martes, 17 de septiembre de 2013

Avellaneda, tierra de quintas y pulperías

Lo que hoy conocemos como Avellaneda no fue una localidad formalmente reconocida como tal hasta el año 1852, cuando se separó del municipio de Quilmes para adquirir entidad propia. Incluso este último obtuvo su autonomía en 1791 de otro aún más lejano y vasto: el de Magdalena. Pero siempre, desde los tiempos coloniales, el Riachuelo marcó el límite sur de la Ciudad de Buenos Aires. La denominación histórica más famosa del sitio que nos ocupa ha sido Barracas al Sud, nombre que incluso llevó la estación del FCS hasta 1904. De un modo u otro y más allá de las cuestiones nominales, Avellaneda lleva consigo un enorme caudal de hechos pasados que la relacionan con la actividad de los depósitos y saladeros instalados sobre la costa del Riachuelo, así como las industrias y comercios que se arraigaron allí a comienzos del siglo XX. Si investigamos un poco más,  podemos saber que en su tierra existieron también numerosas quintas, en especial viñedos productores del vino “chinche” (1). Hoy, no obstante todo lo que habría para rememorar acerca de la zona, nos vamos a enfocar exclusivamente en sus antiguos reductos gastronómicos.


Debido a su carácter de área suburbana (mucho más marcado en el siglo XIX), la mayor parte de los sitios para el consumo de bebidas correspondían a esa especie de transición entre la pulpería campestre y el café de la ciudad. Llamados “boliches” en algunos casos y “almacenes” en otros, se caracterizaban por ser parada obligada de carreros y cuarteadores que se dirigían desde la ciudad hacia el sur o viceversa por el Camino Real (la actual avenida Mitre), con el fin de “refrescarse” con un vaso de caña o de ginebra, eventualmente rebajadas aplicando el mínimo chorrito posible  de limonada. Con los años y el avance de la urbanización, muchos comercios del ramo pasaron a ser cafés o fondas, conservando siempre algún resabio de las primeras épocas, como la profusión de juegos de azar tipo barajas, dados y billares. Entre los principales de  todos ellos, se compone el siguiente listado (2):


- La Buseca, lugar considerado decano del gremio en esa localidad, cuyo origen se remonta a los años del 1900. Era propiedad de un tal Pedro Codebó y estaba sito en el cruce de Ameghino y Montes de Oca. Por allí pasaron algunos célebres personajes de la payada y el tango, como Gabino Ezeiza, Betinotti, Arolas y Aieta.
- Café Ferro, en Mitre y general Paz. También cobijó a numerosos músicos y sus orquestas durante las décadas de 1910 y 1920.
- Lo de Leis, bolichón bien antiguo, en el que paraban los carreros con sus chatas cargadas con verduras destinadas al mercado, o con ciruelas cosechadas en las quintas cercanas, que eran íntegramente adquiridas por la prestigiosa firma Noel para sus dulces.
- La Clavada (Mitre y Tinogasta), recordado por algunos como Café del Sapo. Cerró sus puertas hacia 1970.
- Café Select, lindero al cine del mismo nombre, donde se jugaba a los dados y el billar.
- El Paraguayo, en Mitre y Ocantos. El apodo nació recién en los años sesenta del siglo XX por la nacionalidad del comerciante que lo adquirió en ese entonces. Allí paraban a almorzar los carreros. Un dato curioso: en la década de 1950, funcionaba en su vereda un surtidor de nafta atendido por cierto personaje invariablemente ataviado con riguroso guardapolvo gris.
- Airaghi Hermanos, en Mitre y Florencio Varela, más conocido como Café de los Radicales por la filiación política de sus habitués.


Conforme pasaron los años, Avellaneda fue acentuando su semblante industrial y comercial, a la vez que comenzaba un boom inmobiliario de propiedad horizontal en el sector céntrico. La segunda mitad del siglo XX vio declinar el antiguo perfil barraquero merced a la pérdida de importancia que sufrió el Riachuelo como vía navegable. Las grandes estaciones ferroviarias de carga hicieron lo propio pocos años más tarde, y finalmente las industrias, en especial las del ramo frigorífico y metalúrgico. Con todo y así las cosas, aquel arrabal de otrora  no ha perdido su importancia en términos de centro comercial del conurbano sur, hoy revitalizado con la llegada de los supermercados, los shoppings y la puesta en valor de la antigua zona del viejo Mercado de Lanares, en la calle Güemes, con edificio Municipal nuevo y una moderna sede la de Universidad de Buenos Aires. Ya no hay quintas, ni pulperos, ni payadores, pero el vecindario continúa conservando buena parte de su antigua personalidad.

Notas:

(1) Ya apuntamos alguna vez este dato, pero vale la pena repetirlo ahora: un censo vitícola del año 1950 señala la presencia de 51 productores de vino en el partido de Avellaneda, asentados fundamentalmente sobre el sector costero de los parajes Dock Sud y Villa Domínico.


(2) Datos más completos sobre el barrio en general se pueden obtener en la principal fuente de consulta al respecto: el excelente trabajo de Eduardo Cascante, La Crucesita de Barracas al Sud, Editorial Dunken, 2003.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Dos maravillas de la enología cuyana

No por nada tienen tanto éxito los libros Guiness o el legendario programa de Ripley,  Believe or not.  La fórmula de lo insólito,  de  lo  raro, de  lo  fabuloso, cuenta  siempre  con  una  legión  de  seguidores incondicionales.    Ocurre  que  la  capacidad  de sorpresa nunca se pierde del todo (aunque a veces se afirme lo contrario)  y constituye una sensación irresistible. ¿Qué objeto tendría la vida si no quedara nada  por lo cual maravillarse?  Por ese motivo, no existe quien no sienta  la piel de gallina cuando se enfrenta a portentos naturales o artificiales tales como la Gran Muralla, las cataratas del Iguazú, las pirámides de Gizeh o el glaciar Perito Moreno. Pero el asombro por lo curioso no se agota en los extremos superlativos; no siempre son las cosas enormes y colosales las que producen maravilla. También hay historias más pequeñas, curiosidades localizadas, singularidades tan dignas de ser descubiertas y conocidas como las más impresionantes por su envergadura física. Con esa filosofía,  repasaremos  en  esta entrada la existencia de  dos  “maravillas” históricas de los tiempos de oro de la industria del vino cuyano. La primera merece tal calificativo por su tamaño; la segunda, por su antigüedad.


Veamos el primer caso. Durante las décadas de apogeo de los grandes contenedores de roble, era frecuente que cada establecimiento  acreditara  un  alto  porcentaje  de  su capacidad conformado por recipientes de ese material.  La bodega  Santa  Ana  llegó a disponer de  222  vasijas de madera, entre cubas, fudres y toneles, que sumaban poco menos de siete millones y medio de litros; casi el sesenta por ciento de la capacidad total de la bodega.   Pero una de aquellas piezas se destacaba netamente del resto: la gran cuba de 300.000 litros, señalada como la mayor de América. Semejante portento del añejamiento vinícola fue construido en el año 1920 por artesanos especializados contratados y traídos desde Francia. Por supuesto, las duelas, los flejes y todo el material necesario fueron importados desde el país galo,  quedando  el  armado  final  a  cargo  de  los destacados técnicos foráneos. Durante muchos años circuló por la empresa una foto del almuerzo previo a la terminación del trabajo, que demandó varias semanas. En ella se podía ver, a través de la última y angosta sección de duelas que faltaba completar, una mesa situada en el interior de la cuba y a los operarios disfrutando en ella de su comida. Aunque ya no se usa, la gran pieza permanece intacta en su lugar de emplazamiento original, al igual que buena parte de sus hermanas menores


Ahora analicemos el segundo. Muchos saben que la bodega González Videla es la más antigua de Mendoza aún en pie, y una de las más longevas de nuestra patria.   Construida en Panqueua en 1856, permanece todavía en manos de su familia fundadora (otro récord). Se dice, entre otras cosas, que las vides implantadas allí por Carlos González Pinto en sus inicios fueron obtenidas directamente de manos del legendario Michel Pouget, introductor del Malbec en Mendoza. Pero, aparte de la vejez (todo un dato de por sí), su mayor curiosidad reside en que el mismo edificio permanece intacto luego de 153 años y vaya a saber cuántos terremotos, especialmente el de 1861, que destruyó casi todas las construcciones de la ciudad y sus alrededores. Los registros históricos aseguran que fue utilizada como improvisado hospital luego que aquel terrible sismo. Probablemente la suerte, o quizás un buen diseño, o ambas cosas juntas, han hecho que todavía podamos visitar este establecimiento mitológico de la industria del vino de Cuyo.


Las dos bodegas son visitables, así que ya se pueden  hacer planes para el próximo paso por la provincia cordillerana. Conocer estas rarezas es, en cierto modo, un tributo a aquellos pioneros que fundaron una de las industrias más prósperas de la Argentina durante los siglos XIX y XX.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Viejos consumos en la literatura argentina: el fantasma cervecero de la estación Temperley

La ciencia-ficción argentina no existe. Esta frase, plasmada con cierto  desaliento  por  Elvio  Gandolfo  en  Los  Universos Vislumbrados  (1),  hace  alusión  a  la  falta  de  un  número suficiente de cultores que permita conformar la existencia de un género literario nacional en el sentido amplio de la palabra. Así ha sucedido con las letras patrias desde  sus  inicios,  ya  que nunca se  mostraron  (excepto  honrosas  excepciones)  muy propensas a los relatos de fantasía. Sin embargo, como dijimos, hay algunas singularidades que merecen ser mencionadas, como  el  pequeño  y  añoso  volumen  titulado  “Cuentos Fantásticos Argentinos” (2)  que cierta vez tuve la suerte de encontrar en una librería de viejo. En él se conjugan trabajos de autores sumamente prestigiosos (Borges, Dabove, Bioy Casares, Lugones, Quiroga, Hudson, Nalé Roxlo) con otros pertenecientes a la entonces “nueva generación” de escritores locales, como el titulado Un cuento de duendes, escrito por Leonardo Luis Castellani (1899-1981). El ámbito en el que transcurre la historia de marras ya resulta común en nuestro blog: un coche de pasajeros del antiguo Ferrocarril del Sud (3).


Es así que la protagonista relata una típica escena en este tipo de narraciones cargadas de cierta pesadumbre, al decir que “venía de vuelta de Mar del Plata en invierno, porque yo voy a Mar del Plata en invierno (…) El coche estaba vacío, el cielo estaba nublado y bajo; iba a llover. La pampa estaba mojada, las vacas parecían estatuas de melancolía. Empezó a llover sin ruido alguno del cielo…y yo vi un fantasma.” La charla sigue con cierta incredulidad de su interlocutor,  a lo que la mujer responde:   “es que no lo vi propiamente, sino que con el rabillo del ojo sentía que había una persona sentada en el asiento de enfrente cada vez que no lo miraba (…) Cuando lo miraba de frente (era el asiento número 13) no había nadie.” Finalmente, el fantasma se dirige a la pobre y asustada dama en los términos más corteses: “señorita, el organdí rojo azafrán le va a sentar muy bien. Si me permite, vea esta muestrita y dígame solamente qué le parece”. Curiosa frase para un aparecido, que no era otra cosa que el ánima en pena de… ¡un vendedor de telas!


Poco después, el incorpóreo viajante de comercio le relata a la muchacha los motivos que lo llevaron a esa situación fantasmagórica,  en la que seguirá errando por los  rieles  eternamente  hasta  tanto realice una venta de su especialidad. Pero, ¿por qué a bordo de un tren? Nuestro espectro se ocupa de aclararlo mientras rememora que “apenas maldije sentí que había hecho mal y me arrepentí, pero ya estaba hecho. Me arrinconé en este asiento hasta llegar a Temperley.   Estaba furioso, pero en Temperley  nos bajamos a tomar una cerveza, porque había media hora de paro…”    Y sigue:   “la cerveza de Temperley es muy buena, pero cuando me quise acordar, el tren ya estaba en marcha.   Yo salgo corriendo, pego un salto, resbalo y me voy debajo de las ruedas.” De esa manera trágica, el pobre hombre pasó a vagar por las tinieblas ferroviarias, que al momento del relato formaban parte de su maldición sempiterna.


Ahora bien, más allá de la fantasía, ¿sacó Castellani  lo de la cerveza de algún dato fidedigno, o fue sólo otro invento de su imaginación? Seguramente una mezcla de ambas cosas. Para empezar, es correcta la posibilidad de bajarse en Temperley y beber algo allí mismo, dado que en los años cuarenta era uno de los 15 puntos fijos del FCS dotados de confitería (4). Sin embargo, nunca existió una fábrica de cerveza en el barrio, pero sí algunos locales cercanos a la estación en donde la servían muy bien, a los que, quizás, concurrió nuestro personaje en su último día de vida terrenal.  Veamos cuáles eran entonces los principales reductos gastronómicos de la conocida y tranquila localidad del conurbano sur (5):

- El Japonés (bar en Meeks y 25 de Mayo)
- El Ferroviario (bar, restaurante y hotel sobre Meeks, enfrente de la plaza)
- El Americano (bar y hotel en Meeks esquina Liniers)
- La Granja (hotel y comedor en Meeks entre Avellaneda y Gral. Paz)   
- Los Vascos (fonda en Avellaneda entre la barrera y Meeks)
- Munich de Temperley (Avellaneda y las vías, del lado oeste)
- La Munich (distinta a la anterior, en 14 de Julio casi Brown, del lado este)

Por supuesto, todos se preguntarán qué fue de este pobre duende digno de conmiseración. Por fortuna, la mujer le compró la pieza textil y su alma pudo, al fin, quedar en libertad. La protagonista lo asevera con la siguiente frase, casi al término del relato: “aunque tengo muchos vestidos, siempre los hago con organdí rojo azafrán. Todavía me dura aquella pieza…”

Notas:

(1) Andrómeda, 1978
(2) Emecé, 1949
(3) Suponemos que el autor escribió el cuento algunos años antes de su efectiva publicación, ya que en 1949 los ferrocarriles estaban recientemente estatizados, y el Sud pasó a llamarse Roca.
(4) Las otras eran Ayacucho, Azul, Bahía Blanca, Darragueira, Empalme Lobos, Galván, Ing. White, Las Flores, La Plata, Mar del Plata, Olavarría, Plaza Constitución, Tandil y Tres Arroyos. La confitería de Temperley estaba sita en el actual andén 2, que entonces era el 4. 
(5) Vaya mi agradecimiento a Jorge Ruffa, otrora vecino de la zona, quien me brindó esos completos datos.

domingo, 25 de agosto de 2013

Churrascos de potro, avestruces y otras viandas de la vida en los fortines

La llamada “guerra contra el indio”, también conocida como “guerra de fronteras”, fue un proceso histórico que duró casi 400 años.  Comenzó  con  la llegada misma de los españoles, en 1536, y culminó con las últimas acciones militares contra  los  pueblos  del Chaco, en 1922. Durante ese largo período existió una compleja y tortuosa relación entre indígenas y blancos,  marcada por  constantes,  sucesivas  y contradictorias etapas de guerra y paz, de acuerdos que no se cumplían, de marchas y contramarchas, de  ataques  y contraataques,  de  expediciones fallidas, de negociaciones de todo tipo y, por sobre todo, de muy poca voluntad por llegar a un convenio satisfactorio para ambas partes.  Esto  no  es  de extrañar, puesto que estamos hablando de un ciclo que abarca  los  tiempos de  la  colonia  y las  primeras décadas posteriores a la independencia.  Poco se podía esperar en materia de paces duraderas con los antiguos habitantes del territorio argentino, cuando nuestro propio país no lograba alcanzar una auténtica unidad nacional. Con todo, ese interminable lapso de hostilidades supo dejar su huella profunda a través de numerosos relatos que nos hablan de un modo de vivir desaparecido,  propio  de  las comunidades  más  cercanas  a  la entonces  llamada “frontera” (1). Allí,  en  los fortines y   las  embrionarias poblaciones adyacentes, se formó un estilo de vida muy particular, que incluyó a figuras sumamente populares en la época, como los milicos,  los pulperos,  los payadores,  las fortineras (mujeres de los soldados, que combatían con tanta o más bravura que éstos)  y otros perfiles humanos de estereotipo.


Ahora bien, la mayor parte de los testimonios y sus consecuentes secuelas en la literatura, el teatro y el cine datan de la última fase de operaciones  en el sector de las pampas (2), entre 1870  y  1880  (3), cuando la línea fronteriza tocaba puntos como Carhué y Trenque Lauquen. Un  elemento  común  a  todos  ellos  es  la  sistemática referencia sobre las pésimas condiciones de vida que soportaba el personal acantonado en tan  indeseable destino, compuesto tanto por jóvenes oficiales como por veteranos suboficiales, junto a una tropa de resentidos, enganchados a la fuerza, ex presidiarios, delincuentes, desertores en potencia  y toda la escoria social imaginable, siempre mal alimentada, mal vestida y muy mal paga. Sin embargo, ese mismo ejército (que apenas llegaba a serlo, en un sentido profesional de la palabra), tuvo una notable y abnegada capacidad de sufrimiento a lo largo de las muchas décadas que duró la terrible guerra de desgaste.


El ingeniero Alfredo Ebelot, por ejemplo, dice respecto de tan singular tropa: “no tiene más exigencias por lo que respecta a su alimento que a su vivienda. Su régimen común consiste en carne asada, sin pan, sin arroz, sin legumbres. Si va de viaje,   arrea   las   vacas  o   caza   animales persiguiéndolos (…) Su estómago es grande, pero complaciente como el de los carnívoros. Son capaces de digerir una oveja entera y luego pasarse días sin probar bocado, no solamente sin quejarse -jamás se quejan- sino sin darse cuenta. Mucho más que del alimento se preocupan de lo que en su lenguaje incorrecto y pintoresco llaman “vicios de entretenimiento”, los vicios para distraerse, entre los cuales engloban el mate y el tabaco (…) Semejantes vicios no causan muchas preocupaciones a la intendencia del ejército, pudiendo con estos elementos realizar una expedición poco costosa”. Estas privaciones quedaron también reflejadas en la famosa orden general dictada en el campamento de Guaminí por el entonces Coronel Nicolás Levalle,  que  denota  un  sacrificio material  casi  heroico: “camaradas de la División del Sur, no tenemos yerba, no tenemos tabaco, no tenemos pan, ni tropas, ni recursos; en fin, estamos en la última miseria. ¡Pero tenemos deberes que cumplir! ¡Adelante y viva la patria!”


Si acaso nos preguntamos qué comían, entonces, los soldados, la respuesta está dada por el mismo testimonio de Ebelot: carne asada. Pero, ¿qué tipo de carne? Depende de la época y la suerte del personal según cada puesto. Es un hecho histórico comprobado, por ejemplo, que la milicia de los fortines solía ocuparse de perseguir los malones indios en retirada (capaces de arriar  cientos de miles de cabezas vacunas, ovinas y equinas) con el fin de recobrar lo robado en las haciendas campestres.   No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que el inventario de tales “rescates” estaba plenamente controlado por los mismos “rescatistas”, los cuales, sin dudas, guardaban para su propio consumo una parte de los animales.  Las  carnes  vacunas  y  ovinas  eran  las  más apreciadas, pero la falta de éstas podía generar una notable variedad de alternativas, empezando por la equina y continuando por toda la gama imaginable de bichos proclives a ser cazados mediante el uso de boleadoras, trampas o disparos de armas de fuego. Respecto a los caballos, el Comandante Manuel Prado rememora lo siguiente (4): “en un verbo se enlazaron y carnearon algunas yeguas y bien pronto vimos alzarse y diluirse el humillo perfumado que desprendían los churrascos de potro, exquisito plato de aquel menú…”


Los destacamentos menos afortunados podían pasar meses librados a su buena suerte, pero siempre había algo para cazar en las pampas inmensas: avestruces, liebres, cuises, vizcachas o mulitas, eran algunos de los alimentos bien recibidos por unos estómagos tan anhelantes como curtidos. Aquellos hombres ya no están y la frontera dejó de existir (por suerte), pero nos han quedado muchas y viejas postales de tiempos casi olvidados en la historia argentina.

Notas:

(1) Pocos años después de la llegada de los españoles se establecieron  puestos de vigilancia para prevenir los ataques  sobre Buenos Aires, formando una especie de línea de defensa. Los primeros estaban situados muy cerca de la metrópolis, en lugares como Cañuelas y Luján. Hacia principios del siglo XIX, esa marca  se había movido hasta Dolores, Azul y Pergamino. En la década de 1870, ya sobre el final del proceso de conquista y previo a la Campaña del Desierto de 1879, la frontera llegó a alcanzar su máxima extensión en un arco que comenzaba por Bahía Blanca y se extendía por buena parte del actual límite occidental de Buenos Aires, el sur de Santa Fe, Córdoba y San Luis, hasta llegar a Mendoza. Las acciones de Roca desplazaron a los pueblos indígenas más allá del Río Negro, y con ello desaparecieron  la frontera y sus fortines.
(2) La guerra con los indios tuvo siempre dos frentes: uno en el sur, contra los pueblos que habitaban en la región pampeana, y otro en el norte, con el fin de someter a las tribus que vivían en las actuales provincias de Chaco y Formosa.
(3) Casi todos los relatos y las obras de ficción histórica relativas a la guerra de fronteras transcurren  en este período, excepto la celebérrima película Pampa Bárbara, cuyo argumento se desarrolla en los tiempos de Rosas, hacia 1835. 
(4) La Guerra al Malón, Manuel Prado, 1907. En la entrada del 1/11/2011 mencionamos este libro como testimonio del consumo de una vieja mezcla de bebidas muy practicada en nuestro país: ginebra con bitter.

jueves, 15 de agosto de 2013

La aventura de los vinos del sur 3

No obstante la debacle sufrida por el quehacer vitivinícola de la Patagonia hacia fines de la década de 1970, hubo un largo período de casi sesenta años (1930-1990) en el que la provincia de Río Negro (principal protagonista histórica de la actividad regional) estuvo posicionada como  tercera productora de vinos del país. Hacia 1968, por ejemplo, sus viñedos alcanzaban una superficie total de 17.769 hectáreas, con amplio predominio de variedades finas de la talla de Malbec, Merlot, Pinot Noir y Semillón.  A  la  vez, muchas bodegas contaban con una tecnología equiparable a sus similares de Cuyo por la misma época,   que  consistía  básicamente  en  piletas  de  cemento  y  vasijas de roble como principales contendedores vínicos. En virtud de esto, el decenio de 1940 bien puede ser señalado como un punto cronológicamente arquetípico de la “edad de oro” de la industria en las tierras del sur. 


Al igual que tantas otras veces, fue un viejo  registro de índole ferroviaria lo que me brindó valiosos datos sobre la existencia de 147 establecimientos con nombre, apellido y capacidad total, dispersos en un amplio camino que va desde  la “patita” del sur de la provincia de Buenos Aires (1) hasta la provincia de Neuquén. Se trata de la Guía Comercial de los Ferrocarriles Sud, Oeste y Midland (2) del año 1942, que contiene la data de cada pueblo y estación atravesada por sus líneas: cantidad de habitantes, comercios, industrias, comodidades de alojamiento, vehículos, escuelas, centros de salud y autoridades (municipales, policiales, etcétera), entre otros datos de interés para los potenciales viajeros. Por supuesto, semejante peregrinaje  incluye a las bodegas de vinos, que comienzan a aparecer en la localidad bonaerense de Hilario Acasubi con cierta empresa llamada Crédito Argentino Uruguayo, poseedora de una planta de 105.000 litros (3). Luego sigue Carmen de Patagones, ya casi en el límite provincial, donde se situaban las firmas Fernández Hermanos, Reggiani Hermanos y la Escuela Agrícola y Experimental de Patagones, esta última con  80.000 litros de capacidad. Veamos ahora lo que corresponde a la provincia de Río Negro, mencionando sólo las principales de acuerdo a cada población. La guía señala los volúmenes de modos diferentes: a veces en hectolitros, a veces en litros y a veces en “cascos”, que son barriles de 225 litros cada uno. Según el caso, agrego las iniciales correspondientes.

- Río Colorado: San Lorenzo (4.000 c), La Malvasía (500 c)
- Cnel. Eugenio del Busto: Lutecia de Nazar Anchorena  (9.000 c)
- Choele Choel (todos asentados simplemente con “más de 500 cascos”): La Esmeralda, La Valentina, La Isleña, La Ligure y De Los Padres Salesianos.
- Pomona: Cambiasso Hnos. (800 hl)
- Colonia Josefa: Francisco Bellocchio (6.000 l)
- Coronel Belisle: Luis Mohedano (40.000 l), José Morgado (45.000 l)
- Chimpay (sin datos de capacidad): San Emilio, Pawly e Hijos, Pedro Garro y Otilio Barron.
- Ingeniero Romero: N. Botana (100.000 l)
- Chichinales: Clozza Hnos. (50.000 l), José Perino (20.000 l), Felipe Giménez (180.000 l)
- Villa Regina: Coop. La Reginense (20.000 c), Graava (10.000 c), Jaime Picotti (3.200 c), Caxtol Tiferno (2.000 c), Zovich Hnos (2.500 c) y 6 productores más.
- General Godoy: Julio Rey Pastor (40.000 l), La Gloria (50.000 l), Marcelino Hernández (40.000 l)
- Ingeniero Huergo: Coop. L.A. Huergo Ltda (1.064.000 l), La Alsaciana (250.000 l), Los Cuatro Pinos (209.000 l), La Candelaria (50.000 l), Juan Ruggeri (40.000 l)
- Mainqué: Manuel Saiz (500.000 l), Antonio Ortega (50.000 l)
- Cervantes: Ernesto Berardi (200.000 l), Ricardo Podlesch (100.000 l), Carlos Regut (160.000 l)
- Stefenelli: Coop. Valle Fértil (800.000 l),  Coop. Fuerte Gral. Roca (800.000 l), Septimio Romagnoli (800.000 l), Seratti y Cía (600.000 l), Carlos Podlesch (600.000 l), Discépolo y Levi (400.000 l), Suc. Kaspin (400.000 l), Agustín Fernández (300.000 l), Francisco Verdecchia (280.000 l), Suc. Perini (200.000 l), Adelqui Novillo (200.000 l), Clemente Tronelli (200.000 l) y 25 productores más.
- Coronel J.J Gómez: Humberto Canale (3.000.000 l), Carlos Vera (1.200.000 l), Septimio Romagnoli (1.000.000 l), Palmieri Hnos. (600.000 l), Francisco Verdecchia (450.000 l), Salvador Nicoloso (320.000 l), Nicolás Ferrari (30.000 l).
- Martín Guerrico: Basilio García (250.000 l)
- Allen: Amadeo Biló (2.400.000 l), Coop. Frutivinícola (1.200.000 l), Marcos Zorrilla (1.000.000 l), Barón de Río Negro (800.000 l) y 4 productores más.
- Cipolletti: San Jorge (12.000 hl), Viñateros Unidos (10.000 hl), Santa Clara (12.000 hl), Coop. Cipolletti (10.000 hl) y 8 productores más.
- Gral. Fernández Oro: La Blanca (4.000 c), San José (9.000 c), Santa Lucía (3.500 c), Los Hermanos (2.000 c), La Torresa (2.000 c), Sucesión Paponi (1.500 c) y 9 productores más.
- Cerri: La Mayorina (1.600.000 l), Ibar (500.000 l)
- Kilómetro 1212: Cayetano Nicosia (100.000 l) y 5 productores más.
- Cinco Saltos. Coop. La Picasa (1.200.000 l), Segovia Hnos. (700.000 l), Francisco Berola (170.000 l), José Ferrer (150.000 l), Santiago Berola (90.000 l)


La lista continúa en la ciudad de Neuquén  con Cooperativa Limay (500.000 l) y concluye luego en la cercana Plottier con las bodegas de Ricardo Muñoz (450.000 l), Alberto Haenggi (650.000 l) y Otto Seidel (50.000 l). En total, como ya señalamos, la guía del FCS menciona 147 establecimientos, por lo que la época no debe andar muy lejos de los 260 que, según la historia, llegó a tener el sector que nos ocupa en esa región austral. Nótese asimismo que varios viñateros poseían plantas en diferentes localidades, lo que habla a las claras de una actividad dinámica, pujante y de gran envergadura. Pero pasaron las décadas, y la dura crisis vivida en los años ochenta acorraló a lo que quedaba de la vitivinicultura regional, dejando a sus productores en una disyuntiva ciertamente complicada: ir a la quiebra con el vino o dedicarse a la fruticultura, una actividad que exige relativamente poca inversión inicial, cuyos productos cuentan con un consumo constante y menos sujeto a los vaivenes temporales. Recién en el siglo XXI comenzó un resurgimiento de la mano del polo bodeguero en Neuquén, aunque jamás con la antigua fuerza que supo tener el vino del sur. Los testimonios del pasado son, por lo tanto, doblemente valiosos.


Notas:

(1) Yo soy de los que considera a la Patagonia como una región que comienza poco después de Bahía Blanca (en rigor, pasando el Río Colorado). Por lo tanto, el extremo sur bonaerense le pertenece desde el punto de vista histórico, geográfico y climático.
(2) Para 1942, esos tres ferrocarriles de capital inglés compartían administración y dirección comercial (todos estaban ligados a la misma empresa radicada en Londres), pero manteniendo su independencia operativa. 
3) Hilario Acasubi se ubica sobre la ruta 3, a 120 kilómetros de Bahía Blanca. Una verdadera sorpresa, dado  que  jamás  había  tenido  referencias  sobre  ningún establecimiento vitivinícola radicado en ese lugar, incluso habiendo visitado la zona y conocido a referentes del vino de Viedma, Carmen de Patagones y Médanos. El Crédito Argentino Uruguayo figura también como productor agrícola, por lo que es dable suponer que contaba con viñedos propios. Si algún día llego a averiguar algo más sobre esta extraña firma, aquí lo volcaré, por supuesto.


lunes, 5 de agosto de 2013

Santa Fe, la elegante avenida de los bares y las confiterías

Sin tener la riqueza cronológica que atesoran otras grandes arterias porteñas (con  Corrientes  a  la cabeza), la Avenida Sata Fe se constituyó como un lugar de caminatas y paseos desde los comienzos del siglo XX. El paso de los años vio nacer allí una notable cantidad de bares, cafés y confiterías del  tipo más bien distinguido,  acorde a la composición social de la población  radicada  en  los  barrios adyacentes. Ello no es de extrañar, puesto que fue paralelo al crecimiento experimentado en la zona durante ese período. En los años del centenario ya se podían transitar las aceras de referencia y encontrar  todo tipo de locales comerciales que ofrecían los últimos artículos de la moda y el progreso. La siguiente es una postal de 1911 que muestra  las instalaciones de Azaretto Hermanos, un reconocido bazar y fábrica de artículos para iluminación emplazado en la esquina de Santa fe y Callao (1).


Comenzando un hipotético periplo histórico desde Coronel Díaz hasta Cerrito, el primer reducto cafeteril con un pasado remarcable es el que cobija a la veterana Confitería Tolon, aun hoy existente, que por el 1945 sabía convocar a las señoras para el infaltable té de las cinco y a los caballeros para su vermouth o copetín de los domingos por la mañana. Siempre yendo hacia el bajo, los tiempos pretéritos fueron testigos de las siguientes presencias gastronómicas:

- Café Porteño, en Santa Fe y Sánchez de Bustamante, que era un lugar de importantes reuniones políticas.
- Confitería el Olmo, emplazada en el año 1962 sobre la esquina de Pueyrredón. Fue sucesora de otra anterior llamada Pedigree.
- Confitería América, a la altura del 2450, punto de reunión para familias “distinguidas”, al decir de los cronistas de esos años.
- Café de Francisco Fabiano, por el 2402, inaugurado en 1910.
- Bar Record, en el 2270, que supo ser sede de una Academia de Billar. Sus dueños eran españoles (nada sorprendente): Álvarez y Fernández.
- Confitería La Fe, en la esquina de Ayacucho y muy cerca del Mercado del Pilar, edificado en 1883 y existente hasta la década de 1970.
- Café de Paul, sobre la intersección con Riobamba, considerado un refugio para noctámbulos y asistentes al cercano Teatro Grand Splendid.
- Restaurante Río Bamba, llamado exactamente así, separado. Su plato distintivo era el Revuelto Gramajo. Bajó la cortina en 1987.
- Confitería del Águila, en Santa Fe y Callao, que funcionó allí entre 1916 y 1972. Amén del bellísimo edificio que la cobijaba, cuenta con historial destacado, ya que algunos de sus habitués fueron  Alfredo Palacios, Hipólito Irigoyen y Marcelo T de Alvear, entre otros. Entre sus tesoros (rematados íntegramente luego del cierre) se encontraban vajillas de porcelanas decoradas con el escudo nacional, platería añeja, manteles de hilo de Holanda y las recordadas águilas de bronce que custodiaban la entrada.


Mención aparte merece un sitio que forma parte de la leyenda del viejo Buenos Aires, llamado Petit Café, sito en Santa Fe entre Callao y Riobamba. Según se cree, con anterioridad, en el mismo lugar se ubicaba otro café de nombre Tokio. El hecho es que nuestro Petit Café fue fundado en 1926 por un empleado de la Confitería del Águila, y en sus primeros tiempos sólo concurría público masculino (algo muy típico de aquella época). Más tarde comenzaron a visitarlo las familias, y por último se transformó en un comercio gastronómico pionero por la presencia de señoras solas. Una de las particularidades que lo inmortalizaron fue la concurrencia, hacia principios de los cuarenta, de un nutrido grupo de jóvenes opositores al gobierno de facto instaurado en 1943, que se vestían   de  manera  llamativa  y eran  llamados petiteros, en referencia al café que nos ocupa. Con los años, ese vocablo pasó a formar parte de la jerga popular para referirse a todo aquello demasiado vistoso.


A pesar de estar muy venida a menos, la Santa Fe actual conserva algunas partes por las que realmente vale la pena pasear y sentarse a tomar algo. Una nueva generación de locales  vino a  reemplazar  a  la  vieja guardia  del  gremio,  con  algunos  sitios verdaderamente remarcables, como la librería y café El Ateneo, hoy funcionando en el viejo cine Gran Splendid. Lo dicho: no es la avenida de antes, pero todavía luce bonita.

Notas:

(1) La casa central estaba ubicada en Cuyo 1901 (actual Sarmiento),  a la que se agregaban  una “exposición” en Florida y Corrientes y una “sucursal” en la esquina de nuestro interés. También tenía talleres sobre la calle Riobamba. Una de sus obras más conocidas fue la gran araña instalada en el Salón Blanco de la Casa Rosada, que todavía continúa allí.  Las siguientes son imágenes de un pisapapeles publicitario de la firma en cuestión y del mencionado artefacto eléctrico.

viernes, 26 de julio de 2013

Don Santiago Rolleri, los viñedos de Caballito y el vino "Locomotora" 2

Sabemos que al filo del cambio de siglo XIX al XX existía en Caballito Norte una bodega con viñedos propios que cubrían aproximadamente catorce manzanas. Sabemos también que el negocio de su propietario, Don Santiago Rolleri, iba mucho más allá de la simple elaboración e incluía la distribución de vinos cuyanos y la importación de productos europeos. El susodicho personaje era, además, un actor de preponderancia en la comercialización de los mercados más destacados de la época: el Mercado de Abasto (del que fue fundador) y el Mercado del Plata. Semejante “combo” de actividades le permitía un amplio margen de acción en su establecimiento y no hay dudas de que la mayor parte de las ventas vínicas declaradas por su empresa (que alcanzaban los 4.000.000 de litros anuales, frente a una vinificación con uva propia de apenas 170.000 litros) estaba compuesta por cortes entre vinos propios, vinos nacionales de otros orígenes y vinos importados. De ese modo, Rolleri tenía un papel destacado en el dinámico y variopinto comercio de bebidas de su tiempo, además de contar con la popular marca “Locomotora”, como hemos visto en la primera entrada de este tema subida el 19 de Mayo pasado.


En esa oportunidad nos preguntamos si quedarían vestigios físicos visibles de todo aquello, y anticipamos algo sobre una propiedad religiosa que ya aparecía en el mapa topográfico de 1895: el Convento de las Hermanas del Buen Pastor. Pero antes de llegar a eso, recordemos que la finca en cuestión tenía tres de sus límites marcados por sendas calles que aún perduran: Díaz Vélez y Gaona al norte, Martín de Gainza al oeste e Hidalgo al este. En el borde sur, en cambio, las arterias viales aún no habían sido abiertas, y cuando así lo hicieron (en 1905) fue de manera transversal a la antigua frontera del viñedo. Normalmente, los loteos se realizaban  mensurando y dividiendo terrenos en forma de cuadrículas y rectángulos acordes al trazado municipal, que corregían cualquier desviación anterior, dando lugar a la actual y algo aburrida geometría típica de las manzanas porteñas. En otras palabras: las divisiones de las viejas quintas desaparecían por completo. Pero hete aquí que, para nuestra fortuna, las propiedades eclesiásticas nunca eran tocadas, por lo que conservaban el formato original sin modificaciones. Mi modesto instinto de investigador aficionado me llevó de inmediato a la manzana en la que aún continúa emplazado aquel viejo convento, aunque ya no como tal, sino como Parroquia, Colegio y Casa de Retiros Espirituales del Buen Pastor.


Tamañas sospechas se confirmaron  mientras caminaba por la calle Méndez de Andes, punto por el que se dirigía la frontera sur de la viña en su camino desde  (según la configuración actual)  Martín de Gainza y Felipe Vallese hasta Aranguren e Hidalgo, cortando cuatro manzanas en forma diagonal, como se distingue en el mapa anterior a este párrafo (la parte bordeada en rojo corresponde al convento). Precisamente, en la cuadra de Méndez de Andes al 600 es donde la chacra vitícola limitaba con el monasterio de marras, cuyas edificaciones más longevas datan de 1894. Fue así que pude ver a simple vista  lo que intuía de antemano: una  pared que llega desde la mitad de la manzana hasta la vereda de modo insólitamente oblicuo, como testimonio bien claro de que su disposición es anterior a los loteos efectuados en los primeros años del siglo XX. Nadie en su sano juicio dividía los terrenos con extrañas diagonales que terminaban generando triángulos molestos y de poca utilidad, a no ser que tratara de propiedades preexistentes con derechos muy difíciles de cuestionar o de adquirir mediante negociaciones, como los que tiene, precisamente, la Iglesia Católica.


Una búsqueda posterior en las excelentes imágenes satelitales de Google Map corroboró mis conclusiones de campo con precisión todavía mayor. Las fotos de arriba y abajo  no dejan dudas, ya que hablan por sí solas. En la más alejada marqué en amarillo la dirección de la calle y en verde la orientación discordante que exhibe la pared posterior del convento, que no es otra cosa que la vieja línea divisoria entre éste y el viñedo de Rolleri.


Veamos ahora una foto satelital de mayor altura junto con el mapa de 1895, como para aclarar el asunto por completo. En el vértice superior derecho de la imagen moderna se aprecia un pedacito referencial del Parque Centenario, distante pocas cuadras del lugar de nuestro interés. También, comparando ambos mapas, se percibe sin inconvenientes la avenida Honorio Pueyrredón de nuestros días como notable cicatriz de la antigua vía de ferrocarril que corría por allí en 1895. Está visto y comprobado: la ciudad de Buenos Aires (como tantos otros lugares de nuestro bello país) esconde algunos secretos del pasado que están allí, a la vista de todos, esperando ser descubiertos.


Para terminar, ¿cómo se vería el viñedo de Don Santiago Rolleri recortado contra la pared posterior del convento a fines del siglo XIX? Pues bien: no tenemos imágenes de ello, pero me permití realizar una recreación libre a partir de cierta foto que tomé en el lugar, y que luego modifiqué con mis toscos y primitivos conocimientos sobre edición digital  para acercarla a un hipotético panorama de antaño. Así finalizamos el repaso de tan curiosa historia vitivinícola porteña, con sendas postales de aquel lugar que supo ser límite entre viña y templo en versiones de hoy y de ayer, es decir, 2013 y 1895. Esta última, desde luego, meramente imaginaria.