directo a la cabeza. Corteses, sus amigos convencieron al irascible tata de la joven sobre lo impropio de su actitud. Ya calmado, el hombre fue modificando  rápidamente su conducta: los hizo pasar y les obsequió con sendos vasos de un exquisito vino de su elaboración (3). Meses más tarde, la joven contrajo matrimonio con el improvisado serenatista. Lo que se dice, un final feliz.


Quedan en el tintero muchas otras estampas y personajes para detallar: las tertulias formales en las casa más distinguidas del vecindario, los lugareños montados a caballo que encendías sus cigarros de hoja en la llama de los faroles del alumbrado público, los cazadores de aves (patos, becasinas, batitúes y chorlos), los recordados vascos tamberos, o los bailes rancheriles que convocaban en sus pistas no solamente a los civiles de la comarca, sino también a los mismos “milicos” encargados de vigilarlos. Pero las que hemos desarrollado bastan para evocar una feliz época de sencillez, cuando la gente aún vivía de manera pausada y tranquila, en sintonía con los ritmos de la naturaleza.

Notas:

(1) Editorial El Ateneo, 1949.
(2) Los dibujos incluidos en la entrada son los originales del libro.
(3) La elaboración de vino casero fue una constante en los alrededores de Buenos Aires desde la época colonial hasta la década de 1970. El área costera del Río de la Plata al sur de la capital era una de las más importantes al respecto. Un censo vitícola del año 1950 señala la existencia de 49 productores artesanales sólo en el partido de Avellaneda. 


sábado, 6 de abril de 2013

Cafés, Fondas, Boliches y Bodegones en Puente Pacífico y Plaza Italia

No todos los nombres que les asignamos a los barrios de Buenos Aires son correctos. De hecho, algunos de ellos ni siquiera existen oficialmente. Sin embargo, nadie niega que hablar de “Congreso” es más preciso que referirse a Montserrat, o que “Once” tiene un significado geográfico mucho más específico que Balvanera, al menos en nuestros días. De ese modo, la costumbre de encontrar nuevas referencias dentro de los antiguos vecindarios ya constituidos creció a la par de la ciudad durante los últimos cien años. En esta entrada, justamente, nos vamos a referir a los locales gastronómicos que existieron en el pasado de dos zonas vecinas con características toponímicas del tipo señalado: Puente Pacífico y Plaza Italia, ambas pertenecientes al veterano barrio de Palermo.


Partamos entonces en nuestro viaje desde el punto que podemos observar en la foto de arriba: la intersección de la Avenida Santa Fe y las vías del Ferrocarril Central Argentino, donde hoy se ubica la estación Carranza. Por supuesto, la imagen no se parece en nada a su panorama actual, especialmente por el gran túnel automotor construido en las últimas décadas de siglo XX. Pero muy cerca de allí, hacia 1945, había un cine denominado Nacional, y junto a él un cafetín cuyo nombre se perdió en el tiempo, pero que sus parroquianos recordaron siempre por la profusión de mesas para jugar a las cartas, con paño incluido.  Otros sitios de la época sobre la Avenida Santa Fe fueron el Café Maldonado (4846), el café y restaurante Las Azucenas  (4820) y el Café Falucho (esquina SO de Humboldt). 


Algunas cuadras en dirección al centro, llegamos a la que en otros tiempos supo ser una encrucijada múltiple entre el arroyo Maldonado, la Avenida Santa Fe y el Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico (1), constructor en 1908 del viaducto ferroviario que terminó perpetuándose bajo la designación de “Puente Pacífico”. En la esquina NO de Santa fe y Juan B Justo se erigía un local que se remonta a la década de 1910, llamado La Paloma, famoso por su ambiente tanguero matizado con  reconocidas figuras de la vieja guardia de ese género musical. Y antes de cruzar el Puente Pacífico podemos girar la cabeza hacia otra esquina de gran importancia histórica, como lo fue la de Santa Fe y Luis María Campos (ex Camino de Las Cañitas). Ese lugar era el punto de un reducto célebre, conocido como  Café El Pino o Café del Agua Sucia. Curiosos rótulos para un comercio gastronómico, pero que tienen su sentido: el primero, porque en el fondo del terreno había una gran conífera visible desde varias cuadras de distancia, y el segundo, debido a una especie de gran charco de agua barrosa que se formaba, los días de lluvia, justo enfrente del café en cuestión. En la siguiente foto, La Paloma hacia 1959.


Plaza Italia es el otro punto de nuestro interés. El nombre del paseo fue consecuencia de la instalación del monumento a Garibaldi en la hasta entonces Plaza de Los Portones (2) La majestuosa estatua, donada a la ciudad por los residentes italianos, se inauguró el 19 de junio de 1904.  El lugar fue un sitio abierto al paso público desde muy antiguo, y su importancia se acrecentó a partir de la gran afluencia de gente a la primera Exposición de la Sociedad Rural Argentina, que se realizó en 1878. Siguió cobrando animación con la creación del Jardín Zoológico en 1890 y del Jardín Botánico en 1892. Siendo una zona de paseos familiares, la gastronomía no tardó mucho en hacer su aparición. Según el historiador Oscar Himschoot, uno de los primeros recintos del ramo fue el abierto en Santa Fe y Serrano como confitería, bar y casa de lunch, que sus propietarios Boniforti y Sánchez bautizaron como El Pedigree. Quizás rememorando la antigua denominación de la plaza, a pocos metros era sito el Café Los Portones. Y finalmente, ya en el límite que impone la intersección de Santa Fe con Scalabrini Otriz (antes Canning), estaba emplazado el bar Atenas, refugio de tangueros y malevos.


Sobre este último local, Himschoot recuerda que “uno de los habitués del Atenas era el Maco Milani, niño bien, que se destacaba como gran bailarín de tango (…) Llevaba de ladera a Joaquina Morán, interesante morocha que, además, era inteligente. Milani era pintón y distinguido, de peinado liso y de cutis blanco. Los años le dieron la biaba, porque terminó siendo un curda y perdiendo la línea. Así se escribía la historia por esos tiempos y se iba formando Palermo, mezcla de bacanaje y mistonguería, de laburantes y cafiolos, de mansiones y casa bajas…”

Notas:

(1) El reconocimiento popular como “Pacífico” de ese ferrocarril ha perdurado hasta hoy, sobreviviendo más de medio siglo a la nacionalización de 1949 que trastocó su gracia por “Ferrocarril General San Martín”. El propio Puente Pacífico es una prueba de ello, pero también podríamos agregar la Galería Pacífico de la calle Florida (el edificio perteneció a la empresa del FCBAP en sus primeros tiempos) y la estación “Mercedes Pacífico” de la ciudad homónima, identificada así para diferenciarse de las otras dos que posee esa urbe bonaerense: “Mercedes del Oeste” del FCO y “Mercedes del Trocha” (por trocha angosta) del FCCGBA. Aún hoy se levanta el viejo cartel nomenclador en la estación del Pacífico con la sigla aclaratoria P al final.


(2) El  antiguo nombre se debía a unos inmensos portones de entrada al Parque 3 de Febrero (creado en 1875) Daban frente a la actual Plaza Italia por Avenida Sarmiento y fueron demolidos en 1917.