Todos conocemos bien los métodos actuales de propaganda electoral, desde las costosas campañas en los medios masivos de comunicación hasta los "chupetes" de la vía pública, pasando por la menos onerosa distribución de panfletos o los vehículos con altoparlantes que recorren diferentes poblaciones del país. En contraste, poco se conoce acerca de las modalidades de difusión política propias de las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX. Muchos se sorprenderán, tal vez, al saber que la creación de marcas propias de cigarrillos era uno de los sistemas más difundidos al respecto en la República Argentina de antaño. Vale la pena reconocer que los tres ejemplos que citaremos a continuación son una prueba irrefutable de la popularidad del sistema y su buena respuesta ante el público, dado que los respectivos y encumbrados personajes involucrados alcanzaron a ocupar el sillón presidencial en todos los casos.
Cronológicamente hablando, el primer presidente en cuyo homenaje se creó una marca de cigarrillos fue Bartolomé Mitre (1821-1906), quien tuvo la responsabilidad de dirigir los destinos de la nación en el período 1862-1868. Así, la fábrica de Juan Posse puso en el mercado los "Cigarrillos Habanos Mitre" (1) en las variantes de 20 y 30 centavos el atado. Pero lo más interesante del caso fue que, hacia 1910, la compañía de tierras que este mismo empresario dirigía lanzó una original promoción por la cual se intercambiaban 500 marquillas de estos cigarrillos por un lote de tierra en la localidad de Juan Posse (actual Mariano Acosta). De ello da fe una publicidad de la revista Caras y Caretas del año 1909.
También hizo lo propio el general Julio Argentino Roca (1843-1914), presidente de los argentinos en los períodos de 1880-1886 y 1898-1904. Para la campaña electoral previa a las elecciones que lo consagraron al frente de la Casa Rosada en su segundo mandato, el zorro recurrió a los oficios del prestigioso tabaquero Eliseo Pineda, quien fabricó especialmente la marca de cigarrillos con su gracia y otras con frases alusivas al acontecimiento. Pero la cuestión no se agotó luego de su triunfo, sino que continuaron apareciendo nuevas etiquetas durante varios años, algunas de ellas con nombres de legisladores y gobernadores afines al partido.
Las dos imágenes a continuación pertenecen a sendos afiches promocionales de dos de los rótulos comerciales relativos a Roca: uno es "Santo y Seña" (con la bajada Roca o nadie) y otra es la marca "Roca" propiamente dicha. En la imagen de esta última se ve a una mujer (la República Argentina) leyendo las páginas de un libro que reza: "Historia 1898, Teniente General Julio A. Roca reelecto presidente de la República".
Muchos años después, en la década de 1930, la fábrica rosarina de tabacos Colón, de Fernández y Sust, a la vez que la manufactura porteña de Balza y Cía, crearon respectivamente las marcas "Don Hipólito" e "Irigoyen" (2) para homenajear al ex presidente Hipólito Yrigoyen (1852-1933), que supo ostentar la primera magistratura nacional en los períodos 1816-1922 y 1928-1930. Las denominaciones comerciales de marras tuvieron un singular éxito hasta el final de esa década tan controvertida de la vida política de los argentinos.
En diferentes épocas, existieron asimismo los cigarrillos Sarmiento, Carlos Pellegrini y San Martín, entre otros, pero hemos querido reflejar esta particular manera de proselitismo propia de los tiempos pasados a través de sus tres ejemplos más célebres.
Notas:
(1) Ya hemos aclarado esto antes, pero es importante destacar que la denominación "cigarrillos habanos" no implicaba entonces que fueran puros ni nada por el estilo, sino sólo que estaban hechos con un tabaco negro considerado similar al tabaco cubano. En algunos casos (no creemos que en los citados arriba, por ser marcas populares y económicas), los productos se hacían realmente con tabaco importado de Cuba.
(2) La marca se llamaba "Irigoyen" y no "Yrigoyen", a pesar de que esta última forma es reconocida como la correcta. El propio Yrigoyen, no obstante, escribía su apellido de las dos maneras indistintamente.
viernes, 16 de marzo de 2012
lunes, 12 de marzo de 2012
Cuando San Nicolás era una potencia vitivinícola 2
Desde la década de 1930, la superproducción de las provincias cuyanas había dado lugar a una serie de leyes tendientes a desalentar la producción masiva de vinos y a controlar los fraudes, a veces con métodos bastante violentos. Tal vez debido a su distancia de los centros más importantes del poder bodeguero, las regiones que sufrieron los controles más duros - o directamente abusivos - fueron aquellas bien alejadas de Mendoza y San Juan. En forma concomitante se inició una sistemática campaña de desprestigio contra los productos provenientes de Buenos Aires y las provincias del Litoral, generalmente basada en el estallido de escándalos ampliamente difundidos por la prensa de entonces. Así, algunos establecimientos eran allanados y sus vinos intervenidos (es decir, inmovilizados por semanas, meses y hasta años en las piletas), al tiempo que los diarios dedicaban páginas enteras a esos hechos. No obstante, el final terminaba siendo siempre el mismo: una vez analizadas en los laboratorios del INV, las muestras obtenidas durante los allanamientos daban como resultado que los bodegueros involucrados eran completamente inocentes de las acusaciones de fraude que pesaban sobre ellos. Sin embargo, el daño producido a sus nombres y a la vitivinicultura de sus respectivas regiones no se reparaba jamás.
Bien lo saben los golpeados bodegueros de San Nicolás. El caso más recordado es el de diciembre de 1955, cuando 40 empresarios del vino fueron encarcelados acusados de adulteración y se vieron obligados a pasar unas tristes fiestas de fin de año tras las rejas, para ser liberados en los primeros días de enero de 1956. La causa judicial iniciada entonces culminó sin una sola condena, aunque muchos de esos mismos productores decidieron abandonar la actividad luego de sufrir semejante humillación. Otro caso que señalan los memoriosos consistía en una astuta maniobra con el vino a granel que realizaban ciertos fraccionadores de Buenos Aires. Como muchos saben, la compra de una partida de vino va acompañada de su correspondiente certificado de análisis del INV. Eso hacía que los vinos nicoleños, de baja graduación alcohólica, fueran adquiridos para realizar fraudes con vinos cuyanos de mayor alcohol, que a su vez eran estirados con agua y envasados íntegramente bajo los datos analíticos de San Nicolás. Cuando se generaba alguna denuncia, los papeles indicaban un falso origen bonaerense de los vinos, y con ello quedaba manchada, una vez más, la imagen de sus elaboradores.
De todos modos, a pesar de las amarguras vividas, la mayoría de los antiguos bodegueros coincide en señalar a la producción metalúrgica como el principal factor destructivo de la vitivinicultura. A principios de la década de 1960 se instaló en San Nicolás la Sociedad Mixta Siderurgia Argentina (SOMISA); una planta gigantesca con puerto propio en la costa del Paraná sobre la que se abalanzaron sin demora miles de trabajadores de todos los puntos del país. La radicación de semejante monstruo industrial requirió prontamente tierras para la construcción de barrios y la antigua zona de quintas más cercana a la ciudad se fue loteando al compás de un descontrolado crecimiento urbano. Al mismo tiempo, muchos obreros especializados del sector vitivinícola abandonaron sus trabajos, tentados por los buenos sueldos que ofrecía la fábrica. Las bodegas y quintas que lograron sobrevivir a la invasión de los ladrillos y la emigración de su personal fueron las más alejadas del centro, ubicadas sobre el costado Este de la autopista a Rosario. Finalizando la década de 1970, la vitivinicultura regional agonizaba. Entre 1980 y 1985 cerraron sus puertas las bodegas Di Santo, Clérici, Nozzi, Corte, Ponte, Garetto, Bottaro y Malizia. Como bien señala el periodista nicoleño Walter Alvarez, "quizás haciendo honor a su nombre, la bodega que resistió hasta el final fue El Tigre, de los herederos de Antonio Gaio", cuya vendimia postrera se realizó en 1986. También fue la última en solicitar la baja al INV, en 1989.
Hoy resulta difícil imaginar aquel pasado, incluso en el corazón de las pretéritas quintas viñateras, ahora convertidas en un verdadero mar de soja. Sin embargo, los antiguos actores de la industria del vino, junto a algunos jóvenes de la ciudad, han creado la "Asociación Amigos del Vino Nicoleño" con el fin de preservar los testimonios físicos y documentales de esa entrañable actividad (1). Mirando al futuro, plantaron algunas hileras de viñedo junto a una de las antiguas bodegas con Merlot, Syrah, Malbec y Sauvignon Blanc, entre otras variedades, con las que elaboran vinos experimentales que parecen estar dando resultados muy interesantes. Quién sabe; tal vez en ese pequeño emprendimiento se encuentre la semilla del renacimiento del vino de San Nicolás, como justo homenaje a sus cien años de historia.
Notas:
(1) Existe una alternativa turística para conocer el circuito de las viejas bodegas de San Nicolás, empezando por la terminal de ómnibus de la ciudad, donde se puede visitar el espacio destinado a exposición permanente del vino nicoleño, con fotos, botellas, etiquetas, maquinarias y utensilios empleados antiguamente en su elaboración. Hay también paseos en bicicleta por la zona de quintas para ver algunos de los 40 cascos de bodegas subsistentes hasta nuestros días. Aunque pocos, no faltan aquellos que se encuentran intactos por fuera y por dentro. Para saber más del tema hay que entrar en http://vinosannicolas.blogspot.com.ar/
viernes, 2 de marzo de 2012
Viejos consumos en la literatura argentina: una curiosa picada en Las Cañitas del siglo XIX
Eduardo Ladislao Holmberg (1852-1937) fue un escritor argentino cuyo nombre estuvo siempre vinculado al surgimiento de la investigación científica en nuestro país. En efecto, su labor como médico, zoólogo, botánico, naturalista y viajero explorador le valió numerosos honores y cargos a lo largo de su vida. Una de sus actuaciones más recordadas en el ámbito público fue la de director del Jardín Zoológico de la ciudad de Buenos Aires, función que desempeñó desde 1888 hasta 1903. No fue otro que Holmberg quien proyectó el traslado del paseo a su ubicación actual (el primitivo, mucho más precario, estaba en Libertador y Av. Sarmiento), además de dotarlo de casi toda la infraestructura que sobrevive aún en nuestros días: las "casas" para los animales, las fuentes, los senderos, las arboledas.
Sin embargo, mucho menos conocida es su obra literaria, especialmente la que está relacionada con un género casi inexplorado en esta parte del mundo por aquella época. Como afirma Antonio Pagés Larraya, "en 1875, cuando Holmberg publicó sus primeros relatos, nuestra literatura señalaba una indigencia muy grande de fantasmas (...) Había aquí demsaiado aire y demasiado sol. Faltaba humedad de viejas paredes, grietas y sombras, castillos seculares, hiedras lóbregas. Estaba reservado a este criollo de sangre teutona el trasladar a las letras nacionales esas criaturas nacidas en las nieblas del hemisferio norte".
En la década de 1950, la editorial Hachette publicó un excelente volumen con sus principales relatos de fantasía, que quien suscribe tuvo cierta vez la suerte de hallar semi perdido en una librería de viejo. De todos sus cuentos (1), hay uno que resulta particularmente atractivo no sólo por el interés de su trama, sino también por la precisa ubicación espacio temporal en el Buenos Aires del año 1889. Se trata de La casa endiablada, cuyo protagonista, Luis Fernández, se ve en la tarea de poner en condiciones una vieja propiedad familiar abandonada hace años. El detalle geográfico que realiza el autor es tan minucioso que vale la pena leerlo hoy, 120 años después: "a pocas cuadras del Puente de Maldonado (2) y muy cerca de la encrucijada en la que tenía su arranque el antiguo Camino de Las Cañitas que lleva a Belgrano (3) veíase, no hace mucho, una casa de modesta apariencia...". Luego continúa con otras precisiones sobre el emplazamiento del inmueble, a tal punto que resulta posible aventurar alguna de las calles a las que, sin nombrarlas, podría haberse referido Holmberg (4).
Más tarde sigue otra completa reseña sobre el estado bastante vetusto de la edificación, en la que se destacan algunos puntos que refuerzan la idea del abandono que reinaba en el lugar: "...a pocos metros veíanse las habitaciones de servicio, un palenque y un antiguo corral desocupado hace mucho, en el que crecían la quinua, la cepa caballo, el abrojo, el chamico, el yuyo colorado y una vieja tuna (...) Por la parte del frente bajaba a la calle un camino lleno de cascotes y fragmentos de botellas de barro y de vidrio, encerrado por dos filas de árboles, vivos y muertos, sauces y paraísos, cuyos gruesos troncos, carcomidos por los taladros, abrigaban todas las comadrejas y cucarachas de la vecindad".
Desde luego, no vamos a profundizar en la trama, sino en un párrafo posterior que pone frente a nuestra consideración un singular refrigerio elaborado "de apuro" por el sirviente del protagonista para aplacar el apetito de su amo y de otros dos amigos que habían llegado para ayudarlo en la difícil tarea de recomponer la destartalada vivienda. Veamos como sigue: "Era tarde, muy tarde, demasiado quizás para los tres amigos. Pero su trabajo excesivo les había causado una sensación respecto a la cual quedaron de acuerdo: ¡Sentían hambre! Entonces pasaron al comedor. El sirviente abrió un tarro de caviar que comieron con deleite, después de mezclarlo con cebolla blanca, picada muy fina, y un poco de perejil y de limón. Además de ese deleite, había tajadas de pan con manteca y unas salpicaduras de mostaza. Después bebieron bastante cerveza y luego tomaron excelente café. Es claro que fumaron en seguida..."
Interesante, ¿no es verdad? Es evidente que Holmberg, hombre de buena familia desde su nacimiento(económica y socialmente hablando), describe una situación común entre la gente que componía su entorno. No hace falta aclarar que esta "picada" no era nada habitual en otros lugares de la ciudad o el país. Pero para un joven de clase alta del barrio de Las Cañitas, hacia finales del siglo XIX, matar el hambre con una colación a base de caviar era algo de lo más corriente. Se trata de un consumo del ayer distinto, elegante, tal vez algo encopetado, pero no por ello menos apreciable por su valor histórico.
Notas:
(1) Otros cuentos de la misma antología son, entre otros, El ruiseñor y el artista, La pipa de Hoffmann, Horacio Kalibang o los autómatas y La bolsa de huesos.
(2) En ese entonces, el Arroyo Maldonado, que hoy corre por debajo de la Avenida Juan B. Justo, no estaba entubado. Había varios puentes en su recorrido, pero el más famoso era el de la Avenida Santa Fe y a él se refiere Holmberg. La que sigue parece mas bien una foto de un viejo puente medieval, pero es ni más ni menos que el Puente Maldonado visto de oeste a este, es decir hacia la Avenida Bullrich.
(3) El camino es la actual Avenida Luis María Campos. La encrucijada es el nacimiento de ésta en Av. Santa Fe y Fitz Roy, frente al Regimiento 1.
(4) En otra parte del texto, el autor refiere claramente que la casa se ubica sobre una calle que corre de este a oeste, es decir que cruzaba Luis María Campos. Otras referencias sobre la cercanía del Ferrocarril y de la actual Av. Libertador sugieren que podría ser alguna de las hoy llamadas Arguibel, Arévalo, Chenaut u Ortega y Gasset.
En la década de 1950, la editorial Hachette publicó un excelente volumen con sus principales relatos de fantasía, que quien suscribe tuvo cierta vez la suerte de hallar semi perdido en una librería de viejo. De todos sus cuentos (1), hay uno que resulta particularmente atractivo no sólo por el interés de su trama, sino también por la precisa ubicación espacio temporal en el Buenos Aires del año 1889. Se trata de La casa endiablada, cuyo protagonista, Luis Fernández, se ve en la tarea de poner en condiciones una vieja propiedad familiar abandonada hace años. El detalle geográfico que realiza el autor es tan minucioso que vale la pena leerlo hoy, 120 años después: "a pocas cuadras del Puente de Maldonado (2) y muy cerca de la encrucijada en la que tenía su arranque el antiguo Camino de Las Cañitas que lleva a Belgrano (3) veíase, no hace mucho, una casa de modesta apariencia...". Luego continúa con otras precisiones sobre el emplazamiento del inmueble, a tal punto que resulta posible aventurar alguna de las calles a las que, sin nombrarlas, podría haberse referido Holmberg (4).
Más tarde sigue otra completa reseña sobre el estado bastante vetusto de la edificación, en la que se destacan algunos puntos que refuerzan la idea del abandono que reinaba en el lugar: "...a pocos metros veíanse las habitaciones de servicio, un palenque y un antiguo corral desocupado hace mucho, en el que crecían la quinua, la cepa caballo, el abrojo, el chamico, el yuyo colorado y una vieja tuna (...) Por la parte del frente bajaba a la calle un camino lleno de cascotes y fragmentos de botellas de barro y de vidrio, encerrado por dos filas de árboles, vivos y muertos, sauces y paraísos, cuyos gruesos troncos, carcomidos por los taladros, abrigaban todas las comadrejas y cucarachas de la vecindad".
Desde luego, no vamos a profundizar en la trama, sino en un párrafo posterior que pone frente a nuestra consideración un singular refrigerio elaborado "de apuro" por el sirviente del protagonista para aplacar el apetito de su amo y de otros dos amigos que habían llegado para ayudarlo en la difícil tarea de recomponer la destartalada vivienda. Veamos como sigue: "Era tarde, muy tarde, demasiado quizás para los tres amigos. Pero su trabajo excesivo les había causado una sensación respecto a la cual quedaron de acuerdo: ¡Sentían hambre! Entonces pasaron al comedor. El sirviente abrió un tarro de caviar que comieron con deleite, después de mezclarlo con cebolla blanca, picada muy fina, y un poco de perejil y de limón. Además de ese deleite, había tajadas de pan con manteca y unas salpicaduras de mostaza. Después bebieron bastante cerveza y luego tomaron excelente café. Es claro que fumaron en seguida..."
Interesante, ¿no es verdad? Es evidente que Holmberg, hombre de buena familia desde su nacimiento(económica y socialmente hablando), describe una situación común entre la gente que componía su entorno. No hace falta aclarar que esta "picada" no era nada habitual en otros lugares de la ciudad o el país. Pero para un joven de clase alta del barrio de Las Cañitas, hacia finales del siglo XIX, matar el hambre con una colación a base de caviar era algo de lo más corriente. Se trata de un consumo del ayer distinto, elegante, tal vez algo encopetado, pero no por ello menos apreciable por su valor histórico.
Notas:
(1) Otros cuentos de la misma antología son, entre otros, El ruiseñor y el artista, La pipa de Hoffmann, Horacio Kalibang o los autómatas y La bolsa de huesos.
(2) En ese entonces, el Arroyo Maldonado, que hoy corre por debajo de la Avenida Juan B. Justo, no estaba entubado. Había varios puentes en su recorrido, pero el más famoso era el de la Avenida Santa Fe y a él se refiere Holmberg. La que sigue parece mas bien una foto de un viejo puente medieval, pero es ni más ni menos que el Puente Maldonado visto de oeste a este, es decir hacia la Avenida Bullrich.
(3) El camino es la actual Avenida Luis María Campos. La encrucijada es el nacimiento de ésta en Av. Santa Fe y Fitz Roy, frente al Regimiento 1.
(4) En otra parte del texto, el autor refiere claramente que la casa se ubica sobre una calle que corre de este a oeste, es decir que cruzaba Luis María Campos. Otras referencias sobre la cercanía del Ferrocarril y de la actual Av. Libertador sugieren que podría ser alguna de las hoy llamadas Arguibel, Arévalo, Chenaut u Ortega y Gasset.
martes, 28 de febrero de 2012
Cafés, Fondas, Boliches y Bodegones en Parque Patricios
La silueta histórica de algunos barrios porteños tiene una raíz muy profunda en el lejano pasado. Así, La Boca posee una estampa asociada a lo marino (a pesar de que ya no tiene barcos), y Flores a las quintas (a pesar de que desparecieron por completo hace mucho), entre otros numerosos ejemplos. En el caso de Parque Patricios, esa imagen tiene que ver con lo gauchesco, con los primeros guapos y los malevos. No obstante, si nos trasladamos a los tres primeros tercios del siglo XIX, el vecindario de referencia era una tranquila zona de quintas donde los personajes más acaudalados de la época poseían plácidas y arboladas propiedades en las que pasaban sus fines de semana lejos del ajetreo del "centro". Pero en la década de 1870 ocurrieron dos hechos que transformaron para siempre aquella postal serena: la epidemia de fiebre amarilla de 1871 (1) y el traslado de los mataderos municipales en 1875 a la "meseta de los corrales", que era ni más ni menos el extenso solar que ocupa el Parque Patricios como tal (es decir, como espacio verde) en nuestros días.
Fue entonces cuando la comunidad barrial se vio transformada en una zona a la que arribaban tropas de vacunos con sus reseros y sus gauchos, en un ambiente áspero de gente curtida y rústica. Para la década de 1880 (2) existían allí curtiembres, graserías y otras industrias derivadas de la matanza de ganado, lo que reforzó la presencia de personajes de la mala vida que años después fueron inmortalizados a través del tango y de cierta literatura costumbrista con acento en los duelos criollos a puro facón (3).

Así las cosas, el eje arterial del suburbio, la Avenida Caseros, supo ser un polo gastronómico singular desde fines del siglo XIX hasta bien entrada la mitad del XX, con todo tipo de comercios del ramo. Una crónica de la época citada por el historiador Luis J. Martín rescata del olvido no pocos lugares perdidos en la bruma del tiempo. En la altura del 2900, esquina Zavaleta, existía un bodegón llamado Nápoles, especialista en buseca y pastifasule (4). En el número 40 de la misma cuadra se ubicaba la fonda El Pinchazo que remedaba a su similar del centro de la ciudad. Más adelante se podían encontrar la Rostisería de Suparo y luego otra llamada La Flor de Parque Patricios, en cuya vidriera se exponía una curiosa escenografía lacustre con una cascada, ranas y tortugas. En la vereda opuesta se erigía un café, bar y restaurante conocido vulgarmente como La Tapada, donde supo actuar el llamado "papá del tango", Angel Villoldo. Su verdadero nombre y el motivo de su apodo se descubren recurriendo a una publicidad de los diarios sureños que rezaba textualmente, a modo de verso con evidentes limitaciones literarias: "su gran especialidad son ñoquis, ranas, ravioles. Más limpieza que en los soles, todo bueno de verdad. Cancha de bochas tapada que evita el sol y la lluvia. La casa más afamada es la Antigua Rinconada de Don Alejandro Rubia". Hacia el oeste logró sentar querencia la Fonda y Posada de Santiago Cartasso; su existencia se remonta a los orígenes de los mataderos.
La cantidad de sitios establecidos a lo largo de 125 años es enorme, pero de todos ellos han quedado fijados en la memoria lugareña el boliche de Pipotto (Rioja y Chiclana), los almacenes La Estrella y Giacobini (Rioja y Brasil), la lechería de Cueto (Caseros y Monteagudo), el Café de Benigno (Rioja 1920) y el restaurante 43, llamado así por la fábrica de cigarrillos homónima situada en Uspallata y Antofagasta (actual Juan Carlos Gómez).
A pesar del traslado de los mataderos a su ubicación actual en 1900, la populosa barriada continuó su crecimiento y se convirtió en un activo centro comercial e industrial del sector sur de la metrópolis. Los cafés y demás modalidades del ramo de la gastronomía continuaron existiendo, aunque su mención sería tan larga como imprecisa por los muchos que seguramente han quedado sepultados frente al paso ineludible de las décadas. Sin embargo, vaya el recuerdo de los señalados en esta entrada como homenaje a todos ellos.
Notas:
(1) La epidemia provocó la virtual huida de las familias que vivían allí hasta entonces. Paralelamente, en lo que hoy es el Parque Florentino Ameghino se instaló un cementerio "de emergencia" para sepultar a las víctimas de la fiebre amarilla, que en los días más severos del azote llegaban a 500 por jornada.
(2) En 1880, la zona de los corrales fue escenario de duros combates entre las fuerzas nacionales y las porteñas, durante el levantamiento revolucionario de Carlos Tejedor.
(3) La foto de la derecha al lado de la estampa de los duelistas pertenece al Archivo General de la Nación y muestra a una especie de "pulpería al paso" ubicada en la puerta de los corrales hacia 1899. Seleccioné su extremo derecho para agrandarlo y analizar algunos puntos interesantes que no se pueden observar en el formato pequeño.
Detrás de los personajes que parecen estar jugando a las cartas (todos de neto perfil gauchesco, bien alejado del estereotipo urbano de entonces) hay dos carteles señalados con el número 1 que rezan: "los cigarrillos argentinos han sido, son y serán los mejores", uno, y "el mejor cigarrillo a diez centavos", otro. Evidentemente tenían un buen efecto entre el público, ya que los individuos 2, 3 y 4 se encuentran fumando cada uno su ejemplar. El 2, además, está tomando mate con su otra mano.
(4) La palabra pastifasule deriva del italiano Pasta e Fagioli, que significa "pasta y porotos". Se trata de una antiguo plato campesino del sur de Italia, compuesto básicamente por los dos ingredientes mencionados además de caldo, ajo, cebollas y eventualmente alguna otra verdura. También llamada "sopa de los pobres", la preparación se caracterizaba por no tener carne, lo que le daba esa aureola humilde. En algunos dialectos meridionales de la península el vocablo se acerca mucho al pastifasule señalado por las crónicas locales hace más de 100 años. En Nápoles, por ejemplo, se lo llama pasta fasul, y en Sicilia pasta fasulu.
Fue entonces cuando la comunidad barrial se vio transformada en una zona a la que arribaban tropas de vacunos con sus reseros y sus gauchos, en un ambiente áspero de gente curtida y rústica. Para la década de 1880 (2) existían allí curtiembres, graserías y otras industrias derivadas de la matanza de ganado, lo que reforzó la presencia de personajes de la mala vida que años después fueron inmortalizados a través del tango y de cierta literatura costumbrista con acento en los duelos criollos a puro facón (3).
Así las cosas, el eje arterial del suburbio, la Avenida Caseros, supo ser un polo gastronómico singular desde fines del siglo XIX hasta bien entrada la mitad del XX, con todo tipo de comercios del ramo. Una crónica de la época citada por el historiador Luis J. Martín rescata del olvido no pocos lugares perdidos en la bruma del tiempo. En la altura del 2900, esquina Zavaleta, existía un bodegón llamado Nápoles, especialista en buseca y pastifasule (4). En el número 40 de la misma cuadra se ubicaba la fonda El Pinchazo que remedaba a su similar del centro de la ciudad. Más adelante se podían encontrar la Rostisería de Suparo y luego otra llamada La Flor de Parque Patricios, en cuya vidriera se exponía una curiosa escenografía lacustre con una cascada, ranas y tortugas. En la vereda opuesta se erigía un café, bar y restaurante conocido vulgarmente como La Tapada, donde supo actuar el llamado "papá del tango", Angel Villoldo. Su verdadero nombre y el motivo de su apodo se descubren recurriendo a una publicidad de los diarios sureños que rezaba textualmente, a modo de verso con evidentes limitaciones literarias: "su gran especialidad son ñoquis, ranas, ravioles. Más limpieza que en los soles, todo bueno de verdad. Cancha de bochas tapada que evita el sol y la lluvia. La casa más afamada es la Antigua Rinconada de Don Alejandro Rubia". Hacia el oeste logró sentar querencia la Fonda y Posada de Santiago Cartasso; su existencia se remonta a los orígenes de los mataderos.
La cantidad de sitios establecidos a lo largo de 125 años es enorme, pero de todos ellos han quedado fijados en la memoria lugareña el boliche de Pipotto (Rioja y Chiclana), los almacenes La Estrella y Giacobini (Rioja y Brasil), la lechería de Cueto (Caseros y Monteagudo), el Café de Benigno (Rioja 1920) y el restaurante 43, llamado así por la fábrica de cigarrillos homónima situada en Uspallata y Antofagasta (actual Juan Carlos Gómez).
A pesar del traslado de los mataderos a su ubicación actual en 1900, la populosa barriada continuó su crecimiento y se convirtió en un activo centro comercial e industrial del sector sur de la metrópolis. Los cafés y demás modalidades del ramo de la gastronomía continuaron existiendo, aunque su mención sería tan larga como imprecisa por los muchos que seguramente han quedado sepultados frente al paso ineludible de las décadas. Sin embargo, vaya el recuerdo de los señalados en esta entrada como homenaje a todos ellos.
Notas:
(1) La epidemia provocó la virtual huida de las familias que vivían allí hasta entonces. Paralelamente, en lo que hoy es el Parque Florentino Ameghino se instaló un cementerio "de emergencia" para sepultar a las víctimas de la fiebre amarilla, que en los días más severos del azote llegaban a 500 por jornada.
(2) En 1880, la zona de los corrales fue escenario de duros combates entre las fuerzas nacionales y las porteñas, durante el levantamiento revolucionario de Carlos Tejedor.
(3) La foto de la derecha al lado de la estampa de los duelistas pertenece al Archivo General de la Nación y muestra a una especie de "pulpería al paso" ubicada en la puerta de los corrales hacia 1899. Seleccioné su extremo derecho para agrandarlo y analizar algunos puntos interesantes que no se pueden observar en el formato pequeño.
Detrás de los personajes que parecen estar jugando a las cartas (todos de neto perfil gauchesco, bien alejado del estereotipo urbano de entonces) hay dos carteles señalados con el número 1 que rezan: "los cigarrillos argentinos han sido, son y serán los mejores", uno, y "el mejor cigarrillo a diez centavos", otro. Evidentemente tenían un buen efecto entre el público, ya que los individuos 2, 3 y 4 se encuentran fumando cada uno su ejemplar. El 2, además, está tomando mate con su otra mano.
(4) La palabra pastifasule deriva del italiano Pasta e Fagioli, que significa "pasta y porotos". Se trata de una antiguo plato campesino del sur de Italia, compuesto básicamente por los dos ingredientes mencionados además de caldo, ajo, cebollas y eventualmente alguna otra verdura. También llamada "sopa de los pobres", la preparación se caracterizaba por no tener carne, lo que le daba esa aureola humilde. En algunos dialectos meridionales de la península el vocablo se acerca mucho al pastifasule señalado por las crónicas locales hace más de 100 años. En Nápoles, por ejemplo, se lo llama pasta fasul, y en Sicilia pasta fasulu.
viernes, 17 de febrero de 2012
Historia de los toscanos Regia Italiana 2
"Con un cigarro cualquiera se echa humo. Con los tradicionales productos elaborados por la Regia Italiana se goza el placer de fumar”, Así rezaba textualmente un eslogan publicitario de la SATI hacia finales de los años treinta, con el claro fin de distinguir sus toscanos importados y "legítimos" del resto de la producción nacional. Y para ello no había escatimado esfuerzos, por cierto. El primer número de la publicación de la Asociación de Fomento de Villa Real (barrio que cobijaría a la nueva factoría por el resto de su vida) informaba que el domingo 9 de abril de 1933 fue un día de fiesta para la vecindad. Se preparó un homenaje a los concejales que habían proyectado la ordenanza de afirmado de las calles y, por su parte, la novel empresa hizo provecho del acontecimiento para inaugurar oficialmente el nuevo local. Según la mencionada crónica, "después de servir el vermouth en la sede de la Asociación pasaron a la SATI, engalanada con los colores de los pabellones italianos y argentinos, donde fue servido un almuerzo. Todo el acto resultó rebosante de camaradería, armonía y buen humor".
En los años posteriores, el crecimiento fue vertiginoso y obligó a una rápida diversificación productiva para abastecer un mercado del tabaco que venía creciendo desde principios del siglo. A la importación de toscanos y cigarrillos italianos se sumó la elaboración propia de ambos productos. Las marcas nativas de cigarrillos pronto reemplazaron a sus equivalentes de la península (1) e incluso llegaron a sumar una buena cantidad de nuevos nombres. Así, los consumidores argentinos se fueron acostumbrando a ver en las estanterías los cartones y atados de Baltimore, Boston, Broadway, Charleston, Ducal, Hierromat, Macedonia, Madison, Morescos y Garufa, entre otros célebres rótulos. Como señalamos en la primera entrada del tema que nos ocupa, muchos de estos artículos se hicieron famosos por la característica peculiar de estar manufacturados a partir de una mezcla de tabacos nacionales e importados, lo cual constaba debidamente en los envases.
Con todo, el paso del tiempo fue implacable para la escudería cigarrera en cuestión. El mundo de los años cincuenta era completamente diferente a todo lo anterior: se imponían los cigarrillos rubios con filtro incorporado (un invento que llegó a nuestro país en 1938) y los toscanos pasaban a ser, de modo lento pero sostenido, un consumo anticuado.
En 1956, la central italiana decidió el cierre de todas las fábricas de ultramar, incluyendo a la de nuestro país. La noticia cayó como un balde de agua fría para la otrora próspera SATI de Argentina, pero la orden no tenía contramarcha. De acuerdo con una negociación que involucró a empleados y clientes, la empresa fue comprada por una red de mayoristas de cigarrillos y golosinas formada por pequeñas firmas como Billone, Morandeira y García Hnos. (Cigoper). Muchos obreros cobraron sus indemnizaciones con acciones de la nueva empresa, que mantuvo la sigla SATI a partir de un nuevo significado: Sociedad Anónima de Tabacos Industrializados. Todo indica que la cosa funcionó bien algunos años, pero luego se volvió inmanejable. En 1965, el emprendimiento tuvo que abandonar el espacioso sitio de José Pedro Varela 5651 para alojarse en un pequeño galpón de la calle Tinogasta 5540, y sólo por pocos meses, que fueron los útlimos.
Fue el fin de los Regia Italiana, tanto de los importados desde la península como de esos curiosos blends argentinos que aquellos talleres del barrio de Villa Real supieron hacer por más de veinticinco años. ¿Cómo serían? Ya lo sabremos, pues el autor de este blog tuvo la enorme fortuna de conseguir un par de cajas de auténticos, genuinos y bien conservados toscanos de la SATI de la década de 1940, y de fumarlos en una memorable degustación. Y no sólo eso: también hizo lo propio con otros no menos raros Avanti fechados en la década de 1950.
Todo ello, en próximas entradas...
Notas:
(1) Recordemos que la SATI llegó a la Argentina en 1928 como una importadora de los productos europeos, nada más.
(2) Volvemos a preguntarnos aquí, tal como hicimos en la primera entrada de la historia de Avanti, ¿ese "secado" sería a fuego y humo de leña, como en el caso de los toscanos clásicos? En esta ocasión hay aún más probabilidades a favor de esa teoría que en el caso de la CIBA: empresa del estado de Italia, directores de producción nativos de ese país, necesidad de mantener el prestigio de los toscanos legítimos, etc.
(3) Tal cifra responde a la suma de las categorías "toscanos importados", que acusa 28.111.700 unidades, y "toscanos similares italianos" (no pueden ser otros que los "blend" de la SATI), que suma 14.605.000.
(4) Sin dudas, Avanti pasó a la posteridad como el toscano argentino por excelencia. Mucha gente veterana aún hoy utiliza la expresión "fumaba Avanti" para referirse a cualquier persona que los consumía, no importa cual fuera su verdadera marca.
En los años posteriores, el crecimiento fue vertiginoso y obligó a una rápida diversificación productiva para abastecer un mercado del tabaco que venía creciendo desde principios del siglo. A la importación de toscanos y cigarrillos italianos se sumó la elaboración propia de ambos productos. Las marcas nativas de cigarrillos pronto reemplazaron a sus equivalentes de la península (1) e incluso llegaron a sumar una buena cantidad de nuevos nombres. Así, los consumidores argentinos se fueron acostumbrando a ver en las estanterías los cartones y atados de Baltimore, Boston, Broadway, Charleston, Ducal, Hierromat, Macedonia, Madison, Morescos y Garufa, entre otros célebres rótulos. Como señalamos en la primera entrada del tema que nos ocupa, muchos de estos artículos se hicieron famosos por la característica peculiar de estar manufacturados a partir de una mezcla de tabacos nacionales e importados, lo cual constaba debidamente en los envases.
Algo similar ocurría con los toscanos. La presencia de expertos itálicos en nuestro territorio fue, sin dudas, una buena excusa para comenzar a fabricarlos en la sede de Buenos Aires con la misma particularidad que los cigarrillos, es decir, con un blend de materia prima doméstica y extranjera. Por estas latitudes, la SATI producía y compraba tabaco en la provincia de Misiones (Criollo y bastante Kentucky, suponemos), el que llegaba a la ciudad en fardos de 50 kilos. Según expresa Susana Boragno, que trabajó en la fábrica, "la planta venía atada en forma de ramos. Se abrían los paquetes y se ponían en remojo en una pileta con agua, se escurrían y se llevaban a un depósito para su secado y fermentación, donde se utilizaban unas horquillas para darlos vuelta. Luego, la despalilladora le quitaba el nervio central a la hoja. Cada obrera maestra pesaba y controlaba a un grupo de 50 que debían cumplir cierta producción. Las más expertas hacían los toscanos, se ponían en un molde y se cortaban todos de igual tamaño. Los restos se vendían con la marca “despunte” para fumar en pipas. Los toscanos terminados se ponían sobre unos telares de arpillera que recibían ventilación y calefacción para completar su secado (2). Se empaquetaban de a 10 unidades, enteros, o por mitades en paquetes de 4 unidades".
Durante la segunda mitad de la década de 1930, Regia Italiana fue la única marca capaz de competir en ventas y fama con los legendarios Avanti de la CIBA. Si ésta se acercaba a los 70 millones de unidades hacia 1937, la SATI alcanzaba la no menos remarcable suma de 42 millones y medio, entre los ejemplares italianos propiamente dichos y los cigarros de producción vernácula (3). La empresa contaba con una activa y dinámica red de distribución en Buenos Aires y el interior del país, además de ser un destacado avisador en medios gráficos y callejeros de todo tipo. Tal vez los Regia Italiana nunca llegaron a ser tan famosos como sus competidores (4), pero lo cierto es que su celebridad era casi similar en los tiempos de la pre y la posguerra mundial de 1939. Así lo testimonian infinidad de fotos, relatos y diferentes documentos del pasado.
Con todo, el paso del tiempo fue implacable para la escudería cigarrera en cuestión. El mundo de los años cincuenta era completamente diferente a todo lo anterior: se imponían los cigarrillos rubios con filtro incorporado (un invento que llegó a nuestro país en 1938) y los toscanos pasaban a ser, de modo lento pero sostenido, un consumo anticuado.
En 1956, la central italiana decidió el cierre de todas las fábricas de ultramar, incluyendo a la de nuestro país. La noticia cayó como un balde de agua fría para la otrora próspera SATI de Argentina, pero la orden no tenía contramarcha. De acuerdo con una negociación que involucró a empleados y clientes, la empresa fue comprada por una red de mayoristas de cigarrillos y golosinas formada por pequeñas firmas como Billone, Morandeira y García Hnos. (Cigoper). Muchos obreros cobraron sus indemnizaciones con acciones de la nueva empresa, que mantuvo la sigla SATI a partir de un nuevo significado: Sociedad Anónima de Tabacos Industrializados. Todo indica que la cosa funcionó bien algunos años, pero luego se volvió inmanejable. En 1965, el emprendimiento tuvo que abandonar el espacioso sitio de José Pedro Varela 5651 para alojarse en un pequeño galpón de la calle Tinogasta 5540, y sólo por pocos meses, que fueron los útlimos.
Fue el fin de los Regia Italiana, tanto de los importados desde la península como de esos curiosos blends argentinos que aquellos talleres del barrio de Villa Real supieron hacer por más de veinticinco años. ¿Cómo serían? Ya lo sabremos, pues el autor de este blog tuvo la enorme fortuna de conseguir un par de cajas de auténticos, genuinos y bien conservados toscanos de la SATI de la década de 1940, y de fumarlos en una memorable degustación. Y no sólo eso: también hizo lo propio con otros no menos raros Avanti fechados en la década de 1950.
Todo ello, en próximas entradas...
Notas:
(1) Recordemos que la SATI llegó a la Argentina en 1928 como una importadora de los productos europeos, nada más.
(2) Volvemos a preguntarnos aquí, tal como hicimos en la primera entrada de la historia de Avanti, ¿ese "secado" sería a fuego y humo de leña, como en el caso de los toscanos clásicos? En esta ocasión hay aún más probabilidades a favor de esa teoría que en el caso de la CIBA: empresa del estado de Italia, directores de producción nativos de ese país, necesidad de mantener el prestigio de los toscanos legítimos, etc.
(3) Tal cifra responde a la suma de las categorías "toscanos importados", que acusa 28.111.700 unidades, y "toscanos similares italianos" (no pueden ser otros que los "blend" de la SATI), que suma 14.605.000.
(4) Sin dudas, Avanti pasó a la posteridad como el toscano argentino por excelencia. Mucha gente veterana aún hoy utiliza la expresión "fumaba Avanti" para referirse a cualquier persona que los consumía, no importa cual fuera su verdadera marca.
lunes, 13 de febrero de 2012
Descubrimientos arqueológicos bajo el mítico Café de Hansen
"El viejo Café de Hansen, donde se interpretaron y bailaron los primeros tangos..." Pero, ¿fue así en verdad? No hay demasiados sitios en Buenos Aires que hayan generado semejante leyenda sobre hechos que no cuentan con ningún tipo de registro ni testimonio concreto. Hay quienes aseguran, incluso, que allí nunca se tocó ni bailó tango alguno. Sin embargo, el mito continúa vigente, en parte gracias a la amplia difusión que tales versiones han tenido a través de los medios masivos de comunicación, al punto de haberse realizado una película sobre el tema con sus propios original y remake (1).
De cualquier manera, lo que nos interesa en este espacio es el consumo de alimentos, bebidas y tabacos. Y sobre eso sí existe un amplio abanico documental que nos da una idea de lo que se bebía, comía y fumaba dentro de aquel renombrado local, que existió en lo que hoy es la vereda opuesta al célebre Planetario desde 1875 hasta 1912, si bien su fama logró perdurar para siempre. Hace pocos años, excavaciones arqueológicas realizadas allí lograron descubrir interesantísimos objetos que echan luz sobre algunos puntos difusos que generaron controversia entre los historiadores porteños durante décadas.
El Parque Tres de Febrero, como tal, fue inaugurado el 11 de noviembre de 1875 y desde sus incios contó con la presencia de un comercio arrendado por el inmigrante alemán Juan Hansen . Su denominación oficial era la de Restaurant del Parque Tres de Febrero, aunque para la posteridad fue siempre el "Café de Hansen" o simplemente "lo de Hansen", incluso mucho después de la desaparición física de su encargado original. De hecho, sólo tras la muerte de éste (3 de abril de 1892) podemos obtener las primeras informaciones sobre lo que allí se consumía. Y es entonces cuando surge ese punto tan controversial para los estudiosos, casi como el tema del tango y el baile (2): el de la actividad gastronómica. ¿Se comía en lo de Hansen, o era simplemente un lugar de copas? En principio, el propio nombre del comercio debería ser un dato de validez incontrovertible, pero parece ser que la discusión se mantuvo, pese a todo, por muchos años. Quizás el punto de conflicto haya sido ni más ni menos que la vajilla, cuya nomenclaturra parece poco significativa en relación a la cantidad de mesas.
En efecto, sendos inventarios realizados tras la muerte de Juan Hansen, primero, y luego tras la de su esposa Inés Ana Anderson, dan cuenta de que allí había 54 sillas, 40 "banquitos" y 135 bancos de madera con respaldo que medían 1,50 metros de largo, lo que da una capacidad total estimable en 365 personas. Los indicios y relatos nos dicen asimismo que en verano se colocaban mesas afuera, todas ellas de madera y mármol o de hierro y mármol. En contraposición, sólo contaba con 112 servilletas, 11 manteles grandes y 19 chicos, 48 platos para sopa, 28 fuentes de loza, 10 ensaladeras y 12 soperas, 103 cucharas, 78 tenedores, 73 cuchillos y 14 cuchillos de postre. Es decir, muy poco si los comparamos con las 440 copas de diferentes tipos: para refresco, para cognac, para vino (sólo 58), para cerveza (188), para vino Oporto, para champagne y para bitter, todo ello complementado con la debida existencia de las tazas, pocillos, teteras, cafeteras y azucareras del correspondiente servicio de infusiones calientes.
En la misma lista se declaran 1192 botellas de cerveza de todo tipo (grandes y chicas, de vidrio y de gres), 978 de vino (contradictorias con la cantidad de copas), 37 botellas grandes de Champagne y 16 medianas, 44 de vermouth, 11 de whisky y 54 de cognac, además de varios licores. En cuanto a marcas, había una interesante variedad de vinos franceses (donde no faltaban las grandes etiquetas como Chateau Margaux o Lafite) y buena oferta de cigarros, amén de conservas y múltiples aderezos. Esto nos deja con tantas respuestas como preguntas, pues está claro que se comía pero, ¿qué se comía? Afortunadamente, en el año 2009 un equipo de arqueólogos de la Ciudad de Buenos Aires encabezado por Daniel Schavelzon logró dar con los cimientos del local, en el que se desenterraron piezas de vajilla, materiales de construcción y (lo más importante) huesos de diversos animales comestibles.
No mucha gente sabe que la arqueología profesional cuenta con la ayuda de una ciencia adjunta, la zooarqueología, que analiza los abundantes restos óseos del mundo animal hallados en las excavaciones. La observación atenta (con un nivel científico de alto vuelo que recuerda a la medicina forense) puede encontrar marcas de cuchillos o serruchos que indican un propósito netamente alimenticio, sin otra razón posible que justifique su hallazgo en viejos aljibes o pozos de basura doméstica.
Las conclusiones de estos estudios fueron categóricas: las viandas servidas estaban basadas, principalmente, en carne de vaca y oveja, con muy poco asado (no hay casi evidencias de exposición de los huesos al fuego o las brasas) y bastantes pucheros y guisos. Quizás haya habido también platos elaborados con aves o pescados, pero la conservación de tales osamentas resulta difícil en suelos alterados y húmedos.
Pues bien, tal vez nunca sepamos si en lo de Hansen se tocaba tango o se bailaba, pero sí podemos estar seguros de que se consumía comida contundente, junto con una amplia variedad de bebidas y tabacos. Y si hubo guapos, compadritos y mal entretenidos, es seguro que no se no privaban de nada.
Notas:
(1) Se trata de Los muchachos de antes no usaban gomina, filmada por primera vez en 1936 por el director Manuel Romero y luego en 1969 por Enrique Carreras. Las dos obras se basan en la tradicional fama tanguera y maleva con que el Café de Hansen se perpetuó a través de la historia.
(2) La opinión del autor de este blog es que nada de tango ni baile hubo en las épocas del propio Hansen (1875-1893) ni en las de sus sucesores Enrique Lamarque (1893-1900) y Baltasar Mousch (1900-1903). Tal vez sí se hayan intepretado algunos rudimentos tangueros durante la gestión de su último dueño, Anselmo Tarana (1903-1912), y quizás bailado algunos pasos en el sector externo del local, en las noches de verano, al abrigo de la gran arboleda.
De cualquier manera, lo que nos interesa en este espacio es el consumo de alimentos, bebidas y tabacos. Y sobre eso sí existe un amplio abanico documental que nos da una idea de lo que se bebía, comía y fumaba dentro de aquel renombrado local, que existió en lo que hoy es la vereda opuesta al célebre Planetario desde 1875 hasta 1912, si bien su fama logró perdurar para siempre. Hace pocos años, excavaciones arqueológicas realizadas allí lograron descubrir interesantísimos objetos que echan luz sobre algunos puntos difusos que generaron controversia entre los historiadores porteños durante décadas.
El Parque Tres de Febrero, como tal, fue inaugurado el 11 de noviembre de 1875 y desde sus incios contó con la presencia de un comercio arrendado por el inmigrante alemán Juan Hansen . Su denominación oficial era la de Restaurant del Parque Tres de Febrero, aunque para la posteridad fue siempre el "Café de Hansen" o simplemente "lo de Hansen", incluso mucho después de la desaparición física de su encargado original. De hecho, sólo tras la muerte de éste (3 de abril de 1892) podemos obtener las primeras informaciones sobre lo que allí se consumía. Y es entonces cuando surge ese punto tan controversial para los estudiosos, casi como el tema del tango y el baile (2): el de la actividad gastronómica. ¿Se comía en lo de Hansen, o era simplemente un lugar de copas? En principio, el propio nombre del comercio debería ser un dato de validez incontrovertible, pero parece ser que la discusión se mantuvo, pese a todo, por muchos años. Quizás el punto de conflicto haya sido ni más ni menos que la vajilla, cuya nomenclaturra parece poco significativa en relación a la cantidad de mesas.
En la misma lista se declaran 1192 botellas de cerveza de todo tipo (grandes y chicas, de vidrio y de gres), 978 de vino (contradictorias con la cantidad de copas), 37 botellas grandes de Champagne y 16 medianas, 44 de vermouth, 11 de whisky y 54 de cognac, además de varios licores. En cuanto a marcas, había una interesante variedad de vinos franceses (donde no faltaban las grandes etiquetas como Chateau Margaux o Lafite) y buena oferta de cigarros, amén de conservas y múltiples aderezos. Esto nos deja con tantas respuestas como preguntas, pues está claro que se comía pero, ¿qué se comía? Afortunadamente, en el año 2009 un equipo de arqueólogos de la Ciudad de Buenos Aires encabezado por Daniel Schavelzon logró dar con los cimientos del local, en el que se desenterraron piezas de vajilla, materiales de construcción y (lo más importante) huesos de diversos animales comestibles.
No mucha gente sabe que la arqueología profesional cuenta con la ayuda de una ciencia adjunta, la zooarqueología, que analiza los abundantes restos óseos del mundo animal hallados en las excavaciones. La observación atenta (con un nivel científico de alto vuelo que recuerda a la medicina forense) puede encontrar marcas de cuchillos o serruchos que indican un propósito netamente alimenticio, sin otra razón posible que justifique su hallazgo en viejos aljibes o pozos de basura doméstica.
Las conclusiones de estos estudios fueron categóricas: las viandas servidas estaban basadas, principalmente, en carne de vaca y oveja, con muy poco asado (no hay casi evidencias de exposición de los huesos al fuego o las brasas) y bastantes pucheros y guisos. Quizás haya habido también platos elaborados con aves o pescados, pero la conservación de tales osamentas resulta difícil en suelos alterados y húmedos.
Pues bien, tal vez nunca sepamos si en lo de Hansen se tocaba tango o se bailaba, pero sí podemos estar seguros de que se consumía comida contundente, junto con una amplia variedad de bebidas y tabacos. Y si hubo guapos, compadritos y mal entretenidos, es seguro que no se no privaban de nada.
Notas:
(1) Se trata de Los muchachos de antes no usaban gomina, filmada por primera vez en 1936 por el director Manuel Romero y luego en 1969 por Enrique Carreras. Las dos obras se basan en la tradicional fama tanguera y maleva con que el Café de Hansen se perpetuó a través de la historia.
(2) La opinión del autor de este blog es que nada de tango ni baile hubo en las épocas del propio Hansen (1875-1893) ni en las de sus sucesores Enrique Lamarque (1893-1900) y Baltasar Mousch (1900-1903). Tal vez sí se hayan intepretado algunos rudimentos tangueros durante la gestión de su último dueño, Anselmo Tarana (1903-1912), y quizás bailado algunos pasos en el sector externo del local, en las noches de verano, al abrigo de la gran arboleda.
martes, 7 de febrero de 2012
Un revelador libro ferroviario de stock de 1898 2
Los cálculos previos, muchas veces, resultan completamente desacertados cuando la cuestión de fondo comienza a mostrarse tal cual es. Y así sucede en este caso, ya que lo previsto para el desarrollo del tema del formidable libro de stock del Ferrocarril Sud de 1898 que aventuramos en la primera entrada de presentación ("a la que seguirán no menos de otras cinco"), resulta ahora decididamente errado por lo pequeño. Es que el volumen tiene tanto para analizar, para comentar y para descubrir, que parece más inabarcable en cada lectura. Pero a no desesperarse, que para la tarea de marras nació este blog, y por eso le dedicaremos al invalorable y antiguo ejemplar tantas entradas como sean necesarias.
Hoy nos vamos a consagrar de lleno a dos bebidas en particular, cuya variedad y calidad en el servicio ferroviario de referencia nos comienza a dar una idea de la envergadura del mismo. Antes que nada, aclaremos que un fortuito hallazgo en el propio libro despejó nuestra dudas sobre el destino final de las mercaderías entregadas y asentadas por el depósito del FCS: ya no caben dudas de que ese destino era mixto, es decir que los artículos se destinaban tanto para el consumo en los coches bares y comedores de los trenes como para las confiterías de las estaciones dispersas por toda la línea (1).
En lo que a cervezas se refiere, la diversidad no tiene, seguramente, nada que envidiarle a las mejores cervecerías de entonces. Una docena de variedades, sin contar las presentaciones múltiples dentro de una misma etiqueta (botellas de litro y de medio litro, por ejemplo) y con la presencia de algunas importadas, puede ser algo envidiado incluso hoy por cualquier local gastronómico. En los 16 meses abarcados por el registro encontramos las siguientes, siempre hablando, salvo excepción aclarada en el ítem o por nota adjunta, de botella de litro. Los precios, expresados en pesos, surgen de la división del precio total de venta asentado cada mes por la cantidad de unidades declaradas (2):
Negra Inglesa (3) 1,00
Negra Chancho (3) 1,00
Pilsen 0,75
Palermo 0,65
Quilmes 0,75
Quilmes Bock 0,85
Río II Blanca 1,25
Río II Negra 0,80
Nacional 0,80
Kops Ale (4) 0,35
Kops Staut (sic) (4) 0,35
Cerveza Alemana (5) 0,80
Si tomamos la suma total de unidades entregadas por el depósito desde abril de 1898 hasta julio de 1899, notamos que la clara favorita era la Quilmes (10.783), seguida de lejos por la santafesina Pilsen (5.268). En el estudio detallado mes a mes también se nota la fuerte estacionalidad de la cerveza, cuyo consumo en verano es abrumadoramente superior al del invierno.


Hoy nos vamos a consagrar de lleno a dos bebidas en particular, cuya variedad y calidad en el servicio ferroviario de referencia nos comienza a dar una idea de la envergadura del mismo. Antes que nada, aclaremos que un fortuito hallazgo en el propio libro despejó nuestra dudas sobre el destino final de las mercaderías entregadas y asentadas por el depósito del FCS: ya no caben dudas de que ese destino era mixto, es decir que los artículos se destinaban tanto para el consumo en los coches bares y comedores de los trenes como para las confiterías de las estaciones dispersas por toda la línea (1).
En lo que a cervezas se refiere, la diversidad no tiene, seguramente, nada que envidiarle a las mejores cervecerías de entonces. Una docena de variedades, sin contar las presentaciones múltiples dentro de una misma etiqueta (botellas de litro y de medio litro, por ejemplo) y con la presencia de algunas importadas, puede ser algo envidiado incluso hoy por cualquier local gastronómico. En los 16 meses abarcados por el registro encontramos las siguientes, siempre hablando, salvo excepción aclarada en el ítem o por nota adjunta, de botella de litro. Los precios, expresados en pesos, surgen de la división del precio total de venta asentado cada mes por la cantidad de unidades declaradas (2):
Negra Inglesa (3) 1,00
Negra Chancho (3) 1,00
Pilsen 0,75
Palermo 0,65
Quilmes 0,75
Quilmes Bock 0,85
Río II Blanca 1,25
Río II Negra 0,80
Nacional 0,80
Kops Ale (4) 0,35
Kops Staut (sic) (4) 0,35
Cerveza Alemana (5) 0,80
Si tomamos la suma total de unidades entregadas por el depósito desde abril de 1898 hasta julio de 1899, notamos que la clara favorita era la Quilmes (10.783), seguida de lejos por la santafesina Pilsen (5.268). En el estudio detallado mes a mes también se nota la fuerte estacionalidad de la cerveza, cuyo consumo en verano es abrumadoramente superior al del invierno.


Si nos sorprende la variedad de cervezas pasemos a la de whisky, que acusa diez marcas, todas ellas provenientes de las islas británicas . Sin dudas existía un alto consumo de esta bebida, seguramente ayudada por el hecho de que el FCS estaba repleto de funcionarios ingleses y escoceses que con regularidad viajaban en los trenes y/o asistían a las confiterías de las estaciones. Veamos entonces su nomenclatura siguiendo el mismo esquema anterior:
Old Smuggler (6) 6,85
VVO (7) 8,00
DCL (8) 6.70
Crabbie 8,50
Ben Ledi 8,50
Buchanan 8,00
Canadian Club 6,50
Pattison 7,25
Deward 6,50
Sanderson 8,00
Otra notable multiplicidad de propuestas. En este caso, los precios corresponden a los envases cerrados y completos porque así los entregaba el depósito y así se asentaban a los efectos contables, pero desde ya queda claro que el servicio en trenes y confiterías era mayoritariamente en vasos o medidas, por lo que se haría un cálculo de éstas por cada botella. Los favoritos del whisky durante el período abarcado por el documento contable, en cantidad de unidades, son el Old Smuggler (1400) y el DCL (379), pero vale la pena reiterar lo abultado de la lista. ¿Cuántos bares o pubs pueden ufanarse hoy de semejante carta?
Un material para la sorpresa, ¿no es verdad? Pues bien, ya veremos próximamente lo que corresponde a vinos nacionales e importados, ginebras, cognac, licores diversos, vermouth, tabacos y alimentos, tanto simples como de lujo (foie gras, caviar, trufas, etc). Y allí, seguramente, la sorpresa será todavía mayor.
CONTINUARÁ...
Notas:
(1) Hacia fines de 1898, las principales terminales del FCS eran Constitución, La Plata (no la actual, construida en 1906, sino la que estaba en 7 y 50, convertida hoy en el pasaje Dardo Rocha) y Bahía Blanca. Es razonable pensar que allí y en los trenes de larga distancia estaban los consumos más importantes.
(2) El libro expresa precio de venta del total de unidades, por eso es necesario hacer la división para saber el precio por unidad.
(3) Cerveza en botella de gres. Probablemente se trate del mismo producto, asentado con una denominación diferente en distintos meses. Hay muchas razones, además del precio coincidente, para pensarlo así.
(4) Sólo aparecen registradas en un mes, octubre de 1898. No se aclara el contenido pero es lógico pensar que sería un envase más pequeño. Kops es una marca inglesa de 1890 desaparecida hace muchos años.
(5) Sólo aparece registrada en un mes, noviembre de 1898.
(6) Es el importado sin lugar a dudas. El nacional comenzó a elaborarse recién en 1949.
(7) Todo indica que no es una marca sino la denominación de calidad utilizada tanto para whisky como para cognac, que significa Very Very Old. Una de las destilerías escocesas que hace uso de ella es James Martin, así que podría tratarse de esa etiqueta.
(8) DCL es la sigla que identifica a la Distiller Company Ltd., empresa creada en 1877 por la fusión de 6 antiguas destilerías: Macfarlane, Bald, Haig, MacNab, Mowbray y Stewart.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






























