miércoles, 16 de mayo de 2012

Precursores del autoservicio

La palabra automático proviene de autómata, un vocablo relativo a toda aquella máquina o aparato mecánico capaz de ejecutar determinados movimientos en forma semi independiente. Y aunque hoy relacionamos la automatización con invenciones de avanzada propias de la era electrónica, el concepto es muy antiguo y ha sido puesto en práctica desde tiempos remotos. En los siglos XVIII y XIX, los “autómatas” protagonizaban historias enteras en la literatura fantástica y formaban parte de numerosos experimentos destinados a mejorar  la  productividad   fabril   de   la   entonces   incipiente revolución  industrial. Desde luego, no tardó mucho en llegar el día en que tales adelantos fueron adaptados para el servicio gastronómico. En esta entrada vamos a recordar una modalidad comercial que estuvo muy en boga durante las décadas de 1930 y 1940, conocida como “bar automático”
El primer antecedente vernáculo con bases documentales data de 1907. Se trata de un aviso publicado en la prensa porteña anunciando la inauguración de un Bar Automat en la calle Bartolomé Mitre 463. Bajo la proclama de “¡La última palabra en lunch higiénico!”, el anuncio aseguraba que “el éxito obtenido en Europa (1) y muy especialmente en Alemania por las máquinas aplicadas al despacho automático en los bares  ha sido consagrado en la Argentina (…) Nuestro Bar Automat, desde que abrió sus puertas, viene mereciendo la predilección del público…” Debieron pasar aún un par de decenios para que el asunto cobrara dimensiones de furor hasta proliferar por toda la ciudad de Buenos Aires con un espíritu común, pero con distintos métodos y formas de presentar esta festejada maravilla de la vida moderna.


El modo que logró mayor difusión fue el de los cilindros abovedados de vidrio empotrados a la pared con estantes en su interior, conteniendo cada uno un determinado tipo de alimento: sánguches de miga o pan francés (desde fiambres y queso hasta milanesas o matambre), empanadas y algunos postres: trozos de tortas, pasta frola, queso y dulce e incluso panqueques de gustos varios.
 Si se colocaba una moneda en la ranura del mecanismo (generalmente de diez centavos), se accionaba una manivela y descendía el estante correspondiente hasta una abertura inferior donde el cliente tomaba su alimento. Para las bebidas existían dos sistemas: uno similar al  mencionado, pero con botellas, y otro que se servía de grifos expendedores de los diferentes líquidos en una medida previamente establecida, equivalente a un  único modelo de vaso utilizado por el local. De tal manera se obtenían jugos, refrescos como Bilz oPomona, vinos, cerveza e infusiones calientes. Muy pronto la moda se hizo extensiva a las comidas elaboradas y demandó nuevos procedimientos para que las viandas llegaran al público sin desmerecer el concepto de “automático”. Rápidamente aparecieron nuevas aberturas en los muros internos de los negocios del ramo dotadas de puertas giratorias que se abrían luego del pago correspondiente. Cada una tenía un letrero indicando el tipo de comida deseada, en general minutas de extrema sencillez y preparación veloz: sopa de arroz o fideos, buseca, ravioles a la manteca o “al jugo” (2), milanesa con fritas, asado de tira, arroz con carne, pastel de carne, albóndigas y no mucho más.  Efectuado el pago, un empleado al otro lado de la pared (o sea una cocina, obviamente), abría la puerta y entregaba la preparación elegida. Casi siempre se comía “de parado” en mesas angostas adosadas a las paredes o dispuestas  en el centro del local.


Los testimonios hablan de algunos bares automáticos que fueron famosos, o al menos muy frecuentados en sus tiempos de esplendor: Avenida Rivadavia entre Carhue y Montiel (Liniers), Leandro N Alem al 500, Avenida de Mayo al 800 y en la Galería Güemes, entre otros. Como se ve, nadie recuerda hoy sus nombres, tal vez por el carácter frío e impersonal propio de todo lo que es automático.
Hacia fines de la década de 1920 apareció una especialización dentro del rubro: los bares automáticos móviles o “rodantes”.  Consistían en vehículos (pequeños ómnibus o camiones adaptados) con laterales que mostraban siete u ocho ventanillas similares a los que había en los establecimientos fijos. Dentro de la unidad, un par de empleados preparaban y despachaban a pedido alimentos sencillos al estilo de los que señalamos en el origen de la modalidad: sánguches, empanadas, bebidas y algunos postres. Estos comercios andariegos funcionaban casi siempre los fines de semana a la salida de hipódromos, canchas de futbol y otros lugares con gran concurrencia de gente. No obstante ello, fueron los primeros en desaparecer, tal vez a causa de representar un concepto demasiado avanzado para aquellos años.


Finalizando los cuarenta, los bares automáticos en general pasaron a la mejor vida que constituye el recuerdo de los  tiempos idos. Con todo, dejaron plantada la semilla del  “autoservicio” en la memoria colectiva de los argentinos, finalmente materializado algunas décadas después. Aunque poco conocidos por su fugacidad cronológica  y sus escasas bondades en términos de calidad,  merecen  un lugar en la historia por haber formado parte de la vida cotidiana de nuestros padres y abuelos.
Para terminar, elegimos la mención de este anuncio colocado estratégicamente dentro de un local de marras, según  el relato memorioso del historiador Diego del Pino: “si usted coloca una moneda, aparecerá el plato solicitado. Pero si la moneda es falsa…aparecerá el dueño

 Notas:

 (1) En efecto, la novedad del bar automático tuvo también su apogeo en las principales capitales europeas de manera contemporánea a nuestro país. Así se veía, por ejemplo, el bar automático Tanger, de Madrid, a finales de los años treinta.


(2)  Con ese eufemismo se denominaba a los ravioles apenas mojados por un tuco débil y acuoso.

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