jueves, 6 de agosto de 2015

Los cafetines del bajo porteño, su mala fama y su explicación histórica

Además de las consecuencias obvias, como el desmesurado aumento demográfico,  el fenómeno inmigratorio que vivió nuestro país a finales del siglo XIX y principios del XX tuvo otros efectos menos conocidos. Uno de ellos ocurrió porque aquel desplazamiento humano estaba compuesto mayormente de hombres jóvenes y solteros que arribaban solos, sin ninguna atadura familiar.  Eso trajo aparejado un fuerte desequilibrio en el natural balance entre sexos dentro de la población, por lo cual aumentaron de modo considerable los conflictos masculinos relativos a tener compañía femenina. El historiador Edgardo Rocca señala que “la creciente rivalidad por conquistar y poseer una mujer en esos años exigía la misma energía que para poder defender la propia”. En semejante contexto, las autoridades de la ciudad de Buenos Aires (donde el problema mostraba su faceta más dura)  optaron  por  flexibilizar  las  leyes referidas al comercio sexual. Formalmente, eso se hizo legalizando dicha actividad bajo ciertas  pautas tributarias  y  sanitarias,  pero la realidad histórica demuestra  que  el grueso  de  las prostitutas  trabajaba  en  forma  absolutamente clandestina, así como los personajes o establecimientos que las explotaban.  Esto  no escapaba al conocimiento de la autoridad competente,  pero la actitud frente al problema era igualmente permisiva, traducida en controles  livianos y muy esporádicos.


Aunque existieron todo tipo de burdeles dispersos por distintos barrios porteños, cierta zona tuvo una particular gravitación histórica en el ramo, cuya mala fama perduró hasta la década de 1970. Nos referimos a El Bajo porteño, nombre que aún hoy sirve para designar el alargado rectángulo formado por  la Avenida Leandro N. Alem (antes Paseo de Julio), la Avenida Corrientes, la calle 25 de Mayo y la Avenida Rivadavia. La explicación de por qué los tugurios se concentraban allí tiene una evidente correspondencia con su antiguo perfil portuario: desde los tiempos de la colonia hasta el decenio de 1880 era un  sitio  costero  donde  desembarcaba  el  pasaje  y  las tripulaciones de los barcos, mientras que de 1890 en adelante continuó con esa misma silueta merced al emplazamiento del Puerto Madero. Todo eso hacía rebosar el vecindario de inmigrantes, marineros y trabajadores navales, afincados en inquilinatos o simplemente de paso, pero siempre propensos a gastar sus jornales en bebida  y  diversión.  Y como bien dice la doctrina del capitalismo,  habiendo demanda aparece la oferta.  Ahora bien, ¿qué mejor que la actividad gastronómica para disimular el funcionamiento de un lupanar?  Cafés mal iluminados (llamados cantantes),   bares conocidos como dancing, teatros del “género alegre” con servicio de bebidas  y  otros especímenes del mismo tenor ocultaban invariablemente la existencia de antros y eran un imán perfecto para esos miles de hombres solos que recorrían las orillas del Plata en los viejos tiempos.


Así, para el cambio de siglo, se leían cosas como ésta en los periódicos  de  la  ciudad:  “Municipales – Desalojo  de Cafetines – Con motivo de la denuncia formal presentada por un número notable de vecinos contra los frecuentes desórdenes y actos de inmoralidad que se producen en los cafetines  de  la calle  25 de Mayo,  el  Intendente  ha recomendado a la Inspección General que haga cumplir estrictamente las disposiciones de policía que prohíben que las camareras se sienten en compañía de los clientes o se estacionen en las puertas de la calle” (La Nación, 14 de octubre de 1900).   Además  de  las  razones  recién manifiestas, los parroquianos que frecuentaban tales reductos también se reunían con el fin de beber café y todo tipo de brebajes espirituosos  mientras apagaban sus penas o recordaban la patria lejana. El censo de 1887 distingue los precios de las bebidas más populares según tres jerarquías de calidad en el servicio. Eligiendo   la    más   modesta   (a la que sin duda pertenecían los locales en cuestión) podemos saber de buena fuente que una taza de té o café costaba 0,05 pesos moneda nacional. Idéntico valor se abonaba por un vaso de refresco o de cerveza, mientras que un cocktail se vendía a 0,20 de la misma moneda. Los licores y vinos de postre (tan de moda en la época) alcanzaban  0,10 pesos por copa.


En 1885, sobre la calle 25 de Mayo (llamada Del Fuerte hasta 1822) se encontraban los cafés de Francisco Pedemonte, R. Lacrozata, Eduardo Barde, Pedro Fuentes, Francisco Bruni, Bruno Lassimis, José Bonadeo y N. Eufemia. Con el correr de los años, algunos de ellos pasaron  directamente al género de los denominados Templos Picarescos. Uno en particular acredita dilatada historia con diferentes  gracias:  originalmente  se  llamó  El Cosmopolita , luego Roma, más tarde Parisina y finalmente Teatro Ba-Ta-Clán, entendiendo que entre cada uno existieron cierres, reaperturas y reformas. Pero el espíritu era siempre el mismo, no obstante el paso de los decenios.  Edgardo Rocca asegura que,  para 1906, “se cobraba el copetín a un peso la copa,   que servían acodadas al mostrador mujeres alegres y complacientes”.  Pepe  Podestá (1) lo describe de un modo aún más crudo:  “era un salón rectangular,  espacioso  y  mal  oliente,  donde se respiraba una atmósfera enrarecida por el humo de los cigarros de todas clases que fumaban hombres y mujeres, y por el vaho de tanto licor y tanta bebida que allí se consumía”.


Diversas circunstancias fueron haciendo desaparecer paulatinamente aquella imagen sórdida y escandalosa de “zona roja” que pesaba sobre El Bajo. El vuelco rotundo en la actitud gubernamental respecto a la prostitución a partir de 1930, el fin de los burdeles formalmente legalizados, el lento ocaso del Puerto Madero como terminal de pasajeros y mercaderías y, sobre todo, el paulatino impulso que dotó a la zona de su actual perfil oficinista y bancario, fueron las principales razones que golpearon a aquellos escondrijos mal disimulados como bares  y  cafés,  uno  tras  otro,   hasta su cierre definitivo.   Sin embargo, atados al formidable proceso de la inmigración, ellos también  formaron parte de la historia argentina en general, y porteña en particular

Notas:

 (1) José Podestá (1858-1937) fue un legendario actor teatral uruguayo hijo de inmigrantes italianos, que pasó la mayor parte de su vida en Buenos Aires. Como artista de carácter versátil  incursionó en todo tipo de géneros y se lo considera un precursor del llamado Circo Criollo.  Por esa misma razón,  su testimonio procede sin dudas de la experiencia personal directa.

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