Mostrando entradas con la etiqueta siglo XIX. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta siglo XIX. Mostrar todas las entradas

jueves, 1 de noviembre de 2012

Publicidades con verso del siglo XIX

El grado de profesionalismo y sofisticación de la publicidad  moderna es realmente notable. Empresas enteras se dedican a ello en modo permanente, además de conformar el motivo central de diferentes carreras universitarias diseñadas específicamente para su aprendizaje. Ya no se trata sólo de vender un producto determinado, sino de toda una rama de la actividad económica y del conocimiento humano. Casi  no podríamos concebir el mundo actual sin una importante carga publicitaria que ocupa amplios espacios en los medios de comunicación, en la vía pública y en casi todos los ámbitos de la vida. Pero la realidad era bien distinta hace poco más cien años, cuando no existían los agudos mensajes de nuestros días y las propagandas se limitaban, casi siempre, a la cándida exposición de los datos fundamentales de los productos (1). Así y todo,  ya entonces había excepciones que anticipaban la revolución publicitaria del siglo siguiente. De aquel ingenio  destacaremos hoy algunos mensajes gráficos aparecidos en la Argentina durante las dos últimas décadas del siglo XIX con la modalidad  “en verso”, muy en boga por la época. Todos ellos están concentrados en el rubro de las bebidas, como veremos en un ejercicio de regresión temporal que, según creo, será bastante divertido.


El primer reclame corresponde a la ginebra holandesa “Real Holland” y su importador W Paats, Roche y Cía, una prestigiosa casa introductora de aquel tiempo (2). Dejaremos a criterio de cada lector de este blog el juicio sobre la calidad  literaria de las distintas composiciones, pero anticipo que algunas de ellas pueden generar la hilaridad  inmediata a los ojos y oídos de nuestra época actual. En efecto, no se puede dudar de que los gustos culturales han cambiado mucho desde entonces, si tenemos en cuenta que el remate del anuncio expresaba lo siguiente:

Si yo fuera el Poder Ejecutivo
o tuviera con el mucha influencia,
habría de eximir de todo impuesto
a la casa que importa esta ginebra

Un poco más logrado en cuanto a su rima fue el texto elegido para promocionar el Vino Marsala Extra de Felipe Profumo y Cía, de acuerdo con el aviso que presentamos a continuación:

¡Bien se fastidia el demonio!                                                     
cuando mi mujer es mala,
le doy el vino Marsala
y hay paz en el matrimonio.

Dos prestigiosas bodegas mendocinas también dejaron constancia de esta manera tan primitiva como simpática para promover sus marcas de vinos. De todos modos, considero que las respectivas estrofas  difieren bastante en cuanto a calidad. Pero insisto: no entraré a juzgarlo. Que cada uno decida de acuerdo con sus preferencias. El primero, correspondiente a  la vieja bodega Trapiche de la familia Benegas, hacía su manifiesto bajo el título “Discurso Vinícola”.

La mortandad, señores,
arroja cada vez cifras menores,
es porque con los vinos de El Trapiche
no hay bebedor que espiche.

Mientras tanto, Miguel Escorihuela seleccionó esta rima para su otrora célebre vino El Aragonés:

La Pilarica me ha dicho
que no se debe beber
otro vino que no tenga
la marca El Aragonés



















Volvemos otra vez a la casa W Paats, Roche y Cía, que por lo visto realizaba fuertes inversiones en materia publicitaria, en este caso relativa al afamado Bitter Secrestat.

Del Bitter Secrestat una copita
tomando a medio día y por la noche,
resuelves el problema de la vida,
vistes con elegancia y te das corte.

Otro Bitter, pero nacional, el San Martín, ponía a consideración de los consumidores del pasado algo muy particular, cuya imagen y texto traen a colación lo dicho anteriormente sobre el profundo cambio de gustos culturales (un verdadero abismo) acaecido en el transcurso de un siglo. ¿Cómo se consideraría hoy un aviso como éste?

Con el bitter San Martín
se abre tanto el apetito
que el señor Don Agapito
se comió a su chiquitín.




















Y quise dejar para el final mi favorito, sin ningún lugar a dudas. En un tiempo como el que corre, donde todo parece tener que ver con la imagen exterior, bien vale recrear la pieza elegida por Bardera  y Cía. para su selecto Vermouth Buenos Aires. Tanto el mensaje en sí mismo como el contenido visual nos ponen frente a una antigua conducta que parece haber sido completamente extraviada: la capacidad de disfrutar las cosas sencilla y despreocupadamente, sin pensar tanto en la figura. Aquí va, para finalizar, este sabio testimonio de aquellas queribles publicidades con verso.

Es tan bueno este vermouth
que el sujeto más delgado
una vez que lo ha probado
engorda como un mamouth.



Notas:

(1) Cuando alguien tiene la oportunidad de analizar con detenimiento una buena cantidad de viejos avisos en medios de la época, salta a la vista la precariedad con que se hacían las cosas. A modo de ejemplo, esta propaganda de la muy prestigiosa cigarrería y fábrica de tabacos de Manuel Méndez de Andes pone de manifiesto que los anuncios eran publicados sin ningún tipo de mirada o corrección previa. Las dos joyitas en su texto están señaladas con flecha roja, pero las anticipamos: son las “cigarrekas” y los “cigarros habonos


(2) Muy pronto tendremos oportunidad de tener una nueva referencia sobre W Paats, Roche y Cía, que hacia 1900 se vio obligada a presentar una demanda por falsificación e imitación de marcas en cigarros toscanos.

sábado, 27 de octubre de 2012

Cuando el tabaco no hacía humo

En nuestros días, resulta  difícil imaginar alguna forma de consumo del tabaco que prescinda totalmente del fuego o de cualquier otro sistema para hacerlo entrar  en combustión. Pero, justamente, la ausencia total de combustión era la característica más destacada en el uso del rapé o tabaco para aspirar, una modalidad de disfrute del derivado de la planta nicotiana tabacum que estuvo muy de moda durante los siglos XVIII y XIX. Su auge comenzó en Europa a mediados de la primera centuria señalada y rápidamente se extendió entre las clases acomodadas de manera casi excluyente, característica que no abandonó jamás y marcó una de sus principales diferencias con respecto al cigarro, el cigarrillo o incluso la pipa. Con todo y así las cosas, el rapé comenzó a ser fabricado, comercializado y consumido en cantidad, tanto en las grandes capitales del hemisferio norte como en las colonias de ultramar. Para fines del dieciocho, la importación intensiva desde el Viejo Mundo alcanzaba también el vasto territorio colonial español que más tarde formaría la República Argentina.


Los métodos de fabricación que se empleaban  tenían que ver con una pulverización del tabaco fermentado y procesado de acuerdo con las distintas sustancias incorporadas  para aromatizarlo. Algunas particularidades accesorias de acuerdo con el tamaño (desde polvo casi impalpable hasta granos más o menos gruesos) y el grado de humedad (seco, semi seco y húmedo) componían  las antiguas recetas con las que cada fabricante sazonaba y terminaba sus polvos. En la Historia del Tabaco, Juan Domenech discrimina algunas clases de rapé como el escocés (seco), fuerte escocés (muy aromático), escocés simple, escocés dulce (con azúcar), escocés salado (preparado con salmuera), Hightoast (fuerte, seco y tostado), irlandés (preparado con agua y cal), negro francés, galés (con agua de cal y tostado), Maccaboy (húmedo y fuerte) y sueco (el más húmedo, grueso y oloroso). Por lo que se ve, las tipologías eran muchas según diversidades geográficas y modos de elaboración, que suponemos se harían  más específicos en cada establecimiento del ramo.



Por estas latitudes, en abril de 1784  se fijaron precios de la siguiente manera: 5 pesos por mayor y 7 por menor para el “polvo de Sevilla”, 3 pesos por mayor y 4 por menor para el tipo “hechizo”, y 4  pesos por mayor y 6  por menor para el de La Habana. La información  revela las diferencias básicas de categoría y valor para las distintas variantes del artículo, aunque el principal (y evidente) proveedor era el propio reino de España y su Real Fábrica de Tabacos, de acuerdo con las leyes virreinales de la época. Luego de la Revolución de Mayo quedó liberada la producción para todas las manufacturas del tabaco, dando origen a una larga serie de talleres, factorías y elaboradores artesanales de rapé que existieron desde 1810 hasta las vísperas del 1900, sin contar las numerosas marcas importadas.


En viejas publicidades gráficas han quedado registradas muchas casas que se dedicaban al rubro, algunas en exclusividad  y otras como parte de una oferta que comprendía también tabacos en rama, tabacos picados para pipa o para armar, cigarros puros y cigarrillos (1). Los documentos históricos ponen de manifiesto que  en la segunda mitad del siglo XIX comenzó una lenta pero progresiva caía del consumo de rapé, a tono con el crecimiento de las nuevas formas de uso “en combustión”. Ello era motivado por varios factores, pero fundamentalmente por la moda: cada vez había menos personas que, provistas de sus elegantes estuches de cuero, madera, asta o metal, se entregaban a la ceremonia de inhalación  muy frecuente en otros tiempos (2). Entre 1900 y 1940, el ya anacrónico uso del rapé cayó en un 80%, marcando la finalización definitiva de una época. Mucho tiempo pasó desde entones, y en la Argentina de hoy no existe oficialmente  ningún proveedor del producto, nacional o importado, que incluso se encuentra prohibido en varias naciones de Europa.


Notas:

(1) Se podría agregar otra antiquísima manera de consumo, que es la del tabaco para mascar. Sin embargo, es un hecho que tal modalidad, aunque existente en el pasado (sobre todo en ámbitos rurales), nunca tuvo una masa realmente considerable de adeptos en nuestro territorio, al contrario de lo sucedido en otros países de América como Estados Unidos o México.
(2) Debemos añadir una  diferencia más del rapé respecto a otros tipos de tabaco: sólo era consumido por el género masculino. Incluso se consideraba de poca educación aspirar rapé en presencia de mujeres.

domingo, 21 de octubre de 2012

Viejos consumos en la literatura argentina: buseca y pastelitos en las memorias de un vigilante

Hacia 1900, un numeroso grupo de autores argentinos se dedicó a reflejar la realidad cotidiana en los diferentes rincones del país a través de la literatura costumbrista. Esa afortunada corriente nos legó un importante caudal de información sobre la vida de la época en todo tipo de contextos, desde los entornos urbanos hasta los cuadros típicamente rurales. Uno de los escritores que encaró la tarea fue José Sixto Alvarez, más conocido por su seudónimo de Fray Mocho, el fundador de la célebre Caras y Caretas, a quien ya hemos conocido en algunas otras entradas sobre las letras nacionales y su relación con los consumos del pasado. La obra  Memorias de un vigilante, publicada en 1897, posee un interés especial, ya que no sólo nos brinda valiosas pinceladas del Buenos Aires de antaño, sino que también cuenta con algún rasgo autobiográfico del autor, que fue Comisario de Pesquisas antes de iniciar su carrera periodística. Así, bajo la personalidad ficticia de Fabio Carrizo, Álvarez traza el recorrido por la vida de un sencillo individuo llegado a la gran ciudad desde el interior. En sus primeros pasajes, la descripción de una típica celebración  campera tipo “baile”  ya nos deja algunas instantáneas sumamente interesantes. “Tras un galope de varias leguas llegué al viejo rancho desmantelado y solitario –veterano de cien tormentas- donde se iba a bailar, cosa que no era muy frecuente entonces, dada la escasez de población en aquellos parajes”, rememora el protagonista, y sigue: “a través del agujero que servía de puerta oía el canto monótono de la sartén en la que se freían montones de pastales dorados, que espolvoreados con azúcar rubia, era llevados con destino al depósito general que estaba en la pieza de paja, bajo la custodia de una vieja vigilante” (1). Luego completa la escena con la infaltable infusión criolla por excelencia: el mate.


El joven Carrizo llega después a Buenos Aires para conseguir trabajo en la Policía de la ciudad, con la recomendación que suponía entonces haber sido cabo del 6° de línea (2). Obtenido el empleo, se dedica a recorrer las calles de aquella metrópolis porteña, chica pero a la vez creciente. Entre diversas radiografías sociales de los elementos del “mundo lunfardo” como escruchantes, punguistas, campanas y batidores, el libro se convierte en una amena  narración dentro del bajo mundo urbano, con no pocas menciones de algunos bodegones de la época. Uno de ellos, por ejemplo, era el temible Café de Cassoulet , situado en Viamonte y Suipacha, donde “los ladrones, con  su cortejo de corredores y auxiliares, los asesinos, los peleadores, los prófugos, toda la gente que tenía cuantas que saldar con la justicia, buscaba un refugio para dormir o vivir con tranquilidad”. “Allí todo era cuestión de dinero”, continúa, “y teniéndolo, podía gozarse desde el vino y los manjares exquisitos hasta las sobras de éstos, barajadas en un ‘champurriao’ (3) indescifrable”. También hace referencia a cierto tipo de estafadores especializados en almacenes con despacho de bebidas, a los que concurrían como simples ciudadanos honrados preguntando si había “buen Oporto o buen Cognac”.


 Finalmente, el encuentro casual con un viejo amigo (en Piedad, hoy Bartolomé Mitre, y Suipacha) nos pone delante de otro de aquellos veteranos reductos, al recordar lo siguiente: “lo conduje hasta la ‘Crocce di Malta’, en la calle cortada del Mercado del Plata (4), donde a todas horas de la noche se encontraba un pan, una botella de vino y un plato de ‘busseca’”. Notables postales de una Buenos Aires poco conocida, que el inefable Fray Mocho se encargó de perpetuar a través de sus obras.


Notas:

(1) En la Argentina, la denominación de “pasteles” puede tener diferentes significados según el lugar y la época. Podría tratarse de los pastelitos dulces, típica preparación  hojaldrada que suele rellenarse con dulce de membrillo o batata. En algunas provincias, también se hablaba así de las tortas fritas, hechas con agua, harina y sal. En Cuyo, los pasteles son empanadas de carne dulce, y más al norte de choclo. Por la situación descripta en el relato, lo más lógico sería pensar en alguna de las dos primeras viandas señaladas.


(2) El Ejército de Línea  o “Viejo Ejército” argentino es anterior a las reformas impulsadas por Julio A. Roca a partir de 1880. Dotado de un fuerte espíritu  napoleónico, este valeroso  pero poco disciplinado cuerpo se completaba con la Guardia Nacional, compuesta por ciudadanos mínimamente entrenados que eran convocados en caso de guerra. Muchos soldados de línea pasaron a retiro en las últimas décadas del siglo XIX, incluso siendo relativamente jóvenes para el servicio, al concluir las campañas contra los indios. Como bien lo refiere Alvarez, la mayoría consiguió empleo en las distintas policías de sus respectivas provincias. En el período que va de 1880 a 1910, buena parte de las fuerzas policiales del país estaba compuesta  por extranjeros inmigrantes (españoles,  italianos) y soldados veteranos de línea, especialmente en los cuadros inferiores de vigilantes, cabos y sargentos,


(3) Criollismo por champurreado, que significa mezcla.
(4) Actual pasaje Carabelas.

viernes, 2 de marzo de 2012

Viejos consumos en la literatura argentina: una curiosa picada en Las Cañitas del siglo XIX

Eduardo Ladislao Holmberg (1852-1937) fue un escritor argentino cuyo nombre estuvo siempre vinculado al surgimiento de la investigación científica en nuestro país. En efecto, su labor como médico, zoólogo, botánico, naturalista y viajero explorador le valió numerosos honores y cargos a lo largo de su vida. Una de sus actuaciones más recordadas en el ámbito público fue la de director del Jardín Zoológico de la ciudad de Buenos Aires, función que desempeñó desde 1888 hasta 1903. No fue otro que Holmberg quien proyectó el traslado del paseo a su ubicación actual (el primitivo, mucho más precario, estaba en Libertador y Av. Sarmiento), además de dotarlo de casi toda la infraestructura que sobrevive aún en nuestros días: las "casas" para los animales, las fuentes, los senderos, las arboledas.


Sin embargo, mucho menos conocida es su obra literaria, especialmente la que está relacionada con un género casi inexplorado en esta parte del mundo por aquella época. Como afirma Antonio Pagés Larraya, "en 1875, cuando Holmberg publicó sus primeros relatos, nuestra literatura señalaba una indigencia muy grande de fantasmas (...) Había aquí demsaiado aire y demasiado sol. Faltaba humedad de viejas paredes, grietas y sombras, castillos seculares, hiedras lóbregas. Estaba reservado a este criollo de sangre teutona el trasladar a las letras nacionales esas criaturas nacidas en las nieblas del hemisferio norte".

En la década de 1950, la editorial Hachette publicó un excelente volumen con sus principales relatos de fantasía, que quien suscribe tuvo cierta vez la suerte de hallar semi perdido en una librería de viejo. De todos sus cuentos (1), hay uno que resulta particularmente atractivo no sólo por el interés de su trama, sino también por la precisa ubicación espacio temporal en el Buenos Aires del año 1889. Se trata de La casa endiablada, cuyo protagonista, Luis Fernández, se ve en la tarea de poner en condiciones una vieja propiedad familiar abandonada hace años. El detalle geográfico que realiza el autor es tan minucioso que vale la pena leerlo hoy, 120 años después: "a pocas cuadras del Puente de Maldonado (2) y muy cerca de la encrucijada en la que tenía su arranque el antiguo Camino de Las Cañitas que lleva a Belgrano (3) veíase, no hace mucho, una casa de modesta apariencia...". Luego continúa con otras precisiones sobre el emplazamiento del inmueble, a tal punto que resulta posible aventurar alguna de las calles a las que, sin nombrarlas, podría haberse referido Holmberg (4).
Más tarde sigue otra completa reseña sobre el estado bastante vetusto de la edificación, en la que se destacan algunos puntos que refuerzan la idea del abandono que reinaba en el lugar: "...a pocos metros veíanse las habitaciones de servicio, un palenque y un antiguo corral desocupado hace mucho, en el que crecían la quinua, la cepa caballo, el abrojo, el chamico, el yuyo colorado y una vieja tuna (...) Por la parte del frente bajaba a la calle un camino lleno de cascotes y fragmentos de botellas de barro y de vidrio, encerrado por dos filas de árboles, vivos y muertos, sauces y paraísos, cuyos gruesos troncos, carcomidos por los taladros, abrigaban todas las comadrejas y cucarachas de la vecindad".


Desde luego, no vamos a profundizar en la trama, sino en un párrafo posterior que pone frente a nuestra consideración un singular refrigerio elaborado "de apuro" por el sirviente del protagonista para aplacar el apetito de su amo y de otros dos amigos que habían llegado para ayudarlo en la difícil tarea de recomponer la destartalada vivienda. Veamos como sigue: "Era tarde, muy tarde, demasiado quizás para los tres amigos. Pero su trabajo  excesivo les había causado una sensación respecto a la cual quedaron de acuerdo: ¡Sentían hambre! Entonces pasaron al comedor. El sirviente abrió un tarro de caviar que comieron con deleite, después de mezclarlo con cebolla blanca, picada muy fina, y un poco de perejil y de limón. Además de ese deleite, había tajadas de pan con manteca y unas salpicaduras de mostaza. Después bebieron bastante cerveza y luego tomaron excelente café. Es claro que fumaron en seguida..."


Interesante, ¿no es verdad? Es evidente que Holmberg, hombre de buena familia desde su nacimiento(económica y socialmente hablando), describe una situación común entre la gente que componía su entorno. No hace falta aclarar que esta "picada" no era nada habitual en otros lugares de la ciudad o el país. Pero para un joven de clase alta del barrio de Las Cañitas, hacia finales del siglo XIX, matar el hambre con una colación a base de caviar era algo de lo más corriente. Se trata de un consumo del ayer distinto, elegante, tal vez algo encopetado, pero no por ello menos apreciable por su valor histórico.

Notas:

(1) Otros cuentos de la misma antología son, entre otros, El ruiseñor y el artista, La pipa de Hoffmann, Horacio Kalibang o los autómatas y La bolsa de huesos.
(2) En ese entonces, el Arroyo Maldonado, que hoy corre por debajo de la Avenida Juan B. Justo, no estaba entubado. Había varios puentes en su recorrido, pero el más famoso era el de la Avenida Santa Fe y a él se refiere Holmberg. La que sigue parece mas bien una foto de un viejo puente medieval, pero es ni más ni menos que el Puente Maldonado visto de oeste a este, es decir hacia la Avenida Bullrich.


(3) El camino es la actual Avenida Luis María Campos. La encrucijada es el nacimiento de ésta en Av. Santa Fe y Fitz Roy, frente al Regimiento 1.
(4) En otra parte del texto, el autor refiere claramente que la casa se ubica sobre una calle que corre de este a oeste, es decir que cruzaba Luis María Campos. Otras referencias sobre la cercanía del Ferrocarril y de la actual Av. Libertador sugieren que podría ser alguna de las hoy llamadas Arguibel, Arévalo, Chenaut u Ortega y Gasset.

viernes, 13 de enero de 2012

Carcarañá, el primer queso argentino

Si bien no existen muchos datos sobre sobre la producción quesera nacional anterior a 1850, es posible trazar una breve "prehistoria" de los quesos argentinos. Esta ausencia de testimonios tiene su lógica, ya que la alimentación de la población basada en la carne promovía la presencia de vacunos y ovinos en la región, pero de razas cárnicas de escasa aptitud lechera. Sin embargo, se encontraron registros del año 1617 de las Cartas Anuas (1) en donde una autoridad jesuita expresaba que "de las vacas se obtenía leche para consumo y para elaborar queso, manteca y requesón; de las cabras y ovejas, leche para quesos". Semejantes prácticas eran indudablemente muy rudimentarias y con el único objetivo de instruir a los indígenas en el consumo de lácteos y sus derivados.
En 1788 aparece la actividad lechera como alternativa a la poca rentabilidad de los chacareros cercanos a la villa de Buenos Aires por venta de carne y cuero (eje principal de la economía rioplatense). Domingo Faustino Sarmiento describe en su "Facundo" que en 1810 existía una incipiente y casera producción de quesos. Hay además referencias que mencionan a los ranchos como los lugares donde comienzan a elaborarse los primeros ejemplares que se vendían en las calles, casa por casa, o en algunos negocios. Precisamente fue el queso denominado "tambero" el producto fresco o sazonado que se elaboraba allí. También se pueden ubicar menciones de los viajes navieros de la época (como el de Hipólito Bouchard, el gran marino francés al servicio de la Argentina), en donde aparece el queso de producción local como uno de los pocos alimentos medianamente resistentes al tiempo y a las inclemencias propias de la navegación marítima antigua.


Como señalamos, recién a partir de mediados del siglo XIX se produjo un gran desarrollo de la quesería argentina, debida probablemente a una joven tradición en la elaboración de quesos implantada por los inmigrantes europeos que aportaron sus tecnologías, principalmente italianas, españolas, suizas, etc, aunque también había una importación bastante dinámica. Vale como ejemplo un aviso aparecido en el diario El Nacional en Noviembre de 1866, que reza de manera textual, con errores incluídos: "Milán en Buenos Aires: salchichón crudo de Milán, salchichón de Verona, lomos de chancho, paletas de chancho de San Segundo (Italia), chorisos de Milán en manteca, salchichón de hígado de chancho. Escarbadientes de Italia, quesos placentinos. Es todo garantido lejítimo y recién recibido en la barca italiana Assuncione. En venta en "Almacén Buenos Aires", esquina Artes y Cuyo (2).
Asi las cosas, en Carcarañá, provincia de Santa Fe, se gestó el primer queso argentino de producción industrial, muy famoso en su época. El responsable de su creación fue un ingeniero galés llamado Thomas Thomas, que arribó al lugar en 1867. Entre sus primeros logros se ubican la colaboración profesional en el emplazamiento del Ferrocarril Central Argentino y la construcción de una gran molino hidráulico en las afueras del pueblo, considerado el primero del país.


Pero su principal y más duradera labor fue la fundación, en 1885, de una gran cremería equipada con una tambo de 1000 vacas Jersey. Por esos años lanzó un queso llamado "Carcarañá", muy popular en las últimas décadas del siglo XIX, al punto de competir con todos sus similares importados en términos de renombre y éxito de ventas (3).
Fue a partir de entonces que a este producto tan apreciado por la población (el más antiguo de los quesos argentinos) le siguieron el queso Tafí de Tucumán, el queso Chubut, el queso Goya, el queso Peregrina, el queso Chinchilla, el queso Las Peñas, el queso Oriental, el queso Mar del Plata, el queso Manantial Tandilera, el queso Neuquén fresco, el queso Pategrás, el queso Río Cuarto, el queso Lobos, el queso Lehmann y muchos otros con nombres autóctonos nacionales. Asimismo comenzaron a elaborarse quesos con nombres alusivos a regiones europeas de donde provenían los inmigrantes, como Holanda y demás, muchos de los cuales son de los más conocidos en nuestros días.


A partir de 1886 se produjeron cambios significativos que abrieron camino para la expansión y mejora de la industria láctea nacional., como la introducción al país de la primera desnatadora centrífuga y  el consecuente desarrollo de numerosos establecimientos productores de manteca y queso en volúmenes masivos. Pero el otrora célebre queso Carcarañá de Thomas Thomas será siempre el primero, entre todos, de gran consumo en nuestras tierras.

Notas:

(1) Las Cartas Anuas eran informes periódicos que los misioneros jesuitas elevaban a las autoridades eclesiásticas superiores.
(2) Actuales Carlos Pellegrini y Sarmiento.
(3) Entre los artículos de consumo que próximamente iremos analizando del libro de stock del Ferrocarril Sud de 1898 (entrada del 5/1/12) aparece el queso Carcaraña, lo cual demuestra fehacientemente su mencionada notoriedad pública.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Cuando la cerveza venía en botella de gres

Quienes nacimos en la segunda mitad del siglo XX nos acostumbramos a pensar en la cerveza como una bebida presentada en botellas de vidrio o en latas. Sólo las viejas películas son capaces de poner en nuestro conocimiento que alguna vez existieron otros métodos de fraccionamiento y expendio, como los barriles de roble. Pero poco sabemos acerca de una manera de envasar la cerveza para su despacho al consumo que fue extremadamente común  y popular durante la mayor parte del siglo XIX y los comienzos del XX. Se trata de las botellas de gres, un material cerámico de alta calidad y mucha resistencia, al punto de que las botellas, una vez desechadas, solían ser empleadas como soportes en la construcción de contrapisos.
La industria cerámica tuvo un gran desarrollo en la Inglaterra victoriana debido a que las fábricas empleaban una enorme masa de obreros, lo que provocó la necesidad de subsidios estatales para evitar el achicamiento o el cierre de las factorías durante las épocas de crisis. Por ese motivo, los envases de gres provenientes de las islas británicas eran relativamente baratos en comparación con el costoso vidrio, que además no había sido plenamente desarrollado a escala industrial como sí lo estaba el material que nos ocupa. Los primeros registros de cerveza inglesa fraccionada en gres e importada desde nuestro país datan de principios del siglo XIX. A partir de 1820, y especialmente luego de 1840, la proliferación de fábricas artesanales de cervezas argentinas produjo un fuerte incremento en la importación de botellas para abastecer a esta próspera actividad.


De hecho, desde la década de 1840 hasta bien entrado el decenio de 1890 la cerveza se consumía más que el vino, como lo demuestran los descubrimientos arqueológicos urbanos. Al respecto, Daniel Schavelzon (1) señala que "la bibliografía de la época está signada por este tipo de descripciones, ya que el consumo de cerveza y de ginebra en el siglo XIX superaban ampliamente al del vino, por lo que se introdujeron al país millones de botellas que aún son habituales en contextos rurales. Su alta calidad ha hecho que, pese al tiempo transcurrido, aún continúen en uso o se conserven en excelente estado".
El correr de los años hizo que a los envases más antiguos, presentados con simples etiquetas de papel, se sumaran otros mucho más vistosos y elaborados, con la marca incisa en el mismo gres o con etiquetas cerámicas de color generalmente celeste. Los tres tamaños más comunes eran los de 350, 400 y 600 centímetros cúbicos.



El gran consumo de cerveza en esos tiempos queda evidenciado no sólo por la gran cantidad de ejemplares que se descubre en las excavaciones, sino también por el número de fábricas existentes. La crisis de 1890 produjo las primeras quiebras y la actividad se redujo en un 25%, de modo que en 1895 fueron censadas 61 fábricas en toda la Argentina, que empleban a 957 personas (2).
Todo indica que existía una buena variedad de tipos y sabores. De acuerdo con documentación analizada por el especialista Jorge Di Fiore (3), vale el ejemplo de la Cervecería Italiana de Antonio Lagomarsino, que solicitó la adjudicación en 1876 de las marcas suyas en uso, con los nombres “Cervecería Italiana”, “Birra di Chiavenna”, “Bockbier”, “Cerveza Alemana” y “Porter”, cada una de las cuales tenía distinto sabor.
Para evitar que la presión hiciera saltar los tapones, los porrones venían cubiertos por un bozal metálico similar al de las botellas de vino espumante, cuya parte superior solía llevar el dibujo de una cabeza de chancho. Ello hizo que durante años se conociera al envase más extendido (el de tipo sinusoidal) con el apodo de "chancho" (4). Tampoco hay que descartar que al uso del apelativo ayudara, en parte, el perfil bajo, rechoncho y de color claro que presentaban los simpáticos contenedores cerveceros.


A comienzos de la Primera Guerra Mundial el gres fue perdiendo protagonismo paulatinamente a manos del vidrio. La última importación argentina de estas botellas se realizó en 1916, pero es razonable suponer que la reutilización de los sólidos envases hizo continuar su empleo por un par de años más. Luego, aquellos nobles recipientes, casi indestructibles, pasaron a cumplir funciones hogareñas decorativas (floreros) o prácticas (cantimploras, "bolsas" de agua caliente para cama), pero ya no volvieron a verse en las mesas de fondas, pulperías y boliches. Por fortuna, su extraordinaria resistencia conservó miles de ejemplares para la posteridad.

Notas:

(1) Arquitecto y arqueólogo. Titular de Centro de Arqueología Urbana de la UBA. Existen intersantes notas sobre arqueología de Buenos Aires y de otros sitios de América en su página http://www.danielschavelzon.com.ar/ y en la del CAU http://www.iaa.fadu.uba.ar/cau/
(2) Datos del censo 1895 citados por el Sexto Congreso Nacional de Estudios del Trabajo.
(3) Coleccionista e investigador. Posee una nutrida colección que se puede ver en su web http://www.botellasdecerveza.com.ar/  junto con documentos, testimonios y datos relacionados al gres.
(4) En la entrada del 30/10/11 "Cuando el vino se tomaba en tren" mencionamos la extraña presencia de la cerveza "Chancho" en 1927, es decir, casi 10 años después de que dejaran de importarse los envases de gres y cayeran en desuso todas las costumbres aledañas a ellos. Una posible explicación es que en Uruguay existía (y exisitió hasta la década de 1970) una cerveza con esa misma marca explícita. ¿Se importaría desde Argentina? Eso es muy posible, como lo indican algunas publicidades en la revista argentina "Caras y Caretas" de la década de 1910. La siguiente es una antigua etiqueta de la cerveza marca Chancho