domingo, 9 de diciembre de 2012

Europa en Buenos Aires: la Avenida de Mayo 3

La apertura de la Avenida de Mayo en 1894 vino a transformar definitivamente el perfil  chato y anticuado de la ciudad de Buenos Aires. La nueva arteria era un símbolo del progreso,  la modernidad y el lujo -tan propios de la época- pensada como paseo de recreación para la creciente aristocracia porteña. Sin embargo, a los pocos años se transformó en un gran polo hotelero que supo atraer  no pocas personalidades internacionales. Quizás hoy resulte difícil de creer, pero en las primeras décadas del siglo XX la capital argentina era considerada un interesante destino turístico y cultural, por el que pasaron figuras de la política, la ciencia y las artes como Georges Clemenceau, Jean Jaures, Anatole France y Vicente Blasco Ibáñez, entre otros. Paralelamente, la profusión de locales gastronómicos (señalados en las dos primeras entradas de esta serie) y la existencia contemporánea y geográficamente cercana de grandes tiendas al estilo de Gath y Chaves o A la Ciudad de Londres, no hicieron más que acrecentar la fama de una calle tan europea como cualquier similar de París o Madrid (1)


El período de esplendor de la Avenida de Mayo tuvo lugar entre 1910 y 1930, lapso que coincide con la plenitud ocupacional de los hoteles instalados. La historiadora Elisa Radovanovic, especialista en el tema, ha efectuado un completo estudio sobre los opulentos establecimientos del ramo afincados en la ronda que nos ocupa, del que extractamos y reseñamos los siguientes:

 
-Gran Hotel España: situado a la altura del 916 al 956, fue obra del arquitecto español José Arnavat dentro de un concepto claramente emparentado con los hoteles parisinos. Los testimonios de antiguos empleados aseguran que sus clientes eran personas realmente importantes, con una fuerte mayoría de españoles. Es  recordada la calidad de sus muebles, cortinados, alfombras y vajilla.
- Hotel Metropole: en este caso se trataba de un proyecto local creado por el arquitecto argentino Augusto Plou, inaugurado en 1899 en la esquina con Salta. Un detalle del avanzado concepto de su diseño era la composición de los cuartos, que podían ser transformados a pedido en departamentos independientes entre sí. Tales eran las comodidades que ofrecía que se hablaba de él como un lugar para residir permanentemente, ya que sus prestaciones superaban a las de las mejores residencias particulares.
- Hotel Majestic: enclavado en la esquina de Santiago del Estero, contaba con ocho plantas y llegó a ser uno de los más prestigiosos de la avenida. Albergó, por ejemplo, a la comitiva chilena arribada para los festejos del Centenario, al escritor Antoine de Saint-Exupery y a otros personajes de su tiempo. En 1931 quebró y pasó a manos del estado. Durante muchos años funcionaron allí dependencias de la DGI, luego AFIP.
- Hotel Castelar: el único que perdura en nuestros días con buena parte de su brillo original. Fue inaugurado durante la etapa tardía del fenómeno hotelero, en 1928, cuando algunos de los primeros establecimientos enfrentaban un lento pero sostenido ocaso. La obra pertenece a Mario Palanti (arquitecto) y José Pizone (ingeniero), quienes acuñaron la idea de este extraordinario edificio de doce pisos y tres subsuelos. Contaba con 200 habitaciones completas, comedor a la carte, grill room y bar americano, salón de fiestas y banquetes. Con el tiempo, su primitiva función de gran hotel internacional fue dando paso a un perfil de ocupación con predominio de pasajeros del interior del país. No obstante, como dijimos, sigue vivo y gozando de buena salud.


Otros hoteles importantes fueron  el París (esquina Salta), el Chester (altura 586), el Cazievel´s News (915), el Albión (1168), el Chile (1295), el Italia-América (916) y el Imperial (952), por mencionar sólo algunos de ellos. Entre todos, lograron darle a la calle que nos ocupa una fama perdurable, a pesar de la profunda declinación posterior a la los años cuarenta, cuando los grandes  exponentes del ramo desparecieron o pasaron a ser, en muchos casos, “hoteluchos” (2). Atrás quedaron los tiempos de viajeros famosos, de familias aristocráticas (que se instalaban durante meses  haciendo uso de una pensión completa de primer orden) y, sobre todo, de aquella reputación  legendaria.  Los tiempos pasaron, pero todavía sigue siendo una linda experiencia caminar la Avenida de Mayo y detenerse en sus riquezas edilicias, sus librerías, sus cafés y sus vidrieras. No será la de 1910, pero vaya si sigue siendo bonita a pesar de los años…


Notas:

(1) No hay que dejar de lado la inauguración del Puerto Madero entre 1889 y 1898 como un factor de incentivo para el arribo de turistas y hombres de negocios de todo el mundo. Ese hecho produjo un notorio incremento en la llegada de buques pertenecientes alas grandes compañías navieras europeas, que comenzaron a incluir a Buenos Aires dentro del privilegiado grupo de sus destinos  internacionales.
(2) Debe quedar claro que algunos de aquellos hoteles continúan funcionando como tales (el Chile, por ejemplo), pero de ninguna manera con el brillo de sus tiempos dorados. Sólo el Castelar ha logrado pervivir como un establecimiento de categoría.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Cigarros en tela de juicio 1

La ley argentina de marcas, promulgada en 1876, brindó por primera vez un cierto marco jurídico al ya entonces dinámico  sector  de  los artículos  de consumo masivo. Sin embargo, debieron pasar algunas décadas  para  que  se  modificara la costumbre  de ignorar  por  completo   esas reglamentaciones. Aun en los últimos años del siglo XIX resultaban frecuentes los conflictos al respecto, especialmente aquellos referidos a marcas de productos alimenticios, bebidas y tabacos, que eran, por cierto, los tres rubros más importantes de la incipiente industria nacional de antaño. Por el interés que presenta ese contexto tan particular, en dos entradas nos vamos a referir a sendos juicios entablados por falsificación e imitación de marcas de cigarros ocurridos hacia 1900, que concluyeron con sentencias diametralmente opuestas para demandantes y demandados. El primer caso tuvo su origen en 1898,   cuando la prestigiosa casa importadora William Paats, Roche y Cía se presentó ante la justicia denunciando la falsificación e imitación de marcas de cigarros toscanos llevada a cabo por la no menos acreditada fábrica rosarina de tabacos “La Suiza”, de Testoni, Chiesa y Cía.


Para empezar, veamos quiénes eran los protagonistas del litigio. El querellante W Paats, Roche y Cía, como dijimos, tenía una sólida reputación en el ramo importador (1). El 6 de diciembre de 1897 celebró con el gobierno del Reino de  Italia un contrato para la distribución y venta de sus tabacos en las repúblicas de Paraguay, Uruguay y Argentina por el término de cinco años. Vale señalar que desde los tiempos de la unificación italiana en 1861, la producción tabacalera peninsular era monopolio del estado, o sea que solamente éste se encontraba facultado para fabricar, comercializar y otorgar licencias de importación  relativas a cualquier artículo del ramo. Por su parte, la acusada manufactura  argentina de Testoni y Chiesa se había constituido como una de las más importantes del país desde su inauguración en 1890. A mediados de esa década contaba con una espaciosa planta de 3000 metros cuadrados para la elaboración y venta de sus productos en la calle Urquiza 1052 de la ciudad de Rosario y una sucursal en Buenos Aires sobre la Avenida de Mayo 646. La siguiente es una foto de su local rosarino, en el que producía numerosas variedades y marcas de cigarros, cigarrillos, picaduras y rapé.


Fue así que en 1898 el importador de marras se presentó ante la justicia denunciando que “los tabacos italianos son objeto de una vastísima falsificación en esta república, la que se elabora con tabaco ordinario de Tucumán, Misiones o Corrientes con una cubierta de Virginia inferior, vendiéndose esos tabacos a un precio inferior del legítimo, que varía entre un tercio y la mitad de su valor”. Luego asegura que “esta firma (Testoni y Chiesa) vende más de un millón de cigarros italianos mensualmente (…) La casa demandada, para ocultar su acción, ha imitado también la marca,  que por la forma adoptada en los paquetes, color del envoltorio, distribución de inscripciones y escudos agregados hace una confusión inevitable, sobre todo, para la mayoría de los consumidores italianos analfabetos”. Resumiendo, había dos imputaciones diferentes: una por falsificación y otra por imitación. Las pruebas de la parte acusadora habían sido obtenidas mediante el embargo llevado a cabo en la fábrica Testoni y Chiesa de Rosario, durante el cual se hallaron 952 paquetes con 47600 cigarros con etiquetas que llevaban la leyenda “Direzione Generale delle Gabelle” , denunciados como falsificación. Por otro lado, se secuestraron también 7522 paquetes con 336.100 cigarros denunciados como imitación, al igual que otros 308 paquetes con  15.400 cigarros iguales a los anteriores pero con estampilla de impuestos internos, es decir, que se hallaban próximos a su puesta en venta. Veamos ahora cómo era el rótulo italiano auténtico para el paquete de 50 toscanos, que constituía una marca registrada por los importadores exclusivos W Paats, Roche y Cía. en nuestro país con el amparo y la aprobación del propio Reino de Italia.


Y ahora observemos los rótulos utilizados por Testoni y Chiesa. El de la izquierda fue denunciado por falsificación, y el de la derecha por imitación de marcas de fábrica.


Exceptuando algún detalle (2), la etiqueta de la izquierda parece, en efecto, una falsificación muy evidente, a tal punto que  los precios son expresados en liras y no en pesos. Lo más increíble es que durante la causa se estableció fehacientemente la existencia de muchos otros manufactureros de cigarros que empleaban  etiquetas similares, y que éstas era impresas por encargo en cualquier casa de litografía de la época, o sea que tal práctica era común al momento del juicio. La ley de impuestos internos de 1895 había obligado a colocar el nombre y la dirección del fabricante en los envases de tabaco, pero es obvio que las falsificaciones continuaron existiendo, aunque en menor medida. El punto verdaderamente  interesante del juicio es que nos da una idea bien documentada y cronológicamente concreta sobre el enorme consumo de toscanos en los años finiseculares del XIX, así como de las triquiñuelas que utilizaban los fabricantes argentinos para “subirse” a la fama positiva del genuino cigarro italiano.


¿Cómo terminó la cosa? En una primera instancia, la justicia sobreseyó a Testoni y Chiesa por no haberse probado fehacientemente la falsificación (los acusados declararon que no vendían más cigarros con etiqueta italiana desde 1895, y que lo hallado en sus depósitos era un “saldo”) y por ciertas dudas en cuanto a los derechos de W Paats, Roche y Cía. para defender una marca extranjera. Sin embargo, apelada esa sentencia y luego de cuatro años de juicio y más de 900 fojas, la Cámara Federal revocó el fallo original y encontró culpables a Testoni y Chiesa de todos los cargos. La empresa fue condenada a pagar una multa de 500 pesos fuertes, mientras que las mercaderías secuestradas en 1898 acabaron siendo vendidas por subasta pública. Como si esto no fuera suficiente, tampoco pudo seguir utilizando la marca “La Suiza” para sus toscanos, ya que la misma fue finalmente rechazada por la Oficina Nacional de Marcas y Patentes.

                                                         CONTINUARÁ…

Notas:

(1) En la entrada del 1/11 vimos algunas publicidades de la firma en cuestión para la ginebra holandesa Real Holland y el bitter Secrestat.
(2) Evidentemente se trataba de una etiqueta diseñada a imagen y semejanza de la original italiana, aunque con un detalle que revela cierto anacronismo. Si se comparan el rótulo falsificado y el auténtico, ambos están encabezados por los nombres de distintas oficinas gubernamentales que controlaron de manera sucesiva el monopolio estatal de tabacos. Entre 1884 y 1893 lo hizo la “Direzione Generale delle Gabelle” (de impuestos), pero a partir del 7 de diciembre de 1893 pasó a la órbita de la “Direzione Generales delle Privative” (de privilegios del reino). Por lo visto, los fabricantes argentinos nunca se ocuparon de efectuar la modificación correspondiente.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

El Diluvio de Magallanes

En una de las entradas fundacionales de este blog, hace casi un año, nos referimos a Roberto Payró y su libro La Australia Argentina. En aquella oportunidad aprovechamos la excusa literaria para analizar el consumo de un misterioso vino de la época, el Panquehua o Panquehue, aparentemente muy popular en ese rincón meridional de América durante los últimos años del siglo XIX. Pero no profundizamos demasiado en el resto de la obra, que constituye un invalorable testimonio de la vida en los rincones extremos de la república y de los sacrificios que  imponía la supervivencia cotidiana a sus habitantes, al igual que a todos los viajeros que hasta allí se arrimaban. Con un estilo directo y descriptivo, este gran escritor argentino logra atrapar la atención  a través de las peripecias sufridas por él mismo desde su salida de Buenos Aires en el vapor Villarino hasta la llegada al extremo sur del continente, pasando por varias escalas.

 
Desde el principio de la travesía (que tocaba Puerto Madryn, Puerto Santa Cruz, Gallegos, Ushuaia, Lapataia e Isla de los Estados, amén de algunos puertos chilenos) el cronista no deja de remarcar las deficiencias del sistema estatal de transporte (“insuficiente y hasta irritante”), cuya pobre calidad y baja frecuencia retrasaban el desarrollo de las incipientes poblaciones patagónicas, condenadas a esperar largos meses por el arribo de correspondencia, noticias y enseres elementales. Situación  bien diferente al activo sistema privado chileno, que no solamente ofrecía muchas más frecuencias de viaje, sino también una interesante variedad de destinos internacionales (1). Además, el servicio gastronómico dejaba mucho que desear, según asegura Payró  señalando que  no faltaba lo que nuca falta a bordo: las quejas de los pasajeros por la comida, pero esta vez con fundamento”. Luego se extiende en “la grasa patria, los huevos asentados y los guisos imposibles”, además del asado (que olía a cebo) y los dulces (que sabían a jabón). Su condición de periodista bastante reconocido le ofreció entonces la oportunidad de sentarse a la mesa del capitán Murúa junto con el ilustre Francisco P.  Moreno, “en la que brillaron las sopas instantáneas Maggi que llevaba el perito argentino para su expedición” (2)
 
 
Un punto del relato presenta interés especial por la descripción de una taberna marinera enclavada en la ciudad chilena de Magallanes (nombre original de Punta Arenas), cuya silueta pertenece definitivamente al pasado lejano. Se trata de El Diluvio, lugar de contraseña para toda la curiosa y extinta fauna humana de loberos, balleneros, mineros, buscadores de oro y “merodeadores de las costas” que sabían pulular por aquellos confines del mundo. El dueño era un catalán bajito, colorado y cabezón, que toca el piano con bastante habilidad, al decir del prosista que nos ocupa, motivo por el que muchas personas preferían pasar allí sus horas de ocio bebiendo un vermouth o un pisco y escuchando algo de música, en lugar de permanecer en los hoteles, donde había mayores comodidades (3).



 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Es que así era Punta Arenas hacia finales del XIX, bastante alegre y bulliciosa, tal cual lo relata el mismo Payró: “abundaban los restaurantes, los despachos de bebidas y los billares; no encontré una sola librería, ya que no merece el nombre de tal una taberna donde se vende papel y algún libro escolar” (4). Curiosa descripción de un poblado que “no es ni tiene por qué ser muy lector”. Bien al contrario, los cafés atraían a la vecindad  para pasar el tiempo, hablar de negocios y hacer vida social. ¿Quedará actualmente algún refugio gastronómico semejante, otrora tan común en los puertos de todo el mundo? No lo sabemos, pero podemos afirmar sin atisbo de duda que en El Diluvio, alguna vez, se entremezclaron el humo de las pipas, el sonido de las copas y  los acordes de un viejo piano.

Notas:

(1) El autor ofrece ejemplos concretos de líneas que tenían escala en Punta Arenas pero no tocaban ninguno de los puertos argentinos, condenados a esperar el paso del maltrecho transporte Villarino cada dos meses. Menciona a tal efecto las empresas PSNC (Pacific Steam Navigation Company), Lloyd Norte Alemán y Kosmos, entre otras, que ofrecían servicios quincenales y hasta semanales.
(2) Para el que suscribe resultó toda una sorpresa saber que ya en 1898 existían las sopas instantáneas, cuyo origen no dudamos en señalar como importado.
(3) Para esa época, mientras los hospedajes escaseaban terriblemente en el lado argentino, la hotelería florecía en el sector chileno. Propongo a los interesados en el tema leer el siguiente artículo sobre la oferta hotelera en la región desde 1870 hasta 1952:   http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0718-22442005000100001&script=sci_arttext
(4) Como curiosidad de la época, en 1896 se instaló en esa localidad la más antigua de las fábricas chilenas  de cerveza, de nombre Austral, propiedad del alemán Juan Fischer.


viernes, 23 de noviembre de 2012

Doscientos años de bebidas sin alcohol

Según refiere José Antonio Wilde en Buenos Aires, desde 70 años atrás, el primer antecedente patrio de las actuales bebidas sin alcohol fue el de los refrescos que se preparaban en almacenes y pulperías, con la salvedad de que no siempre carecían de algún ingrediente espirituoso (1). Según su valioso relato, las tres principales variantes eran  la sangría  (vino carlón, agua y azúcar), la vinagrada (igual que la anterior, pero con vinagre) y la naranjada, hecha con zumo agrio de naranjas. Este memorioso autor recuerda además que muchos tomadores le agregaban al final un vasito de caña, al decir de ellos, por ser “fresca”. No fue sino hasta la década de 1870 que aparecieron las primeras bebidas sin alcohol en la modalidad de refrescos, aguas y “tónicas” carbonatadas, aunque todavía sin ninguna  marca demasiado popular o dominante del mercado (2)


En efecto, durante buena parte del siglo XIX y las primeras dos décadas del XX existió una amplia y atomizada lista de fabricantes, muchos de los cuales producían  además licores y  vermouth. Es muy frecuente encontrar en añejas publicaciones periódicas los avisos de Fábricas de Licor o Fábricas de Soda, casi siempre vinculadas al almacenamiento o la distribución de vinos y cervezas. Era un completo sector de la industria y el comercio llevado adelante  por pequeños emprendedores del rubro de bebidas en la más amplia acepción del término (3). No obstante, al igual que con otros tantos productos, los años del cambio de siglo trajeron consigo el fenómeno de la concentración. En 1868, los hermanos Juan, Andrés y Pedro Inchauspe decidieron fusionar sus respectivas fábricas de soda en una sola (4), dando así el puntapié inicial para el nacimiento de toda una saga de marcas legendarias. En 1904, la empresa se mudó a las nuevas instalaciones de la avenida San Juan 2844 para continuar elaborando sus exitosas etiquetas, que se ampliarían en el futuro: Soda Belgrano, Indian Tonic Cunnington, Ginger Ale Cunnington, 2L lima-limón, Naranja Neuss y Pomelo Neuss. No queremos dejar de señalar un dato sobre la más antigua de ellas: durante los años treinta y cuarenta  se imprimieron chapas metálicas con la imagen de la botella y la frase “aquí hay soda Belgrano, la mejor del mundo”. Cientos de estos anuncios marcaron una época en las paredes de bares, fondas y almacenes de todo el país.

 
También en la década de 1900 se popularizó la Bilz, bebida de frutas creada por el médico naturista alemán Friedrich Eduard Bilz, que adoptó nombres comerciales como "Bilz-Brause" y "Bilz-Limetta". Comenzó a ser producida y comerciada por el empresario Franz Hartmann, y se la ofrecía como una bebida de características digestivas -casi medicinales-, tal como se observa en el origen de muchas otras gaseosas célebres. Con los años aparecieron nuevas empresas y marcas, entre las que destacamos a las recordadas Bidú Cola  y Pomona, al igual que las más recientes  Canada Dry o Pindy. Algunas permanecieron siempre, otras se fueron y regresaron, y otras partieron para no volver. Sin embargo, nunca se sabe: la moda del revival suele depararnos, de tanto en tanto, alguna grata sorpresa…

Notas:

(1) El hecho de tomar bebidas alcohólicas o de agregárselas a casi todo elemento líquido no significa que la población de ese tiempo estaba integrada por borrachos irrecuperables. En realidad, el agua no era entonces una bebida segura desde el punto de vista sanitario debido a la frecuente presencia de bacterias, mientras que los jugos de fruta o zumos de cualquier tipo no podían ser conservados ni envasados, lo que obligaba a consumirlos frescos. Por ese motivo, las bebidas alcohólicas eran populares no solamente por gusto, sino también porque su composición  las hacía seguras, confiables, prácticas y duraderas.
(2) En realidad, las aguas carbonatadas naturales ya habían sido descubiertas y envasadas de manera rudimentaria desde el siglo XVIII, pero no tuvieron difusión en nuestro medio hasta la segunda mitad del XIX.
(3) Como resabio de aquella pretérita rama de la producción nacional, aún hoy subsisten algunas fábricas de soda que elaboran sus propias marcas de gaseosas.


(4) Situación que se extendió hasta 1885, año en que Juan y Andrés se separaron de la sociedad, que quedó exclusivamente en manos de Pedro.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Nueva York, a 60 kilómetros de Buenos Aires

Un título como el de esta entrada despierta la curiosidad de inmediato, pero es necesario aclarar que la misma no tiene nada que ver con la “gran  manzana” del país del norte, sino con las doce manzanas que comprendía la otrora famosa calle Nueva York de Berisso. En efecto, ese pequeño núcleo urbano extendido a lo largo de seis cuadras (desde Valparaíso hasta Entre Muros)   llegó a ser considerado una ciudad en sí mismo por su ajetreada vida social y gastronómica, tanto de día como de noche. Además de los bares, restaurantes, cantinas, fondas y hoteles que allí existieron, la arteria de marras también fue célebre por sus locales nocturnos asociados a la prostitución y el juego. En definitiva, una composición de imagen relacionada con cualquier zona portuaria de los siglos XIX y XX en la que convivían barcos, marineros, industrias y trabajadores. Lo que se dice un amplio campo para el desarrollo de reductos especializados en comidas, bebidas y diversión.

 
Si bien ya existía un caserío desde 1810 merced al asentamiento de varios saladeros de carne, (Staples en 1810, Trapani en 1821, Juan Berisso en 1871, el saladero San Luis en 1879), el gran salto del progreso fue la inauguración del Puerto de La Plata en 1890. A partir de allí se sucedieron las típicas etapas que  marcan a los pueblos nacientes: loteos, construcción de viviendas, instalación de escuelas y apertura de comercios. En los inicios del siglo XX se produjeron  otros hitos al respecto, vinculados a la radicación de tres enormes plantas industriales: el frigorífico Swift (1904), el frigorífico Armour (1915) y la gran destilería de YPF (1923). La melancólica quietud que ofrece hoy el barrio en cuestión contrasta con la realidad visible en la foto siguiente, correspondiente a los últimos años de la década de 1920. En ella se observa la prominente figura del Armour al fondo y  la calle de Nueva York rebosante de vida, con sus tranvías y ómnibus junto a sus cafés, bodegones, almacenes, cigarrerías  y tiendas de ropa  (1).
 
 
Muchos testimonios hacen referencia a los comercios gastronómicos de la época de esplendor, que se extendió desde 1920 hasta 1970.   En  el  bar Sportman, por ejemplo, tocaba una orquesta de señoritas. En el “Bar de los Turcos” de Héctor Salim se vendían 480 sándwiches por día, consumidos ávidamente por la masa de obreros que entraba o salía de los frigoríficos en alguno de  sus tres turnos. Los memoriosos recuerdan especialmente a los trabajados rusos (2), que consumían profusamente grapa Mariposa (la de más alta graduación en ese tiempo), aunque la consideraban “un poco floja” y le agregaban pimienta. La noche era ciertamente movida, comparable con su equivalente de La Boca en términos de cantinas,  bailes, bullicio y negocios del pecado. El cabaret La Cambicha, según dicen, tenía 27 “pupilas” en muy buena forma, incluyendo la libreta sanitaria obligatoria en los tiempos de la prostitución legal. Otros rememoran los garitos como reflejo de la gran cantidad de dinero que corría por el barrio, al  punto de que alguien asegura haber visto una mesa de billar totalmente cubierta de billetes, y de los grandes.
 
 
Por supuesto, los vaivenes económicos del país sacudieron fuertemente a esa particularísima vecindad, dependiente en extremo de la vida portuaria y las industrias asociadas (3). A partir de la década de 1950, el fin del modelo agroexportador fue dejando lentamente sus cicatrices. La carne ya no era embarcada en cantidad y gran parte de las gigantescas instalaciones emplazadas con ese único  propósito empezaron a quedar obsoletas. La cronología es terminante: en 1969 cerró el frigorífico Armour y en 1983 hizo lo propio el Swift. Hacia comienzos de la década de 1990, en el marco de las políticas privatizadoras de ese período, la destilería de YPF redujo drásticamente su dotación de personal. Mientras tanto, los negocios iban cerrando, la gente emigraba y los tiempos se modificaban de un modo implacable. Y aunque la Nueva York de hoy, con su soledad y sus cortinas bajas, es objeto de no pocos (y loables) proyectos de revitalización de la mano de la cultura, es indudable que nunca volverá a ser la misma (4). Lo que sí podemos hacer, por suerte, es recordarla como era en sus años dorados.


Notas:

(1) A diferencia del resto de la ciudad de Berisso, la arteria de referencia no se encuentra ubicada en las cercanías del puerto, sino directamente dentro de él. Para quien  no conoce la zona, los canales laterales este y oeste marcan el límite portuario platense. Nuestra Nueva York se encuentra entre el canal este y el Dock Central.
(2) La numerosa  masa de trabajadores extranjeros, sumada al personal de los barcos de ultramar, convertía a la calle Nueva York en una verdadera comunidad cosmopolita. Allí convivían italianos, españoles, eslovenos, búlgaros, rusos, griegos, croatas, turcos, lituanos e ingleses, entre otros.
(3) Además de conocer personalmente la zona y de haberla caminado recientemente, el autor de este blog tuvo  la oportunidad de charlar sobre el tema con algunos vecinos de Berisso. Todos ellos  señalan que la enorme mayoría de la población activa trabajaba en la destilería o en los frigoríficos.


(4) Independientemente de los proyectos del área cultural, el viejo edificio del Armour ha sido reciclado para la instalación de un polígono industrial que, de hecho, ya funciona. Pero lo dicho sobre la imposibilidad de revivir el pasado es evidente: por más industrias que allí se alojen, los hábitos de vida han cambiado demasiado. A modo de ejemplo, los obreros ya no viven en las cercanías de sus lugares de trabajo, como antes, mientras que la operación marítima y portuaria está sujeta hoy a normas de seguridad que limitan fuertemente las diversiones en tierra de los marineros, tan comunes en otras épocas.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Un revelador libro ferroviario de stock de 1898 7

No por nada se llama Belle Epoque al período comprendido entre 1890 y 1914. Esa calificación, creada para definir un lapso de fuerte crecimiento económico capitalista en Europa, tuvo su correlato en casi todos los países de Occidente, incluida la Argentina. Considerada decadente en muchos aspectos y progresista en otros, la belle epoque ofrece un sinnúmero de testimonios sobre su existencia cronológica. Uno de ellos, por ejemplo, es nuestro libro de stock del FCS, que hasta ahora nos brindó bastantes datos sobre la jerarquía y variedad del servicio gastronómico en coches comedores  y confiterías de aquel  ferrocarril. Pero esta vez llega una entrada que seguramente provocará el asombro por la impactante cantidad de vinos importados, muchos de los cuales se cuentan aún hoy entre los más prestigiosos del mundo.   La   lista   que presentaremos no sólo resulta fastuosa por cantidad y diversidad, sino por la presencia de marcas mitológicas que constituyen buena parte del “olimpo” enológico mundial.



















Como para tener un parámetro de comparación muy certero, recomiendo a los lectores que no lo hayan hecho remitirse a la entrada anterior de la serie (publicada el 20/9), en la que volcamos una escueta nómina de vinos argentinos, cuya pobreza numérica nos obligó a incluir las presentaciones de ½ botellas, cosa que normalmente no hacemos. En esa oportunidad aclaramos que tal estrechez respondía a la realidad de la industria vitivinícola argentina de fines del siglo XIX, todavía en una etapa de crecimiento y consolidación. Y también anticipábamos el fuerte contraste que se presentaría frente al catálogo de productos importados. Pues bien, ahora le toca el turno a ese lujoso pelotón de botellas foráneas.


Elegimos en primer término los vinos franceses blancos y tintos de Burdeos y Borgoña, algunos asentados por sus marcas (los más caros y prestigiosos) y otros por su sola apelación de origen. Todos ellos, salvo una excepción que será debidamente aclarada, corresponden a la botella de litro.

St. Julien                                   3,00
St. Estephe                               1,75
Cote Superieur                          2,00
St. Emilion                                  3,50
Moulin a Vent                            1,75
Chablis                                      6,00
Volnay                                       6,00
Beaune                                      5,00
Pommard                                   1,85
Recommandé                            1,50 (1)      
Recommandé ½                         0,80 (1)      
Chateau Biré                              3,50
Chateau La Rose                       3,50
Pontet Canet                              5,00
Chateau Margaux                      4,00
Chateau Lafite                           8,00

De este primer repertorio surge (sumando todas las unidades desde Abril 1898 a Julio 1899) que el amplio e indiscutido favorito era el Recommandé, en sus presentaciones de medio (14.851 botellas) y de litro (4.805 botellas),  motivo  por  el  cual  hicimos  la prerrogativa antedicha e incorporamos el envase chico para conocimiento de su éxito. Ahora le siguen los vinos de otros orígenes europeos, a saber:

Italiano Barbera                          3,00
Italiano Chianti                            4,00
Rioja                                           1,50
Priorato                                      1,40
Vino del Rhin                              3,00

Y finalmente la lista de vinos dulces, licorosos y generosos,  seguida  por  la  de champagne, siempre en pesos, por botella grande  y con la misma denominación  textual que aparece en el libro:

Chateau Yquem                          8,00
Sauternes                                   4,00
Barzac                                         3,50
Haut Sauternes                           1,75
Moscato Italiano                          2,60             
Marsala Florio                             5,50 (2)
Jerez Romet                                7,50
Jerez Amontillado                        9,00
Oporto Ramos                             8,75
Oporto “Genuino”                       9,00
Oporto Lágrima Christi              10,75
Oporto Commendador                9,00

Cordon Rouge                           12,00 (3)
Mumm                                        12,00 (3)
Pommery                                   14,00
Roederer                                   12,00
Clicquot                                     12,00


¿Qué tal? Nada menos que 37 etiquetas de vinos extranjeros con algunas  opciones accesibles y otras alternativas lujosas, como para dejar satisfechos a todos los viajeros. Ya lo dijimos alguna vez: el ferrocarril del Sud (como otros de la época)  no dudaba en ofrecer lo mejor para su servicio de a bordo, en vistas de que el tren era entonces  monarca absoluto en materia de viajes terrestres. Sólo los transatlánticos se mostraban capaces de emular su confort, velocidad y confiabilidad, cosa que duró algunas décadas más. En la próxima entrada de la serie pondremos a consideración todas las bebidas que llegaban a los puntos de despacho (confiterías y trenes) en la modalidad “granel”, es decir, en damajuanas y barriles. Porque de eso también había…


                                                            CONTINUARÁ…

Notas:

(1) El término Recommandé (que en francés significa “recomendado”) o simplemente Recomandé fue muy utilizado desde 1900  hasta 1930 por las bodegas argentinas como una denominación genérica de tipo comercial, al igual que “vino para familias”. Existió también una marca homónima explotada por Luis Tirasso, de la bodega Santa Ana, alrededor del año 1910. Ninguno de los dos casos tiene que ver con el vino asentado en el libro, que indudablemente procedía de Francia (certeza que obtengo a través de varios indicios que sería muy engorroso enumerar) y tal vez era embotellado en forma  exclusiva para el FCS. De hecho, los ferrocarriles de entonces importaban por sí mismos muchos artículos. En anteriores y futuras entradas de este tema se pudieron y podrán apreciar varios productos de origen europeo (gin, whisky, té, caramelos, dulces, especias, aderezos, etc.) que evidentemente  llegaban al país sin intermediarios. Y seguramente algo similar ocurría con el vino francés más vendido en trenes y estaciones. Para graficar lo dicho con un testimonio incontrovertible, aquí van un par de imágenes de una antigua botella de gin Burnett del año 1947, con una estampilla en la base de la botella que declara “Importado directamente por el departamento de Confiterías del Ferrocarril Sud”.



















(2) No confundir con la bodega argentina del mismo nombre, fundada recién en la década de 1920. Lo que se consumía en 1898 era el acreditado Marsala siciliano auténtico, elaborado por el establecimiento Florio de Italia desde 1833.



















(3) Posiblemente sea el mismo producto asentado con dos denominaciones diferentes, ya que existe un Cordon Rouge de Mumm.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Publicidades con verso del siglo XIX

El grado de profesionalismo y sofisticación de la publicidad  moderna es realmente notable. Empresas enteras se dedican a ello en modo permanente, además de conformar el motivo central de diferentes carreras universitarias diseñadas específicamente para su aprendizaje. Ya no se trata sólo de vender un producto determinado, sino de toda una rama de la actividad económica y del conocimiento humano. Casi  no podríamos concebir el mundo actual sin una importante carga publicitaria que ocupa amplios espacios en los medios de comunicación, en la vía pública y en casi todos los ámbitos de la vida. Pero la realidad era bien distinta hace poco más cien años, cuando no existían los agudos mensajes de nuestros días y las propagandas se limitaban, casi siempre, a la cándida exposición de los datos fundamentales de los productos (1). Así y todo,  ya entonces había excepciones que anticipaban la revolución publicitaria del siglo siguiente. De aquel ingenio  destacaremos hoy algunos mensajes gráficos aparecidos en la Argentina durante las dos últimas décadas del siglo XIX con la modalidad  “en verso”, muy en boga por la época. Todos ellos están concentrados en el rubro de las bebidas, como veremos en un ejercicio de regresión temporal que, según creo, será bastante divertido.


El primer reclame corresponde a la ginebra holandesa “Real Holland” y su importador W Paats, Roche y Cía, una prestigiosa casa introductora de aquel tiempo (2). Dejaremos a criterio de cada lector de este blog el juicio sobre la calidad  literaria de las distintas composiciones, pero anticipo que algunas de ellas pueden generar la hilaridad  inmediata a los ojos y oídos de nuestra época actual. En efecto, no se puede dudar de que los gustos culturales han cambiado mucho desde entonces, si tenemos en cuenta que el remate del anuncio expresaba lo siguiente:

Si yo fuera el Poder Ejecutivo
o tuviera con el mucha influencia,
habría de eximir de todo impuesto
a la casa que importa esta ginebra

Un poco más logrado en cuanto a su rima fue el texto elegido para promocionar el Vino Marsala Extra de Felipe Profumo y Cía, de acuerdo con el aviso que presentamos a continuación:

¡Bien se fastidia el demonio!                                                     
cuando mi mujer es mala,
le doy el vino Marsala
y hay paz en el matrimonio.

Dos prestigiosas bodegas mendocinas también dejaron constancia de esta manera tan primitiva como simpática para promover sus marcas de vinos. De todos modos, considero que las respectivas estrofas  difieren bastante en cuanto a calidad. Pero insisto: no entraré a juzgarlo. Que cada uno decida de acuerdo con sus preferencias. El primero, correspondiente a  la vieja bodega Trapiche de la familia Benegas, hacía su manifiesto bajo el título “Discurso Vinícola”.

La mortandad, señores,
arroja cada vez cifras menores,
es porque con los vinos de El Trapiche
no hay bebedor que espiche.

Mientras tanto, Miguel Escorihuela seleccionó esta rima para su otrora célebre vino El Aragonés:

La Pilarica me ha dicho
que no se debe beber
otro vino que no tenga
la marca El Aragonés



















Volvemos otra vez a la casa W Paats, Roche y Cía, que por lo visto realizaba fuertes inversiones en materia publicitaria, en este caso relativa al afamado Bitter Secrestat.

Del Bitter Secrestat una copita
tomando a medio día y por la noche,
resuelves el problema de la vida,
vistes con elegancia y te das corte.

Otro Bitter, pero nacional, el San Martín, ponía a consideración de los consumidores del pasado algo muy particular, cuya imagen y texto traen a colación lo dicho anteriormente sobre el profundo cambio de gustos culturales (un verdadero abismo) acaecido en el transcurso de un siglo. ¿Cómo se consideraría hoy un aviso como éste?

Con el bitter San Martín
se abre tanto el apetito
que el señor Don Agapito
se comió a su chiquitín.




















Y quise dejar para el final mi favorito, sin ningún lugar a dudas. En un tiempo como el que corre, donde todo parece tener que ver con la imagen exterior, bien vale recrear la pieza elegida por Bardera  y Cía. para su selecto Vermouth Buenos Aires. Tanto el mensaje en sí mismo como el contenido visual nos ponen frente a una antigua conducta que parece haber sido completamente extraviada: la capacidad de disfrutar las cosas sencilla y despreocupadamente, sin pensar tanto en la figura. Aquí va, para finalizar, este sabio testimonio de aquellas queribles publicidades con verso.

Es tan bueno este vermouth
que el sujeto más delgado
una vez que lo ha probado
engorda como un mamouth.



Notas:

(1) Cuando alguien tiene la oportunidad de analizar con detenimiento una buena cantidad de viejos avisos en medios de la época, salta a la vista la precariedad con que se hacían las cosas. A modo de ejemplo, esta propaganda de la muy prestigiosa cigarrería y fábrica de tabacos de Manuel Méndez de Andes pone de manifiesto que los anuncios eran publicados sin ningún tipo de mirada o corrección previa. Las dos joyitas en su texto están señaladas con flecha roja, pero las anticipamos: son las “cigarrekas” y los “cigarros habonos


(2) Muy pronto tendremos oportunidad de tener una nueva referencia sobre W Paats, Roche y Cía, que hacia 1900 se vio obligada a presentar una demanda por falsificación e imitación de marcas en cigarros toscanos.