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jueves, 27 de diciembre de 2012

Viejos consumos en el cine nacional: Puerto Nuevo (1936)

Una típica línea argumental del cine clásico es aquella en la cual cierto individuo extremadamente pobre se ve repentinamente incluido en la vida de la clase social más rica y opulenta, casi siempre por motivos de carácter fortuito. Muchas obras del séptimo arte han aprovechado esa tradicional historia (que remite al viejo cuento de La Cenicienta) mediante una reconstrucción variable por los entornos, épocas y situaciones específicas que le dan marco en cada caso. Hoy vamos a repasar algunas escenas de Puerto Nuevo, un film argentino de la vieja guardia protagonizado por el excelente actor Pepe Arias y dirigido por los prestigiosos Luis César Amadori y Mario Soffici (1)


La historia, tal cual lo señalamos, recurre a la situación del indigente sorprendido por el toque de la fortuna en un modo completamente incidental. Como siempre, no vamos a abundar en la trama sino en las escenas que nos interesan desde el punto de vista de los consumos del pasado. Prácticamente al inicio de la película vemos  un abigarrado barrio de emergencia situado en alguna zona cercana al Puerto de Buenos Aires (2). Pronto aparece el protagonista paseando a su perro, y luego entra en escena un vendedor ambulante con su “carrito”, en cuyo interior podemos observar una serie de elementos cárnicos, algunos embutidos y una pequeña pero humeante parrilla. Un tosco cartel que reza “parrilla criolla” lo confirma plenamente.


Esta breve escena resulta una joya histórica porque remite al origen más primigenio de los célebres “carritos de la costanera”, esa modalidad gastronómica porteña que supo ser furor en diferentes épocas. Junto con otros documentos y testimonios incuestionables (3), el cuadro cinematográfico de marras pone de manifiesto la verdadera procedencia de tan peculiar método de servicio, asociado a los sectores menos favorecidos de la escala social, así como de su raíz netamente portuaria. Los dos personajes continúan charlando junto al comercio andariego por algunos instantes más.


Más tarde, a tono con el cambio de suerte que propone el argumento, vemos al inefable Arias disfrutando de un distinguido banquete en una fastuosa mansión de la época. Por supuesto, no falta el toque humorístico que evidencia la falta de refinamiento del humilde héroe de la historia. En determinado momento, un camarero le retira la entrada cumpliendo con los diferentes pasos del menú. Sorprendido, el buen hombre comenta: “aquí no se puede ni hablar; en cuanto uno se descuida le sacan el plato”.


Tras concluir la cena, el mismo grupo del banquete se dirige a un establecimiento bailable para divertirse. Lo que podemos ver entonces no es otra cosa que uno de aquellos legendarios cabarets de la ciudad, en este caso dotado de la mejor categoría disponible. Las escenas del caso nos muestran parejas bien vestidas danzando en la pista al compás de un tango, mientras el grupo de nuestro interés se encuentra sentado en una mesa ubicada en el sector del palco. En ella no falta la bebida asociada siempre a este tipo de entornos: el Champagne, posiblemente un francés genuino en virtud de la época, cuando los espumantes argentinos todavía no resultaban  numerosos en el mercado.


La escena final, otra vez dentro del barrio pobre, sirve para confirmar la zona en que transcurre la historia y le da nombre a la cinta, gracias al típico paredón costero de diseño inconfundible que supo erigirse desde la Dársena Sur hasta las inmediaciones del actual Aeroparque Metropolitano (inexistente en aquel entonces).


Así concluye esta antigua película filmada hace casi ochenta años, que nos ha servido una vez más para revivir antiguas formas y entornos de consumo en la Argentina del ayer.

Notas:

(1) Breve ficha técnica: “Puerto Nuevo”. Dirección: Luis César Amadori y Mario Soffici.  Guion: Luis César Amadori y Antonio Botta. Intérpretes: Pepe Arias, Alicia Vignoli, Charlo, Sofía Bozán, José Gola. Estrenada el 12 de Febrero de 1936.
(2) Efectivamente, para la década de 1930 había algunos asentamientos de ese tipo en la zona de Retiro, junto a la sección portuaria de referencia. Para los que no están familiarizados con el tema, el Puerto de Buenos Aires se dividía entonces en cuatro partes llamadas “secciones”. De norte a sur eran Puerto Nuevo, Puerto Madero, Riachuelo y Dock Sud.
(3) Además de las pruebas periodísticas y bibliográficas, muchas fotografías antiguas son útiles para testimoniar que en sus comienzos los carritos eran carros en el sentido literal y bien primitivo del término. Generalmente estaban situados en cercanías de los muelles para aprovechar la gran masa de trabajadores efectivos y de desocupados en busca de una “changa”. Con los años se fueron  trasladando a la costanera norte, donde obtuvieron celebridad y llegaron a ser restaurantes correctamente edificados. Hoy conviven allí algunos locales inmuebles con una nueva generación de carritos móviles. Las dos imágenes a continuación datan de las décadas de 1920 y 1930, aproximadamente.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Histórico gin tonic en el Casal de Catalunya: crónica de una degustación

En nuestra serie de entradas dedicadas a la degustación de productos añejos no siempre ocurre que se conjuguen estupendamente el lugar de reunión y los productos analizados. Pero esta vez sucedió exactamente así. Elegimos el prestigioso restaurante porteño Casal de Catalunya (1) para realizar la cata de dos joyas alcoholeras de la industria nacional, correspondientes a sendas marcas de gin elaboradas en la primera mitad del decenio de 1960: Royal Ludgate y Hiram Walker. En una breve reseña de las empresas involucradas podemos señalar, por ejemplo, que la Casa Dellepiane (responsable del Royal Ludgate por aquellos años) se fundó en 1898 como firma importadora, pero no fue hasta 1940 que lanzó su etiqueta de producción local  muy célebre en nuestra patria : el “cognac” Tres Plumas. La compañía continúa hoy en el mercado de la mano de la familia que le da nombre, a más de 113 años de su creación. Por su parte, Hiram Walker es una prestigiosa destilería de origen canadiense, actualmente controlada por el gigante francés Pernod Ricard. Por las décadas de 1950 y 1960 tenía su propia filial en Buenos Aires sobre la calle Rivadavia 620. Dos publicidades gráficas de los años cincuenta permiten  esbozar una idea del suceso que ambas marcas lograban en estas latitudes (2).

 
Las botellas de Consumos del Ayer fueron obtenidas vía Internet, como otras veces, y una rápida mirada nos permitió alcanzar la certeza de que ambos artículos habían sido embotellados en el primer lustro de la década de 1960 (3). Así lo confirmaron las estampillas fiscales, los tapones utilizados y otros datos visuales bastante claros para el ojo acostumbrado. La etiqueta del Hiram Walker contenía, además, una referencia de carácter incontrovertible: la leyenda ENV. 1964, indicativa del año de fraccionamiento. Íbamos a probar, entonces, dos ejemplares de gin argentino cercanos al cincuentenario de vida. Para ello convocamos a nuestro equipo regular de cata  (Enrique Devito y Augusto Foix), en esta ocasión ampliado con la grata presencia de un grupo de amigos altamente entrenados en los ejercicios del buen comer y el buen beber. Ellos son Jorge Martínez, Alejo Berraz, Alvaro Canella y el anfitrión Damián Cicero, factótum del excelente restaurante que nos cobijó y encargado de los sabrosos platos servidos al término de nuestro trabajo.
 
 
El proceso de apertura se llevó a cabo sin inconvenientes de ninguna índole, tras lo cual dimos paso a la degustación en dos formas rigurosamente separadas: primero, pequeñas medidas puras en vasos chicos, y luego, bajo la modalidad de gin tonic, en cantidades más generosas y con los vasos largos que corresponden al caso. Todos los presentes coincidieron en el buen estado de los prototipos analizados, llenos de aromas limpios y agradables, elaborados sin dudas con los mejores alcoholes nacionales de la época. Las opiniones generales coincidieron asimismo en destacar el semblante algo más alcohólico del Royal Ludgate, aromático y potente, frente al perfil clásico y elegante del Hiram Walker. Esa diferencia se reflejó también en la etapa del gin tonic, ya que el HW pareció quedar algo “tapado” por el sabor de la tónica y el limón, mientras que el RL mantuvo la silueta espirituosa que resalta su aroma particular.

 
Devito hizo hincapié en los estilos, uno más “argentino”, aromático y dulce (RL), y otro “purista”, fino y seco (HW). Berraz, en cambio, fue contundente al sentenciar que el Royal Ludgate era “más gin”, opinión suscripta por Martínez  de un modo menos terminante, ya que para él resultaba “con más presencia”. Canella, por su parte, dividió las aguas según la modalidad de trago, en virtud de que sus preferencias se inclinaron por el HW bebido solo y por el RL mezclado en gin tonic. No obstante, el grupo coincidió ampliamente en la calidad integral de los añejos productos, doblemente meritoria por esa misma razón. Ello nos llevó al siguiente interrogante: ¿habrán sido mejores, como norma general, los alcoholes argentinos de hace cincuenta años? No es sencillo afirmarlo, pero tal vez sea así en vista de las actuales dificultades para elaborar productos masivos de calidad con el permanente aumento de costos. Tampoco debemos olvidar que las décadas de 1950 y 1960 marcaron una “edad dorada” en la coctelería argentina, al decir de sus veteranos referentes, por lo que no resulta descabellado inferir un mejor nivel de bebidas espirituosas en general. Y también considero, según una opinión personal sostenida por mi modesta experiencia de investigación histórica, que ciertos rubros no muestran  hoy el mismo esmero productivo que existía en aquel entonces. Esa, creo, es la mejor explicación de por qué, sistemáticamente, encontramos en tan buen estado las bebidas y los tabacos de hace cincuenta, sesenta o setenta años, cuando a veces nos sorprendemos por lo mal que se conservan  productos idénticos que no tienen más de diez o veinte años de vida.


Así concluyó nuestra tarea en la elegante barra del Casal de Catalunya. Acto seguido pasamos a la mesa dispuesta especialmente para los sufridos catadores, donde alargamos la velada con buena comida y buenos vinos. Pronto vendrán más degustaciones en las que buscaremos, como siempre, captar los distintos momentos de la historia argentina a través de sus consumos cotidianos.

Notas:

(1) El Casal de Catalunya se sitúa en Chacabuco 863 del barrio de San Telmo. Es un restaurante enmarcado por un antiguo edificio construido hacia 1886 y reformado en 1927 dentro del estilo neogótico barcelonés. Su cocina se especializa en platos de mar, huerta y montaña, con predominio de pescados y mariscos en sofritos y cazuelas. Una mención especial merecen los cochinillos cocinados al horno, que llegan a la mesa tiernos y crocantes.


(2) Además, los avisos ayudaron a confirmar la antigüedad, ya que las ilustraciones coincidían casi perfectamente con nuestras botellas. Las pequeñas diferencias que hallamos se encuadraban con mucha lógica en  los años transcurridos desde la publicación de las propagandas (1953) hasta  la fecha de embotellamiento del Hiram Walker (1964) y, según creo, del Royal Ludgate.
(3) El vendedor señaló que las botellas provenían de un almacén del barrio de Mataderos cerrado hace pocos años. Allí, según su relato, quedaron  intactas  bebidas de todo tipo y edad, incluyendo muchos productos importados. Todo fue vendido en la web.

miércoles, 3 de octubre de 2012

La vitivinicultura del centenario 2

La prosperidad argentina de antaño resultó ser un poderoso imán para los europeos, no sólo como un buen motivo para vivir aquí sino también para hacer jugosas inversiones. En ese contexto, no fueron pocos los expertos extranjeros que llegaron para recorrer nuestros terruños vitivinícolas durante la década de 1910, invitados por las autoridades del entonces Ministerio de Agricultura de la Nación. Tales visitas (que no se volverían a repetir en cantidad y calidad hasta la década de 1990) perseguían dos propósitos perfectamente definidos: por un lado, asesorar  a  los  productores  locales  sobre aspectos técnicos y  avances tecnológicos en viticultura y enología; por otro, atraer  capitales  extranjeros  hacia  la industria del vino local. Para cumplir con tan exigente tarea, los funcionarios ministeriales no dudaron en contratar a algunas de las personalidades más renombradas y eminentes de su tiempo. Uno de los especialistas que arribó a nuestro país exactamente en 1910 fue el doctor J.A. Doleris, respetado académico  y asesor del  ministerio agrícola francés. Posteriormente publicó un libro con énfasis en el naciente valle del río Negro (región de la que se quedó prendado), aunque en la obra pueden encontrarse consideraciones sumamente interesantes sobre la actividad del vino argentino en general.
 
 
En distintos capítulos, el ilustre personaje no deja de transmitir su asombro por la sanidad ecológica de nuestras regiones, e incluso  llega  a  mostrarse fastidiado  por  la  falta  de  más  vinos  de gran calidad. "Argentina no está produciendo todavía la calidad que podría producir", asegura en un punto, a la vez que se lamenta por la dificultad para probar vinos añejados, dado que "la del vino  no  es una industria de lujo ni de exportación, sino de primera necesidad, y todo lo producido se bebe rápidamente". Luego postula que la actividad se estaba proyectando con acierto hacia el futuro, a  pesar  de  esas  imperfecciones coyunturales. Entre otras cosas, no duda en señalar que "el viñedo argentino está en general bien implantado, con los mejores cepajes de la Gironde, Bourgogne, España e Italia". Algunos comentarios específicos merecen ser destacados y vistos en perspectiva, cien años después. Por ejemplo, cuando afirma haber degustado "excelentes vinos blancos de San Juan y de Salta de más de quince años, que recuerdan al Jerez o a ciertos vinos de Hungría y Dalmacia, y aunque son imposibles de adaptar a la comida, pueden ser indicados como vinos de postre". Más adelante el autor relata su visita a la bodega de uno de los productores más reconocidos y experimentados de Mendoza, donde logra probar buenos vinos de Pinot, tanto tintos como blancos, pero sobre estos últimos asegura lo siguiente: "se acercan bastante al Chablis, aunque con más cuerpo y vinosidad".
 
 
Producción argentina e importación de vinos en valor, período 1907 a 1910
(en millones de francos franceses)

Año                   Producción                    Importación
1907                       110                                 62,8
1908                       161                                 66,4
1909                       133                                 67,6
1910                       199                                 63,4

Algunos años después, en 1916, un recorrido del mismo tipo fue efectuado por Louis Ravaz, profesor de  viticultura  y  director  de  la  Estación  de Investigaciones Vitícolas de la  Ecole Nationale d´Agriculture de  Montpellier. En este caso no se trataba de un entendido, sino de un experto con todas las letras. Sus apreciaciones son básicamente similares a las de Doleris,  pero  los  seis  años transcurridos dejan entrever la existencia de una  industria más afianzada, con mayor diversidad de buenas cepas (señala, por ejemplo, al Chardonnay de Mendoza, utilizado para blancos y espumantes), manejos agronómicos profesionales y vinificaciones bien llevadas de acuerdo a la tecnología de la época. Entre sus experiencias de viaje se destaca  el   inesperado  periplo  por  varios  terruños vitivinícolas que luego pasaron por un letargo de más de setenta años, e incluso por algunos que nunca más lograron resurgir. La situación en el Gran Buenos Aires, por ejemplo, era sumamente singular. La zona sur era la patria de la uva Isabella (variedad americana conocida popularmente como "chinche"), con numerosos productores que elaboraban y comercializaban exitosamente sus rústicos vinos. Entre otros, menciona al señor Caffeso, propietario 6 hectáreas en Temperley; a Gatti, ubicado en "Lomos de Tamera" (obviamente, Lomas de Zamora) y a Bodaracco, establecido en Bernal. En cambio, por la zona norte que rodea a la ciudad reinaban las variedades europeas y los vinos de buena calidad. La finca más detallada en el relato es la del señor Franklin, en Escobar, que producía un vino de Nebbiolo "realmente muy agradable" y otro dulce de Malvasía. Como dato no menor, esa eminencia mundial en viticultura aseguraba, en 1916, que "la cultura de la viña es posible en Buenos Aires, luchando fuerte contra las enfermedades criptogámicas", y que "debido al clima lluvioso, los vinos son muy finos pero poco alcohólicos". En su paso por Concordia, en el viñedo entrerriano (el cuarto del país por aquel tiempo), compara a la región con Bordeaux por su topografía y el color de la tierra. Su recorrido incluye varias bodegas, donde prueba los vinos obtenidos con Cabernet, Malbec, Tannat y Semillón, a los que califica como "muy buenos si se toman de inmediato, pero después de un tiempo se vuelven excelentes, límpidos y brillantes".


Más allá de las curiosidades localizadas, tanto Doleris como Ravaz coinciden en la descripción de una vitivinicultura pujante, prometedora, concentrada mayormente en Cuyo pero saludablemente extendida hacia otras provincias,  sin  monopolios  ni prohibiciones. La enumeración de cepajes, manejos del viñedo y técnicas de vinificación no dejan dudas acerca de que la calidad era más valorada que el volumen, pero el crecimiento del consumo estaba empezando a cobrar peso. La historia posterior nos dice que el vino burdo, la cantidad sin calidad, los estiramientos desmedidos y los fraudes ganaron la batalla a partir de los años cincuenta, hasta que la última década del siglo XX volvió a cerrar el círculo de la historia, que siempre tiende a repetirse. Hay grandes diferencias entre las dos épocas, pero también hay muchos elementos comparables entre  ese  ayer  y  este  hoy:  el  mismo  espíritu  emprendedor,  el  auge  de  la experimentación, la diversidad de uvas y el reconocimiento de los especialistas del primer mundo.

jueves, 9 de agosto de 2012

La vitivinicultura del centenario 1

No muchos argentinos saben acerca de lo bien que se presentaba el futuro para nuestra patria en 1910, cien años después de su creación. Los festejos del centenario tuvieron como marco a un país que se había vuelto pujante  en todos los órdenes, luego de largas décadas de desencuentros. La  primera  década  del  siglo XX  resultó  ser contemporánea al enriquecimiento de la república en base a un modelo agroexportador, a la afluencia masiva de inmigrantes europeos y al poblamiento y explotación de las regiones más ricas de nuestro territorio. Mientras tanto, los antiguos enfrentamientos se habían atenuado, la  política  se había  vuelto  una práctica pacífica y los acuerdos proliferaban.. En esa coyuntura económica y social tan favorable florecía una industria del vino no menos prometedora, que comenzaba a cobrar dimensiones realmente importantes frente al desafío de ofrecer productos de buena calidad y proveer el suministro necesario para la creciente población. La introducción de variedades europeas de uva en 1853, el arribo del ferrocarril a las tierras de Cuyo en 1885 y la masiva llegada de pobladores extranjeros - algunos deseosos de producir vino y muchos de consumirlo - habían acelerado considerablemente el fenómeno, como lo demuestra el siguiente cuadro comparativo.


Evolución del viñedo argentino entre 1872 y 1910
(cifras expresadas en hectáreas)

1872                      3.650
1888                    25.654
1895                    33.459
1907                    55.529
1910                  121.137

En los primeros años del siglo XX ya existía una importante oferta de vinos finos, generalmente imitaciones de algunos productos europeos que constituían la base del consumo de las clases acomodadas, junto a una fuerte importación de los vinos  franceses  más  famosos. Además se elaboraban vinos de menor valía destinados a las clases menos pudientes, pero todos los registros hacen suponer que las etiquetas más modestas de la época eran significativamente superiores a sus similares de cincuenta o sesenta años después. Los indicios sobre esa actividad vitivinícola de hace cien años resultan sorprendentes por la cantidad de circunstancias comparables a las actuales. No deja de asombrar, por ejemplo, el amplio predominio de las variedades finas por sobre los cepajes comunes, con el Malbec a la cabeza de las tintas y el Semillón reinando entre las blancas. Los viñedos también rebosaban de Cabernet, Verdot, Pinot Noir, Torrontés y Sauvignon, como exponentes emblemáticos de una clara y genuina intención de producir vinos respetables. El marcado interés en experimentar con nuevas variedades de calidad  es una circunstancia de la época históricamente incuestionable; bien puede afirmarse que el abanico ampelográfico tan propio de los viñedos argentinos empezó a gestarse durante la primera mitad de esa década de 1910, cuando no faltaba mucho para que entraran en escena más cultivares prestigiosos como el Merlot, el Syrah y el Chardonnay. Otra acentuada semejanza con la industria de hoy es la proliferación de nuevos establecimientos, especialmente por el carácter pequeño, artesanal y familiar de muchos de ellos, en contraste con la tendencia al gigantismo que caracterizaría al sector a partir de la Segunda Guerra Mundial.


Producción de vino por cantidad y capacidad de bodegas, año 1910
(en todo el territorio nacional)

2564  bodegas de menos de 500 hectolitros:       16.725.719 litros
468  bodegas de 500 a 2000 hectolitros:             28.492.319 litros
165  bodegas de 2000 a 5000 hectolitros:           41.230.369 litros
125  bodegas de 5000 a 20.000 hectolitros:      112. 197.406 litros
25  bodegas de 20.000 a 40.000 hectolitros:       73.638.426 litros
10  bodegas de 40.000 a 80.000 hectolitros:       50.099.316 litros
2  bodegas de más de 100.000 hectolitros:         41.229.237 litros

3361  bodegas                                                     363.602.792 litros

Pero también se perciben, en otros sentidos, diferencias abismales. El virtual monopolio de las provincias cuyanas en materia de vinos estaba lejos de materializarse durante los primeros decenios del siglo XX. Aunque Mendoza y San Juan se situaban en primer lugar en las estadísticas (con una sorprendente similitud de hectáreas dedicadas a la vid), existía un importante desarrollo en otras provincias que décadas más tarde acabarían por desaparecer del mapa vitivinícola nacional, como Entre Ríos y Buenos Aires. Algunas regiones actualmente reconocidas, en cambio, apenas daban sus primeros pasos en la actividad y su presencia en las estadísticas era casi marginal. Tal es el caso de Río Negro y Neuquén, que hacia 1910 atesoraban sólo 557 y 24 hectáreas de vid, respectivamente, frente a las 596 de Santiago del Estero o las 333 de Santa Fe.


En esa realidad dinámica y esperanzadora, no obstante, se estaba gestando el germen de la lucha entre calidad y cantidad. Un informe privado de 1912 ya señalaba que los 400 millones de litros de vino producidos en el país apenas constituían la mitad de las necesidades de consumo para los habitantes de aquel tiempo, cálculo basado en la prudente estimación de los requerimientos de la dieta del argentino normal: un mínimo de medio litro diario. Así, no eran pocos los viñateros entregados incipientemente a producir vinos de uvas criollas con el propósito de aumentar rápidamente el volumen, si bien  todavía  eran  poco  frecuentes  los  vinos elaborados únicamente en base a variedades comunes. Lamentablemente, en contraste, empezaba a ser normal la práctica de cortar los vinos de Malbec, Cabernet, Pinot o Semillón con esos caldos de calidad inferior, como señala el informe del doctor Pedro Arata publicado en el año 1905. Todo esto se producía en medio de un verdadero frenesí por encarar la  producción  y  abastecer al anhelante mercado doméstico, al punto tal que la superficie dedicada al cultivo de la vid en todo el país se duplicó entre 1907 y 1910.

Distribución del viñedo argentino, año 1910
(cifras expresadas en hectáreas)

Mendoza                     48.500
San Juan                     48.432
Catamarca                    7.129
Entre Ríos                     4.875
Buenos Aires                 3.256
La Rioja                         3.245
Córdoba                        1.594
Salta                              1.121
San Luis                        1.105
Otras provincias            1.880

 TOTAL                     121.137


                                                         CONTINUARÁ…

miércoles, 4 de julio de 2012

Vinos en el recuerdo 2

Como afirmamos en la primera parte del tema de referencia, el análisis histórico de los años cincuenta y sesenta abre un espacio para el asombro por la gran cantidad de avisos y diversidad de marcas de destilados, con fuerte predominio  del   "Cognac"  y  algún  que  otro "Brandy". Los mensajes redundan  en el tiempo considerado por partida doble, tanto para añejarlo como para consumirlo con la debida tranquilidad. Los registros gráficos nos muestran a los Cognacs Le Noble ("todo a su tiempo"), Otard Dupuy ("en la edad está la diferencia"), Gran Lacrado Peters ("la sabiduría del tiempo"), Debrise ("nacido para una fecha especial"), y el Brandy Shumir ("bueno es el brandy cuando el brandy es bueno").  A pesar de que las décadas de 1970 y 1980 significaron la explosión final del vino común antes del derrumbe de la industria del gigantismo masivo, las bodegas que elaboraban productos de alta calidad  no dejaron de poner sus esfuerzos promocionales en los medios gráficos. En esta etapa es posible advertir la vida paralela de marcas luego malogradas con otras que permanecieron en el mercado hasta la actualidad, o con aquellas que cambiaron de propietario. Entre las primeras, cabe destacar a los Valroy de Arizu, que protagonizaban un sobrio y casi espartano aviso donde simplemente se mostraban sus cuatro variantes con el correspondiente año de cosecha: Borgoña 1974, Pinot Noir 1973, Cabernet Sauvignon 1972 y Pinot Chardonnay. Otros "desaparecidos en acción" fueron los vinos Círculo de Armas, elaborados por Gancia y presentados en una vistosa publicidad a página entera de 1973 que rezaba: "Tenemos la tierra. Tenemos la experiencia. Tenemos la gente que sabe. Tenemos el tiempo. Por eso la calidad de los vinos finos Círculo de Armas, dentro de 10 años, será igual a la de hoy". Quizás puede parecer mordaz decir que diez años después ni siquiera existía la marca, pero es la realidad pura.


Las etiquetas de vinos que no perdieron vigencia son numerosas, comenzando por Bianchi, que a principios de los setenta ya exhibía un cierto aire vanguardista en sus mensajes gráficos. Para su reconocido Borgoña, verbigracia, usaba la efectiva frase: "a buen entendedor, Bianchi Borgoña".  Por su parte, San Felipe recurría a la historia como fuente de renombre: “desde 1895 prestigiando la industria vitivinícola argentina”. Rodas, en aquel entonces en manos de Cinzano, hacía un uso permanente de los medios gráficos con variedad de mensajes, entre los que se destacaban "Rodas, la plenitud del vino" y "Rodas, vinos muy finos de casta y señorío". Aprovechando el auge del ajedrez, bodegas Esmeralda  logró ver la oportunidad y sacó un aviso con la foto de dos botellas de Valderrobles sobre un tablero, junto a  la leyenda "Tablas: Valderrobles Borgoña y Valderrobles Riesling. Tan excelentes el uno como el otro. Una jugada maestra de Bodegas Esmeralda".


Por supuesto, la historia continuó su curso inexorable en el marco de un profundo cambio de costumbres, mientras muchos de aquellas publicidades iban pasando de moda y se dirigían rumbo a la oscuridad del olvido. En el medio quedaron no pocas  bodegas y marcas, pero otras continuaron siendo testigos presenciales de la vida de una industria que logró reinventarse a sí misma. Con todo, siempre es bueno volver la mirada hacia atrás para ver la perspectiva del tiempo y descubrir cómo eran las cosas no hace mucho, y a la vez hace tanto.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Menú de mar y tierra 2

La navegación marítima, fluvial o lacustre es el método de transporte más antiguo que existe. En nuestros días, este viejo sistema conserva toda su influencia en el ámbito de las cargas pero ha sido completamente derrotado en el segmento de los pasajeros. Afortunadamente, los cruceros de placer lograron conservar en algo la antigua tradición de movilizar personas a través de los mares del mundo, aunque sólo sea con fines meramente turísticos. Paralelamente, el transporte de viajeros mantiene también cierta vigencia en algunos casos específicos de trayectos pequeños, como el cruce de ríos y canales que conectan ciudades portuarias.
En ese orden de cosas, hacer una revisión del servicio gastronómico a bordo de los buques de pasajeros que arribaron a la Argentina a lo largo de los siglos XIX y XX es una tarea enorme, abordable sólo por alguna persona con acceso a documentación de las antiguas empresas navieras, siempre y cuando ese material aún exista y pueda ser objeto de investigación. Pero sí es posible, al menos, echar un vistazo sobre un puñado de ejemplares pretéritos del "menú de mar" con el fin de analizar someramente las distintas circunstancias, épocas y entornos que les dieron vida. Para ello vamos a tomar como ejemplo tres prototipos del siglo pasado, fechados en 1961, 1957 y 1931.
La historia del primer menú tiene que ver con los ricos antecedentes de su buque, el SS Uruguay (1). Este navío norteamericano fue construido en 1928 y botado como SS California para el servicio de pasajeros y carga en el pacífico. En 1937 fue rebautizado y pasó a efectuar periódicamente la línea Nueva York - Buenos Aires. Entre 1942 y 1948 estuvo asignado al transporte de tropas y más tarde regresó a su ruta civil, condición que mantuvo hasta su desguace en 1964.
El 25 de Mayo de 1961 se celebraba a bordo la principal fiesta patria de nuestro país con un menú compuesto por las sencillas entradas aspic de pollo, ensalada rusa y jamón glace, los principales crema de apios, langosta a la americana, medallones de lomo grillados, berenjenas a la romana y tomates provenzal, y el postre gateau argentino.




















Algunos años antes, el pequeño buque "Ciudad de Santa Fe" realizaba el trayecto Buenos Aires - Montevideo. En su salón comedor se podía disfrutar, según menú textual del 22 de Septiembre de 1957, de Feine Bismarck Heine (estilo alemán), consomé doble caliente o frío, crema conti, congrio poché con salsa mayonesa, pollo a la Vichy y roast beef a la inglesa. Tras estas propuestas de dudosa sonoridad internacional, la consigna estaba dada por los "quesos especiales" y los "postres varios", a saber: ananás del caribe, damascos, duraznos en almíbar, peras y cerezas de California. Interesantes resultan algunos otros puntos del repertorio en cuestión, como la oferta de "vinos extranjeros, champagnes y licores", además de "tabaco para pipa Dobelman" y "cigarros habanos". Finalmente, al pie, la siguiente leyenda: después de cenar visite el Salón Can-Can abierto hasta la madrugada.


Ahora bien, para referirse al último menú de esta serie marítima hay que hablar en otro tono, ya que se trata nada menos que del Cap Arcona, un verdadero transatlántico alemán de lujo que realizó la ruta Hamburgo - Sudamérica desde 1927 hasta 1939, cuando entró al servicio de la marina de guerra germana (2). En sus buenos años civiles, la nave tenía todo el confort propio de la época, incluyendo uno de esos majestuosos salones comedores que parecen más propios de un gran hotel que de un barco.


La carta de platos del Lunes 3 de Agosto de 1931 (presentada en alemán y en español) impacta por la calidad y complejidad de preparaciones típicas de una alta cocina europea combinadas con ciertas viandas muy tradicionales argentinas. Este fabuloso contraste, por ejemplo, se refleja en el caviar beluga o el hígado de ganso garni conviviendo con la cazuela de humita. Considerando que se trata de un testimonio digno de ser admirado, la imagen del menú va a su máximo tamaño para posibilitar una observación detallada.


Como decíamos al principio, poco queda de aquel esplendor naviero. Y si bien es cierto que los cruceros turísticos de hoy son capaces de emular el lujo de sus antecesores, la opinión del que suscribe  es que la emoción de una travesía no es la misma hoy que en aquellos años. Ni por asomo.

Notas:

(1) Para quien tenga el interés de seguir la cronología detallada de este buque existe una interesante página: http://www.moore-mccormack.com/SS-Uruguay-1938/SS-Uruguay-Timeline.htm
(2) El Cap Arcona terminó sus días de una manera enormemente triste y trágica, ya que fue hundido en la Bahía de Lübeck el 3 de Mayo de 1945 con más de 4000 prisioneros de los campos de concentración a bordo. Desde luego, preferimos recordarlo en su feliz etapa civil.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Viejos consumos en el cine nacional: El Viejo Hucha (1942)

No solo de libros se nutre la investigación histórica sobre los consumos del pasado. También el cine suele contener valiosos testimonios  acerca de las costumbres del ayer, a veces con un grado de detalle que ni los propios registros escritos (por obvias razones visuales) son capaces de ofrecernos. En esta nueva serie que abriremos hoy vamos a analizar ciertas escenas de diversas películas argentinas que nos permiten tener una imagen de lo que se comía, bebía y fumaba en la Argentina del siglo XX. Y empezamos con un clásico del cine vernáculo, realizado en 1942 por el prestigioso director Lucas Demare. Se trata de El Viejo Hucha, un personaje de ficción que pasó a la historia como el arquetipo del avaro, del que intenta ahorrar todo a costa de una vida casi miserable.


Pero no vamos a profundizar en la trama sino en una escena en particular, en la que se aprecian tres consumos tan habituales en la década de 1940 como raros (o imposibles) en nuestos días. Ellos son los ravioles de seso, el vino común en botella de litro con tapón de corcho y los toscanos. Todo ocurre en el transcurso de un típico almuerzo familiar de domingo (que casi puede ser rotulado también como una costumbre desaparecida), donde nuestro Viejo Hucha preside la mesa en compañía de sus hijos. Desde el punto de vista actoral, vale la pena observar aquí las actuaciones de los grandes Enrique Muiño y Francisco Petrone, así como la de algunas jóvenes figuras como Osvaldo Miranda y Gogó Andreu (1).
El hecho es que la familia se sienta a comer en una ambiente algo ríspido por una discusión entre el Hucha y su hijo mayor. Apenas se aquietan los ánimos, la madre sirve la fuente conteniendo un manjar que solía ser extremadamente frecuente en ese tiempo: los ravioles de seso (2).


Ahora bien, ¿cómo sabemos que son de seso? Porque el mismo protagonista se encarga de aclararlo. Ante el comentario de uno de sus hijos sobre lo escueto de la raviolada (3), el padre sentencia con severidad: "es que el seso está muy caro". Acto seguido, el pater familias abre una botella de vino común cerrada a la manera de entonces: con corcho, el mismo que hoy se usa en los mejores vinos finos (4). Si lo pensamos un poco, ya ni las botellas de vidrio subsisten en el ámbito de los vinos de mesa. Luego podemos apreciar al veinteañero Osvaldo Miranda sirviéndose la bebida de los pueblos fuertes en su copa. Y en el fondo, como no podía ser de otra manera, el tradicional sifón.



Una vez concluida la comida (en la que no faltan otras discusiones y roces entre el avaro Hucha y sus hijos), el protagonista procede a encender un toscano mientras le ordena a la sumisa esposa y ama de casa: "tráigame el sombrero". Más tarde lo vemos salir por el patio en medio de su "fumata" con el célebre ejemplar cigarrero, que para ese entonces se consumía por millones (5).



Son apenas unos cuantos minutos, pero en tan corto tiempo se da la feliz existencia de los tres consumos mencionados, muy propios de la década en cuestión. Seguramente los realizadores del film nunca pensaron que con esta escena iban a dejar un testimonio invalorable para el futuro, ni que semejante material serviría a los que nos gusta investigar el pasado. Pero es así, nomás: nadie sabe que está haciendo historia hasta que sus actos se convierten en historia.

Notas:

(1) Breve ficha técnica: "El Viejo Hucha". Dirección: Lucas Demare. Guión: Ulises Petit de Murat y Homero Manzi. Intérpretes: Enrique Muiño, Francisco Petrone, Nury Montsé, Ilde Pirovano, Osvaldo Miranda, Roberto Airaldi, Gogó Andreu, Haydeé Larroca. Estrenada el 29 de Abril de 1942.
(2) La receta típica de aquel plato familiar incluía casi siempre espinaca u otra verdura, junto con el seso.
(3) Casi sin quererlo, el comentario pone al descubierto uno de esos errores casi ridículos que a veces se dan en las películas. La fuente que se observa, más que escueta, es absurdamente pequeña para una familia de 7 personas: el padre, la madre, dos hijas y tres hijos.
(4) Todos los vinos comunes embotellados se fraccionaron con tapón de corcho hasta finales de la década de 1960. Recién ahí comenzó a utilizarse la tapa rosca o pilfer, que requirió una nueva tecnología en la industria del vidrio y nuevas líneas de fraccionamiento en las bodegas.
(5) Hay otra escena que involucra a los toscanos algunos minutos más tarde. En ella, el padre le ordena a su hijo menor (Gogó Andreu) que vaya a comprar toscanos a la cigarrería. El muchacho le pregunta fastidiado por qué no los compra en el almacén, que está más cerca, a lo que Hucha contesta: "porque en la cigarrería los dan más frescos". Y acota, tratándolo de usted al igual que a su esposa y sus demás hijos: "y no se olvide de traer los fósforos gratis". Desde luego, este segundo propósito era el que guiaba al mezquino personaje. Pero el tiro le sale por la culata, dado que cuando el hijo retorna con los toscanos le informa que en la cigarrería ya no regalan los fósforos. Entonces el viejo, furioso, sentencia: "A partir de mañana los compra en el almacén. Yo le voy a enseñar a ese a ser avaro".

martes, 24 de enero de 2012

Estampas del comercio antiguo: las cervecerías

El análisis de los consumos pretéritos abarca muchos aspectos, desde los productos en sí mismos hasta la gente que hacía uso de ellos, pasando por las industrias que los generaban y los comercios que los expendían. Este último caso representa un mundo aparte, dado que cada actividad contaba con  establecimientos cuyas características eran propias y bien diferenciadas del resto de los rubros. En el sector gastronómico, por ejemplo, no era lo mismo el café que el bodegón: cada uno poseía cierto tipo de "señas particulares" que los hacía inconfundibles. Por ese motivo, aquí abrimos una nueva serie de entradas sobre las "estampas" de los viejos comercios argentinos (y especialmente porteños), en las que vamos a intentar la recreación de los atributos, los ambientes y los entornos históricos que enmarcaron a esos recordados -y recordables- sitios del quehacer cotidiano nacional.
Hay un rubro en particular que no resulta muy conocido en nuestros días, en parte porque se ha extinguido por completo. En efecto, las antiguas "cervecerías" que supieron proliferar por las principales ciudades del país ya no existen como tales. Es cierto que hoy se pueden encontrar recintos de habitualidades más o menos análogas, como los pubs o las más recientes fábricas de cerveza artesanal con despacho al público, pero ellos no tienen nada que ver con sus "similares" del pasado. Los comercios argentinos en cuestión que existieron desde finales del siglo XIX hasta la década de 1970 tenían un carácter único, singular, no igualado hasta hoy. Desde luego, ello se debe al cambio general de las costumbres y a las nuevas maneras de encarar el negocio gastronómico según las exigencias modernas.


El primer rasgo distintivo de las viejas cervecerías era su relación inevitable con lo alemán, o al menos con lo centroeuropeo. Tanto fuera por la nacionalidad de sus dueños o simplemente por la sonoridad de su nombre, cada local estaba marcado y rodeado por esa aurora germanófila. Además del propio leitmotiv de la actividad, que se servía en todas sus variantes de color y sabor gracias a la abundante y heterogénea oferta de entonces (1), una cervecería que se preciara de tal debía ofrecer también algunas de las viandas más clásicas de las regiones del centro y norte del viejo continente: salchichas, chucrut, jamones, carnes de caza, embutidos ahumados, spätzle y panes de centeno, entre otras.
Muchas dieron en ubicarse en pleno centro de Buenos Aires, como el Bier Convent, en Sarmiento y Maipú, el Aue´s Keller en Bartolomé Mitre 650 y la Cervecería Berna, en la esquina de Avenida de Mayo y Luis Sáenz Peña. A esta última, inaugurada en 1928, solían concurrir periodistas y gente del arte que trabajaba en los diarios y teatros vecinos. Una mención especial merecen los locales de Belgrano, quizás el barrio porteño más cervecero por historia y tradición. Allí estuvieron Bodensee (Monroe 1869 hasta el año 1935, luego Cramer 2455), El Ciervo de Oro (2) (Echeverría y las vias del ferrocarril) y el Bar y Cervecería Hamburgo, de Juan Linder (Amenábar 2184).


No se puede cerrar el presente capítulo de los Consumos del Ayer sin referirse a una cadena de locales gastronómicos que, si bien nunca tuvo una relación demasiado estrecha con la cerveza en sí misma, cuenta con todas las credenciales al respecto de acuerdo con la memoria colectiva de Buenos Aires. Se trata de las otrora celebérrimas Munich, situadas en numerosos barrios de la ciudad y en sus alrededores. Más que cervecerías (aunque así se denominaban oficialmente), las Munich eran restaurantes con todas las letras, y poseían las interminables cartas de platos, postres y vinos tan características de la restauración porteña de ese tiempo. Tuvieron su esplendor entre las décadas de 1930 y 1960, aunque subsistieron con distinta suerte hasta fines de los años noventa del siglo pasado.
Una de ellas, la Munich Costanera, ha sido conservada como museo debido a su riqueza arquitectónica.


Diseñado por el arquitecto húngaro Andrés Kalnay y construido en 1927, el comercio de marras fue un lugar obligado en los paseos al aire libre hasta su cierre a mediados de los setenta. Gracias al porte imponente y el particular estilo art-decó del edificio, las autoridades tuvieron el buen tino de no dejar que cayera bajo la picota del frenesí inmobiliario. Hoy se puede visitar y recorrer en los horarios correspondientes (3), para así llegar a tener, al menos, un lindo atisbo de recuerdo de aquellas viejas y buenas cervecerías del país.

Notas:

(1) Hemos señalado en entradas anteriores la fuerte atomización de la industria de cerveza que existía en Argentina hacia fines del siglo XIX. Con la concentración del negocio, iniciada a principios del siglo XX, es lógico suponer que las opciones de estilos y sabores se fueron reduciendo paulatinamente. Sin embargo, la etapa más "oscura" de la cerveza argentina se dio entre 1980 y 2000, cuando era muy difícil conseguir (por falta de oferta) otra cosa que no fuera cerveza rubia tipo lager. Por fortuna, las cosas han cambiado otra vez para bien.
(2) El lugar fue referencial para el barrio por su popularidad. Sus habitués solían llamarlo cariñosa y jocosamente "El chivo de lata". Cerró en 1996.
(3) Para más datos se puede acceder a http://www.museos.buenosaires.gob.ar/dgm_centrodemuseos_h.htm#munich