domingo, 8 de abril de 2012

Corrientes, Avenida gastronómica

De las numerosas imágenes que sirven como estampa inconfundible de la ciudad de Buenos Aires, existe una que supera a todas las demás en términos de contundencia visual. Nos referimos, por supuesto, al Obelisco, ese particular monumento emplazado en la intersección de las también famosas avenidas 9 de Julio y Corrientes. El monolito de marras marca además el epicentro del sector más antiguo y célebre de la segunda avenida citada, cuya historia tiene que ver con la cultura, la idiosincracia y la gastronomía porteña desde el lejano ayer hasta la actualidad. Y aunque hoy existen nuevos y rutilantes "polos gastronómicos" en diferentes partes de la metrópolis, es un hecho que ninguna arteria ciudadana tiene una cronología tan rica en lo que hace a sus confiterías, cafés, restaurantes, pizzerías y otros locales semejantes que adornaron (y adornan) las populosas veredas


Como muchos saben, Corrientes fue una calle "angosta" en el sector Callao - Leandro N Alem desde sus inicios coloniales hasta 1935, cuando las obras tendientes a mejorar la infraestructura vial urbana la convirtieron en la avenida que todos conocemos. Sin embargo, no todos ubican sus glorias pasadas como eje de la vida nocturna de la ciudad, especialmente en lo relativo al desarrollo del tango. Muchos de sus cafés y confiterías supieron cobijar a las diferentes orquestas del entonces naciente género musical, lo que le dio a esos reductos una especie de leyenda que supo perdurar a través de los años. Las crónicas de finales del siglo XIX y comienzos del XX nos hablan, en principio, de El Nacional,  un sitio que ha sido dado en llamar "la catedral del tango" y que estaba situado a la altura del 980 (esquina con la actual Carlos Pellegrini), así como del Café Marzotto (1120), el Café Iglesias (1517) y el Café Domínguez (1525), entre otros innumerables locales que llegarona tener las primeras "orquestas de señoritas". Es interesante recordar que tales agrupaciones eran puramente musicales y no se dudaba de su moral hasta que, en 1936, como consecuencia de la Ley de Profilaxis Social (1), muchos cafetines de baja estofa pasaron a tener sus propios "grupos", los que en realidad escondían como único propósito alternar sexualmente con la concurrencia bajo un paraguas medianamente legal. A partir de entonces, la simpática modalidad artística se fue desvalorizando hasta desaparecer por completo a finales de esa década.
Con todo, no sólo de cafés y tango se nutría "la que nunca duerme". También fue patria de cuantiosos emplazamientos mayoritariamente gastronómicos al estilo de los cafés Los Inmortales, Paulista, Germinal y de Gerard, por mencionar solamente los más arraigados en la mitología popular. Pero el ensanche de la avenida que se llevó cabo indefectiblemente a partir de 1935 (y que afectó solamente la vereda norte) puso fin a la vida de numerosos puntos de reunión de la época, como la Confitería El Quijote, que sucumbió bajo la picota con algunas de sus semejantes.



Por suerte, el aturdimiento provocado por esa obra ligada a los avances del progreso no logró aminorar en absoluto la fama y el prestigio de Corrientes, ahora avenida en toda su extensión. Bien al contrario, ello no hizo más que multiplicar la radicación de locales: cafés, bares y restaurantes análogos a la intensa vida social y cultural representada por cines, teatros y librerías de todo tipo y tamaño. A partir de la década de 1940, nuestra arteria se trocó en lugar favorito de intelectuales y jóvenes que se aquerenciaron en los cafés El Foro, La Paz y Ramos para sus sesudas tertulias. De modo concomitante, la restauración propiamente dicha y las pizzerías hicieron lo propio de acuerdo con las nuevas exigencias. Así llegaron negocios de contraseña de la talla de El Palacio de la papa frita, Guerrín, Arturito, El Palacio de la pizza o Las cuartetas, los que, más allá de sus cualidades gastronómicas, se convirtieron en auténticas postales de la calle que nos ocupa, tan famosas como fueron en su tiempo las "cantinas" de La Boca o los "carritos" de la costanera.


El paso de las décadas ha sido ciertamente duro con otras zonas de la ciudad y sus respectivas glorias en tiempos pretéritos, pero no ha ocurrido nada así con Corrientes, que se mantiene tan vital como lo era en su período tanguero y bohemio. Desde este blog hacemos votos para que esa  afortunada realidad se mantenga igual para siempre.


Notas:

(1) Esta ley acabó con la prostitución legal que existía en Buenos Aires desde los últimos decenios del siglo XIX. Los motivos de su promulgación fueron muchos, pero sin dudas ayudaron enormemente los escándalos suscitados por el descubrimiento de numerosas redes que explotaban mujeres extranjeras arribadas al país mediante falsas promesas de trabajo. Ello produjo un hondo rechazo de la sociedad hacia el comercio sexual y dio lugar a normas restrictivas de toda índole.

lunes, 2 de abril de 2012

Un revelador libro ferroviario de stock de 1898 3

¿Por qué eran tan completos y sofisticados los servicios de bar y restaurante en los trenes y estaciones de los ferrocarriles de antaño? La respuesta es bastante compleja, pero puede sintetizarse simplemente comprendiendo la trascendencia que ese modo de viajar tenía entonces, no sólo como transporte en sí mismo, sino también como elemento fundamental en la vida de los pueblos y ciudades. Al respecto decíamos que las grandes estaciones y sus confiterías, amés de los propios convoyes ferroviarios de larga distancia, eran los principales destinatarios de los artículos asentados en nuestro viejo libro contable. Pero vale aclarar que muchas localidades que no eran tran grandes al nivel de Buenos Aires, La Plata o Bahía Blanca (1) también tenían confiterías en sus estaciones: Temperley, Las Flores o Tandil, por ejemplo, eran algunas de ellas. ¿Cómo no iban a ser destacados esos comercios ferroviarios hace más de cien años, cuando quizás se trataba de los únicos locales gastronómicos de jerarquía en tales parajes?
La estación, asimismo, era mucho más que el punto de embarque de pasajeros. También allí se despachaban y recibían cargas, hacienda, encomiendas, telegramas, periódicos y casi todos los artículos imaginables. Por eso, se trataba de un sito con actividad y movimiento durante la mayor parte del día, igual que lo eran un banco, un comercio o una repartición pública. Ir a recibir a un viajero, o a despachar un paquete, o a enviar un telegrama, constituían algunas de las muchas ocasiones para llegar a la estación y encontrarse, seguramente, con otras gentes de la vecindad en una especie de ceremonia social tan típica de la época. Y así las cosas, ¿por qué no matizar esos encuentros con un café, una copa o un refrigerio en la confitería?



Aclarado el interrogante, pasemos entonces a analizar en esta entrada lo que corresponde a la abundante variedad de todos los tipos de bitter, amargos, aperitivos, vinos quinados y vermouths que ofrecían las cartas del FCS y que fueron felizmente registradas por el increíble volumen que nos ocupa desde hace algún tiempo (y que seguirá haciéndolo por mucho más, sin dudas). Y al igual que con las cervezas o los wiskies, el detalle de las marcas da lugar al asombro por la su calidad y diversidad, con una abrumadora mayoría de etiquetas importadas de Europa, dado que la industria argentina de bebidas, si bien ya existente, no tenía a fines del siglo XIX la envergadura suficiente como para ofrecer semejante multiplicidad de opciones. En principio, vemos lo que corresponde al bitter (2) y a los amaros, con sus debidos precios de venta por botella cerrada, que era el modo en que eran entregados y registrados por la empresa desde sus depósitos en Buenos Aires.

Bitter Angostura             3,00
Bitter Secrestat               5,00
Bitter Naranja                  5,00
Bitter Gaillard                  5,00
Bitter Peach                    5,00
Bitter Argentino               5,00
Bitter Pelletier                  5,00
Amaro Felsina                 5,00
Amaro Monte Cúdine      1,60
Amaro Ejército Italiano     2,00


Sin dudas parece reiterativo, pero la cuestión de la cantidad de productos para elegir realmente no me deja de sorprender: 7 alternativas sólo en bitter es algo que quizás muy pocos sitios en el mundo ofrezcan en este mismo momento, pero en algunos trenes y estaciones de la Argentina en 1898 era posible conseguirlas sin mayores inconvenientes.


Continuemos entonces con la no menos abundante oferta en lo que hace a aperitivos, vinos quinados y vermouths, con algunos nombres que se han perpetuado en el tiempo y que llegaron a nuestros días con éxito masivo en la Argentina y el mundo entero. El repertorio, en este caso, es el siguiente:


Aperital                       5,00
Fernet Branca            5,00
Byrrh                          5,50
Alpinina                      1,70
Hesperidina                5,00
Ferro Quina Bisleri     5,00
Vermouth Cinzano      5,00
Vermouth Cora           5,00
Vermouth Noilly Prat   5,00  (3)


No seguiremos abundando en lo sorprendente de la variedad porque sería una cuestión monotemática casi obsesiva, pero sí vale la pena destacar que sólo en el caso del Fernet encontramos en la actualidad un abanico de marcas realmente valorable.  Digamos a título estadístico que de la suma de botellas asentadas entre Abril de 1898 y Julio de 1899 surge que Cinzano era ampliamente favorito en los gustos del público, con 2016 unidades apuntadas en todo ese período.


Es verdad que en la última década se viene verificando un saludable revival de este tipo de productos gracias a la explosión de la coctelería profesional, pero... ¿a quién no le hubiera gustado estar a bordo de un coche comedor de madera de los que surcaban aquellos viejos y lustrosos rieles mientras se deleitaba con alguna de tales bebidas?  En fin, la cosa no termina aquí ni muchos menos, como ya hemos advertido. Hay material para repasar durante muchas entradas más, mientras seguimos descubriendo cosas en este fabuloso testimonio de la vida cotidiana argentina hace poco más de ciento diez años.

                                                              CONTINUARÁ...
Notas:

(1) La primera foto de la entrada corresponde a la confitería de la Estación Bahía Blanca del FCS en los primeros años del siglo XX. Otra foto del mismo lugar lleva en su epígrafe la leyenda "anexo almacén", lo cual abre la posibilidad de que en allí también se pudieran comprar los productos directamente y por envase cerrado. La que sigue es esa imagen y llamo la atención sobre la vestimenta de los mozos y la impresión general de local "bien puesto".


(2) En una entrada del año pasado dimos cuenta de la popularidad del bitter (mezclado con ginebra) según varias obras de la literatura argentina. Sin dudas era una bebida muy apreciada y requerida en aquel entonces.
(3) Noilly Prat es una antigua marca francesa no demasiado conocida en el resto del mundo,  pero sí en su país de origen, especialmente su versión blanca o dry. Los otros dos señalados en la lista del FCS, Cinzano y Cora, son en cambio más famosos por sus respectivas versiones rojas.

lunes, 26 de marzo de 2012

Estampas del comercio antiguo: las lecherías

Hay actividades del comercio porteño que se han transformado profundamente con el correr de los años, tal como hemos visto en la entrada anterior de esta serie, referida a las cervecerías. Y muy pronto haremos lo propio con otro ramo ejemplificador del fenómeno, que es el de las cigarrerías. Pero hoy nos vamos a detener en un singular modelo de local que en nuestros tiempos ha desaparecido por completo sin dejar rastro alguno. Se trata de las lecherías, una modalidad comercial que llegó a ser extremadamente popular durante las primeras seis décadas del siglo XX. Como vamos a ver, estos lugares tenían ciertas características que no han dado en repetirse hasta hoy, a pesar de que la especialización de los rubros gastronómicos es cada vez más fuerte.
Las lecherías nacieron a principios de la década de 1910 como reflejo de la paulatina modernización del servicio de productos lácteos. La venta ambulante no decayó inmediatamente por ello, pero es evidente que el expendio de leche y sus derivados casa por casa en tarros  o directamente desde la vaca (en efecto, el lechero con su animal ordeñado "a pedido" se mantuvo hasta los años treinta) eran métodos andariegos en franca debacle. Así, comenzaron a proliferar los negocios dedicados exclusivamente a la venta de productos lácteos en su más amplia acepción, con casos puntuales que añadían algunos comestibles, dulces y servicios de cafetería.


El historiador porteño Diego Del Pino hace una buena descripción del tema: "estaban casi siempre a mitad de cuadra, ya que las esquinas eran para cafés y almacenes (...) En su interior resaltaba la blancura casi hospitalaria de los azulejos que forraban las paredes, de las heladeras (entonces a hielo) y de los mármoles de los mostradores, todo con gran higiene y pulcritud." En las lecherías se conseguía, además del líquido vacuno propiamente dicho, helados (en verano), crema, vainillas y chocolate. En ciertas ocasiones la cuestión se volvía casi medicinal, puesto que allí también se podía adquirir cuajada (ácida o dulce), Kefir (cuajada con bacilos), leche ácido-filada (recomendada entonces para ciertos males digestivos) y el Compuesto Sulba (necesario como contraste para las radiografías). Según algunas crónicas de los años treinta, un vaso de leche común costaba 0,10 pesos. Si se añadía crema, el valor ascendía a 0,20 y si se agregaban vainillas se formaba una especie de "completo" por un precio total de 0,30 pesos. Además de la venta en mostrador, era normal que se dispusieran algunas mesas para tentar a los transeuntes deseosos de refrescarse o calentarse (según clima) con un alto vaso de leche. Por supuesto, siempre estaba la posibilidad de matizar la cuestión con el agregado de una barra de chocolate, mezcla precursora del célebre "submarino" de los años setenta y ochenta.

La celebridad ciudadana de las lecherías hizo que no faltaran en ningún barrio de Buenos Aires ni en la mayoría de las grandes ciudades y pueblos del país. No obstante, hubo una en particular que logró la combinación del comercio en sí mismo con el éxito de su marca sostén. Nos referimos, por supuesto, a La Martona, quizás la escudería de lácteos más famosa del siglo XX. De todos sus locales se destacó siempre el primero de todos, situado en la Avenida Rivadavia al 3500 (1). Más tarde existieron otros similares ubicados en la zona céntrica que lograron una subsistencia con diferente suerte hasta la década de 1990 inclusive, aunque ya casi sin resabios del auténtico espíritu que les dio vida. En otras palabras: se convirtieron en bares simples y corrientes.
Las lecherías desaparecieron como tales, es cierto, a pesar de haberse intentado una breve resurrección en la década de 1970 bajo el pálido eufemismo de "bar lácteo". Aquí, en Consumos del ayer, preferimos siempre contar las historias tal como fueron en el pasado más lejano posible y con toda la genuinidad de su origen. Por eso, nos despedimos de esta entrada recordando algunas nobles imágenes lecheras: la llegada de los carros con los tarros de leche, la conservación de esa materia prima que luego se vendía suelta (2), la venta de crema y de hielo, o el regalo de agua fría a los vecinos del barrio, en esos tiempos en que la solidaridad y la cortesía eran cosa frecuente.



Notas:

(1) La primera foto corresponde al mencionado local "madre" de La Martona. Tal vez no se visualizan bien las leyendas de los carteles del fondo, por lo cual aquí va la ampliación de uno de ellos.


(2) A principios de la década de 1960 se prohibió finalmente la entrada de leche sin pasteurizar a la ciudad de Buenos Aires. Fue entonces que los "tarros" desaparecieron de manera definitiva. Durante muchos años las botellas monopolizaron el panorama del producto, hasta la aparición final de los sachets y cartones.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Menú de mar y tierra 2

La navegación marítima, fluvial o lacustre es el método de transporte más antiguo que existe. En nuestros días, este viejo sistema conserva toda su influencia en el ámbito de las cargas pero ha sido completamente derrotado en el segmento de los pasajeros. Afortunadamente, los cruceros de placer lograron conservar en algo la antigua tradición de movilizar personas a través de los mares del mundo, aunque sólo sea con fines meramente turísticos. Paralelamente, el transporte de viajeros mantiene también cierta vigencia en algunos casos específicos de trayectos pequeños, como el cruce de ríos y canales que conectan ciudades portuarias.
En ese orden de cosas, hacer una revisión del servicio gastronómico a bordo de los buques de pasajeros que arribaron a la Argentina a lo largo de los siglos XIX y XX es una tarea enorme, abordable sólo por alguna persona con acceso a documentación de las antiguas empresas navieras, siempre y cuando ese material aún exista y pueda ser objeto de investigación. Pero sí es posible, al menos, echar un vistazo sobre un puñado de ejemplares pretéritos del "menú de mar" con el fin de analizar someramente las distintas circunstancias, épocas y entornos que les dieron vida. Para ello vamos a tomar como ejemplo tres prototipos del siglo pasado, fechados en 1961, 1957 y 1931.
La historia del primer menú tiene que ver con los ricos antecedentes de su buque, el SS Uruguay (1). Este navío norteamericano fue construido en 1928 y botado como SS California para el servicio de pasajeros y carga en el pacífico. En 1937 fue rebautizado y pasó a efectuar periódicamente la línea Nueva York - Buenos Aires. Entre 1942 y 1948 estuvo asignado al transporte de tropas y más tarde regresó a su ruta civil, condición que mantuvo hasta su desguace en 1964.
El 25 de Mayo de 1961 se celebraba a bordo la principal fiesta patria de nuestro país con un menú compuesto por las sencillas entradas aspic de pollo, ensalada rusa y jamón glace, los principales crema de apios, langosta a la americana, medallones de lomo grillados, berenjenas a la romana y tomates provenzal, y el postre gateau argentino.




















Algunos años antes, el pequeño buque "Ciudad de Santa Fe" realizaba el trayecto Buenos Aires - Montevideo. En su salón comedor se podía disfrutar, según menú textual del 22 de Septiembre de 1957, de Feine Bismarck Heine (estilo alemán), consomé doble caliente o frío, crema conti, congrio poché con salsa mayonesa, pollo a la Vichy y roast beef a la inglesa. Tras estas propuestas de dudosa sonoridad internacional, la consigna estaba dada por los "quesos especiales" y los "postres varios", a saber: ananás del caribe, damascos, duraznos en almíbar, peras y cerezas de California. Interesantes resultan algunos otros puntos del repertorio en cuestión, como la oferta de "vinos extranjeros, champagnes y licores", además de "tabaco para pipa Dobelman" y "cigarros habanos". Finalmente, al pie, la siguiente leyenda: después de cenar visite el Salón Can-Can abierto hasta la madrugada.


Ahora bien, para referirse al último menú de esta serie marítima hay que hablar en otro tono, ya que se trata nada menos que del Cap Arcona, un verdadero transatlántico alemán de lujo que realizó la ruta Hamburgo - Sudamérica desde 1927 hasta 1939, cuando entró al servicio de la marina de guerra germana (2). En sus buenos años civiles, la nave tenía todo el confort propio de la época, incluyendo uno de esos majestuosos salones comedores que parecen más propios de un gran hotel que de un barco.


La carta de platos del Lunes 3 de Agosto de 1931 (presentada en alemán y en español) impacta por la calidad y complejidad de preparaciones típicas de una alta cocina europea combinadas con ciertas viandas muy tradicionales argentinas. Este fabuloso contraste, por ejemplo, se refleja en el caviar beluga o el hígado de ganso garni conviviendo con la cazuela de humita. Considerando que se trata de un testimonio digno de ser admirado, la imagen del menú va a su máximo tamaño para posibilitar una observación detallada.


Como decíamos al principio, poco queda de aquel esplendor naviero. Y si bien es cierto que los cruceros turísticos de hoy son capaces de emular el lujo de sus antecesores, la opinión del que suscribe  es que la emoción de una travesía no es la misma hoy que en aquellos años. Ni por asomo.

Notas:

(1) Para quien tenga el interés de seguir la cronología detallada de este buque existe una interesante página: http://www.moore-mccormack.com/SS-Uruguay-1938/SS-Uruguay-Timeline.htm
(2) El Cap Arcona terminó sus días de una manera enormemente triste y trágica, ya que fue hundido en la Bahía de Lübeck el 3 de Mayo de 1945 con más de 4000 prisioneros de los campos de concentración a bordo. Desde luego, preferimos recordarlo en su feliz etapa civil.

viernes, 16 de marzo de 2012

Cigarrillos y política

Todos conocemos bien los métodos actuales de propaganda electoral, desde las costosas campañas en los medios masivos de comunicación hasta los "chupetes" de la vía pública, pasando por la menos onerosa distribución de panfletos o los vehículos con altoparlantes que recorren diferentes poblaciones del país. En contraste, poco se conoce acerca de las modalidades de difusión política propias de las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX. Muchos se sorprenderán, tal vez, al saber que la creación de marcas propias de cigarrillos era uno de los sistemas más difundidos al respecto en la República Argentina de antaño. Vale la pena reconocer que los tres ejemplos que citaremos a continuación son una prueba irrefutable de la popularidad del sistema y su buena respuesta ante el público, dado que los respectivos y encumbrados personajes involucrados alcanzaron a ocupar el sillón presidencial en todos los casos.
Cronológicamente hablando, el primer presidente en cuyo homenaje se creó una marca de cigarrillos fue Bartolomé Mitre (1821-1906), quien tuvo la responsabilidad de dirigir los destinos de la nación en el período 1862-1868. Así, la fábrica de Juan Posse puso en el mercado los "Cigarrillos Habanos Mitre" (1) en las variantes de 20 y 30 centavos el atado. Pero lo más interesante del caso fue que, hacia 1910, la compañía de tierras que este mismo empresario dirigía lanzó una original promoción por la cual se intercambiaban 500 marquillas de estos cigarrillos por un lote de tierra en la localidad de Juan Posse (actual Mariano Acosta). De ello da fe una publicidad de la revista Caras y Caretas del año 1909.


También hizo lo propio el general Julio Argentino Roca (1843-1914), presidente de los argentinos en los períodos de 1880-1886 y 1898-1904. Para la campaña electoral previa a las elecciones que lo consagraron al frente de la Casa Rosada en su segundo mandato, el zorro recurrió a los oficios del prestigioso tabaquero Eliseo Pineda, quien fabricó especialmente la marca de cigarrillos con su gracia y otras con frases alusivas al acontecimiento. Pero la cuestión no se agotó luego de su triunfo, sino que continuaron apareciendo nuevas etiquetas durante varios años, algunas de ellas con nombres de legisladores y gobernadores afines al partido.
Las dos imágenes a continuación pertenecen a sendos afiches promocionales de dos de los rótulos comerciales relativos a Roca: uno es "Santo y Seña" (con la bajada Roca o nadie) y otra es la marca "Roca" propiamente dicha. En la imagen de esta última se ve a una mujer (la República Argentina) leyendo las páginas de un libro que reza: "Historia 1898, Teniente General Julio A. Roca reelecto presidente de la República".



Muchos años después, en la década de 1930, la fábrica rosarina de tabacos Colón, de Fernández y Sust, a la vez que la manufactura porteña de Balza y Cía, crearon respectivamente las marcas "Don Hipólito" e "Irigoyen" (2)  para homenajear al ex presidente Hipólito Yrigoyen (1852-1933), que supo ostentar la primera magistratura nacional en los períodos 1816-1922 y 1928-1930. Las denominaciones comerciales de marras tuvieron un singular éxito hasta el final de esa década tan controvertida de la vida política de los argentinos.


En diferentes épocas, existieron asimismo los cigarrillos Sarmiento, Carlos Pellegrini y San Martín, entre otros, pero hemos querido reflejar esta particular manera de proselitismo propia de los tiempos pasados a través de sus tres ejemplos más célebres.

Notas:

(1) Ya hemos aclarado esto antes, pero es importante destacar que la denominación "cigarrillos habanos" no implicaba entonces que fueran puros ni nada por el estilo, sino sólo que estaban hechos con un tabaco negro  considerado similar al tabaco cubano. En algunos casos (no creemos que en los citados arriba, por ser marcas populares y económicas), los productos se hacían realmente con tabaco importado de Cuba.
(2) La marca se llamaba "Irigoyen" y no "Yrigoyen", a pesar de que esta última forma es reconocida como la correcta. El propio Yrigoyen, no obstante, escribía su apellido de las dos maneras indistintamente.

lunes, 12 de marzo de 2012

Cuando San Nicolás era una potencia vitivinícola 2

Desde la década de 1930, la superproducción de las provincias cuyanas había dado lugar a una serie de leyes tendientes a desalentar la producción masiva de vinos y a controlar los fraudes, a veces con métodos bastante violentos. Tal vez debido a su distancia de los centros más importantes del poder bodeguero, las regiones que sufrieron los controles más duros  - o directamente abusivos - fueron aquellas bien alejadas de Mendoza y San Juan. En forma concomitante se inició una sistemática campaña de desprestigio contra los productos provenientes de Buenos Aires y las provincias del Litoral, generalmente basada en el estallido de escándalos ampliamente difundidos por la prensa de entonces. Así, algunos establecimientos eran allanados y sus vinos intervenidos (es decir, inmovilizados por semanas, meses y hasta años en las piletas), al tiempo que los diarios dedicaban páginas enteras a esos hechos. No obstante, el final terminaba siendo siempre el mismo: una vez analizadas en los laboratorios del INV, las muestras obtenidas durante los allanamientos daban como resultado que los bodegueros involucrados eran completamente inocentes de las acusaciones de fraude que pesaban sobre ellos. Sin embargo, el daño producido a sus nombres y a la vitivinicultura de sus respectivas regiones no se reparaba jamás.


Bien lo saben los golpeados bodegueros de San Nicolás. El caso más recordado es el de diciembre de 1955, cuando 40 empresarios del vino fueron encarcelados acusados de adulteración y se vieron obligados a pasar unas tristes fiestas de fin de año tras las rejas, para ser liberados en los primeros días de enero de 1956. La causa judicial iniciada entonces culminó sin una sola condena, aunque muchos de esos mismos productores decidieron abandonar la actividad luego de sufrir semejante humillación. Otro caso que señalan los memoriosos consistía en una astuta maniobra con el vino a granel que realizaban ciertos fraccionadores de Buenos Aires. Como muchos saben, la compra de una partida de vino va acompañada de su correspondiente certificado de análisis del INV. Eso hacía que los vinos nicoleños, de baja graduación alcohólica, fueran adquiridos para realizar fraudes con vinos cuyanos de mayor alcohol, que a su vez eran estirados con agua y envasados íntegramente bajo los datos analíticos de San Nicolás. Cuando se generaba alguna denuncia, los papeles indicaban un falso origen bonaerense de los vinos, y con ello quedaba manchada, una vez más, la imagen de sus elaboradores.


De todos modos, a pesar de las amarguras vividas, la mayoría de los antiguos bodegueros  coincide en señalar a la producción metalúrgica como el principal factor destructivo de la vitivinicultura. A principios de la década de 1960 se instaló en San Nicolás la Sociedad Mixta Siderurgia Argentina (SOMISA); una planta gigantesca con puerto propio en la costa del Paraná sobre la que se abalanzaron sin demora miles de trabajadores de todos los puntos del país. La radicación de semejante monstruo industrial requirió prontamente tierras para la construcción de barrios y la antigua zona de quintas más cercana a la ciudad se fue loteando al compás de un descontrolado crecimiento urbano. Al mismo tiempo, muchos obreros especializados del sector vitivinícola abandonaron sus trabajos, tentados por los buenos sueldos que ofrecía la fábrica. Las bodegas y quintas que lograron sobrevivir a la invasión de los ladrillos y la emigración de su personal fueron las más alejadas del centro, ubicadas sobre el costado Este de la autopista a Rosario. Finalizando la década de 1970, la vitivinicultura regional agonizaba. Entre 1980 y 1985 cerraron sus puertas las bodegas Di Santo, Clérici, Nozzi, Corte, Ponte, Garetto, Bottaro y Malizia. Como bien señala el periodista nicoleño Walter Alvarez, "quizás haciendo honor a su nombre, la bodega que resistió hasta el final fue El Tigre, de los herederos de Antonio Gaio", cuya vendimia postrera se realizó en 1986. También fue la última en solicitar la baja al INV, en 1989.


Hoy resulta difícil imaginar aquel pasado, incluso en el corazón de las pretéritas quintas viñateras, ahora convertidas en un verdadero mar de soja. Sin embargo, los antiguos actores de la industria del vino, junto a algunos jóvenes de la ciudad, han creado la "Asociación Amigos del Vino Nicoleño" con el fin de preservar los testimonios físicos y documentales de esa entrañable actividad (1). Mirando al futuro, plantaron algunas hileras de viñedo junto a una de las antiguas bodegas con Merlot, Syrah, Malbec y Sauvignon Blanc, entre otras variedades, con las que elaboran vinos experimentales que parecen estar dando resultados muy interesantes. Quién sabe; tal vez en ese pequeño emprendimiento se encuentre la semilla del renacimiento del vino de San Nicolás, como justo homenaje a sus cien años de historia.

Notas:

(1) Existe una alternativa turística para conocer el circuito de las viejas bodegas de San Nicolás, empezando por la terminal de ómnibus de la ciudad, donde se puede visitar el espacio destinado a exposición permanente del vino nicoleño, con fotos, botellas, etiquetas, maquinarias y utensilios empleados antiguamente en su elaboración. Hay también paseos en bicicleta por la zona de quintas para ver algunos de los 40 cascos de bodegas subsistentes hasta nuestros días. Aunque pocos, no faltan aquellos que se encuentran intactos por fuera y por dentro. Para saber más del tema hay que entrar en http://vinosannicolas.blogspot.com.ar/

viernes, 2 de marzo de 2012

Viejos consumos en la literatura argentina: una curiosa picada en Las Cañitas del siglo XIX

Eduardo Ladislao Holmberg (1852-1937) fue un escritor argentino cuyo nombre estuvo siempre vinculado al surgimiento de la investigación científica en nuestro país. En efecto, su labor como médico, zoólogo, botánico, naturalista y viajero explorador le valió numerosos honores y cargos a lo largo de su vida. Una de sus actuaciones más recordadas en el ámbito público fue la de director del Jardín Zoológico de la ciudad de Buenos Aires, función que desempeñó desde 1888 hasta 1903. No fue otro que Holmberg quien proyectó el traslado del paseo a su ubicación actual (el primitivo, mucho más precario, estaba en Libertador y Av. Sarmiento), además de dotarlo de casi toda la infraestructura que sobrevive aún en nuestros días: las "casas" para los animales, las fuentes, los senderos, las arboledas.


Sin embargo, mucho menos conocida es su obra literaria, especialmente la que está relacionada con un género casi inexplorado en esta parte del mundo por aquella época. Como afirma Antonio Pagés Larraya, "en 1875, cuando Holmberg publicó sus primeros relatos, nuestra literatura señalaba una indigencia muy grande de fantasmas (...) Había aquí demsaiado aire y demasiado sol. Faltaba humedad de viejas paredes, grietas y sombras, castillos seculares, hiedras lóbregas. Estaba reservado a este criollo de sangre teutona el trasladar a las letras nacionales esas criaturas nacidas en las nieblas del hemisferio norte".

En la década de 1950, la editorial Hachette publicó un excelente volumen con sus principales relatos de fantasía, que quien suscribe tuvo cierta vez la suerte de hallar semi perdido en una librería de viejo. De todos sus cuentos (1), hay uno que resulta particularmente atractivo no sólo por el interés de su trama, sino también por la precisa ubicación espacio temporal en el Buenos Aires del año 1889. Se trata de La casa endiablada, cuyo protagonista, Luis Fernández, se ve en la tarea de poner en condiciones una vieja propiedad familiar abandonada hace años. El detalle geográfico que realiza el autor es tan minucioso que vale la pena leerlo hoy, 120 años después: "a pocas cuadras del Puente de Maldonado (2) y muy cerca de la encrucijada en la que tenía su arranque el antiguo Camino de Las Cañitas que lleva a Belgrano (3) veíase, no hace mucho, una casa de modesta apariencia...". Luego continúa con otras precisiones sobre el emplazamiento del inmueble, a tal punto que resulta posible aventurar alguna de las calles a las que, sin nombrarlas, podría haberse referido Holmberg (4).
Más tarde sigue otra completa reseña sobre el estado bastante vetusto de la edificación, en la que se destacan algunos puntos que refuerzan la idea del abandono que reinaba en el lugar: "...a pocos metros veíanse las habitaciones de servicio, un palenque y un antiguo corral desocupado hace mucho, en el que crecían la quinua, la cepa caballo, el abrojo, el chamico, el yuyo colorado y una vieja tuna (...) Por la parte del frente bajaba a la calle un camino lleno de cascotes y fragmentos de botellas de barro y de vidrio, encerrado por dos filas de árboles, vivos y muertos, sauces y paraísos, cuyos gruesos troncos, carcomidos por los taladros, abrigaban todas las comadrejas y cucarachas de la vecindad".


Desde luego, no vamos a profundizar en la trama, sino en un párrafo posterior que pone frente a nuestra consideración un singular refrigerio elaborado "de apuro" por el sirviente del protagonista para aplacar el apetito de su amo y de otros dos amigos que habían llegado para ayudarlo en la difícil tarea de recomponer la destartalada vivienda. Veamos como sigue: "Era tarde, muy tarde, demasiado quizás para los tres amigos. Pero su trabajo  excesivo les había causado una sensación respecto a la cual quedaron de acuerdo: ¡Sentían hambre! Entonces pasaron al comedor. El sirviente abrió un tarro de caviar que comieron con deleite, después de mezclarlo con cebolla blanca, picada muy fina, y un poco de perejil y de limón. Además de ese deleite, había tajadas de pan con manteca y unas salpicaduras de mostaza. Después bebieron bastante cerveza y luego tomaron excelente café. Es claro que fumaron en seguida..."


Interesante, ¿no es verdad? Es evidente que Holmberg, hombre de buena familia desde su nacimiento(económica y socialmente hablando), describe una situación común entre la gente que componía su entorno. No hace falta aclarar que esta "picada" no era nada habitual en otros lugares de la ciudad o el país. Pero para un joven de clase alta del barrio de Las Cañitas, hacia finales del siglo XIX, matar el hambre con una colación a base de caviar era algo de lo más corriente. Se trata de un consumo del ayer distinto, elegante, tal vez algo encopetado, pero no por ello menos apreciable por su valor histórico.

Notas:

(1) Otros cuentos de la misma antología son, entre otros, El ruiseñor y el artista, La pipa de Hoffmann, Horacio Kalibang o los autómatas y La bolsa de huesos.
(2) En ese entonces, el Arroyo Maldonado, que hoy corre por debajo de la Avenida Juan B. Justo, no estaba entubado. Había varios puentes en su recorrido, pero el más famoso era el de la Avenida Santa Fe y a él se refiere Holmberg. La que sigue parece mas bien una foto de un viejo puente medieval, pero es ni más ni menos que el Puente Maldonado visto de oeste a este, es decir hacia la Avenida Bullrich.


(3) El camino es la actual Avenida Luis María Campos. La encrucijada es el nacimiento de ésta en Av. Santa Fe y Fitz Roy, frente al Regimiento 1.
(4) En otra parte del texto, el autor refiere claramente que la casa se ubica sobre una calle que corre de este a oeste, es decir que cruzaba Luis María Campos. Otras referencias sobre la cercanía del Ferrocarril y de la actual Av. Libertador sugieren que podría ser alguna de las hoy llamadas Arguibel, Arévalo, Chenaut u Ortega y Gasset.